Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 63 · El papel del abrigo
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Capítulo 63 · El papel del abrigo

El papel del abrigo

El papel estaba en el bolsillo de dentro del abrigo de mi abuela, cosido a la tela por una esquina, como se cosían antes las cosas importantes para que no se perdieran, y era una hoja del cuaderno cuadriculado, doblada en cuatro, con un dibujo de una castaña en la esquina, como todas las cosas que escribía aquella mujer, y lo leí de pie en la orilla de la ría, con el abrigo puesto y el sol saliendo por encima del arco y el pueblo celebrando detrás, y lo leí dos veces, porque la primera vez no me lo creí.

Decía así:

«Para quien se case con mi abrigo puesto:

Si estás leyendo esto, es que has cogido el abrigo, y si has cogido el abrigo, es que te has casado, y si te has casado, es que no te has ido. Así que lo primero: enhorabuena. Has hecho la única cosa que yo no supe hacer.

Ahí va la receta de la tarta, que ya la sabrás, pero por si acaso. Aquí va la otra cosa, la que no va en la receta, y es esta:

En esta familia somos buenos para muchas cosas y malos para una. Sabemos amasar, sabemos aguantar, sabemos sacar adelante un obrador con deudas y un invierno malo. Lo que no sabemos es decir en voz alta lo que queremos. A mí me costó cuarenta años y una caja de facturas.

No hagas lo que hice yo. No te quedes en la ventana mirando el puerto. Baja. Baja siempre. Aunque llueva, aunque haga frío, aunque tengas miedo, aunque creas que ya es tarde.

Que el mar te traiga siempre de vuelta.

N.»

Cuando terminé de leerlo, me quedé un momento con la hoja en las manos, en la orilla de la ría, con el sol en la cara, y me reí, y lloré, y le enseñé el papel a Bruno, y Bruno lo leyó de pie a mi lado, con la corbata ya del todo torcida y el pelo revuelto, y cuando terminó, dobló el papel con mucho cuidado, me lo devolvió, y dijo:

—Tu abuela llevaba cuarenta años dejándote notas.

—Ya lo sé.

—Y tú llevas un año encontrándolas todas.

Yo, con el papel de mi abuela en el bolsillo del abrigo de mi abuela, me di la vuelta hacia el pueblo, y el pueblo estaba allí, entero, sentado en las sillas y de pie en la orilla y subido a las piedras y asomado al puente viejo, y entendí que aquella boda no había sido una boda, había sido una cosa más grande, había sido la feria que no habíamos podido celebrar, la que la Diputación nos había quitado, la que el señor Fombella había querido hundir, y que el pueblo, sin dinero y sin permiso y sin doscientos años de tradición, se había celebrado a sí mismo un sábado de octubre en la orilla de su ría, bajo un árbol partido, con una tarta hecha la noche antes y con una cabra que se estaba comiendo el mantel.

La feria, aquel año, la hicimos igual.

La hicimos por la tarde, en la plaza, con las luces que el vecindario había bajado de los desvanes, con las banderas cosidas a mano, con las castañas de don Nemesio asándose en una sartén gigante que alguien encontró no sé dónde, y con el concurso.

Porque doña Piedad, que no perdía el tiempo ni el día de su propia boda, ni el de la de nadie, apareció a las seis de la tarde con la libreta y dijo:

—El concurso de la pareja del año se celebra. Sin premio, porque no hay premio, pero con jurado, porque yo soy el jurado.

Ahí, cariño, empezó la parte más divertida del día, porque el concurso de la pareja del año, el que un año antes nos había obligado a Bruno y a mí a fingir que éramos novios, el que nos había puesto a tender la ropa con frío, a bailar en la plaza, a cenar con las dos familias, a subir al monte a por castañas y a hacernos un lío cada vez más grande, aquel concurso, aquel año, lo ganó, mira tú por dónde, Carmen.

La abuela de Bruno. Los Ansorena.

Digo la abuela de Bruno porque Carmen era la mujer con la que se había casado Emilio, la mujer que le había dejado sacar la barca los domingos, la mujer que había vivido cincuenta años al lado de un hombre que quería a otra y que, según me contó Bruno aquella noche, lo había sabido siempre, y nunca había dicho nada, y había cuidado a aquel hombre hasta el último día, y había ido a su entierro de la mano de su hijo.

Carmen, a sus ochenta y seis años, ganó aquel concurso ella sola, con una tortilla de patatas y un chiste, y cuando doña Piedad le dio el premio, un ramo de castañas y un beso, Carmen subió al escenario, cogió el micrófono, y dijo la frase que hizo llorar a medio pueblo y que todavía se repite en Villamar:

—Cincuenta y tres años casada con un buen hombre. No fue el amor de mi vida, pero fue mi vida, y eso también es amor, y el que diga que no, que venga y me lo cuente a la cara.

Bruno, a mi lado, en la plaza, con el brazo por encima de mis hombros, se quedó un rato mirando a su abuela, y luego me dijo al oído:

—Nadie le había dicho nunca eso a mi abuelo. Ni él lo sabía.

—Ahora lo sabe —dije yo—. Vaya si lo sabe.

La feria siguió, con la música y las castañas y las luces, y a las once de la noche, con el pueblo bailando en la plaza y los abuelos sentados en un banco y las niñas corriendo, yo me sentí cansada, de golpe, un cansancio raro, un cansancio de muchos días juntos, y me senté un momento en un banco, y Vera vino con dos platos de tarta, uno para mí y otro para ella, y yo cogí el tenedor, y me llevé un trozo de tarta de castaña y boniato a la boca, la tarta de mi abuela, la tarta de mi boda, la mejor tarta que yo había hecho en mi vida, y no me supo a nada.

Nada.

Ni a castaña, ni a boniato, ni a crema, ni al frío de la noche metido dentro. Nada.

Me quedé con el tenedor en la boca, en mitad de la plaza, con la música y la gente y las luces y Vera hablándome al lado y Bruno en algún sitio bailando con doña Piedad, y pensé, con una claridad que me dejó sin aire, dos cosas que llevaba dos semanas sin querer pensar, y la primera era que llevaba dos semanas sin apetecerme nada, y la segunda era que llevaba dos semanas levantándome antes de que sonara el despertador con unas náuseas que yo le había echado la culpa a la feria, y las dos cosas juntas, en mitad de la plaza, con un tenedor de tarta de castaña en la boca, solo podían significar una cosa.

Dejé el tenedor en el plato, y busqué a Bruno con la mirada por encima de toda aquella gente, y lo encontré al otro lado de la plaza, bailando con el perro viejo entre las piernas y la cara de piedra y los ojos brillantes, y le hice una seña con la cabeza, la misma seña que él me había hecho a mí hacía un año, desde la acera del obrador, cuando me dijo por primera vez «bájate», y Bruno, en mitad del baile, me vio, se quedó parado, y me miró con una cara que no le había visto nunca, una cara de pregunta, porque aquel hombre, cariño, aquel hombre lo entiende todo sin que se lo digan, y yo, de pie en mitad de la plaza, con la tarta de mi abuela delante y todo un pueblo bailando a mi alrededor, me puse la mano en la barriga sin darme cuenta, y Bruno Ansorena, el hombre más serio del norte de España, dejó a doña Piedad plantada en mitad del baile, cruzó la plaza entera a la carrera, y llegó a mi lado sin aire, y antes de que yo pudiera decir nada, me cogió las dos manos, me miró a los ojos, y dijo:

—Nuria.

—Dime.

—¿Estás?

Yo, cariño, con las manos de aquel hombre en las mías y todo un pueblo de fiesta detrás y la tarta de mi abuela enfriándose en el plato, le dije que creía que sí, que creía que sí, y Bruno Ansorena se sentó en el banco a mi lado, despacio, con las dos manos en la cara, y se quedó así un rato largo, y cuando se destapó la cara tenía los ojos rojos, y me dijo, con la voz que se le rompía:

—Mi abuelo esperó siete castañas. Yo he esperado una.

En mitad de la plaza, con la música y las castañas y las luces de la feria y las dos letras del sauce viejo mirándose en la orilla de la ría, yo comprendí, por fin, que la historia de los dos se había terminado bien, y de que la que venía detrás, la que todavía no tenía nombre, iba a empezar, como todas las historias de aquel pueblo, un día de otoño.