Epílogo · Dos años después #3
—Hola, Emilio —dije—. Yo soy Nuria. La nieta de tu Nuria, la que te escribió la carta que decía «no vengas».
—Miré la foto—. Te traigo una cosa. La carta que ella nunca te mandó.
Sesenta y dos años después, pero te la traigo.
Dice que te quiso, y que renunció a ti por miedo, y que el miedo es la única cosa de la que se arrepintió en toda su vida.
—Saqué la copia y la puse en el florero—.
Dice más cosas, pero esa es la que importa.
Ahora os la dejo aquí a los dos, a cada uno en su sitio, para que al menos, en papel, estéis juntos.
Que en vida no pudo ser, pero en papel, Emilio, en papel ya estáis.
Me quedé un rato en el banco de aquel cementerio, con las vistas a la ría y el sol de la tarde cayéndose por detrás de los cipreses, pensando en la cantidad de cosas que se quedan a medias en el mundo, en la cantidad de gente que se pasa la vida entera con una cosa en la boca y no la dice, y pensando también, con una tranquilidad que no había sentido nunca, en que aquella historia, la de ellos, la de mi abuela y el abuelo de Bruno, había terminado, y había terminado bien, aunque hubiera terminado triste, porque al final esas dos personas, después de sesenta y dos años, se habían encontrado en un árbol, en una placa, en dos cartas dentro de dos floreros a veinte metros de distancia, cogidas de la mano por su gente.
Al salir del cementerio, en la puerta, me encontré a Bruno.
Estaba apoyado en la tapia blanca, con las manos en los bolsillos y el abrigo puesto, esperándome, y al verme salir no me preguntó nada, porque sabía lo que había ido a hacer y no hacía falta, y me cogió de la mano, y echamos a andar los dos hacia el pueblo, calle abajo, con el sol bajando y las luces de la feria empezando a encenderse en la plaza, y en mitad de la bajada, sin mirarme, con la cara de piedra y la voz baja, Bruno me dijo:
—¿Se lo has contado todo?
—Todo.
—¿Y ha quedado bien?
—Ha quedado —dije—. Ha quedado como tenía que quedar.
Bruno se paró en mitad de la calle, con la mano mía en la suya y la plaza al fondo con las luces encendiéndose, y me miró de aquella manera que me había mirado el día del andén y el día del sauce y el día de la boda, y me dijo:
—Nuria.
—Dime.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por haberte quedado. —Me apretó la mano—. Podías haberte ido mil veces. Aquel primer día, con la furgoneta. En febrero, con la oferta de la capital. El día que se cayó el sauce. No te has ido ninguna. Así que gracias.
Yo, con la mano de Bruno Ansorena en la mía, en mitad de la calle Mayor de un pueblo de dos mil trescientas personas, con la feria al fondo y el otoño en el aire y un sauce con nombre nuevo en la orilla de la ría, le dije la única cosa que se me ocurrió, que era la verdad:
—No fue por mérito, Bruno. Fue por gusto. Todo lo que he hecho este tiempo en este pueblo lo he hecho por gusto. No sabes lo que ha costado, llegara a esto, llegar a hacer las cosas por gusto y no por miedo. Un año entero. Toda la vida. Sesenta y dos años de mi abuela.
Bajamos a la plaza, y la feria estaba encendida, y la niña venía corriendo hacia nosotros con una castaña en cada mano y una cabra detrás, y Vera nos llamaba desde el puesto de los buñuelos, y mi madre estaba sentada con doña Piedad hablando de no se sabe qué, y todo el pueblo estaba allí, con las luces y la música y el olor a castaña asada, y yo me paré un momento, con la niña en brazos, en mitad de la plaza, y me quedé mirando todo aquello, y me di cuenta de que no había una sola cosa en el mundo que yo quisiera cambiar.
Aquella Nochebuena, la quinta desde que yo llegué al pueblo, la pasamos en el obrador.
La primera Nochebuena la había pasado en aquel mismo obrador fingiendo un noviazgo, con una servilleta en el bolsillo del abrigo y un ex levantando la mano en mitad de la cena.
La segunda la pasé con la niña en la barriga y con mi madre mirándome la tripa cada dos minutos.
Aquella quinta Nochebuena, cariño, la pasamos con el obrador lleno.
Lleno de verdad. Con doña Piedad en el taburete de la esquina, con su café y su libreta, mirándolo todo con cara de estar aprobando el local.
Con don Nemesio, que tenía noventa y dos años y había venido andando desde su casa con la gorra de mar puesta por respeto a la fecha.
Con la tía Pili, con la libreta de la compra y una bandeja de turrón casero que había hecho ella y que estaba, la verdad, bastante malo, pero que nadie le dijo.
Con Carmen, la abuela de Bruno, que a sus ochenta y nueve años había llegado con una tortilla para «no venir con las manos vacías», y que se sentó al lado de mi madre y estuvo toda la noche hablando con ella, y yo las oí reírse un par de veces y pensé que había cosas, en este mundo, que solo se arreglan con el tiempo, y que el tiempo, a veces, las arregla sin que uno se dé cuenta.
Con Vera y su marido y sus dos críos, que corrían por debajo de las mesas.
Con Marta y el panadero, que ya estaban esperando un niño para la primavera.
Con el perro viejo, que tenía quince años y se pasó la noche entera dormido debajo del horno, calentito, y que ya no oía bien y ya no veía bien y aun así se levantaba cada vez que entraba alguien, por educación.
Con la cabra, que tenía cinco años, que ya era una señora cabra y seguía sin respetar nada, y que aquella noche se comió medio centro de mesa y una servilleta de tela, lo cual, en aquella casa, era casi una tradición.
En mitad de la cena, con la mesa llena y el obrador oliendo a castaña y a leña y a turrón, doña Piedad dejó el café y pidió silencio, y todo el mundo se calló, porque en Villamar de la Ría cuando doña Piedad pide silencio, se calla hasta la cabra.
—Un brindis —dijo, con su copa levantada—. Por la del doce.
El pueblo, que era el pueblo en miniatura, levantó las copas y dijo mi nombre, que era el nombre de mi abuela, y yo, con la niña en las rodillas y el corazón lleno, levanté la copa con una mano y me eché a llorar, porque llevaba cinco Nochebuenas en aquel obrador y las cuatro me habían cambiado la vida, y porque la primera la había empezado sola, con una furgoneta y una cabra y una herencia con deudas, y aquella la estaba terminando con una familia que no me había dado la sangre, sino el tiempo, que es la familia que uno elige sin darse cuenta.
Después de la cena, cuando ya se había ido todo el mundo y Bruno subía a la niña a la cama, yo me quedé sola en el obrador, recogiendo, y saqué del cajón del mostrador una cosa que llevaba semanas pensando, y que era una hoja de papel y un bolígrafo.
Me senté en el taburete de la esquina, el de doña Piedad, y escribí una carta.
La escribí despacio, con la letra de mi abuela, que es la letra que me sale a mí cuando escribo algo que me importa, y decía así:
«Para Nuri, el día que lea esto.
Tu bisabuela Nuria escribió una carta que no mandó, y la dejó debajo de una caja de facturas viejas, y yo la encontré. Con la carta encontré una manera de vivir. Ahora te dejo esta, cosida por dentro del abrigo, para el día que te haga falta.
Aquí va lo único que sé.
En esta familia no somos valientes. Somos cabezotas, somos buenos amasando, y aguantamos un invierno entero sin quejarnos. Lo que no sabemos es hablar. Tu bisabuela se pasó sesenta años mirando el puerto desde la ventana de un obrador y no bajó nunca. Tu madre, un día de octubre, bajó.
Baja tú siempre, hija mía. Siempre. Aunque llueva, aunque haga frío, aunque creas que ya es tarde, o que no te lo mereces, o que te van a decir que no.
Baja al puerto, entra en el bar, coge la servilleta que haga falta y firma.
Si te equivocas, te equivocas, y yo seré la primera en decírtelo, pero no te quedes arriba mirando por la ventana.
Si algún día no sabes si lo que sientes es de verdad o es miedo, acuérdate de esto: el miedo hace que te quedes quieta, y el amor hace que te muevas. Tú, hija, muévete.
Que el otoño te traiga siempre de vuelta.
Tu madre.»
Cuando terminé de escribirla, la doblé en cuatro, y la cosí con hilo rojo por dentro del forro del abrigo de mi abuela, el abrigo que había sido de la abuela Nuria y que un día sería de la niña, en el mismo bolsillo donde cinco años antes había estado una nota que decía «baja siempre», y me quedé un rato con el abrigo en las manos, sintiendo el papel por dentro de la tela, y pensé que aquella era la única herencia que yo tenía que dejarle a mi hija, que no era el obrador, ni la receta de la tarta, ni el nombre del sauce, sino una costumbre, la de dejar notas escritas en la ropa para los que vienen detrás, para que sepan, si un día lo necesitan, que en esta familia hubo una vez una mujer que no bajó al puerto y otra que sí.
Subí a acostarme, y Bruno ya estaba dormido con la niña encima del pecho, los dos con la misma cara de paz y el mismo gesto en la boca, y me quedé un momento en la puerta del dormitorio, mirándolos, y luego me metí en la cama con cuidado de no despertarlos, y me dormí, en el pueblo donde había llegado a vender un obrador, con la mano de Bruno en mi mano y el peso de mi hija al lado, sin una sola cosa en el mundo que yo quisiera cambiar.
Hay una cosa más, una sola, que quiero contar antes de terminar, y es lo que pasó la primavera siguiente, el día que el Sauce de los Dos cumplió un año de nombre.
Fuimos los tres a la orilla por la mañana, con el perro viejo y con la cabra, porque en aquella casa no se iba a ningún sitio sin la cabra, y porque Nuri, que tenía entonces casi tres años, no salía de casa si no era con la cabra de la mano, y la cabra, que ya tenía seis años y había criado a aquella niña como había criado a medio pueblo, la seguía a todas partes con una paciencia que no le habíamos conocido nunca.
Bruno llevaba un cincel pequeño y un martillo.
Los llevaba desde hacía un mes, en el maletero de la furgoneta, sin decirme para qué, y aquella mañana, cuando llegamos al sauce, aparcó, sacó el cincel y el martillo, y me dijo: