Capítulo 64 · La feria del año siguiente
La feria del año siguiente
La niña nació en julio, un martes, en el hospital de la capital, con cuatro kilos y medio y una cara de enfado que era, palabra por palabra, la cara de Bruno Ansorena, y el pueblo se enteró antes de que yo saliera del paritorio, porque Vera había puesto un mensaje en el grupo, y a las dos horas de nacer, aquella criatura que todavía no tenía nombre tenía ya más mensajes en el móvil de su madre que yo en toda mi vida.
La llamamos Nuria.
Bueno, la llamamos Nuria para el pueblo y Nuri para casa, que es como la llamábamos nosotros, y Bruno, la primera vez que la cogió en brazos, en la habitación del hospital, con las manos grandes y la cara de piedra y un miedo en los ojos que no le había visto ni el día de la galerna, dijo, mirando a aquella cosa diminuta que le cabía en un brazo:
—Es igual que el perro viejo cuando era cachorro.
—Bruno.
—Digo que tiene la misma cara de no saber dónde está.
Yo me reí hasta que me dolió todo, que era todo, y aquel hombre se pasó tres días sin soltar a la niña, ni para comer, y el pueblo, cuando volvimos, nos tenía preparada una fiesta en la plaza, y doña Piedad nos recibió con la libreta, que ya tenía un punto nuevo, el punto ciento cuarenta y dos, que decía «bautizo pendiente de fecha», y la tía Pili nos trajo una manta de ganchillo, y don Nemesio, que tenía noventa años y había visto nacer a medio pueblo, le puso a la niña un nombre que no le habíamos puesto nosotros, que fue «la de la ría», y así se quedó.
El otoño llegó, como llega aquí, y con el otoño, la feria.
La feria del año siguiente, la de verdad, la que volvió a ser oficial porque el pueblo se la había ganado a pulso y la Diputación, viendo lo que había pasado, decidió que a Villamar de la Ría no le quitaban las fiestas ni aunque no hubiera un duro, y que incluso le daban un premio, un premio provincial a la mejor fiesta recuperada, que nos dieron en un acto en la capital con un discurso y una placa y un pincho de tortilla que no estaba tan bueno como el de Carmen.
El sauce, cariño, el sauce.
El sauce había vuelto.
Bueno, no había vuelto del todo, porque un árbol, cuando se parte, tarda, pero al año siguiente, cuando llegó el otoño, de las dos mitades partidas del tronco viejo, de cada una por su lado, habían salido ya dos ramas nuevas, dos ramas verdes y fuertes que iban creciendo hacia arriba y hacia adentro, buscándose la una a la otra por encima del camino de la orilla, y don Nemesio, que iba todos los días a mirarlas, decía que en tres o cuatro años las dos ramas se juntarían por arriba, y que entonces el arco estaría entero otra vez, y que entonces, decía, «ya pueden venir los del catastro y los del registro y quien sea, que aquí hay sauce para doscientos años más».
Aquella feria, la del año siguiente, fue la mejor feria que ha habido en Villamar de la Ría, y lo digo yo, que he visto dos, y lo dice el pueblo, que ha visto ochenta.
Fue la mejor porque aquel año ganamos nosotros, el concurso de la pareja del año, y no lo ganamos por fingir, ni por el público, ni porque hiciéramos bien la coreografía de tender la ropa, que la hicimos fatal y con una niña en un carrito llorando todo el rato, sino porque doña Piedad, en el jurado, dijo que la puntuación más alta de la historia del concurso se la había llevado «la pareja de la calle Mayor doce», y que el premio era un ramo de castañas, un beso, y la obligación de repetir el año siguiente.
Fue la mejor feria porque aquel año vino gente de otros pueblos, y hasta de la capital, porque la historia del sauce partido y del arco del pueblo se había contado en la radio y en un periódico, y porque la pastelería del obrador de la calle Mayor número doce, la pastelería de Nuria Sáenz, empezó a ser conocida fuera de Villamar, y hubo aquel invierno, por primera vez en la historia de mi familia, una lista de espera para las tartas.
Fue la mejor feria porque, aquel año, en la puerta del obrador, con la niña en brazos, yo vi pasar por delante de mi casa a una chica joven, con una furgoneta vieja, con dos maletas y una cara de triste que no se le quitaba ni durmiendo, y me quedé parada en la puerta, con la niña en brazos y el frío en la cara, y le dije:
—¿Buscas a alguien?
La chica, con la furgoneta parada delante del obrador, con las dos maletas en el suelo y la cara de quien lleva trescientos kilómetros sin dormir, me dijo:
—Busco una casa. Me han dicho que en este pueblo se vende la casa de una señora mayor que se murió, la del número catorce. Creo que se llamaba Amparo. ¿La conoces?
Yo, con la niña en brazos y el frío de octubre en la cara, miré a aquella chica, que tendría veinticinco años, que venía de la ciudad con dos maletas, que no sabía nada de nada, y comprendí, de golpe, que dos años antes, exactamente dos años antes, esa chica había sido yo.
—La conocí —dije—. Vivía aquí al lado, en el número catorce. —Le señalé el obrador—. Yo soy la del doce. ¿Tienes dónde dormir esta noche?
—La verdad es que no.
—Pues tienes sitio aquí. —Abrí la puerta—. Un consejo, si me lo aceptas. —La chica me miró—. No te vayas antes del invierno. Aunque el pueblo sea pequeño, aunque llueva, aunque te dé la sensación de que aquí no hay nada. Quédate un invierno. Un invierno entero. Luego decide.
La chica, que se llamaba Marta, que hoy es la enfermera del centro de salud y la mejor amiga de Vera, entró en el obrador aquella tarde, y yo le di café y tarta de castaña, y a los tres meses compró la casa de Amparo, la del número catorce, y a los dos años se casó con el panadero, y esa es otra historia que no me toca contar aquí, solo diré que aquella chica, dos años después, me dijo una cosa que no se me ha olvidado, y es que el día que yo le dije «no te vayas antes del invierno», ella supo que se quedaba, y que yo no le dije eso a ella, me lo dije a mí misma.
El epílogo de aquella feria, la del año siguiente, la de la niña, fue una cosa pequeña que no vio nadie.
Fue que, al final de la tarde, cuando ya se había ido todo el mundo y estaban recogiendo las luces y las sillas, yo cogí a la niña, y me fui sola, con ella en brazos, andando por la carretera de la ría, hasta la curva de la desembocadura.
Llegué al sauce al atardecer, con el cielo naranja por detrás del monte y la ría corriendo mansa, y me quedé de pie debajo del arco de los dos troncos, con la niña en brazos, mirando las dos letras viejas, la «E» y la «N», que seguían ahí, de pie, mirándose la una a la otra, y las dos ramas nuevas que crecían hacia arriba buscándose, y la niña, calentita, contra mi pecho, se despertó, y me miró, y se quedó quieta, mirando el árbol, con la cara de quien lo entiende todo, con tres meses de vida y sabiendo ya lo que había pasado debajo de aquel sauce.
—Mira, Nuri —le dije—. Esto es el sauce.
Aquí se conocieron tu bisabuelo Emilio y tu bisabuela Nuria, que se llamaba como tú.
Aquí no fueron felices, por una tontería, por un miedo.
Aquí, un día de otoño, tu padre y yo levantamos este árbol entre todo el pueblo y nos casamos debajo.
—La niña me miró con sus ojos raros de recién nacida—.
Esto, hija mía, es lo único que tienes que aprender de esta familia.
Aquí sabíamos hacer muchas cosas y una muy mal: no decíamos nunca lo que queríamos.
Se acabó. Desde hoy, se acabó. Tú vas a decir lo que quieras, Nuri.
Vas a decirlo siempre, aunque te dé miedo, aunque sea tarde, aunque llueva.
Si algún día te da por no decirlo, vendrás a este árbol, y le leerás lo que está escrito dentro, y ya verás como se te pasa.
Al volver hacia el pueblo, con la niña dormida en brazos, me encontré a doña Piedad esperándome en la curva de la carretera, con las manos en los bolsillos del abrigo y la cara seria, mirando la ría, y al llegar a su lado se giró y me acompañó, y anduvimos las dos un rato en silencio, el pueblo al fondo con las luces de la feria todavía encendidas, y en mitad del camino, sin mirarme, con la misma cara con la que llevaba cuarenta años diciendo la frase de «en Villamar la gente se casa donde nace el sauce», doña Piedad me dijo:
—Nuria.
—Dime.
—Este año me jubilo.
—¿De qué?
—De lo que hago. —Hizo un gesto con la mano hacia el pueblo—.
De las listas, de las ferias, de los arcos, de las bodas, de decirle a la gente cuándo empieza y cuándo termina una fiesta.
—Me miró—. Tengo ochenta y un años, hija mía, y llevo sesenta organizando este pueblo, y me he dado cuenta esta tarde, viéndote recoger las sillas con una niña en brazos y darle una tarta a una desconocida, de que hay relevo.
Yo, con la niña dormida en brazos y el pueblo al fondo y aquella mujer de ochenta y un años a mi lado, me quedé helada, y le dije que no, que cómo se le ocurría, que quién iba a llevar la libreta, que cómo iba el pueblo a funcionar sin ella, y doña Piedad se paró en mitad de la carretera, se sacó del bolsillo del abrigo la libreta, una libreta vieja, con la tapa de cartón gastada por sesenta años de manos, con las puntas dobladas y el lomo roto, y me la puso encima de la niña, con mucho cuidado, como quien pone una cosa sagrada sobre otra cosa sagrada, y me dijo:
—Toma. La libreta y la feria. Si me necesitas, vivo en el número tres y no tengo nada que hacer.
Yo, con la niña en un brazo y la libreta de doña Piedad en el otro, en mitad de la carretera de la ría, con el pueblo de fiesta al fondo y un sauce partido creciendo otra vez en la orilla, me di cuenta de que la historia no había terminado en mi boda, ni en la niña, ni en la feria, porque en los pueblos la historia no termina nunca, lo único que pasa es que cambia de manos, y que aquella libreta, la libreta que había organizado sesenta años de la vida de Villamar de la Ría, acababa de pasar de una mujer que se iba a otra que se quedaba.
Abrí la libreta, allí en la carretera, con la niña dormida en brazos, y la abrí por la última página, y en la última página de la libreta de doña Piedad, con su letra picuda de sesenta años, había una cosa escrita que no era una lista.
Era una sola línea, subrayada dos veces.
La línea decía: «Nuria Sáenz, nieta, sabe lo que hace.»