Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 62 · La prueba definitiva
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Capítulo 62 · La prueba definitiva

La prueba definitiva

Corrí.

Corrí por la calle Mayor con el abrigo de mi abuela puesto y los zapatos de todos los días, que era lo que había decidido llevarme, porque a las cosas importantes hay que ir con los zapatos de todos los días, y me metí en la clínica, y la clínica estaba cerrada, y corrí a la casa, y la casa estaba vacía, y corrí al obrador, y en el obrador no había nadie más que la tarta en la ventana y el perro viejo, que me miró con cara de no saber nada, y a la vuelta, en la esquina, me encontré a Vera.

—¿Lo has visto? —le pregunté.

—¿A Bruno?

—A Bruno.

—Está en la ría. —Vera me cogió del brazo—. Nuria, escúchame. Está en la otra orilla. Se ha ido por el puente viejo y se ha sentado en el tronco del sauce, en la mitad que está del otro lado, y lleva allí media hora, y no deja que se le acerque nadie. —Me miró—. Va a ser que tiene miedo.

Yo, con el abrigo de mi abuela y los zapatos de todos los días, no me fui corriendo hacia la orilla, no.

Me quedé parada en la esquina, en la calle Mayor, respirando, porque una cosa había aprendido yo en aquel año, una sola, y era que a los hombres como Bruno Ansorena no se les va a buscar corriendo.

Se les deja. Se les deja un rato con su tronco y su ría y su miedo, y luego se va uno andando, despacio, y se sienta a su lado sin decir nada, y se espera.

Así que crucé el puente viejo andando, despacio, con el viento todavía fuerte y la ría corriendo por debajo, y llegué a la otra orilla, y allí, sentado en el tronco del sauce partido, con los pies colgando hacia el agua, con el traje puesto y la corbata medio torcida y el pelo revuelto por el viento, estaba el hombre con el que yo me iba a casar en cuarenta minutos, y no estaba haciendo nada, no estaba mirando el móvil, no estaba hablando con nadie, estaba mirando el agua, y a su lado, tumbado en el tronco, estaba el perro viejo, que había cruzado el puente detrás de él, porque el perro viejo llevaba un año sin separarse de aquel hombre ni un solo día.

Me senté a su lado, en el tronco, sin decir nada.

Estuvimos así un rato, los dos, mirando el agua, con el perro entre los dos, y al final Bruno habló, sin mirarme, con la voz baja.

—Mi abuelo esperó siete castañas a la tuya.

—Ya lo sé.

—Bajo ese árbol. Siete años esperando que apareciera una mujer que no apareció. —Se quedó un momento—. Yo llevo un año pensando que si él esperó siete años y ella no fue, a lo mejor esto, lo nuestro, va a salir mal por algún sitio, y no he sabido qué hacer con eso hasta esta mañana.

—¿Y qué ha pasado esta mañana?

—El árbol. —Levantó la vista hacia las dos mitades del sauce, que desde aquella orilla se veían como dos brazos abiertos—.

Se ha partido, Nuria. El árbol de mi abuelo se ha partido por la mitad el día de mi boda.

Yo, cuando lo he visto, he pensado: «ya está, esto es la señal, esto es lo que le pasó a él».

Me he venido aquí a pensar si tenía derecho a casarme contigo encima de un árbol partido.

Yo, sentada en el tronco del sauce de los dos, con el hombre que quería a mi lado y el miedo de aquel hombre en las manos, hice lo único que sabía hacer ya, que era decir la verdad.

—Bruno.

—Dime.

—Tu abuelo esperó siete años y ella no apareció porque tenía miedo.

Yo he tenido miedo un año entero, del principio al final, y he hecho cosas peores que no aparecer, he fingido una boda, he firmado una servilleta, he estado a punto de irme dos veces.

Mira. —Le cogí la cara con la mano y le giré la cabeza hacia el árbol—.

Mira el sauce. Se ha partido por la mitad y las dos mitades siguen de pie.

Tu abuelo y mi abuela están ahí dentro, cada uno en su mitad, y llevan sesenta años juntos bajo tierra, y hoy, por primera vez, están de pie, mirándose.

Eso no es una señal de que va a salir mal, Bruno.

Es la señal de que ellos ya están juntos y nosotros podemos empezar.

Bruno Ansorena, el hombre más serio del norte de España, con el traje puesto y la corbata torcida y el viento en la cara, me miró un rato largo, y luego hizo la cosa que yo no me esperaba, que fue echarse a reír, una risa baja, de pecho, una risa que le salía de muy dentro, y me dijo:

—Tu abuela te dejó las cartas. Mi abuelo me dejó un reloj con un papel. Ahora los dos, entre los dos, nos han partido un árbol para que nos casemos. —Se levantó y me tendió la mano—. Estos dos no saben estar muertos.

—No —dije—. No saben.

Nos volvimos andando, los dos, de la mano, por el puente viejo, con el perro viejo detrás, y al llegar a la orilla, cuando el pueblo nos vio aparecer de la mano, se levantó entero, todas las sillas a la vez, y doña Piedad, desde el fondo, con la libreta en la mano, dijo:

—¡A la una! ¡Que son las doce y cincuenta!

A la una en punto, con el cielo todavía gris pero con una luz rara que empezaba a colarse por debajo de las nubes, en la orilla de la ría de Villamar, debajo de las dos mitades del sauce viejo, con el pueblo sentado en sillas de plástico y de madera y de lo que hubiera, con mi madre en primera fila llorando antes de empezar, con Vera haciendo fotos con el móvil, con doña Piedad de pie al lado del párroco con la libreta abierta, con la tarta de castaña y boniato en una mesa al fondo con el frío de la noche metido dentro, con don Nemesio de pie en la orilla de espaldas a la ría «por si hace falta un hombre de mar», y con una cabra con una cinta rosa atada a la pata de una silla, me casé.

Me casé con Bruno Ansorena en el sitio donde su abuelo y mi abuela se habían querido, bajo un árbol partido que el pueblo había levantado con las manos, y el párroco, un hombre mayor que había cruzado medio monte para llegar, dijo las palabras de siempre, y cuando llegó el momento de los votos, me preguntó si yo quería a aquel hombre, y yo dije sí, y lo dije sin pensar, por primera vez en mi vida, porque hacía un año que lo sabía, y le preguntó a él si quería a aquella mujer, y Bruno, con la voz firme y la cara de piedra y los ojos brillantes, dijo sí, y luego, cuando el párroco dijo «puede besar a la novia», hizo algo que no estaba en el guion.

Sacó del bolsillo de la chaqueta la servilleta.

La servilleta del pacto, enmarcada, con la palabra «prohibido» tachada y la palabra «obligatorio» en su sitio, con las firmas del pueblo y la huella de la cabra, y la levantó, y delante de todo Villamar de la Ría, dijo en voz alta:

—Yo, Bruno Ansorena, firmé una servilleta hace un año en la que ponía «prohibido enamorarse», y la firmé mintiendo.

Hoy quiero que quede claro, delante de todos, que la cambié, y que la firmo otra vez, y que esta vez la firmo de verdad.

—Y leyó, despacio—: «Obligatorio enamorarse.

Para siempre. Firmado: el pueblo, y la cabra. »

El pueblo se echó a reír, y el párroco, que no sabía de qué iba nada, se echó a reír también, y Bruno me cogió la cara con las dos manos, exactamente igual que en un andén de tren hacía unos meses, y me besó, y fue el beso más largo y más tranquilo de mi vida, y detrás de nosotros, en la ría, en las dos mitades del sauce viejo, las dos letras, la «E» y la «N», se quedaron de pie en la madera, mirándose, y por encima del arco, cariño, por encima del arco de dos troncos partidos, en aquel mismo momento, se abrió una nube, y salió el sol.

Salió el sol en Villamar de la Ría un sábado de octubre, a la una y cuarto de la tarde, y el pueblo, cuando lo vio, se puso de pie y aplaudió, y las viejas lloraban, y los viejos aplaudían, y las niñas miraban el arco, y la cabra se soltó de la silla y se metió por debajo de las mesas a por la tarta, y Vera salió corriendo detrás con el móvil, y mi madre, en primera fila, se levantó, se secó la cara con el delantal que llevaba puesto debajo del abrigo, y dijo, con la voz que ponía cuando arreglaba el mundo:

—¡Que alguien coja a esa cabra, que nos va a comer la tarta!

Ahí, con el sol saliendo por encima del arco, con medio pueblo buscando una cabra, con mi madre gritando y Vera corriendo y doña Piedad diciendo «bueno, ya está bien», ahí, en el sitio donde su abuelo y mi abuela se habían querido, empezó el resto de mi vida.

En el bolsillo de mi abrigo, el abrigo de mi abuela, oí un papel.