Capítulo 56 · Un verano raro
Un verano raro
En Villamar de la Ría, cuando se corre la voz de que una persona se va a casar, ocurren tres cosas, siempre las mismas, y siempre en el mismo orden.
La primera es que el grupo de WhatsApp del pueblo cambia de tema durante dos semanas, y pasa de hablar del tiempo y de la operación de cadera de don Nemesio a organizar la boda de otro con la misma ilusión que la suya, con encuestas incluidas sobre el color de las flores, la tarta y si es de recibo que la cabra vaya a la iglesia, encuesta que ganó el «sí» por amplia mayoría, cosa que a mí, personalmente, me pareció un atentado contra el buen gusto y contra la cabra, en ese orden.
La segunda es que doña Piedad aparece en el obrador con una libreta, se sienta en el taburete de la esquina, y sin preguntar si me apetece, empieza a hacer una lista de las cosas que hay que hacer, y la lista tiene setenta y dos puntos, y el punto tres es «hablar con el párroco», y el punto treinta y uno es «encargar los dulces de la mesa», y el punto cuarenta y ocho, lo juro, es «avisar a la del pelo».
La tercera cosa que pasa en Villamar de la Ría cuando alguien se va a casar es que tu madre aparece.
Mi madre vive en la capital, y llevaba dos años pidiéndome que me diese cuenta de que se le estaba pasando el arroz de la vida, la suya y la mía, en ese orden, y cuando le conté por teléfono que me casaba, y le dije dónde y con quién y cuándo, se calló tanto rato que pensé que se había caído la línea, y luego dijo una sola frase, con la voz que ponía cuando le tocaba la fibra a alguien sin querer, y la frase fue:
—¿Y le has dicho a Bruno que tu padre y yo nos separamos cinco veces antes de casarnos?
Yo le dije que no, que no se me había ocurrido, y ella dijo que ya, que ya suponía, que los hijos nunca cuentan esas cosas, y colgó, y al día siguiente apareció en el pueblo con una maleta y con la cara de venir a arreglar el mundo, que es la cara que ha puesto siempre desde que era joven, y se instaló en mi casa, y a las dos horas de llegar, con el delantal puesto y las manos en la masa, me preguntó si yo estaba segura.
—Mamá.
—Nuria, que te lo pregunto en serio. ¿Estás segura?
—Que sí, mamá.
—Porque casarse es una cosa muy seria, y casarse enamorada es una cosa todavía más seria, y hay gente que no lo aguanta.
—Me miró con las manos llenas de harina—.
Yo no te lo digo por Bruno, que Bruno me parece un santo y me da igual que sea un santo de los que no hablan.
Te lo digo por ti. Porque tú, hija mía, has salido a mi madre, y mi madre se pasó la vida entera con el corazón en un puño y la sonrisa puesta, y yo no quiero eso para ti, y por eso te pregunto si estás segura.
Yo, con mi madre delante, con la libreta de doña Piedad encima de la mesa y las cartas de Emilio colgadas en la pared en su marco, hice la cosa que llevaba semanas queriendo hacer y no me atrevía.
Le conté todo.
Le conté lo del sobre debajo de la caja de facturas, y lo del nombre de Emilio, y lo de la foto del puerto, y lo del reloj de bolsillo con el papel dentro, y lo del sauce, y lo de la caja de hojalata, y le puse delante las tres cartas de Emilio Ansorena a la abuela, y las leímos juntas en la mesa del obrador, en silencio, mi madre con el delantal y las manos de harina y yo con un café que se me enfrió entre los dedos, y cuando llegamos a la última línea de la última carta, la de «cuéntale esto a alguien, que yo a ti no te lo pude contar», mi madre dejó el papel sobre la mesa, se quitó el delantal, se sentó despacio en el taburete de la esquina, y se puso a llorar con las dos manos en la cara, como llora la gente mayor, callada, sin ruido, con el llanto hacia dentro.
—Mamá.
—Yo no sabía nada.
—Ya lo sé.
—Toda mi vida, Nuria. Toda mi vida he creído que mi madre había sido una mujer tranquila, una mujer de su casa, de misa de once y bollos de domingo, y resulta que…
—Se destapó la cara—. Resulta que mi madre quiso a alguien que no era mi padre, y lo quiso toda la vida, y se murió sin decírmelo. ¿Y sabes qué es lo que más me duele?
—Qué.
—Que se lo dijeras tú primero que yo. A ti te dejó las cartas, y a mí no me dejó nada.
Yo, con mi madre llorando en el taburete, entendí de golpe una cosa que no había entendido hasta aquel momento, y era que el sobre debajo de la caja de facturas no había sido un mensaje para mí nada más, era también una cosa más complicada, era una mujer que había querido contarle a su familia una verdad y no había sabido cómo, y había dejado el trabajo a medias para que lo terminara quien viniera detrás, y yo había venido detrás, y lo había terminado, y ahora estaba mi madre en el pueblo llorando por una verdad que llegaba sesenta y dos años tarde.
—Mamá —dije—. No te dejó nada porque tú no volvías al pueblo.
Yo volví. Eso es lo único que pasó. Ella dejó esto donde vivía, para quien lo encontrara, y lo encontré yo, y ahora es tuyo también.
—Le puse las cartas delante—. Léelas otra vez si quieres.
Dáselas a quien quieras. Pero no te quedes con la parte triste, mamá.
Quédate con la otra. Con que mi abuela, al final, escribió lo que sentía.
Aunque fuera tarde, y aunque no lo leyera nadie. Lo escribió.
Mi madre, con las tres cartas de su madre delante, me miró de una manera que no le había visto nunca, una manera mezcla de orgullo y de envidia, y me dijo:
—Tú no eres como ella, Nuria.
—¿No?
—No. Tú has vuelto. Ella bajó al puerto y se dio la vuelta.
Tú has vuelto. —Se levantó y se puso el delantal otra vez, y con el delantal puesto y la voz firme de nuevo, la voz de las madres que arreglan el mundo, dijo—: Vamos a ver esa lista de doña Piedad, que si son setenta y dos puntos, a mí me da que faltan al menos veinte.
El verano se nos fue en aquello.
Se nos fue entre mi madre y doña Piedad discutiendo por el menú de la mesa de dulces, que mi madre quería moderna y doña Piedad quería «de siempre, que ya está bien de modernidades», y entre Vera que quería que le dejara hacer el vestido y yo que no quería vestido, y entre medio pueblo opinando sobre si la boda tenía que ser en el ayuntamiento o en la iglesia, discusión que duró dos semanas y que se resolvió de la manera en que se resuelven todas las discusiones en Villamar de la Ría, o sea, cuando doña Piedad dijo por dónde iba a pasar el desfile de la feria y todo el mundo se calló y dijo que sí, que doña Piedad tenía razón, que donde ella dijera.
El verano se nos fue también, y esta es la parte que no me esperaba, en Bruno sonriendo.
Porque había una cosa que yo no había entendido bien hasta aquel verano, y era que Bruno Ansorena, el hombre que me había tallado una fecha en una losa y me había enderezado un cartel con mis dos nombres, no había sonreído de verdad, con la cara entera, hasta que se supo en todo el pueblo que yo había dicho que sí.
Digo yo que sería porque él, en el fondo, y aunque no lo dijera nunca, se había pasado ocho meses esperando que aquello no fuera fingido, y ahora que ya no había nada que fingir, se le había descolgado la cara y todo el pueblo había empezado a hablar del «veterinario sonriente», y él, cuando lo oía, sonreía todavía más, y el pueblo se ponía contento de oírlo, y yo, la verdad, me pasaba el día mirándolo.
Hubo un día, a mediados de agosto, con el pueblo lleno de guiris y de furgonetas y de niños de Madrid bañándose en la ría, en que estábamos los dos en el porche, con la cabra y el perro viejo tirados a la sombra, y Bruno me dijo, sin venir a cuento:
—He vendido la furgoneta.
—¿Qué furgoneta?
—La mía. La que tenía para ir a las ganaderías.
—¿Y con qué vas a ir a las ganaderías?
—Con la tuya. —Me miró—. La tuya es más grande.
—Bruno.
—Dime.
—La mía es la de la abuela.
—Lo sé.
—Y tiene la cabra metida en el porche.
—Lo sé.
—Y hace un ruido raro cuando sube la cuesta.
—Lo sé. —Se levantó, se sacudió las piernas, y me tendió la mano—. Es la que va a llevar nuestros hijos al colegio, y a mí me da igual que haga un ruido raro, y a ti también. Así que he vendido la mía.
Yo, con la mano de Bruno delante y la furgoneta de mi abuela aparcada en la puerta del obrador con una cabra asomada a la ventanilla, comprendí que aquel hombre acababa de decirme «nuestros hijos» como quien dice «vamos a por el pan», y de que yo, en lugar de asustarme, que es lo que me habría pasado hace un año, lo que hice fue cogerle la mano y decirle:
—Vale. Pero la cabra va detrás.
—La cabra va donde quiera —dijo Bruno—. Eso ya lo sabes.
Aquello, que era una tontería, y que no tenía nada que ver con la boda, fue, no sé por qué, el momento en que me di cuenta de que me iba a casar de verdad.
No con la lista de doña Piedad, ni con las cartas de mi abuela, ni con los preparativos, sino con un hombre que había vendido su furgoneta porque la mía era más grande y le daba lo mismo el ruido de la cuesta, y que hablaba de nuestros hijos en agosto, en un porche, con una cabra asomada a una ventanilla.
El veinte de agosto, cuando ya llevábamos dos meses de verano planificando la boda y el pueblo estaba de nuestra parte, llegó la noticia.
La trajo doña Piedad, que apareció en el obrador a media mañana, sin libreta, sin bolso, con la cara de quien viene a dar un disgusto, y se sentó en el taburete de la esquina, y sin preámbulos, sin llamar, sin nada, dijo:
—La feria de este año se suspende.
—¿Cómo?
—El concurso de la Castaña, la feria de la pareja, todo.
Suspendido. —Dejó un papel encima del mármol—.
Lo he recibido esta mañana. La Diputación dice que este año no hay dinero para las fiestas del norte, que con el recorte no sé qué, que hay que ajustar.
Sin feria, Nuria, sin feria no hay víspera, y sin víspera no hay desfile, y sin desfile…
—¿Y sin desfile?
Doña Piedad se me quedó mirando con los ojos muy abiertos, y me dijo despacio, con la cara de quien acaba de enterarse ella misma de lo que estaba diciendo:
—Sin desfile, hija mía, no hay dónde poner el arco.
Si no hay dónde poner el arco, no hay dónde casarse bajo el sauce, porque el arco va justo ahí, en la curva de la ría, en la desembocadura.
Es tradición. Sin feria, este año no hay arco.
Sin arco, no sé yo qué va a ser de Emilio y de tu abuela Nuria, que en paz descansen, porque llevo cuarenta años diciendo la misma frase y no sé decir otra cosa, y la frase es esta: «en Villamar la gente se casa donde nace el sauce».