Parias: El precio de elegir 1. El día señalado
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Parias: El precio de elegir

Parias: El precio de elegir

Por Sergio Roldan Montoro

© inepub.com

1. El día señalado

El día señalado

A las seis en punto de la mañana, Albus cantó.

No era especialmente extraño. De hecho, lo extraño habría sido que no lo hiciera.

El potente cántico atravesó la calle todavía dormida, rebotó entre las fachadas y entró por la ventana entreabierta de Lucián Thessaly. A esas alturas, tras tantos años viviendo frente a él, Lucián había aprendido a utilizar a su vecino como un reloj bastante preciso.

Aquella mañana, sin embargo, Albus no consiguió despertarlo.

Lucián ya tenía los ojos abiertos.

Llevaba un buen rato tumbado boca arriba, mirando el techo de su habitación.

Había intentado dormir. De verdad que lo había intentado.

Había cerrado los ojos, cambiado de postura incontables veces e incluso se había obligado a contar lentamente mientras respiraba.

No había servido de nada: era la segunda noche seguida.

Un segundo cántico atravesó la calle y le arrancó una sonrisa.

Apartó las mantas, cruzó la habitación y abrió la ventana. El aire fresco de la mañana le revolvió el cabello. Al otro lado de la calle, Albus permanecía junto a su propia ventana.

El anciano tenía muchos rasgos que recordaban a un gallo. El más evidente a aquellas horas era, sin duda, su voz.

—¡Buenos días, Albus! —saludó Lucián—. Otro día más madrugando.

Albus dio un pequeño respingo.

—Sí, señorito. Buenos días.

Y desapareció. Lucián apenas alcanzó a verlo apartarse antes de que las cortinas se cerraran.

Se quedó frente a ellas, desconcertado. Este Albus… Siempre tan tímido. Luego cerró la ventana.

Su habitación estaba prácticamente igual que la noche anterior. Y que la anterior a esa. Sobre una silla descansaban sus botas, colocadas una junto a la otra. En el escritorio, los libros formaban una pila perfectamente alineada con el borde de la madera.

Al abrir el armario encontró el uniforme donde lo había dejado: limpio, planchado y perfectamente doblado. Lo sacó y comenzó a vestirse.

Primero la camisa, luego los pantalones y por último el chaleco. Se abrochó cada botón de abajo arriba y, al terminar, pasó los dedos sobre ellos para comprobar que ninguno había quedado desalineado. Sentado, se calzó las botas, ajustó una y luego la otra antes de ponerse en pie.

Antes de salir se detuvo frente al espejo.

El muchacho que le devolvió la mirada tenía todavía algo infantil en el rostro. Era delgado, aunque los años de entrenamiento habían empezado a marcarle los hombros y los brazos. Su piel clara había adquirido un tono ligeramente dorado por todas las horas que pasaba al aire libre.

Unos grandes ojos de color ámbar destacaban bajo su cabello castaño claro, demasiado largo por delante y lleno de reflejos cobrizos cuando recibía la luz.

Entre el pelo sobresalían dos orejas de zorro del mismo tono cobrizo. Tras él, una cola fina terminada en una punta más clara se balanceaba lentamente de un lado a otro.

Inclinó la cabeza al descubrir una de las orejas torcida y la colocó cuidadosamente entre el cabello. Se alisó entonces el chaleco.

Acomodó también el pequeño colgante con el blasón de los Thessaly que descansaba sobre su pecho.

La cola dejó de moverse. Comprobó el resultado en el espejo. Ahora sí.

Cuando bajó al comedor, sus padres ya estaban allí.

Aurora Thessaly ocupaba su lugar habitual en la mesa. Darian estaba frente a ella, impecablemente vestido a pesar de que el sol apenas comenzaba a iluminar las ventanas.

—Buenos días —dijo Lucián.

—Buenos días, cariño.

Aurora lo observó mientras se acercaba a la mesa.

No tardó ni dos segundos en darse cuenta.

—No has dormido.

Lucián tomó asiento.

—Un poco.

Su madre mantuvo los ojos fijos en él. Lucián acabó suspirando.

—En realidad, nada.

Darian levantó los ojos.

—¿También anoche?

—Sí. Es la segunda.

Aurora apoyó los brazos sobre la mesa.

—¿Estás nervioso por los exámenes?

Lucián dejó escapar el aire lentamente.

—No puedo dejar de pensar en ellos.

Una sirvienta entró en el comedor y colocó el desayuno frente a él. Huevos recién hechos, pan y un cuenco caliente de leche con arroz y pequeños trozos de pan.

Era el desayuno de siempre y estaba dispuesto, también como siempre, con los huevos a la izquierda, el pan a la derecha y el cuenco delante.

Su padre reparó en él.

—Los exámenes son importantes.

Lucián arrancó un pequeño trozo de pan.

—Lo sé.

—Pero precisamente por eso tienes que descansar. Llevas años preparándote. Dos noches sin dormir no van a ayudarte ahora.

—No estoy cansado.

Darian arqueó ligeramente una ceja.

—Tienes la camisa abrochada hasta arriba.

Lucián bajó la vista. Era verdad: el último botón debía quedar abierto, siempre. Lo desabrochó de inmediato.

Aurora sonrió.

—No estás cansado.

—Puede que un poco.

Darian dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Despeja la cabeza. Haz tu día con normalidad. Cuando lleguen los exámenes, llegarán. Preocuparte hoy no hará que lleguen antes.

Lucián asintió.

Tenía sentido.

Casi todo lo que decía su padre solía tenerlo.

Continuó desayunando en el orden de siempre: un trozo de pan, huevo, dos cucharadas del cuenco; otro trozo de pan, huevo y otras dos cucharadas.

Aurora llevaba años diciéndole que daba igual el orden en el que se comiera un desayuno. Lucián llevaba los mismos años pensando que, si daba igual, tampoco había ninguna razón para cambiarlo.

Terminó la última cucharada y dejó la cuchara dentro del cuenco.

—Me voy.

Aurora se levantó para despedirse de él.

—Que tengas un buen día.

—Tú también.

Desde la mesa, Darian lo siguió con los ojos.

—Y deja de pensar en los exámenes.

Lucián sonrió.

—Lo intentaré.

—Inténtalo mejor.

La cola cobriza de Lucián se movió ligeramente detrás de él.

—Hasta luego, padre.

Salió de casa.

La ciudad ya había despertado.

Las primeras tiendas comenzaban a abrir sus puertas y el aire de la mañana se llenaba poco a poco de conversaciones, pasos y ruidos de trabajo.

—¡Buenos días, señorito Thessaly!

Lucián giró la cabeza.

Un hombre que preparaba su puesto al otro lado de la calle había levantado una mano para saludarlo.

—¡Buenos días!

El hombre sonrió y retomó de inmediato su trabajo. Un poco más adelante, la escena se repitió.

—¡Lucián! Buenos días.

—Buenos días, señora. ¿Cómo está su…?

—¡Muy bien! ¡Muy bien! Disculpa, llego tarde.

La mujer aceleró el paso.

Dos calles después, otro vecino lo saludó antes incluso de que Lucián pudiera hacerlo. Poco más tarde lo hizo uno más. Siempre era igual: sonrisas, buenos días, algún comentario amable. Todo el mundo conocía a los Thessaly.

Una pareja que conversaba frente a una tienda dejó de hacerlo al verlo acercarse.

—Buenos días, Lucián.

—Buenos días.

Lucián redujo el paso.

—¿Habéis visto pasar esta mañana el carruaje de…?

—¡No! —respondió uno de ellos con demasiada rapidez—. Lo siento. Tenemos que abrir.

—Claro.

—Que tengas un buen día.

—Igualmente.

Los dos entraron en el establecimiento.

Lucián siguió andando. A esas horas la ciudad entera parecía tener prisa; todo el mundo tenía algo que hacer y él también debería tenerlo.

La preocupación por los exámenes reapareció y, por mucho que intentó apartarla, no cedió. Faltaban dos días para descubrir qué sería durante el resto de su vida.

* * *

Nada más llegar a la escuela, Lucián recordó que aquella mañana tampoco habría esgrima.

Aquello sí consiguió empeorarle el humor.

Era una de sus clases favoritas y, precisamente aquella semana, una de las pocas que todavía se impartían con normalidad.

El curso prácticamente había terminado. Los alumnos de quince años habían completado ya su formación y las últimas jornadas se reducían a repasos, entrenamiento físico y preparación para los exámenes.

Pero aquella mañana el director había solicitado la hora porque quería hablar con ellos.

Lucián entró en el aula y ocupó su lugar habitual. Sacó la pluma y extendió cuidadosamente sobre la mesa una fina pieza de piel preparada para la escritura. Alisó las esquinas y dejó la pluma a su derecha.

A su alrededor, sus compañeros hablaban de una única cosa: los exámenes. Lucián intentó no escuchar; dos noches sin dormir pensando en ellos eran suficientes.

La puerta se abrió. El profesor entró primero y, tras él, apareció el director. Todos los alumnos se pusieron en pie.

El director era un hombre enorme, de hombros anchos y brazos gruesos. Una barba espesa se confundía con el pelaje oscuro que ascendía por su cuello. Sus pequeñas orejas redondeadas y aquellas manos desproporcionadas, terminadas en gruesas uñas, dejaban ver claramente sus rasgos de oso.

El profesor se volvió hacia los alumnos.

—Ya conocéis las normas. Quiero silencio y respeto. Escuchad al director y respetad el turno de palabra.

El director asintió.

—Podéis sentaros.

Las sillas se movieron casi al unísono.

—Buenos días.

—Buenos días, director —respondió la clase.

El hombre apoyó ambas manos sobre la mesa.

—Sé que ninguno necesitáis que os recuerde lo que ocurrirá dentro de dos días.

Algún alumno rió nerviosamente.

—Tenéis dieciséis años. Habéis pasado más de doce años formándoos para este momento.

Habéis estudiado nuestra historia, nuestras leyes, nuestros oficios y nuestras obligaciones.

Habéis aprendido los principios del Numen y la importancia de los numentores.

Habéis trabajado vuestro cuerpo, vuestra coordinación y vuestros reflejos.

Lucián dejó quieta la pluma.

—Y, en mi opinión, estáis preparados.

Ahora nadie hablaba.

—Dentro de dos días realizaréis vuestra evaluación final. Os enfrentaréis a una prueba teórica, una prueba física y diferentes ejercicios destinados a medir vuestros reflejos, coordinación y aptitudes.

El director paseó la mirada por el aula.

—No podéis aprobar.

Algunos alumnos sonrieron.

—Tampoco podéis suspender.

Esta vez hubo alguna risa.

—Porque el objetivo no es decidir si sois buenos o malos alumnos. El objetivo es descubrir dónde podéis ofrecer lo mejor de vosotros.

Lucián sintió un cosquilleo en el estómago.

—Los evaluadores estudiarán vuestros resultados, vuestro historial y las aptitudes que habéis demostrado durante estos años. Al final recibiréis vuestra asignación.

Asignación.