Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 53 · El sitio donde empezó todo
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Capítulo 53 · El sitio donde empezó todo

El sitio donde empezó todo

A las seis y cuarto de la mañana, el despertador no sonó, porque no había puesto despertador, porque llevaba toda la noche despierta, dándole vueltas a las siete, y a la frase de Bruno, y al sitio donde había empezado todo, y a lo que me iba a encontrar allí, y a la cara que pondría, y a si sería capaz de no llorar delante de un hombre que me había visto llorar ya demasiadas veces.

A las seis y media me levanté, y me duché, y me puse la ropa que me pongo cuando creo que va a pasar algo importante, que es la ropa cómoda, porque mi abuela decía que a las cosas importantes hay que ir con los zapatos de todos los días, «que las bodas de tacón las carga el diablo», y bajé a la calle a las seis y cuarenta y cinco, con el pueblo todavía en sombra y la niebla del amanecer pegada a los tejados, y me fui andando hacia el obrador, despacio, por la calle Mayor, que a esa hora es toda mía.

Llegué al obrador, y allí estaba Bruno Ansorena, de pie en el porche, con las manos ocultas en los bolsillos y el perro viejo sentado a su lado, y no había hecho nada, quiero decir que no había montado nada, ni un cartel, ni una tarta, ni una sorpresa de esas con globos, y por un momento pensé que se le había olvidado todo, o que yo había soñado la conversación de la noche anterior, y que el hombre más serio del norte de España me había citado a las siete de la mañana en un porche para nada, que también era muy de él.

—Buenos días —dijo.

—Buenos días.

—¿Has dormido?

—Nada.

—Vale. —Sacó una mano del bolsillo—. Ven.

Me llevó de la mano hasta el sitio exacto, hasta la esquina del porche, hasta el trozo de losa que yo recordaba perfectamente, la losa junto a la puerta, la que estaba húmeda aquel primer día de niebla, la misma en la que yo había encontrado, hace ocho meses, a una cabra con una herida en la pata y a un hombre con un abrigo oscuro y muy mala cara tratándosela bajo la lluvia, y Bruno se paró allí, con los dos pies en la losa, y me miró.

—¿Te acuerdas de qué te dije? —preguntó.

—Qué ibas a decirme. Me dijiste que llegaba tarde.

—Y me equivoqué. —Se agachó, apartó de la losa un tiesto con hierbabuena, y debajo, en el suelo, había una losa distinta, una losa nueva, con algo grabado—. Mira.

Me agaché yo también, y con la niebla del amanecer y la luz mala, leí lo que ponía, y me quedé sin aire.

En la losa, grabadas en piedra, había tres palabras. «Aquí empezó.»

Nada más. Tres palabras, una fecha debajo, la fecha del día en que yo había llegado al pueblo con una furgoneta y una cabra y un abrigo que no era el mío, y una raya, y mi letra y la suya, dos firmas pequeñas talladas en la esquina como firman los novios en los árboles, como firma la gente que quiere dejar constancia de que una cosa pasó de verdad, aunque nadie más lo sepa.

Yo, de rodillas en la losa de un porche, mirando aquellas tres palabras, me llevé la mano a la boca y no dije nada durante un rato largo, porque no había nada que decir que cupiera en aquel momento, y porque Bruno Ansorena, que había estado cuatro meses sin decirme lo que sentía, había subido a un andamio con un cincel y se había pasado no sé cuántas noches tallando la fecha exacta en que nos conocimos, sin decírmelo, para que un día yo me agachara en el porche y lo leyera.

—Bruno.

—Dime.

—¿Cuándo has hecho esto?

—De noche. —Se levantó y me tendió la mano—. Mientras tú limpiabas el obrador. Tardé tres semanas porque no sé tallar piedra y el de la ferretería me dijo que estaba loco. Tenía razón, pero yo lo hice igual.

Yo, de pie otra vez, con la mano de Bruno en la mía y el perro viejo olisqueando la losa nueva, me eché a reír, y me eché a llorar, las dos cosas a la vez, que es lo que me pasa siempre en los momentos importantes, y le dije que era el hombre más raro del mundo, y él me dijo que ya lo sabía, y que por eso la cabra me había elegido a mí, porque los dos teníamos debilidad por los raros.

—Y hay algo más —dijo—. Pero eso te lo enseño dentro, que hace frío.

Entramos en el obrador, y Bruno encendió la luz, y yo me quedé plantada en la puerta, porque el obrador no era el obrador.

Alguien había limpiado el viejo cartel de latón, el cartel de la fachada, el que yo había encontrado torcido y medio borrado el primer día, y lo había colgado en la pared del fondo, encima del horno, y en el cartel, en letras grandes, se leía lo que llevaba ahí desde hacía cuarenta años, lo que yo había tardado tres semanas en decidirme a leer del todo, porque me dolía:

«Obrar de NURIA SÁENZ.»

Nuria Sáenz. Mi abuela. Debajo, en una placa pequeña que Bruno había atornillado bajo el cartel viejo, en una placa nueva, con la misma letra, ponía:

«Y de Nuria Sáenz.»

Yo.

Yo, delante de aquel cartel, con el olor a castaña tibia de las paredes y a leña de la chimenea y con el primer cliente del día llamando ya a la puerta, entendí por primera vez, entero, lo que significaba quedarse.

No era un sitio. Era una cadena. Era una mujer que había abierto aquel obrador hacía cuarenta años, que había amasado allí toda su vida, que se había muerto sin verme ser pastelera y que me había dejado un local con deudas y un cartel torcido, y ahora el cartel estaba recto y el local sin deudas y su nombre y el mío juntos en la pared, y eso, cariño, eso no lo arregla un premio, ni una concesión, ni un sueldo de la capital; eso solo lo arregla quedarse.

—Bruno —dije, con la voz regular—. Me vas a matar un día de estos.

—Eso espero —dijo—. Pero de aquí a muchos años.

Abrí la puerta al primer cliente, que era la tía Pili, que entró con la bufanda de mayo que llevaba por costumbre y la libreta de la compra, y que, al ver el cartel, se echó a llorar allí mismo, y a los cinco minutos tenía el obrador lleno de gente, porque en Villamar de la Ría las cosas importantes se cuentan solas, y todo el mundo quería ver la losa del porche, y la losa era lo que más éxito tenía, y hubo un momento, a las ocho de la mañana, en que había siete personas de rodillas en mi porche leyendo la fecha en voz alta, una vecina puso la fecha en el grupo de WhatsApp, y el grupo de WhatsApp llegó a la conclusión de que Bruno Ansorena era «un romántico de incógnito», y a las nueve de la mañana la expresión ya la usaba todo el pueblo, y Bruno, cada vez que la oía, ponía la misma cara de piedra, que era la cara que ponía cuando estaba contento.

A media mañana, cuando por fin se fueron todos y volvimos a estar solos en el obrador, con la primera bandeja de buñuelos enfriándose en la rejilla, Bruno me dijo que se tenía que ir a la clínica, y se puso el abrigo, y antes de salir se paró en la puerta y me dijo, sin darse la vuelta:

—Nuria.

—Dime.

—¿Te ha gustado?

Yo, con una manga de buñuelos en la mano y el corazón en el sitio, le dije la verdad, que me había gustado tanto que ya no sabía si había valido la pena pasar ocho meses fingiendo para acabar aquí o si, en el fondo, todo lo que había pasado había sido para llegar a esto, y él, sin volverse, con la mano ya en el pomo, dijo:

—Entonces ya está. Ya no fingimos nada.

Salió a la calle, y lo vi cruzar de la clínica al obrador por la acera de enfrente, con las manos en los bolsillos y el perro viejo siguiéndole, y me quedé mirándolo desde la ventana con la manga de buñuelos todavía en la mano, y pensé, con esa lucidez tonta que da la felicidad, que aquel hombre me había tallado una fecha en una losa, me había enderezado un cartel torcido y me había devuelto a mi abuela en una placa de latón, y que no me lo había contado a nadie, y que quizá aquel, y no otro, era el gesto más grande que me iban a hacer en la vida.

Entonces, mientras guardaba los buñuelos, se me cayó la manga al suelo, y al agacharme a recogerla, vi un sobre.

Estaba metido debajo de la caja vieja de las facturas, la caja que yo había traído el primer día del desván de mi abuela y que no había vuelto a abrir, y el sobre era de papel grueso y estaba amarillo de los años, y en el sobre, con una letra temblorosa y antigua, con una letra que yo reconocía de los cuadernos de recetas, con la letra de mi abuela, ponía un nombre que yo no había visto en mi vida.

«Para Emilio.»

Me quedé de rodillas en el suelo del obrador, con el sobre de mi abuela muerta en las manos y el nombre de un hombre que no era mi abuelo escrito en él, y por primera vez en muchos meses tuve miedo de abrirlo, porque entendí, de golpe, que mi abuela, la mujer que me había dejado un obrador con deudas y un cartel torcido, había tenido, como yo, un otoño que fingió, y que a lo mejor, cariño, a lo mejor la historia no había empezado en mi losa del porche.