Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 57 · El pueblo se rebela
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Capítulo 57 · El pueblo se rebela

El pueblo se rebela

Al pueblo no le sentó bien lo de la feria suspendida.

Lo digo así, suave, porque la palabra que usó don Nemesio cuando se enteró fue otra, y era una palabra de pescador, y no la voy a repetir aquí, pero baste decir que don Nemesio llevaba cuarenta años sin faltar a una feria de la Castaña y que aquel año, por primera vez, en vez de faltar él, iba a faltar la feria.

La noticia llegó un veinte de agosto, y el veintiuno por la mañana ya había un grupo de vecinos plantado en la puerta del ayuntamiento, y el veintidós ya había una reunión convocada en la casa de la cultura, y el veintitrés, a las siete de la tarde, la casa de la cultura estaba llena hasta arriba, con sillas de plástico puestas por todas partes y gente de pie en el pasillo, y en la primera fila estaba doña Piedad con su libreta, y en la segunda estaba mi madre, que había decidido quedarse hasta septiembre «para ver en qué acaba esto», y en la última, arrimado a la pared, estaba yo, con Bruno al lado, que había venido porque yo le había pedido que viniera y que llevaba media hora con la cara de piedra mirando a la gente como el que mira un documental.

Doña Piedad se levantó, se puso las gafas, se aclaró la garganta, y dijo:

—Villamar de la Ría va a celebrar su feria.

Villamar entero aplaudió, menos un señor del fondo, que era de otra parroquia y no venía a cuento, y doña Piedad siguió:

—Sin dinero de la Diputación, sin dinero de nadie, con lo que tengamos y con lo que pongamos.

—Levantó la libreta—. Aquí tengo la lista de todo lo que hace falta.

Aquí tengo también la lista de todo el que ha dicho que no va a ayudar, y esa lista la voy a leer en voz alta, para que quede constancia.

Leyó la lista. A los tres nombres, el pueblo se giró entero hacia el mismo sitio, porque el tercer nombre de la lista era el del promotor, el hombre de la ciudad que llevaba un año queriendo comprar medio pueblo, el mismo que le había puesto el dedo en el pecho a Bruno en el bar del puerto, el mismo que había movido los papeles del concurso, el mismo que, según el rumor, había movido también los papeles de la Diputación para que a Villamar le quitaran la feria.

—El señor Fombella —dijo doña Piedad, con la libreta en alto— ha comunicado a este ayuntamiento, por escrito, que no colabora, y que además ha pedido que se revise la titularidad de los terrenos de la desembocadura, donde está el sauce, porque dice que son suyos.

Ahí, en aquel momento, en aquella casa de la cultura llena de gente, pasó una cosa que yo no había visto nunca en un pueblo, y que me dio escalofríos, y fue que nadie gritó.

Nadie levantó la voz. Nadie dijo una palabra.

El pueblo se quedó callado, con los brazos cruzados, mirando a doña Piedad, y doña Piedad, con el mismo silencio y la misma cara, se quitó las gafas, las guardó en el estuche, y dijo:

—Pues entonces lo celebramos en el sauce. Si dice que el sauce es suyo, que lo demuestre.

El pueblo entero, a la vez, asintió con la cabeza.

Esa fue la primera cosa que pasó, y la más importante, porque en Villamar de la Ría, cuando el pueblo entero asiente a la vez con la cabeza, ya no hay nada que hacer para pararlo.

A partir de ahí, el mes de septiembre entero se nos fue en preparar una feria sin dinero.

Se nos fue en la lista de doña Piedad, que tenía ahora ciento cuarenta y un puntos, y en las cuadrillas de vecinos que arreglaban las luces de la plaza con bombillas que la gente bajaba de sus desvanes, y en las mujeres del pueblo que cosían las banderas a mano, y en don Nemesio, que apareció un día con veinte kilos de castañas de su propio castaño y las puso encima del mostrador del obrador diciendo «para la prueba, que no se diga», y en mi madre, que se pasó tres semanas organizando las mesas de dulces con la seriedad de quien se juega la vida en ello, con una libreta que competía con la de doña Piedad, y hubo un día, a principios de septiembre, en que mi madre y doña Piedad discutieron durante veinte minutos por el sitio exacto de una mesa y al final se fueron juntas a tomar un café, y yo las vi desde la ventana del obrador, sentadas en el bar del puerto, las dos con la libreta en la mano, y pensé que aquel pueblo me estaba enseñando, sin querer, la cosa que llevaba toda la vida queriendo aprender, que era que la gente que se pelea por tonterías es la misma que luego se sienta a tomar café, y que eso no es contradicción, es familia.

El otoño llegó, como llega aquí, de golpe.

Llegó el día en que se encendió la luz del obrador a las seis y media por primera vez en todo el año, y llegó la niebla a los tejados, y llegó el olor a leña del pueblo, y llegaron las castañas a la plaza, y una mañana, a finales de septiembre, salí al porche a las siete, con el delantal puesto, y me encontré la losa húmeda, y el aire frío, y el perro viejo enroscado debajo del banco, y la cabra mirando la niebla, y me quedé parada en la puerta, con el frío en la cara, y pensé, con una punzada en el pecho, que hacía exactamente un año que yo había llegado a aquel pueblo con una furgoneta y una cabra y una herencia con deudas, y que no me había dado cuenta de que el año se me había ido entero, y de que en un año había pasado todo, absolutamente todo, y de que el otoño, que empezaba otra vez, era ya mi otoño.

—Ya está aquí —dijo Bruno, que había salido de la clínica y estaba cruzando la acera con una taza de café en la mano.

—Ya está aquí.

—¿Estás lista?

—Para qué.

—Para la feria.

Yo, con el frío en la cara y el otoño encima, le dije que sí, que estaba lista, y supe, mientras lo decía, que no estaba lista para la feria, estaba lista para otra cosa, y de que aquel otoño, el segundo, no era el otoño de los preparativos, era el otoño de verdad, el de la cosa grave.

El problema del sauce, el problema del señor Fombella, llegó el tres de octubre.

Llegó con un papel del registro, un papel de la propiedad, que Fombella había presentado en el ayuntamiento, y en el papel, con letra de notario, decía que la parcela de la desembocadura de la ría, la parcela del sauce, la curva donde se casaba la gente de Villamar desde hacía doscientos años, pertenecía, desde hacía quince, a una sociedad que era del señor Fombella.

En el papel venía además una condición, escrita a mano al final, que el señor Fombella había tenido la delicadeza de añadir él mismo, con su puño y letra, para que quedara claro, y la condición decía así:

«Se autoriza el paso y el uso de la parcela para la celebración de la feria del día de la Castaña, con carácter anual, siempre que el obrador de la calle Mayor número doce pase a ser propiedad de esta sociedad antes del uno de noviembre.»

O sea, cariño, que el hombre había encontrado la manera de comprarme el obrador no con dinero, que ya sabía que no lo iba a vender, sino con la boda. Con el sauce. Con la única cosa en el mundo que yo no podía fingir que no me importaba.

Me quedé con el papel en las manos en la puerta del obrador, con el otoño encima y la niebla en los tejados, y al lado estaba Bruno, que había leído el papel por encima de mi hombro, y que se quedó un rato callado, con las manos en los bolsillos, y luego dijo:

—Dile que no.

—Bruno.

—Nuria, dile que no.

—¿Y la boda?

—La boda la hacemos en otro sitio. —Me miró—. La hacemos en el ayuntamiento, o en el porche, o en el monte. Me da igual. Tu abuela no dejó ese obrador para que lo cambiaras por un arco de flores.

Yo, con el papel del señor Fombella en las manos, con el hombre que iba a ser mi marido delante, con la cara de piedra y el corazón en el sitio, entendí de golpe lo que estaba pasando, y no era un problema de terrenos, ni de papeles, ni de ferias, era la última prueba, la de verdad, la que llevaba todo el año esperándome en la esquina, y era la misma de siempre, la misma de mi abuela, la misma de Emilio, la misma del día del traspaso, la misma de toda mi vida, y consistía en una sola pregunta, la única pregunta que importaba, la que había que contestar sin echarse atrás.

La pregunta era esta: si te dan a elegir entre lo que quieres y lo que crees que debes, ¿a quién eliges?

Yo, con el papel en la mano, miré a Bruno, y abrí la boca para decirle la cosa que había decidido, la que llevaba dos días madurando sin saberlo, y no llegué a decirla, porque en ese momento sonó el móvil, y en la pantalla salía un nombre que yo no había visto en meses, un nombre que me puso el estómago del revés, y el nombre era:

Iván.