Capítulo 55 · El sauce de la ría
El sauce de la ría
El reloj de bolsillo estaba parado a las diez y cuarto, y llevaba parado desde hacía sesenta años, y Bruno lo abrió delante de mí en la trastienda de la clínica con un destornillador pequeño, y dentro, contra el fondo de la caja, donde van las ruedecillas y los engranajes, había un papel doblado en cuatro, tan fino y tan viejo que se rompía al mirarlo.
Lo sacó con unas pinzas, con una paciencia de veterinario, y lo puso encima de la mesa, y lo abrimos los dos a la vez, con las cuatro manos, sujetando cada esquina, y lo que había escrito Emilio Ansorena en un papel metido dentro de un reloj hacía sesenta años era una sola línea, con una letra apretada de hombre que escribía poco y escribía hondo:
«Bajo el sauce. El día de la castaña. Siempre.»
Yo, con la nariz a un palmo del papel y el corazón acelerado, miré a Bruno, y Bruno me miró a mí, y los dos dijimos a la vez, sin quedar en nada, la misma palabra:
—¿El sauce?
Ese fue el principio de la mañana más tonta de mi vida, porque en Villamar de la Ría, cuando preguntas por «el sauce», resulta que hay cuatro sauces, y cuando preguntas cuál de los cuatro sauces es el sauce, resulta que cada vecino tiene su sauce, y que el sauce del puerto no es el sauce de la ría, y que el sauce de la ría no es el sauce de la vega, y que el sauce de la vega es en realidad un álamo, según don Nemesio, el viejo pescador que llevaba cincuenta años diciéndolo y cincuenta años sin que nadie le hiciera caso.
Nos pasamos la mañana entera, Bruno y yo, yendo de sauce en sauce, con una pala en el maletero y el perro viejo trotando detrás, y en cada sauce que llegábamos, Bruno, con una seriedad de cirujano, miraba el suelo, miraba las raíces, apartaba la hierba con el pie, y decía «aquí no», y yo le decía «¿cómo lo sabes?
», y él me decía «lo sé», y así, sauce tras sauce, hasta que al cuarto, el de la desembocadura, el más viejo, el que tenía el tronco inclinado sobre el agua y las raíces levantadas por la crecida de hacía no sé cuántos inviernos, Bruno se paró en seco, se quedó mirando una raíz, se agachó, y dijo:
—Aquí.
Yo le dije que cómo lo sabía, y él me señaló con el dedo las raíces del sauce viejo, y en la corteza del tronco, a la altura de la rodilla, medio comidas por los años y por la humedad, había dos iniciales talladas, una «E» y una «N», juntas, con un corazón torcido alrededor, y debajo, tallada con menos arte todavía, una fecha de hacía sesenta y dos años.
—Porque él también dejaba constancia —dijo Bruno—. Como tú y yo. Es de familia.
Cavamos.
Cavamos los dos bajo aquel sauce, en la orilla de la ría, con el agua subiendo y bajando y el perro viejo poniéndose nervioso y la cabra —que Bruno había traído, no sé por qué, porque la cabra venía a todas partes desde el día del magosto y ya nadie discutía— plantada en la orilla mirándonos con cara de estar juzgando nuestra técnica, y a los veinte minutos, con las manos llenas de barro y la espalda rota, mi pala chocó con algo que no era piedra.
Una caja de hojalata.
Pequeña, oxidada, con una tapa que costó lo suyo abrir, del tamaño de una caja de galletas inglesas, de esas que en las casas del norte se usan para guardar botones y papeles y cosas que nadie tira, y dentro de la caja, envueltas en un trapo, había tres cartas, y una botella pequeña, y una flor seca, y un botón de náutica.
Nos sentamos los dos en la orilla, con la caja de hojalata abierta entre las piernas y las manos negras de barro, y leímos las tres cartas de Emilio Ansorena a mi abuela Nuria, escritas todas el mismo otoño, y ninguna enviada.
La primera decía:
«Nuria:
He recibido tu carta. No voy a contestarte lo que me pides, porque no puedo prometerte que no vaya al puerto, y no quiero escribirte una mentira.
Solo te digo una cosa. Yo no me caso con nadie. No me voy a ir de este pueblo, porque aquí está el mar, y aquí está la ría, y aquí estás tú, aunque estés con otro.
Si algún día cambias de idea, ya sabes dónde encontrarme.»
La segunda decía:
«Nuria:
Han pasado tres años. Te vi ayer en la plaza con tu hija en brazos, y no me viste, o hiciste que no me veías, que de ti no sé nunca.
El martes me voy a pescar al banco del norte con Nemesio. Tres semanas. Si vuelvo, y si algún día te decides, no me busques en casa. Búscame bajo el sauce, que es donde nos sentábamos, y déjame una señal, y yo entenderé.
No tienes que decirme nada. Con una señal me basta.»
La tercera, la última, la que me rompió, estaba escrita con otra letra, con una letra más suelta, de años después, y decía:
«Nuria:
Ya no espero. Lo digo sin rencor. Esperé siete castañas bajo este sauce, y la séptima me quedé hasta que se hizo de día y no viniste, y aquella mañana entendí que la vida es esto, que uno elige un día una cosa por miedo y después ya no hay manera de volver atrás a elegir la otra.
Me caso el año que viene con Carmen. Es buena gente. No la quiero como te quise a ti, pero la quiero a mi manera, que es una manera que también vale, y además ella me deja sacar la barca los domingos, que ya es algo.
Te escribo esta carta solo para decirte que se me ha acabado el papel. O sea, que se me ha acabado la esperanza. O las dos cosas.
Si algún día tienes una hija, o una nieta, y esa niña se enamora de alguien y tiene miedo, cuéntale esto. No que fui yo el que esperó, sino lo otro. Lo que pasa cuando uno no se atreve. Que se lo cuente alguien, que yo a ti no te lo pude contar.
Adiós, Nuria. Que el mar te traiga siempre de vuelta.»
Yo, con la tercera carta en las manos, en la orilla de aquella ría, con el sauce inclinado sobre el agua y el perro viejo y la cabra y Bruno Ansorena a mi lado con las manos llenas de barro, me eché a llorar de una manera que hacía años que no lloraba, no por mí, sino por mi abuela, por la mujer joven que se había quedado mirando el puerto desde la ventana de un obrador sin atreverse a bajar, por el hombre que había esperado siete castañas bajo un sauce y a la octava se había casado con Carmen, por los dos, por todos los que alguna vez habían elegido por miedo y habían llamado a aquello «sentar la cabeza».
Bruno no dijo nada. Se quedó a mi lado, en la orilla, con la mano en mi rodilla, hasta que se me pasó, y cuando se me pasó, me dijo bajito:
—Nuria.
—Dime.
—Mira.
Me señaló la última línea de la tercera carta, la letra suelta de Emilio Ansorena, la que decía «cuéntale esto a alguien», y me dijo:
—Tu abuela hizo lo que él le pidió. —Y me miró—. Te dejó la carta debajo de la caja de facturas. Te dejó el obrador. Te dejó a mí.
—No me dejó a ti.
—Me dejó a mí. —Se levantó y me tendió la mano, con la palma negra de barro—. Tu abuela sabía que el único veterinario del pueblo tenía la clínica enfrente de su obrador. Lo sabía desde hace veinte años, Nuria. El obrador llevaba veinte años sin heredero. No creo en las casualidades.
Me levanté, con las cartas de Emilio en una mano y la mano de Bruno en la otra, en la orilla de aquella ría, y me quedé mirando el pueblo, el pueblo entero, subiendo la ladera con la niebla todavía en los tejados a media mañana, y pensé, con una claridad que me dio un poco de miedo, que a lo mejor mi vida entera, la furgoneta, la cabra, el concurso, la servilleta, el fake dating, todo, había estado escrito desde antes de que yo naciera, por una mujer que se había pasado cuarenta años sentada detrás de un mostrador recordando lo que no se atrevió a hacer.
—Bruno.
—Dime.
—Yo no voy a dejar que se pierda.
—¿El qué?
—Esto. —Levanté las cartas—. Lo que les pasó.
Yo no quiero que esto acabe en una caja de hojalata bajo un sauce.
Quiero que alguien lo cuente. Quiero que la gente del pueblo sepa que mi abuela quiso a tu abuelo y que los dos se equivocaron.
Quiero que se sepa contigo y conmigo. —Me sequé la cara con la manga—.
Quiero que quien venga detrás sepa que aquí, en este pueblo, hace sesenta años, la gente se dejó el amor bajo un árbol, y que una vez, una sola vez, dos de la misma familia lo sacaron de la tierra.
Bruno Ansorena, el hombre más serio del norte de España, con las manos negras de barro y el pelo revuelto por el viento de la ría y la camisa medio sucia de cavar, me miró de una manera que no le había visto nunca, y me dijo:
—Entonces ponte el abrigo, que nos vamos a la casa de doña Piedad.
—¿A la casa de doña Piedad?
—A la casa de doña Piedad —dijo—. Porque el cartel de la feria del año que viene hay que encargarlo con meses de antelación, y tú acabas de decirme, sin darte cuenta, la cosa que llevo cuatro meses queriendo pedirte y sin saber cómo.
Yo, de pie en la orilla de la ría, con una caja de hojalata llena de cartas de hace sesenta años en una mano y el corazón en un puño, le pregunté qué cosa, qué cosa llevaba cuatro meses queriendo pedirme, y Bruno cogió la caja, y me cogió a mí del brazo, y echó a andar hacia el pueblo, y por el camino, sin mirarme, con la cara de piedra y los ojos en el suelo, me dijo la frase que me dejó sin saber si reír, si llorar o si correr, y que me tuvo las tres semanas siguientes viviendo en un pueblo que ya no hablaba de otra cosa.
—Nuria Sáenz, nieta. El próximo día de la castaña, cuando la ría esté fría y el sauce esté pelado y todo el pueblo esté en la plaza, yo quiero casarme contigo bajo ese árbol.