Capítulo 60 · La víspera
La víspera
El viernes amaneció con el cielo bajo y las gaviotas metidas en el pueblo, que es la señal más clara que da el norte cuando va a haber galerna, y con la radio del obrador diciendo, cada veinte minutos, lo mismo: aviso naranja en la costa, viento del norte fuerza nueve, olas de cuatro a cinco metros, precaución en los paseos marítimos.
Mi madre, que había dormido en casa y que llevaba desde las seis de la mañana con el delantal puesto, oyó la palabra «galerna» en la radio y dijo:
—Pues mañana no hay boda.
—Mañana hay boda —dije yo.
—Nuria, que hay aviso naranja.
—Mamá, que mañana hay boda.
Mi madre, con las manos en la masa y la cara de quien lleva cuarenta años discutiendo con el tiempo de este pueblo y sabe que el tiempo de este pueblo hace lo que le da la gana, me dijo que hiciera el favor de no ser cabezota el día antes de casarme, que ya tendría tiempo de serlo el resto de mi vida, y volvió a lo suyo, que era amasar, porque en Villamar de la Ría no se puede parar de amasar ni el día del juicio final.
Así nos pasamos el viernes entero, mi madre y yo, en el obrador, haciendo los dulces de la feria.
Hicimos las castañas confitadas, y los huesos de santo, y los buñuelos, y la tarta de boda, que era la tarta de la abuela, la receta del cuaderno, la de castaña y boniato con la crema de la abuela, y la hicimos con el cuaderno abierto en el atril, con mi madre leyendo en voz alta las cantidades y conmigo pesando, y en mitad de la tarta, mi madre, con el dedo pringado de crema, me dijo:
—Esta tarta la hacía ella para el día de la feria.
—Ya lo sé.
—Todos los años. La hacía la noche antes, y la dejaba enfriar en la ventana, y por la mañana estaba fría y la llevaba a la plaza. —Se chupó el dedo—. Decía que una tarta de castaña había que hacerla con el frío de la noche metido dentro, que si no, no valía.
Yo, con la manga de castañas en la mano y la ventana abierta y el viento empezando a soplar, pensé que aquella tarta, la tarta de mi boda, era la misma tarta que mi abuela había hecho durante cuarenta años para una feria a la que siempre había ido sola, con el abuelo Ramón al lado, y que dentro de aquella tarta, en la crema de castaña y boniato, iba a haber algo más que castañas y boniato, y que eso, aunque no se pudiera decir en voz alta delante de los invitados, era lo que iba a hacer que aquella tarta fuese la mejor tarta que yo había hecho en mi vida.
La dejamos enfriando en la ventana, con el viento de la galerna entrando y saliendo, y a las siete de la tarde sonó el móvil, y era Bruno, y me dijo:
—Bájate.
—¿Dónde estás?
—Abajo.
Me asomé a la ventana y estaba en la acera, con el abrigo y las manos en los bolsillos, y el perro viejo al lado, y el viento levantándole el pelo, y me hizo una seña con la cabeza para que bajara, y yo bajé, y le pregunté adónde íbamos con aquel tiempo, y él me dijo «al sauce», y yo le dije que estaba loco, que había aviso naranja, y él me dijo «por eso», y me cogió de la mano y echamos a andar por la carretera de la ría, contra el viento, los dos solos, con el perro viejo trotando detrás.
En la curva de la desembocadura, en la parcela del sauce, con el viento del norte azotando la ría y las olas rompiendo en la orilla y el agua subiendo, estaba el arco.
Estaba montado, medio montado, con los andamios todavía puestos, un arco de madera y ramas, un arco de los de aquí, de los que se hacen con lo que hay en el monte, y en las ramas, atadas con hilo, había castañas y hojas y cintas rojas, y el arco estaba apoyado en la orilla, delante del sauce, y dos hombres del pueblo lo estaban sujetando con cuerdas para que el viento no se lo llevara, y cuando Bruno y yo llegamos, uno de los hombres, que era el panadero, levantó la mano y dijo:
—¡Que no se os ocurra tocar nada, que esto lo está haciendo el pueblo!
Bruno y yo nos quedamos allí, contra el viento, mirando el arco que el pueblo estaba montando para nuestra boda sin que nosotros supiéramos nada, y yo me llevé la mano a la boca, y Bruno, a mi lado, con las manos en los bolsillos y el viento en la cara, me dijo:
—Esa era la cosa importante.
—¿El arco?
—No. —Sacó una mano del bolsillo y me la puso en el hombro—. Que te quieren, Nuria. Que todo este pueblo te quiere. Que yo llevo tres semanas aguantando que lo monten sin decirte nada, y no sabes lo que me ha costado.
Yo, con el viento del norte en la cara y el arco delante y medio pueblo trabajando en él con la misma dedicación que en lo suyo, me eché a llorar, y le dije a Bruno que era un desgraciado por guardarme esas cosas, y él me dijo que ya lo sabía, y luego me sacó del bolsillo del abrigo una cosa envuelta en papel.
Era un marco. Un marco pequeño, con el cristal, y dentro del marco estaba la servilleta.
La servilleta del pacto. La servilleta de aquella noche de octubre en que dos desconocidos habían firmado un contrato de mentira en un bar del puerto, con trece reglas y una regla sagrada, la que decía «prohibido enamorarse», la servilleta que había estado en un bolsillo de un abrigo durante once meses, arrugada y sobada, y que yo, personalmente, no había vuelto a ver desde el verano.
No era la misma servilleta.
Alguien —y no hacía falta preguntar quién, porque la letra era de Bruno— había cogido un rotulador y había tachado la palabra «prohibido», y en su lugar, con la letra seria y torcida de Bruno Ansorena, ponía:
«Obligatorio.»
«Obligatorio enamorarse.»
Debajo, en la esquina de la servilleta, había media docena de firmas pequeñas, con bolígrafo de distintos colores, y las firmas eran de Vera, de mi madre, de doña Piedad, de don Nemesio, de la tía Pili, y la última era un borrón, que era la huella de una pezuña.
—La cabra ha fichado —dijo Bruno—. No sé si vale, pero ha fichado.
Yo, con la servilleta del pacto en las manos, con la regla sagrada tachada y la palabra «obligatorio» en su sitio, con las firmas del pueblo y la huella de una pezuña, contra el viento del norte, en la orilla de la ría, con el arco de mi boda levantándose detrás de mí, no supe qué decir, y entonces dije la cosa más tonta que se puede decir en un momento así, que fue:
—Bruno, esto es un delito. Has falsificado un documento.
—Sí.
—Es la servilleta del pacto.
—Sí. —Se metió las manos en los bolsillos—. El pacto era una tontería, y ya no vale, y había que cambiarle una palabra. Así que se la cambié. Si me denuncias, me denuncias, pero yo mañana me caso con esa palabra, no con la otra.
Yo me reí, y lloré, y le dije que era el hombre más raro del mundo, y él me dijo que ya lo sabía, y el panadero, desde el arco, nos gritó que si íbamos a seguir con la escena nos metiéramos en casa, que iba a caer una buena, y teníamos razón, porque empezó a llover de lado, de esa manera que llueve aquí, y salimos corriendo los dos por la carretera de la ría, con el perro viejo detrás, y llegamos al pueblo calados hasta los huesos y riéndonos como dos críos.
Aquella noche, con la galerna encima, con las ventanas temblando y el mar bramando al otro lado del monte, me metí en la cama con la servilleta enmarcada en la mesilla, y me quedé oyendo el viento, pensando en el sábado, pensando en el arco, pensando en todo, y me dormí por fin a la una de la mañana, con el viento golpeando la persiana y el corazón en paz, que es la cosa más rara que hay, tener el corazón en paz la noche antes de casarte.
A las cinco de la mañana me despertó un ruido.
Un ruido grande, un crujido, un chasquido seco que se oyó por encima de la galerna, un ruido que no era el viento ni el mar ni la persiana, y me levanté de un salto, y me asomé a la ventana, con la oscuridad todavía encima y la lluvia en el cristal, y no se veía nada, no se veía nada de nada, solo negro, y me quedé un rato mirando al negro, con el corazón en la garganta y el ruido todavía en los oídos, y me volví a la cama pensando que habría sido un tejado, o una rama, o cualquier cosa de las que se caen en las galernas de este pueblo, y a las siete de la mañana, cuando por fin aclaró, me levanté, me puse el abrigo y salí a la calle, y el pueblo al completo estaba en la puerta del bar del puerto, mirando hacia la ría, en silencio, con las manos en los bolsillos, y doña Piedad estaba la primera, con la cara blanca, y yo me puse a su lado, y miré hacia donde miraban todos, y lo que había en la ría, en la curva de la desembocadura, en el sitio donde mañana, un sábado, era la feria, era el sauce, el sauce viejo, el sauce de Emilio y de mi abuela, el sauce de los dos siglos, el sauce donde se casaba Villamar desde que había Villamar, y el sauce estaba partido.
Partido por la mitad.
Caído sobre el agua, con el tronco abierto, con las iniciales de Emilio y de mi abuela partidas en dos, con el arco de mi boda debajo, destrozado, y todo el pueblo mirándolo desde la puerta del bar, sin decir nada, mientras la ría seguía corriendo por debajo del árbol caído, igual que cualquier otro día, igual que llevaba doscientos años corriendo.
Doña Piedad, a mi lado, sin mirarme, con los ojos en el sauce caído, dijo la única frase que se oyó aquella mañana en Villamar de la Ría:
—Se ha caído el sauce. Mañana no hay dónde casarse.