Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 58 · El papel de la abuela
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Capítulo 58 · El papel de la abuela

El papel de la abuela

Contesté la llamada de Iván de la manera más tonta posible, que fue cogiéndola.

—¿Sí?

—Nuria. —Su voz, que yo recordaba perfecta, me sonó cansada—. Soy Iván.

—Ya lo he visto.

—¿Puedo hablar contigo un minuto?

—Puedes hablar.

—¿Estás sola?

Ahí fue donde la cosa se puso interesante, porque yo estaba en el porche del obrador, con un papel del señor Fombella en una mano, con el otoño en la cara, y con Bruno Ansorena a metro y medio de mí, con las manos en los bolsillos, oyendo la conversación entera, porque yo había puesto el altavoz sin pensarlo, por costumbre de contar las cosas en voz alta desde que vivía en aquel pueblo.

—No estoy sola —dije—. Estoy con Bruno. Estás en altavoz. Dime.

Hubo un silencio largo al otro lado, el silencio de un hombre que había preparado un discurso y al que le acababan de cambiar el escenario, y luego Iván suspiró, y dijo la última cosa que yo me esperaba de él, que era la verdad.

—Me he enterado de lo de Fombella. He llamado para avisarte.

—¿Para avisarme?

—El papel que os ha presentado en el ayuntamiento es de una finca de la desembocadura que compró hace tres años, sí.

Eso es verdad. Pero la compró con una condición en la escritura, y la condición es que la finca estaba gravada, y el gravamen es de tu familia.

—Otra pausa—. Trabajo en la notaría, Nuria.

Desde hace un año. Llevo tres días con esa escritura en las manos, y no he dormido pensando en si tenía que llamarte o no.

—¿Y por qué me llamas ahora?

Mi ex, el hombre que me había dejado por un piso en la capital y que me había levantado una servilleta en Nochebuena delante de todo el pueblo, dijo la frase que me hizo apoyarme en la jamba de la puerta y quedarme un rato sin saber qué decir:

—Porque me equivoqué. Con todo. —Se quedó un momento—.

No con Sofía, que Sofía no tiene culpa de nada y me quiere bien, y yo la quiero bien a ella.

Me equivoqué contigo. Me equivoqué en cómo te dejé, y en cómo volví, y en lo de la feria, y en la servilleta, y en toda la historia.

Llevo un año pensándolo, y la única manera que tengo de arreglarlo, aunque sea un poco, es hacer lo único que sé hacer bien, que es leer papeles.

Así que te lo digo claro: la finca no es de Fombella.

La finca tiene un gravamen a favor de tu familia desde mil novecientos cuarenta y ocho.

Búscalo en los papeles de tu abuela. Si no lo encuentras, ven a la notaría y lo saco yo.

—Iván.

—Dime.

—¿Estás seguro de esto?

—Nuria, soy notario. —Se rió, una risa cansada—. Bueno, casi. Pero seguro estoy. Búscalo.

Colgó.

Me quedé un rato con el móvil en la mano, mirando la pantalla, con Bruno a mi lado y el papel de Fombella todavía en la otra mano, y Bruno, que había oído todo, que había oído a mi ex decir que se había equivocado y que había llamado para ayudarme, se quedó un momento en silencio, y luego dijo, con una cara que no le había visto nunca, una cara de respeto:

—Ese hombre te ha llamado para devolverte algo que no te debía.

—Sí.

—Eso está bien.

—Sí.

—Y ahora —dijo Bruno, metiéndose las manos en los bolsillos—, ¿qué vas a hacer con el papel de tu abuela?

Yo, con el nombre de Iván todavía dándome vueltas en la cabeza, con el otoño encima y el frío en la cara, pensé en la caja de facturas.

La caja de facturas. La caja que yo había bajado del desván de mi abuela el primer día, la caja en la que había aparecido el sobre de Emilio, la caja que llevaba un año entero guardada debajo del mostrador del obrador y que yo, después de sacar la carta, no había vuelto a mirar por dentro, porque me parecía que ya me había dado todo lo que tenía que darme.

—Bruno.

—Dime.

—La caja de facturas.

—¿Qué le pasa a la caja de facturas?

Nos fuimos los dos al obrador, y bajamos la caja vieja de debajo del mostrador, y la pusimos encima del mármol, y la abrimos, y nos pasamos la tarde entera de aquel dos de octubre hurgando en la vida de una mujer que llevaba dos años muerta, entre facturas del año de la pera, recibos de harina, un albarán de la sidra, un papel con una receta de huesos de santo, una foto de la Virgen y un botón, y al fondo, envuelto en papel de seda y con un papel de periódico por encima, encontramos lo que Bruno llevaba un año diciéndome que había que buscar, y era una carpeta azul, de cartón, con una goma cruzada, y dentro de la carpeta estaba la escritura.

La escritura de mil novecientos cuarenta y ocho, mecanografiada, con sellos, con firmas, con el nombre de mi bisabuelo, «Ramón Sáenz, propietario», y con una finca en la desembocadura de la ría, la parcela del sauce, marcada en un plano dibujado a mano, con una nota escrita al final, con la letra de mi abuela, la misma letra de la carta, y la nota decía así:

«Esta finca no se vende nunca. Es de la familia y se queda de la familia.

Yo la dono al pueblo el día que yo falte, con una sola condición: que el pueblo pueda seguir casándose bajo el sauce, como se ha casado siempre.

Si algún día alguien quiere comprarla, mirad primero a quién le compra y por qué.

Que en esta familia ya sabemos lo que es dejar que otros decidan por nosotros. »

Yo, con la escritura de mi bisabuelo en las manos y la nota de mi abuela delante, en el obrador de la calle Mayor número doce, un dos de octubre con el otoño entrando por las ventanas, me eché a reír, y luego me eché a llorar, la misma cosa de siempre, y Bruno me abrazó por detrás y me dejó llorar y reír todo lo que quise.

—Lo sabía —dije, con la voz rota—. Lo sabía. La vieja lo sabía. Lo dejó todo escrito. Lo dejó todo preparado. Por si algún día alguien venía a comprarle el sauce.

—Sí.

—Y yo he estado un año con la caja debajo del mostrador, Bruno. Un año.

—Ya. —Me apretó—. Pero mira la fecha.

Miré la fecha de la escritura, y luego miré la fecha de la nota de mi abuela, y me quedé helada, porque la nota de mi abuela no tenía sesenta años, tenía dos, y estaba escrita el mismo año en que ella se murió.

—La escribió antes de morirse —dije.

—Sí.

—La escribió sabiendo que me iba a dejar el obrador. Sabiendo que yo iba a venir. Sabiendo que Fombella iba a venir detrás. —Me giré—. Bruno, ella lo sabía todo. Lo dejó preparado para mí.

Bruno Ansorena, con las manos en mis hombros y la cara de piedra y los ojos brillantes, me dijo:

—Todas las abuelas lo saben todo, Nuria. Lo que pasa es que solo algunas tienen nietas que vienen.

Con la escritura en la mano fuimos a casa de doña Piedad, y doña Piedad cogió la carpeta azul, la abrió, leyó la nota de mi abuela, se quedó un rato callada, y luego dijo, con una voz que no le conocía:

—La madre de Nuria Sáenz, la tuya, esta que está aquí, esta mujer, llevaba veinte años viniendo a mi casa a hablar de la finca. —Levantó la vista—. Yo no sabía para qué. Ahora ya lo sé.

Al día siguiente, el tres de octubre, doña Piedad, con la escritura bajo el brazo, con mi madre al lado, que había decidido que venía «de testigo», y con don Nemesio, que se presentó sin avisar «por si hacía falta un hombre de mar que supiera leer planos», entró en el ayuntamiento, y puso la carpeta azul encima de la mesa del alcalde, y dijo la frase que se hizo famosa en el pueblo y que sigue siendo famosa todavía hoy, y la frase fue:

—La feria se celebra en el sauce. El sauce es del pueblo. El pueblo, señor Fombella, no se vende.

Por la tarde, el abogado del señor Fombella llamó al ayuntamiento para decir que su cliente «renunciaba a cualquier pretensión sobre la parcela y retiraba la condición», y en el pueblo, cuando se supo, la gente no lo celebró con gritos, lo celebró de la manera en que se celebran las cosas en el norte, o sea, cada uno siguió con lo suyo y por la noche hubo sidra en el bar del puerto, y don Nemesio se levantó a cantar, y doña Piedad no cantó porque doña Piedad no canta, pero estuvo dos horas de pie sonriendo, que en ella era lo mismo.

Aquella noche, en el obrador, con la chimenea encendida y el pueblo celebrando en el bar, mi madre se sentó conmigo en el taburete de la esquina, con la carpeta azul de mi abuela en el regazo, y me dijo:

—Nuria.

—Dime.

—¿Estás contenta?

—Sí.

—¿De verdad?

Yo, con mi madre al lado y la chimenea encendida y el otoño en las ventanas, le dije la verdad, que estaba contenta, pero que había una cosa que no me dejaba dormir, y era que todo lo que había pasado, la escritura, la nota, la carta, el sobre, el sauce, lo había preparado mi abuela sesenta años antes y dos días antes de morirse, y que yo no había hecho nada más que llegar y coger las cosas que ella me había dejado, y que a lo mejor, al final, resultaba que toda mi vida en aquel pueblo no era mía, era de ella, y que eso, aunque fuera precioso, me daba un poco de miedo.

Mi madre me miró, se quitó las gafas, las limpió con el delantal, se las volvió a poner, y me dijo la frase que me dejó pensando toda la noche, y con la que me fui a la cama, y con la que me desperté al día siguiente, y la frase fue:

—Nuria, escúchame bien. Tu abuela te dejó los papeles.

Los papeles, hija, los deja todo el mundo.

Pero el sauce lo has plantado tú. Eso no te lo ha hecho nadie.

—Se levantó—. Ahora, si me haces el favor, apaga esa chimenea y vete a dormir, que el sábado te casas, y yo, la verdad, no sé si te has dado cuenta todavía.