Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 54 · La carta de la abuela
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Capítulo 54 · La carta de la abuela

La carta de la abuela

Tardé dos días en abrir el sobre.

Dos días, cariño. Dos días con el sobre de mi abuela muerta encima del mármol del obrador, tapado con una balleta para que no lo viera ningún cliente, y dos noches sin dormir pensando en si tenía derecho a leerlo, en si las cartas que no se enviaron son de quien las escribió o de quien las encuentra, en si mi abuela, la mujer que me había criado medio verano a medio verano en aquel obrador, me habría dado permiso para meter la nariz en un sobre que no llevaba mi nombre.

A la segunda noche, con Bruno en la clínica de guardia y el perro viejo roncando a los pies de la cama, me levanté, bajé a la cocina y abrí el sobre, porque mi abuela era una mujer que no dejaba nada al azar, y si el sobre estaba debajo de la caja de las facturas, debajo de la caja que yo había traído del desván el primer día, a lo mejor es que llevaba sesenta años esperando a que alguien de la familia tuviera la curiosidad suficiente para encontrarlo.

La carta estaba escrita a mano, con bolígrafo azul, en una hoja de cuaderno cuadriculado, y tenía tres tachones y un dibujo de una castaña en la esquina, porque mi abuela dibujaba castañas en todo lo que escribía, y decía así:

«Emilio:

Te escribo desde el obrador, que es el único sitio donde soy valiente. Ya sé que no voy a enviarte esta carta. La escribo igual, porque a lo largo de la vida una aprende que hay cosas que se hacen para decirlas y cosas que se hacen para dejar de necesitar decirlas, y esta es de las segundas.

Me caso en septiembre. Con Ramón. Es un buen hombre.

No te voy a decir que le quiero como te quise a ti, porque sería mentira, y contigo no he mentido nunca, ni cuando debía.

Le quiero de otra manera, una manera tranquila, de las que dan de comer y crían a los hijos y no dejan las manos frías.

He decidido que eso, a la larga, vale más que lo otro.

Puede que me equivoque. Puede que dentro de cuarenta años me arrepienta.

Pero hoy, con tu carta del puerto en el delantal y la boda a tres semanas, he decidido que prefiero una vida tranquila con un hombre bueno que una vida inquieta con el hombre que quiero.

No me contestes. No vengas al puerto. No hagas ninguna locura, Emilio, que te conozco.

Solo quería que quedara escrito en algún sitio, aunque no lo lea nadie nunca, que yo te quise, y que renuncié a ti por miedo, y que el miedo, querido, es la única cosa de la que me he arrepentido en toda mi vida.

Cuídate. Que el mar te traiga siempre de vuelta.

Nuria.»

Cuando terminé de leer, tenía la hoja en las manos y las manos me temblaban, y me quedé un rato largo sentada a la mesa de la cocina, con el perro viejo mirándome y la carta de mi abuela delante, y por primera vez entendí de dónde me venía todo, la costumbre de esconderme detrás de las cosas, el miedo a decir lo que quería, la manía de fingir que no me importaba nada para que no me doliera, y entendí también, de golpe, que aquella mujer me había escrito la carta sin escribirla, que la había dejado debajo de una caja de facturas en el obrador que me iba a dejar a mí, sabiendo, como saben las abuelas, que tarde o temprano su nieta la encontraría.

—Ramón —dije en voz alta, a la cocina vacía—. Ramón. Mi abuelo se llamaba Ramón.

Ahí estaba el nombre, y ahí estaba la fecha, y ahí estaba el otro nombre, el que no era el de mi abuelo, el que llevaba sesenta años sin decirse en esta familia, el nombre de un hombre al que mi abuela había querido y al que había dejado ir por miedo, y por eso, cariño, por eso yo había crecido oyendo hablar del abuelo Ramón con cariño y poco más, porque mi abuela se había pasado sesenta años queriendo a un hombre del que nadie hablaba y comiendo cada domingo con el hombre con el que se había casado, y nunca, ni una sola vez, en todos los veranos de mi infancia, le oí a mi abuela una queja.

Al día siguiente, a las ocho de la mañana, entré en la clínica con la carta en el bolso.

Bruno estaba poniéndole una inyección a un perro enorme de un ganadero, y me vio entrar y me dijo con la cabeza «espera», y yo esperé, y cuando terminó me llevó a la trastienda, y le puse la carta encima de la mesa, y le dije:

—Lee.

Bruno leyó la carta de mi abuela, entera, dos veces, con la cara seria y las cejas juntas, y cuando terminó la dejó sobre la mesa y se quedó un rato mirando el dibujo de la castaña de la esquina, y luego dijo, con una voz que no le conocía:

—Nuria.

—Dime.

—¿Cómo se llamaba el hombre de la carta?

—Emilio.

—Emilio Ansorena.

Me quedé sin habla.

—¿Qué?

Bruno Ansorena, el hombre más serio del norte de España, se levantó, abrió un armario metálico lleno de historiales y carpetas, rebuscó un rato largo, y sacó una caja de zapatos que tenía el nombre «abuelo» escrito con rotulador en la tapa, y la puso en la mesa, y la abrió delante de mí, y dentro había un reloj de bolsillo, un pañuelo, una medalla de la Virgen del Carmen, y una foto pequeña, en blanco y negro, con los bordes rizados por los años, en la que salían dos jóvenes en el puerto, un chico con el pelo revuelto y una chica con una trenza y delantal, y en el dorso de la foto, con una letra apretada, ponía una fecha de hace sesenta y dos años y dos nombres.

«Emilio y Nuria. Villamar, el día de la castaña.»

Yo, con la foto de mi abuela joven entre las manos, con mi abuela de diecinueve años mirando a la cámara en el puerto con un chico que no era mi abuelo, levanté la vista y miré a Bruno, y Bruno me miró a mí, y los dos entendimos a la vez, en el mismo segundo, la cosa que llevaba sesenta años esperando a que alguien la entendiera.

—Tu abuelo —dije—. Mi abuela.

—Emilio Ansorena y Nuria Sáenz —dijo Bruno—. Se conocieron aquí. Se quisieron aquí. No se quedaron aquí.

En la trastienda de la clínica, con la caja de zapatos abierta y la foto del puerto entre los dos, nos quedamos en silencio un rato largo, y yo pensé en mi abuela escribiendo aquella carta a tres semanas de su boda con el abuelo Ramón, y pensé en Emilio Ansorena leyendo la carta de mi abuela y no viniendo al puerto, y pensé que hacía falta mucha valentía para decir «no vengas», y mucha más para obedecer, y que aquella historia, la que había empezado sesenta y dos años antes en un puerto de niebla, era exactamente la misma historia que Bruno y yo llevábamos ocho meses viviendo, solo que a nosotros nos había salido bien, y comprendí, con una punzada en el pecho, que debajo de mis pies, en aquel pueblo, había un montón de historias como la nuestra que no habían salido bien, y de que mi abuela había sido una de ellas.

—¿Sabes qué es lo peor? —dije.

—Dime.

—Que se casó con el abuelo Ramón. Fue feliz.

O bastante feliz. Tuvo hijos, y un obrador, y una nieta, y sesenta años de vida tranquila, y nunca, ni una sola vez, contó esto a nadie.

Ni a mi madre. —Miré la carta—. A lo mejor, si me lo hubiera contado, yo habría entendido antes por qué me da tanto miedo querer a alguien.

Bruno, que llevaba toda la conversación escuchándome con las manos quietas encima de la caja de zapatos, dijo la cosa que me hizo llorar por tercera vez en tres días:

—A lo mejor sí. O a lo mejor no te lo contó precisamente porque sabía que tú lo ibas a entender, y no quería que entendieras eso. Quería que aprendieras lo otro. —Me miró—. Que ella no se quedó con quien quería, Nuria. Tú sí. Eso, para tu abuela, allí donde esté, ya es ganar.

Me sequé los ojos con la manga, y le dije que era imposible, que era imposible querer a un hombre que decía esas cosas, y él dijo que era muy posible y que la prueba era que él llevaba ocho meses queriéndome a mí, y yo le tiré un guante de los de la clínica, y él lo cogió al vuelo, y nos reímos los dos como dos tontos en la trastienda de una clínica veterinaria con la foto de nuestros abuelos en blanco y negro encima de la mesa, y en ese momento entró el ganadero a preguntar por su perro y nos vio a los dos llorando y riéndonos con una caja de zapatos abierta y salió de la trastienda sin decir nada, y luego se lo contó a todo el pueblo, y a los dos días en Villamar de la Ría ya se sabía que Bruno Ansorena y Nuria Sáenz eran «nietos de lo mismo», y la tía Pili lo dijo en el grupo de WhatsApp con una frase que hizo historia en el pueblo, que fue: «ya me parecía a mí que esos dos se miraban como se miraba la gente antes».

Esa noche, con el obrador cerrado y la chimenea encendida y la primavera entrando por las ventanas abiertas, Bruno me preguntó si quería que volviéramos a meter la carta en la caja de las facturas, y yo le dije que no, que la carta de mi abuela ya había estado escondida demasiado tiempo, y la enmarcamos, y la colgamos en la pared del obrador, debajo del cartel de latón, al lado de la losa, al lado de todo lo que en aquel local había empezado a significar algo, y Bruno puso la foto del puerto dentro del marco, al lado de la carta, y los dos, en el obrador, delante de la foto de nuestros abuelos en blanco y negro, nos quedamos un rato mirando aquella historia que no había podido ser, y yo le dije a Bruno una cosa que llevaba días pensando.

—Bruno.

—Dime.

—¿Tú crees que mi abuela escribió esta carta para ella, o para mí?

Bruno, con los brazos cruzados y la cara de piedra y los ojos brillantes en la luz de la chimenea, me dijo la frase que me tuvo toda la noche despierta, dando vueltas en la cama, pensando, pensando, pensando en una cosa que jamás se me habría ocurrido si la carta no hubiera aparecido aquel día debajo de una caja de facturas viejas.

—Yo creo que tu abuela escribió esta carta para Emilio. Pero dejó la caja de facturas en el desván por algo. Si te digo la verdad, Nuria, creo que hay una segunda carta. La que él le escribió a ella. Creo que sé dónde está.