Epílogo · Dos años después #2
—No lo digo por decir. —Me miró—. Lo digo porque cuando te dejé, hace casi cinco años, tú no estabas bien, y yo lo sabía, y me fui igual. Llevo casi cinco años sabiéndolo. Así que… eso. Que me alegro de que estés bien. De verdad.
Yo, con el café en la mano y la niña en las rodillas, le dije la verdad, que era una verdad sencilla y limpia, sin nada de rencor y sin nada de perdón, porque no hacía falta ninguna de las dos cosas, y era esta:
—Iván, me hiciste un favor.
—¿Un favor?
—Me dejaste sin saber qué hacer, y por eso cogí una furgoneta y me vine a este pueblo a vender el obrador de mi abuela.
Si no me hubieras dejado, no habría venido.
Si no hubiera venido, no estaría aquí, ni tendría esto, ni tendría a esta niña, ni nada.
—Levanté la taza—. Así que no te voy a decir que gracias, porque sería muy elegante por mi parte y muy incómodo por la tuya.
Pero tampoco te voy a decir que te odio, porque no es verdad y porque me da pereza.
Te voy a decir lo que es: que pasó, y que ya está, y que a partir de hoy, si te cruzas conmigo por la calle, te voy a saludar con la mano.
Iván se echó a reír, y Sofía se echó a reír, y Vera desde la puerta dijo que aquello era un discurso y que lo apuntaba, y el niño de un año estiró la mano hacia la cabra y la cabra se dejó, y yo comprendí, en mitad de aquel café, que aquella conversación, la que llevaba cuatro años creyendo que sería terrible, era un café con tarta y un niño jugando con una cabra, y que así, cariño, así se cierran de verdad las cosas: no con un drama, sino con un café.
Se fueron a la una, porque tenían cinco horas de carretera, y al salir, en la acera, Iván se giró una última vez, miró el obrador, miró la clínica de enfrente, donde Bruno estaba atendiendo a un perro, y me dijo:
—¿Es buena gente?
—Es el mejor hombre que he conocido —dije.
—Me alegro. —Y se fue.
Esa fue la última vez que vi a Iván, y esta vez, cariño, esta vez de verdad, sin servilletas de por medio.
Aquella tarde, después de cerrar, con la niña en brazos y el perro viejo detrás, me fui andando por la carretera de la ría hasta la curva de la desembocadura, a ver el Sauce de los Dos con mis propios ojos.
Era verdad.
Las dos mitades del sauce viejo, los dos troncos partidos que el pueblo había levantado con las manos la mañana de mi boda, las dos ramas nuevas que llevaban tres años creciendo la una hacia la otra, se habían juntado por fin por arriba, se habían entrelazado, se habían hecho un nudo, y por encima del camino de la orilla, sobre las dos letras que seguían mirándose en la madera, sobre la «E» y la «N» de Emilio y de mi abuela, había otra vez un arco entero, un arco de sauce vivo, con hojas nuevas y ya sin cintas ni castañas ni adornos de feria, un arco de árbol, solo de árbol, que era lo que había sido siempre, y que ahora, después de partirse y de volver a juntarse, era más fuerte que antes, porque un tronco que se parte y se vuelve a unir crece con el nudo dentro, y el nudo, cariño, el nudo es lo que lo mantiene de pie.
Me quedé un rato bajo el arco, con la niña en brazos, mirando hacia arriba.
La niña, que tenía dos años y no sabía nada de nada, pero que era la niña más lista del mundo porque era mi niña, levantó la cabeza, miró el nudo del sauce, y dijo:
—Mamá. ¿Qué es eso?
—Eso —dije— es un árbol que se cayó y volvió a levantarse.
—¿Y por qué?
Yo, con la niña en brazos y el sauce entero por encima de mi cabeza, le dije la verdad, que era la única cosa que se me había ocurrido decirle a una niña de dos años sobre una historia de sesenta y dos:
—Porque aquí, en este pueblo, la gente se quiere mucho, y a veces se equivoca, y a veces se queda callada, y a veces se pasa la vida entera sin decir una cosa que tenía que haber dicho. Pero al final, hija mía, al final siempre vuelve a levantarse.
La feria de aquel año, la quinta desde que yo llegué al pueblo, fue la feria del nombre.
Fue el segundo sábado de octubre, con el otoño ya metido en el pueblo y la niebla levantando a mediodía, y aquel año sí que hubo feria de verdad, con el permiso de la Diputación, con las luces buenas colgadas de farola en farola, con las casetas de los otros pueblos, con el puesto de las castañas de don Nemesio, con la música puesta al atardecer y con el pueblo, chicos y grandes, viejos y nuevos, lleno hasta la plaza del ayuntamiento.
A las doce de la mañana, antes de todo, antes del pregón y del concurso y de las castañas, el pueblo se fue andando a la ría, entero, en procesión, a ponerle el nombre al sauce.
Fue idea de doña Piedad, claro, y la idea era sencilla: una placa pequeña, de las de verdad, de latón, lo más parecida a la del obrador, para atornillarla en la horquilla del sauce, entre las dos letras, la «E» y la «N», con el nombre nuevo y con una frase, y la frase la eligió el pueblo en una votación que se hizo en el bar del puerto y que ganó por mayoría absoluta la propuesta de la tía Pili, que era, palabra por palabra, la que la tía Pili había dicho un día en el obrador y que el pueblo se había aprendido de memoria.
La placa decía:
«EL SAUCE DE LOS DOS.
Aquí se parte lo que se quiere y se vuelve a juntar lo que se parte.
Villamar de la Ría.»
La destaparon entre doña Piedad y don Nemesio, los dos más viejos del pueblo, el uno con la libreta y el otro con la gorra de mar en la mano, y cuando aparecieron las letras, el pueblo aplaudió, y don Nemesio, que no soltaba una lágrima ni el día que se hundió su barco, se dio la vuelta y se quedó mirando la ría un rato largo, y doña Piedad, que no lloraba nunca, se puso las gafas y leyó la placa en voz alta para los que no veían bien, que eran casi todos.
Después de la placa, con el pueblo todavía en la orilla, se casaron Marta y el panadero.
Se casaron debajo del Sauce de los Dos, con el arco nuevo de las ramas juntas por encima de ellos, con doña Piedad de maestra de ceremonias y con la niña Nuri, que tenía dos años y a la que le tocó llevar el anillo, que llevó hasta la mitad del camino y luego se lo metió en la boca, y hubo que sacárselo con mucha paciencia y con la ayuda de una cabra que se ofreció a buscarlo, y todo el pueblo se rió, y Marta lloró de risa y de emoción a la vez, y el panadero, que era un hombretón de dos metros, se puso a llorar detrás de las gafas de sol, y a mí, mirándolos, me dio por pensar en la mañana dos años antes en que una chica con dos maletas le había preguntado a otra chica con una niña en brazos por una casa que se vendía en el pueblo, y en las vueltas que da la vida, y en que el sauce, al final, no era el sauce de mi abuela ni el mío: era el sauce de todos los que se querían en Villamar desde doscientos años atrás y de todos los que se iban a querer en los doscientos que venían.
Aquella tarde, después del concurso de la pareja del año, que ganaron los abuelos del pueblo otra vez, cosa que ya se estaba convirtiendo en costumbre y en la que nadie tenía nada que decir, me fui sola al cementerio.
Fui sola porque era una cosa que tenía que hacer yo, y porque hay cosas que no se hacen acompañada, y porque aquella tarde, con el nombre puesto en el sauce y con una pareja nueva casada debajo, me di cuenta de que faltaba una cosa, una sola, y era contárselo a los que ya no estaban.
El cementerio de Villamar de la Ría está en lo alto del pueblo, detrás de la iglesia, con las tapias blancas y los cipreses y las vistas a la ría, y allí estaba enterrada mi abuela, en el nicho de la familia Sáenz, con el abuelo Ramón y con una placa sencilla con su nombre, «Nuria Sáenz, 1946-2024», y a tres filas de distancia, en el bloque de los Ansorena, estaba enterrado Emilio Ansorena, con la placa de mármol y las letras doradas y una foto pequeña de un hombre joven con el pelo revuelto y una barca detrás.
Sesenta y dos años de vida, veinte metros de cementerio, y entre los dos, cariño, entre los dos, toda una historia que no pudo ser, y un árbol partido en la orilla de la ría que el pueblo había vuelto a levantar con las manos.
Me senté primero en el banco de delante del nicho de mi abuela, y saqué del bolso la carpeta azul, la carpeta de la escritura, y de dentro saqué una copia de las tres cartas de Emilio, tres copias hechas en la copistería de la capital la semana anterior, con las tres cartas de Emilio Ansorena a Nuria Sáenz, escritas hacía sesenta y dos años y guardadas sesenta y dos años en una caja de hojalata.
—Abuela —dije, en voz baja—. Te traigo las cartas de Emilio.
Las que él nunca te mandó, porque te hizo caso y no fue al puerto, y porque al final se cansó de esperar y se casó con Carmen, que por cierto era buena gente y te quería bien, y que este año ha ganado otra vez el concurso con una tortilla.
—Me reí un poco, con los ojos húmedos—. Te traigo una cosa más.
Se ha caído el sauce. Se partió por la mitad la mañana de mi boda, ¿te lo puedes creer?
Se partió, y vuestras dos letras salieron del tronco, cada una en su mitad, y el pueblo lo levantó otra vez con las manos, y ahora está entero, abuela, y tiene un nombre, y debajo se ha casado ya otra pareja.
—Dejé la carpeta en el banco—. Así que ya está.
Ya está resuelto. Lo que a ti te dio miedo hacer, lo hice yo.
No porque sea mejor que tú, sino porque me dejaste las herramientas.
Ahora vengo a traerte las cartas, que llevan sesenta y dos años en una caja, para que las tengas aquí, contigo.
Porque aunque tú y él no estéis juntos, vuestras cartas sí que van a estar juntas.
Eso, abuela, es más de lo que tuvisteis nunca.
Dejé las tres copias de las cartas dentro del florero del nicho, sujetas con un alambre para que no se las llevara el viento, y me levanté, y crucé las tres filas, y me senté en el banco de delante del nicho de Emilio Ansorena, con la foto del hombre joven y la barca y las letras doradas.