Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 61 · El arco
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Capítulo 61 · El arco

El arco

A las siete y media de la mañana del día de mi boda había en Villamar de la Ría cuarenta personas mirando un árbol caído, y no había ni una sola que supiera qué hacer.

El sauce se había partido por la mitad, en dos troncos gruesos que colgaban sobre la ría, y uno de los dos había arrastrado consigo medio arco, el arco que el pueblo se había pasado tres semanas montando a escondidas, y las ramas estaban por el agua, y las cintas rojas, y las castañas, y todo, y el arco, lo que quedaba del arco, estaba hundido en el barro de la orilla, y por encima de todo aquello, con la luz gris y la lluvia fina y el viento todavía fuerte, se oía el ruido del agua corriendo por debajo del tronco, y el ruido, cariño, era el ruido de una cosa que sigue pasando por encima de las cosas de la gente, y ese ruido, en aquel momento, me pareció el peor ruido del mundo.

Doña Piedad fue la primera que habló.

—Vamos a ver —dijo, con las manos en los bolsillos del abrigo y la cara seria—. ¿Alguien ha llamado a los bomberos?

—Vienen de camino —dijo el panadero—. Pero dicen que la carretera de la costa está cortada por un desprendimiento y que pueden tardar cuatro horas.

—Cuatro horas.

—Cuatro horas.

Doña Piedad miró el reloj, miró el sauce caído, miró el cielo, y dijo:

—La boda es a la una.

Ahí, en aquel momento, en la orilla de la ría, con el árbol partido y el arco hundido y el pueblo mirando, se hizo el silencio, porque todo el mundo entendió de golpe lo que aquello significaba, y lo que significaba era que en Villamar de la Ría, después de año y medio preparando una feria, de un año entero de escrituras, de notas, de cartas, de votos, de listas con ciento cuarenta y un puntos, de una mujer que se había pasado la vida esperando un sauce, en Villamar de la Ría, el día de la boda, se había caído el sauce, y no había arco, y no había doscientos años de tradición, y no había nada.

Yo, en mitad del silencio, con el abrigo puesto y el frío en los pies, hice la cosa que llevaba un año aprendiendo a hacer, y que era la única que sabía hacer ya, y fue ponerme en medio del pueblo y hablar claro.

—Bueno. —Todos me miraron—. Pues me caso sin arco.

—Nuria —dijo mi madre.

—Sin arco, sin sauce, sin doscientos años. —Miré al pueblo—. Me caso aquí, en la orilla, con el árbol partido detrás si hace falta, y me caso contigo, Bruno, y me caso con este pueblo, que ya me ha dado más de lo que yo he sabido pedir. Si alguien tiene un problema con eso, que lo diga ahora.

Nadie dijo nada, y entonces pasó la cosa más rara de todas, la que todavía hoy, dos años después, no sé explicar, y fue que don Nemesio, el viejo pescador, el hombre que llevaba cincuenta años corrigiendo a todo el mundo y cincuenta años sin que nadie le hiciera caso, se adelantó, se puso delante del sauce caído, lo miró un rato largo, y dijo:

—El sauce no está caído.

—Don Nemesio —dije yo—. Está en el suelo.

—El sauce no está caído, está abierto. —Se giró hacia el pueblo, con el dedo levantado—.

Un sauce que se parte por la mitad no se cae, se abre.

Cuando un sauce se abre, la mitad de acá sigue viva y la mitad de allá sigue viva, y las dos siguen buscando agua, y las dos siguen buscando el cielo, y si las dejas, con los años, vuelven a juntarse.

—Bajó el dedo—. Yo llevo cincuenta años viviendo de la mar y de los árboles de esta orilla, y os digo una cosa: ese árbol no se ha muerto.

Ese árbol se ha abierto para dejarnos pasar.

Villamar entero, que llevaba una hora mirando un desastre, se puso a mirar un arco.

A partir de ahí, cariño, aquello fue una luz que se encendió de golpe, porque en un pueblo pequeño, cuando alguien dice la frase exacta, la frase que hacía falta, el pueblo en pleno echa a andar, y en Villamar de la Ría echó a andar, y en menos de una hora había allí cincuenta personas trabajando, y no hacía falta que nadie diera órdenes, porque doña Piedad ya las estaba dando, y las órdenes eran «tú, con la motosierra», «tú, con las cuerdas», «tú, con mi madre, que no me la dejéis sola que se me pone a llorar», y la motosierra llegó en un tractor, y los troncos, los dos troncos partidos del sauce viejo, los levantaron entre todos con cuerdas y con las manos, y los colocaron de pie, uno a cada lado del camino de la orilla, inclinados el uno hacia el otro, apoyados el uno en el otro, y en las puntas, donde las ramas se tocaban, ataron una rama verde que quedaba, y el pueblo, cuando lo vio de pie, cuando vio las dos mitades del sauce levantadas y juntas por arriba, formando un arco, se calló, porque el arco era el arco, era exactamente el arco, solo que en vez de madera cortada era el árbol de verdad, el sauce viejo de Villamar, partido y vuelto a juntar, y doña Piedad, con las manos en la cintura, lo miró un rato, y dijo:

—Bueno. Pues ya está el arco.

Luego pasó lo otro.

Porque cuando terminaron de levantar el tronco, la tía Pili, que había estado toda la mañana con las manos en la boca, se acercó al tronco partido, miró la parte de dentro, la que había estado tapada por la corteza durante doscientos años, y se quedó blanca, y llamó a mi madre, y mi madre me llamó a mí, y yo me acerqué con Bruno, y en la madera viva del sauce, en las dos mitades, donde el árbol había ido creciendo sobre sí mismo año tras año, había dos letras talladas, muy hondas, muy viejas, más viejas que las de fuera, tan viejas que la madera las había ido tragando hasta casi borrarlas.

En una mitad, una «E».

En la otra mitad, una «N».

Emilio. Nuria. Talladas hacía sesenta y dos años, en el corazón del árbol, y crecidas hacia dentro, y ahora, con el sauce partido en dos y vuelto a levantar, las dos letras estaban otra vez de pie, cada una en su mitad, mirándose la una a la otra por encima del camino de la orilla, y la gente se fue acercando, y en cinco minutos había cuarenta personas en la orilla mirando dos letras viejas en un árbol partido, y algunas lloraban, y mi madre lloraba, y yo lloraba, y Bruno, a mi lado, no lloraba, porque Bruno Ansorena no llora, pero tenía las manos en los bolsillos y los ojos muy abiertos y la boca cerrada, que en él es lo mismo.

—Es ella —dijo mi madre—. Es mi madre. Está ahí. Lleva sesenta años ahí, dentro del árbol.

Doña Piedad, que no lloraba nunca y no iba a empezar aquel día, se aclaró la garganta, se puso las gafas, y dijo, con la voz un poco rara:

—Señores, son las once y media. La boda es a la una.

Esto, con permiso de Nuria, no es un arco: esto es una capilla.

Así que el que tenga que ponerse guapo, que se vaya a ponerse guapo, y el que tenga que traer sillas, que traiga sillas, y el que tenga que traer la tarta, que la traiga, que la tarta está en la ventana del obrador y hay que bajarla con cuidado, que lleva el frío de la noche metido dentro.

El pueblo se fue a ponerse guapo.

Yo volví a casa corriendo, con mi madre y con Vera y con la tía Pili detrás, y me metí en el baño, y me puse lo que me tenía que poner, que era un vestido de un color claro y un abrigo que no era de boda pero que era de mi abuela, y me miré en el espejo del baño de la casa de mi abuela, con el pelo mojado por la lluvia y las manos frías y el corazón en la garganta, y me quedé un momento mirándome, y pensé en la mujer que se había ido de aquel pueblo sin atreverse a bajar al puerto, y pensé que aquella mujer, sesenta y dos años después, había vuelto a estar de pie en la orilla de su ría, en una letra en un árbol, y que a lo mejor, cariño, a lo mejor eso, y no otra cosa, era lo que mi abuela llevaba sesenta años esperando, no casarse con quien quería, sino que alguien de su familia, algún día, se casara de verdad bajo su sauce.

Salí a la calle con el abrigo de mi abuela puesto, y me fui andando hacia la ría, y por la calle Mayor me fui encontrando a todo el pueblo, que iba hacia la misma dirección, en botas y en abrigos y con paraguas y sin paraguas, y las viejas me decían «qué guapa», y los viejos me decían «qué suerte», y las niñas me miraban el abrigo, y a mitad de la calle me encontré a doña Piedad, que venía con su libreta, y me paró, y me miró de arriba abajo, y me dijo:

—¿Y Bruno?

—¿Cómo que y Bruno?

—Que dónde está Bruno. —Miró hacia atrás—. Porque yo llevo toda la mañana con el arco y con las sillas y no lo he visto aparecer, y hace media hora estaba aquí, y ahora no está.

Yo miré hacia la orilla, hacia el arco del sauce partido, y allí estaba todo el pueblo, y estaba el párroco, que había llegado por fin desde el otro lado del monte, y estaba mi madre, y estaba Vera, y estaban las sillas y las flores y las castañas, y en mitad de todo, delante del arco, con las manos quietas en los bolsillos y la cara de piedra, mirando los dos troncos del sauce que el pueblo había levantado con las manos, no había nadie.

Porque Bruno no estaba.