Epílogo · Dos años después
Epílogo
Dos años después
Dos años después, un martes de octubre, a las siete de la mañana, sonó el despertador y no me levanté, porque no hacía falta, porque la que me levantó fue la niña, que tenía dos años, que había aprendido a salir de la cuna, y que a las siete de la mañana apareció en el dormitorio con el pelo de loca y el pijama torcido y dijo, con la voz de mando que había heredado no se sabe de quién:
—Mamá. Buñuelos.
Así empezaban todos mis días, cariño, con una Nuri de dos años pidiendo buñuelos a las siete de la mañana, y con un Bruno Ansorena que se levantaba en silencio, se vestía en silencio, y bajaba a encender el horno en silencio, porque en aquella casa el único que hablaba antes de las ocho era la niña, y en eso, la verdad, la niña había salido a su padre, que llevaba treinta y ocho años hablando solo lo imprescindible y había encontrado en su hija a la única persona capaz de decir más de tres frases seguidas antes del café.
Vivíamos en el número trece, en la casa de los Ansorena, la casa grande de dos plantas con el jardín de atrás donde el perro viejo se pasaba el día al sol y donde la cabra, que ya tenía cinco años y seguía sin respetar ninguna norma, se comía las flores de mi madre cada vez que mi madre venía de visita, que era un fin de semana sí y otro también, porque desde que nació la niña, mi madre había decidido que la capital estaba demasiado lejos y había empezado a aparecer con la frecuencia con la que aparecen las madres cuando hay un bebé en casa, que es toda la frecuencia del mundo.
En el número doce, en el obrador, seguía abierto el negocio de las dos Nurias, con el cartel de latón en la pared del fondo, debajo del horno, con los dos nombres, con la carta de Emilio enmarcada al lado, con la foto del puerto al lado de la carta, con la servilleta del pacto, la de «obligatorio enamorarse», colgada junto a la caja registradora, y con doña Piedad, jubilada pero no del todo, que se sentaba todas las mañanas en el taburete de la esquina con su café y su libreta nueva, porque le había cogido gusto a no hacer nada y a hacerlo en compañía.
La mañana de aquel martes de octubre, con la niña ya vestida y con medio buñuelo en la mano, bajé al obrador a abrir, como todos los días, y me paré en la puerta, como me paraba muchas mañanas, a mirar la calle Mayor.
Había niebla.
Niebla otra vez en los tejados, niebla otra vez en las farolas, niebla otra vez en el escaparate del obrador y en la acera de enfrente, donde estaba la clínica, con la puerta abierta y la luz encendida y Bruno dentro, con la bata puesta, atendiendo a un gato que le había traído una señora del monte, y me quedé un momento en la puerta, con la niña de la mano, mirando la niebla y la clínica y el pueblo, y pensé en la mañana, tres otoños antes, en que yo había llegado a aquella misma calle con una furgoneta, una cabra y una herencia con deudas, sin saber que estaba llegando a casa.
—Mamá —dijo la niña—. ¿Por qué miras?
—Por nada —dije—. Porque me gusta.
Entramos a trabajar, y la mañana fue una mañana normal, una de esas mañanas que no le contaría a nadie, con la tía Pili viniendo a por cuatro magdalenas, con la señora del monte viniendo a por una tarta por encargo, con Vera entrando a media mañana a contarme su vida y a comerse dos buñuelos sin pagarlos, y con la niña correteando entre las mesas con una cuchara de palo y una cabra detrás, y en mitad de aquella mañana normal, mientras servía a una pareja de la capital que había venido al pueblo por la radio y por el periódico y por la historia del sauce partido, comprendí, de golpe, que lo que yo tenía, lo que yo había construido en aquel pueblo sin darme cuenta, no era una pastelería, ni un premio, ni una boda, ni una historia bonita para contar. Era una vida.
Una vida de martes.
Que las historias de amor, cariño, cuando se cuentan, siempre acaban en la boda, o en el beso, o en el «y fueron felices», y que nadie te cuenta lo que pasa después, y que lo que pasa después, lo que de verdad pasa después, no es ni la mitad de emocionante ni la mitad de épico que lo de antes, y sin embargo es lo que vale, porque es lo que dura: es un hombre que te enciende el horno a las siete de la mañana porque sabe que tú no has dormido, es una niña que pide buñuelos con voz de mando, es una amiga que entra sin llamar, es una vecina que te cuenta su vida, es una cabra comiéndose las flores de tu madre, es una niebla en los tejados y una calle que ya es tuya.
Esa mañana, a las once, vino doña Piedad al obrador con su café y su libreta nueva, y se sentó en el taburete de la esquina, y me dijo, sin preámbulos, porque doña Piedad no gastaba preámbulos:
—Vengo a decirte una cosa. No me interrumpas.
—No te interrumpo.
—Este año el sauce ya está entero.
Me quedé un momento con la manga de buñuelos en la mano.
—¿Entero?
—Entero. —Bebió un sorbo de café—. Las dos ramas se han juntado por arriba. Don Nemesio dice que hay que atarlas un poco más, pero que ya se aguantan solas. —Dejó el café y me miró—. Como está entero, he pensado una cosa. La cosa es que este año, en la feria, vamos a poner un nombre al sauce.
—¿Un nombre?
—Un nombre. —Sacó de la libreta un papel doblado y me lo tendió—.
Porque un árbol al que va todo un pueblo a casarse, y al que le pasan las cosas que le han pasado a este, no es un sauce cualquiera, es el sauce de este pueblo, y hay que llamarlo por su nombre.
He pensado que el nombre lo tienes que poner tú.
Abrí el papel, y en el papel estaba escrito, con la letra picuda de doña Piedad, lo que el pueblo había decidido ponerle a su árbol, y lo que estaba escrito era:
«El Sauce de los Dos.»
Debajo, más pequeño, con la misma letra, ponía: «Porque dos veces dos es igual a todos.»
Yo, con el papel en las manos y la niña en el suelo tirando de mi delantal y doña Piedad sentada en su taburete con su café, me eché a llorar, y doña Piedad hizo como que no lo veía, que era su manera de querer a la gente, y siguió bebiendo su café tranquila, y cuando me hube secado la cara con la manga, me dijo, sin mirarme:
—Y hay otra cosa.
—Dime.
—Este año, en la feria, se casa otra pareja debajo del sauce. La primera desde la tuya. —Miró por encima de la taza—. Marta y el panadero. Piden permiso al pueblo, y el pueblo les dice que sí. Yo te lo digo a ti primero, porque tú eres la que lleva la libreta.
Yo, con la niña en el suelo y la libreta de doña Piedad en el cajón del mostrador y el papel del Sauce de los Dos en las manos, le dije a doña Piedad que sí, que cómo no, que el sauce era de todos y que cómo iba a decir yo que no a una pareja que se quería, y doña Piedad asintió, y apuntó algo en la libreta, y se fue, y me dejó en el obrador con la niña y con los buñuelos y con una sensación rara en el pecho, la sensación de que la vida, en aquel pueblo, iba siempre hacia delante, y de que, por primera vez, no me daba miedo que fuera hacia delante, porque sabía que iba a seguir formando parte de ella.
Aquel mediodía, mientras yo cerraba el obrador para comer, aparcó un coche en la puerta, un coche bueno, de los que no se ven en Villamar, y del coche se bajó un hombre con una americana y una mujer con un niño en brazos, y el hombre se quedó de pie en la acera, mirando el cartel de latón de la fachada, sin atreverse a entrar.
Era Iván.
Al lado estaba Sofía, con un niño de un año en brazos y una sonrisa tranquila, y los dos, allí plantados en la acera de mi obrador, un martes de octubre, con el pueblo mirando ya desde las ventanas, porque en Villamar de la Ría no hay coche bueno que aparque sin que lo vea todo el mundo, y no hay visita rara que a los cinco minutos no esté en el grupo de WhatsApp.
Yo salí a la puerta con el delantal puesto, y Vera, que había llegado a por su buñuelo de media mañana, se puso detrás de mí por si hacía falta, y la cabra, que salía siempre detrás de mí, se puso al lado de Vera por si acaso, y así estábamos las tres en la puerta del obrador, dos mujeres y una cabra, mirando al hombre que cuatro años antes me había levantado una servilleta en Nochebuena.
—Nuria —dijo Iván.
—Iván.
—No venía a molestar. Veníamos de camino a la boda de mi primo, en Galicia, y he pensado… —Miró el cartel, miró la clínica de enfrente, miró a la niña que estaba en mis brazos, y se quedó sin frase—. He pensado que tenía que pasar a verte. Una vez. Ya está.
Yo, con la niña en brazos, y con Vera a un lado y la cabra al otro, hice la cosa que cuatro años antes no habría podido hacer ni en sueños, y fue abrir la puerta del todo y decir:
—Pasa. Te invito a un café.
Pasaron. Sofía, que era una mujer de las que entran en una casa y a los cinco minutos están ayudando a recoger, se sentó con el niño en la mesa, y el niño se puso a jugar con una cuchara, y la cabra se puso a mirar al niño, y el niño se puso a mirar a la cabra, y así, entre los dos, hicieron las paces en menos de un minuto, que es lo que pasa siempre con los niños y las cabras.
Yo les puse café y les puse tarta de castaña, la de la abuela, y nos sentamos los tres en la mesa del fondo, debajo del cartel de latón y de las cartas enmarcadas, y hablamos, cariño, hablamos como habla la gente que ya no se debe nada.
Iván me contó que trabajaba en la notaría, que se había sacado las oposiciones, que aquel otoño le habían dado el trabajo fijo, y que le iba bien.
Sofía me contó que tenían el niño, que se llamaba Bruno, casualmente, porque era el nombre del padre de Sofía, y yo me reí, y Vera, desde la puerta, dijo que a ver si en este pueblo no se podía llamar nadie de otra manera, y todos nos reímos.
En mitad de la conversación, Iván miró el cartel de la pared, el de los dos nombres, y las cartas enmarcadas, y la servilleta con la palabra «obligatorio», y se quedó un rato callado, y luego dijo, mirándolo todo:
—Esto es una pastelería muy bonita, Nuria.
—Gracias.
—Y tú estás muy bien.
—Lo sé.