Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Epílogo · Dos años después #4
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Epílogo · Dos años después #4

—Vamos a ponerle la tercera letra.

—¿La tercera letra?

—La «E» de mi abuelo y la «N» de tu abuela ya están. —Señaló las dos letras viejas en la madera, que seguían de pie en las dos mitades del tronco, mirándose por debajo del nudo nuevo—. Falta la tercera. La de la niña.

Yo, con la niña de la mano y el perro viejo tumbado al sol en la orilla, le dije que sí, que me parecía bien, que me parecía lo mejor que se me había ocurrido oír en mucho tiempo, y Bruno cogió el cincel, y le explicó a Nuri, con toda la paciencia del mundo, que iba a hacerle una letra en el árbol, la letra de su nombre, para que estuviera allí para siempre con las otras dos, y la niña, que con casi tres años ya tenía la cara de mando de su padre, dijo:

—Yo quiero hacerlo.

—Nuri, cariño, el cincel es peligroso.

—Yo quiero hacerlo.

Bruno, que no sabía decirle que no a aquella niña ni aunque le fuera la vida en ello, le puso el cincel en la mano, se puso detrás de ella, le cogió la mano con la suya, y entre los dos, el padre y la hija, con la mano pequeña dentro de la mano grande, tallaron en la rama nueva del sauce, junto a las letras de los bisabuelos, una tercera letra, torcida y honda y llena de vida, que era una «N», la de Nuria, la de la abuela, la de la niña, la de las tres mujeres de aquella familia que se llamaban igual.

Cuando terminaron, la niña se quedó mirando la letra con las manos llenas de serrín y la cara de haber hecho la cosa más importante del mundo, y luego, señalando las otras dos letras, la «E» y la «N» de dentro del tronco, preguntó:

—¿Y esas quién las hizo?

Bruno me miró, y yo le miré a él, y los dos, a la vez, sin decir nada, entendimos que había llegado el momento de contárselo, aunque tuviera casi tres años y no fuera a entender la mitad, porque en aquella familia, después de todo lo que había pasado, habíamos decidido una cosa, y era que a la niña no se le iba a esconder nunca nada, ni lo bonito ni lo triste, para que cuando fuera mayor no tuviera que andar buscando cartas viejas debajo de las cajas de facturas.

Así que me senté en la orilla, con la niña en las rodillas y el sol de abril en la cara, y le conté la historia más corta y más simple que supe, y le dije que aquellas dos letras las había hecho, hacía muchísimos años, un chico y una chica que se querían mucho, que se llamaban Emilio y Nuria, como ella, y que no se atrevieron a decirse lo que sentían, y por eso se separaron, y por eso estuvieron sesenta años sin verse, aunque se quisieron toda la vida.

Le dije que aquel árbol, el sauce, se había partido el día de la boda de sus padres, y que el pueblo lo había levantado con las manos, y que por eso, ahora, en el árbol, estaban las tres letras juntas: la de él, la de ella, y la suya.

La niña, escuchando con la cara muy seria, con aquella cara que era la cara de Bruno, me preguntó:

—¿Y por qué no se lo dijeron?

—Porque tenían miedo, cariño.

—¿Y tú tienes miedo?

Yo, con la niña en las rodillas y el sauce entero por encima de mi cabeza y las tres letras juntas en la madera, le dije la verdad, que era la única respuesta que se me ocurrió, y que era la misma respuesta que me había dado a mí misma mil veces desde que había llegado a aquel pueblo:

—A veces. Todavía a veces. Pero se me pasa. —Le aparté un mechón de la cara—. Se me pasa cada vez que miro el árbol.

Bruno, que había estado escuchando en silencio, apoyado en el tronco con el cincel en la mano, se acercó, se sentó con nosotras en la orilla, y la niña se pasó a sus rodillas, y nos quedamos los tres un rato así, mirando la ría, con el perro viejo al sol y la cabra comiéndose la hierba de la orilla tan tranquila, y en aquel momento, cariño, en aquella orilla, un día de primavera, con las tres letras talladas en un árbol que había vuelto a crecer, entendí la cosa que llevaba tres años intentando entender, y es que las historias de verdad no se acaban nunca, ni en un «fin», ni en una boda, ni en un epílogo, porque siguen en los árboles y en las letras y en las niñas que se llaman como sus abuelas, y que lo único que uno hace, cuando escribe una historia, es apuntar un trozo, un trozo nada más, el trozo que le ha tocado vivir, para que el que venga detrás sepa de dónde viene y no tenga que empezar de cero.

Es aquí donde se acaba de verdad esta historia, cariño, no en la boda, ni en la niña, ni en el sauce con nombre, sino aquí, en una plaza, un sábado de octubre, con un pueblo de fiesta y una mujer con una niña en brazos entendiendo, por fin, que se había quedado a vivir.

Porque aquel primer otoño, el de la furgoneta y la cabra y la servilleta, el de las doce pruebas y las mentiras, el que empezó con un pacto en un bar del puerto y un contrato de broma, aquel otoño que fingimos, resultó ser, con el tiempo, la única cosa de mi vida que nunca fue mentira.

Desde entonces, cada vez que llega el otoño, cada vez que la niebla se pone en los tejados y la luz se enciende a las seis y el pueblo huele a leña, yo salgo al porche del obrador a las siete de la mañana, con el delantal puesto y el frío en la cara, y me quedo un momento en la puerta, mirando la calle Mayor y la clínica de enfrente y la losa del porche con la fecha que un hombre talló para mí sin decirme nada, y pienso en todo lo que tuvo que pasar, en todas las cosas que se partieron y se volvieron a juntar, para que una pastelera de la ciudad encontrara, en un pueblo del norte, un día de niebla, la única cosa que nadie puede encontrar buscándola, y que es una vida entera por gusto.

Luego entro, y enciendo el horno, y empieza el día.

Fin.