Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 59 · La despedida
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Capítulo 59 · La despedida

La despedida

Vera me organizó una despedida de soltera sin preguntarme, que es la única manera de que una despedida de soltera salga bien, porque si te preguntan, dices que no.

Me la organizó un jueves, dos días antes de la feria, y me la organizó en el bar del puerto, que es el único bar del pueblo que tiene una máquina de karaoke, y que la tiene desde hace veinte años, y la tiene rota desde hace diecinueve, y aun así, aquel jueves, la máquina de karaoke funcionaba, lo juro, y funcionaba porque Vera se había pasado la semana entera con don Nemesio arreglándola con un destornillador y una linterna, y porque en Villamar de la Ría, cuando alguien se casa, la máquina de karaoke funciona aunque lleve diecinueve años rota, y punto.

Llegué al bar a las nueve, y el bar estaba lleno.

Estaba Vera, con un sombrero de vaquero que había comprado en el bazar, y estaba mi madre, con el delantal puesto porque había venido directamente del obrador y no le había dado tiempo a quitárselo, y estaban la tía Pili y otras quince mujeres del pueblo, y estaba la cabra, a la que Vera había puesto una cinta rosa en el collar, y estaba el perro viejo, que había venido a lo que había venido, que era comer, y en la puerta, en una silla, estaba doña Piedad, que llevaba dos horas sentada en la puerta del bar porque doña Piedad no entra en los bares, pero tampoco se pierde una despedida.

—Nuria —dijo Vera, con el sombrero de vaquero y una copa en la mano—. Esta noche haces lo que te digamos.

—Eso no.

—Esta noche haces lo que te digamos.

—Vera, que tengo cuarenta y dos años.

—Y esta noche, con perdón, tienes la edad que yo diga. —Levantó la copa—. Primera prueba: karaoke.

Ahí empezó la noche más larga de mi vida, y la más divertida, y la más ridícula, y las tres cosas a la vez, porque en aquel bar del puerto, un jueves de octubre, con el frío en las ventanas y el pueblo dentro, me vi cantando canciones que no sabía, con quince mujeres del pueblo cantándolas conmigo, con la tía Pili marcándose un bolero que llevaba cuarenta años queriendo cantar y no se había atrevido, con mi madre sentada en una esquina muerta de vergüenza y muerta de risa, y con doña Piedad, desde la puerta, con los brazos cruzados, siguiendo el compás con el pie, un pie nada más, el otro no, con dos personalidades dentro y una que le daba vergüenza de la otra.

A la tercera canción, Vera se subió a una silla y dijo que había llegado el momento de los discursos, y que hicieran el favor de callarse, y el bar se calló, y Vera, con el sombrero de vaquero y la copa en la mano y las lágrimas ya asomando, dijo:

—Yo conocí a Nuria en octubre, con una furgoneta, una cabra y una cara de triste que no se le quitaba ni durmiendo.

—Se giró hacia mí—. Me acuerdo de que me contó, el primer día, que venía al pueblo a vender el obrador de su abuela e irse antes del invierno.

Yo pensé: esta chica no va a aguantar aquí ni dos meses.

—Se lo dijiste a todo el pueblo —dije yo.

—Se lo dije a todo el pueblo, sí. Me equivoqué.

—Levantó la copa—. Porque esta chica lleva doce meses aquí, ha levantado un obrador, ha ganado un concurso fingiendo una boda que luego no fue fingida, ha sacado cartas de debajo de una caja de facturas, ha plantado un sauce, ha hecho llorar a medio pueblo, y esta semana se casa con el veterinario más borde del norte de España, que además resulta que es primo lejano de su abuela, que no se cómo ha pasado eso pero ha pasado.

—Bajó la copa—. A mí, como amiga, solo me queda decir una cosa, y es que estoy orgullosa, y que si hay justicia en el mundo, el próximo otoño me toca a mí.

Todo el bar aplaudió, y yo me eché a llorar, que a esas alturas de la noche ya era lo que hacía cada veinte minutos, y mi madre, desde la esquina, se levantó y vino a darme un abrazo, y en mitad del abrazo me dijo al oído:

—Tu abuela estaría muy orgullosa.

—Ya lo sé.

—Y también me habría matado a mí por no haberle contado lo de las cartas antes. Pero eso ya no tiene remedio.

Nos reímos las dos, y el karaoke siguió, y a las dos de la mañana el bar del puerto era un desastre de gente cantando y bailando, y don Nemesio, que había venido «a vigilar la máquina», se marcó una habanera que hizo historia, y la tía Pili se durmió en una silla, y Vera perdió el sombrero de vaquero, y yo perdí un zapato, y alguien puso la cabra encima del mostrador y la cabra se comió un cartel del precio de las navajas, y doña Piedad, desde la puerta, a la una y media de la mañana, dijo la única frase que se la oyó decir toda la noche, y la frase fue «bueno, ya está bien», y con eso dio la noche por terminada, y todo el mundo se fue a casa, porque en Villamar de la Ría doña Piedad es la que dice cuándo termina una fiesta, y nadie ha discutido eso nunca.

Yo volví a casa andando, a las dos de la mañana, por la calle Mayor, con el frío del otoño en la cara y un zapato en la mano, y al pasar por delante del obrador me paré, y me quedé mirando la fachada, con la luz de la farola y la niebla otra vez en los tejados, y pensé en el día en que había llegado a aquel pueblo hacía doce meses, con la misma niebla y la misma calle y la misma cara de triste que Vera me había recordado aquella noche, y me quedé un rato allí, en la puerta, pensando en todo lo que había pasado desde entonces, y en lo raro que es que doce meses puedan cambiarte la vida entera, y en que en dos días, en la curva de la ría, bajo el sauce, me iba a casar.

Entonces, con la casa vacía y el frío en casa, me llegó un mensaje al móvil.

Era de Bruno, y decía solo esto:

«No puedo dormir. Son las dos. Te he visto pasar por delante de la clínica con un zapato en la mano y me he reído solo como un tonto. Mañana te digo una cosa importante. Descansa.»

Yo, con el móvil en la mano y los pies fríos y el corazón caliente, le contesté «descansa tú», y me metí en la cama, y me quedé mirando el techo, dándole vueltas a la frase, dándole vueltas a las dos de la mañana, dándole vueltas a la cosa importante que me tenía que decir al día siguiente, y me dormí, por fin, con una sonrisa tonta en la cara y un zapato en el suelo.

Me desperté a las siete de la mañana con un ruido que no había oído en doce meses.

Me desperté a las siete de la mañana con el viento.

El viento, cariño, en Villamar de la Ría, en otoño, cuando llega a las siete de la mañana y golpea las ventanas y silba por las rendijas y levanta la niebla de golpe y la tira contra los montes, no es un viento cualquiera.

Es el viento del norte. El viento del norte, en este pueblo, significa una sola cosa, la misma que significaba cuando yo era pequeña y mi abuela me decía que cerrara bien la puerta, y esa cosa es que en veinticuatro horas va a haber galerna.

El sábado, cuando yo me casaba bajo el sauce, era mañana.