Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 52 · La oferta
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Capítulo 52 · La oferta

La oferta

La leí tres veces, la oferta, y las tres veces me salió el mismo nombre en la puerta y el mismo sueldo, y las tres veces, al final del folio, me encontraba la letra de Iván, la letra de mi ex, la letra del hombre que había levantado una servilleta en Nochebuena delante de todo el pueblo, diciendo, en el margen, «esto es lo menos que puedo hacer».

No supe qué hacer con aquello.

Porque durante tres meses, desde octubre, lo único que yo había querido era quedarme en el pueblo, y ahora, de pronto, con el pueblo ganado, con el obrador abierto y con Bruno en la clínica de enfrente, me llegaba una oferta de la capital, de la mejor pastelería de la capital, para irme a trabajar allí con el doble de sueldo y mi nombre en el escaparate, y no era una oferta cualquiera: era una oferta que, si la hubiera tenido en septiembre, habría cogido sin pensarlo, porque era exactamente lo que yo había estado buscando toda mi vida de pastelera sin encontrar a dónde llegar.

Ahora la tenía en la mano y no sabía qué hacer con ella, y eso, en el fondo, era el regalo más raro que me había hecho el otoño: la prueba de que había cambiado.

—¿Y qué vas a hacer? —me preguntó Vera aquella noche, sentada en el taburete de la esquina del obrador, con un café y las piernas cruzadas, mientras yo limpiaba el mármol.

—No lo sé.

—Nuria.

—¡Que no lo sé, Vera!

—Que no me digas «no lo sé» que me pongo nerviosa. —Dejó el café—. A ver. Te lo pregunto de otra manera. ¿Quieres irte a la capital?

—No.

—¿Quieres quedarte en el pueblo?

—Sí.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

Yo, con la balleta en la mano y el mármol medio limpio, le dije la verdad que llevaba tres días sin atreverme a decirme.

—El problema es que no sé si quiero quedarme por gusto o por miedo.

Otra vez. Porque ahora tengo una excusa perfecta para irme, Vera.

Un trabajo de verdad, en una ciudad de verdad, con un sueldo de verdad.

Si me quedo en el pueblo, si digo que no y me quedo aquí con Bruno y con el obrador, no sé si me quedo porque lo quiero o porque me da miedo irme y descubrir que, fuera, no soy nadie.

No quiero pasar el resto de mi vida en un pueblo sin saber si estoy aquí por elección o por cobardía.

Porque eso es exactamente lo que hice todo el otoño, y me costó tres meses y a Bruno, y no lo quiero repetir.

Vera se quedó un momento callada, y luego se levantó, y me quitó la balleta de la mano, y me cogió las dos manos, como se hace con las amigas cuando hay que decirles una cosa seria.

—Nuria —dijo—. ¿Te acuerdas de lo que te dije el domingo de la carrera de cabras?

—Que era una cobarde.

—Que eras una cobarde, sí. Tenías razón.

Ahora vas a dejar de serlo, porque quiero que hagas una cosa.

Quiero que cojas el tren, te vayas a la capital, entres en esa pastelería, la veas por dentro, hables con la dueña, te imagines trabajando allí, con tu nombre en la puerta, todo lo que siempre has querido.

Quiero que lo veas de verdad, no en tu cabeza.

Después, cuando lo hayas visto, te vuelves en el tren de la tarde, entras en el obrador, y me dices si te quedas o te vas.

Pero mirándome a los ojos. Si me dices que te quedas, no va a haber un gramo de miedo en esa decisión.

Va a ser la primera cosa que hagas en tu vida por gusto de verdad.

Yo, con las manos de Vera en las mías y la oferta de la capital encima del mármol, entendí que tenía razón, y al día siguiente cogí el tren.

No le dije a nadie que me iba. Solo a Bruno, que me llevó a la estación al amanecer, con el perro viejo en el asiento de atrás, y que no me preguntó nada, ni adónde iba, ni por qué, ni cuándo volvía, porque Bruno Ansorena, desde el día de la feria, había aprendido una cosa que yo no sabía antes de conocerlo: que querer a alguien es, sobre todo, no preguntarle por qué se va, y esperar a que vuelva.

—¿Vuelves esta noche? —me preguntó, en el andén.

—Vuelvo esta noche.

—Vale.

—Bruno.

—Dime.

—No te he dicho adónde voy.

—Ya lo sé. —Me miró, con las manos en los bolsillos y la cara de piedra y el sol de mayo en el andén—. Vas a la capital, a ver la pastelería. Vas a volver. —Sonrió, y le tembló la sonrisa—. Eso es todo lo que necesito saber, Nuria. Que vuelves. Lo demás, ahora mismo, me da igual.

Subí al tren, y me fui a la capital, con la oferta en el bolso y el corazón hecho un lío, y entré en aquella pastelería a las once de la mañana, y me quedé de pie en el centro del local, mirando el mostrador de mármol, las vitrinas iluminadas, los dulces perfectos alineados como joyas, los uniformes planchados, las dependientas guapas, el escaparate con mi nombre y mi foto en un cartel de «nueva incorporación», y por primera vez en mi vida, delante de la cosa que llevaba toda la vida soñando, no sentí nada.

Nada.

Ni emoción, ni orgullo, ni ganas. Sentí el mármol frío bajo las manos, y las luces muy blancas, y el ruido de la máquina de café, y el local lleno de gente de la ciudad, con prisa, con el móvil, con los auriculares, sin mirarse unos a otros, comprando pasteles como se compra gasolina, y de pronto, en mitad de aquella pastelería perfecta, me acordé de la tía Pili entrando en mi obrador con la bufanda y la libreta de la compra a pedirme «cuatro magdalenas, que tengo visita», y del olor a castaña de mi obrador a las siete de la mañana, y de Bruno secando un plato que ya estaba seco, y del perro viejo plantado en la puerta mirando a la clínica.

La dueña, una mujer elegante que me trató con toda la amabilidad del mundo, me enseñó las instalaciones, y me explicó el horario, y el sueldo, y las vacaciones, y me dijo que mi plaza estaba reservada para el uno de junio, y que solo tenía que firmar un papel.

Yo, con el papel delante y el bolígrafo en la mano, hice la cosa que no me esperaba ni a mí misma.

Le dije que no.

Le dije que no con una sonrisa, que no, muchas gracias, que era un honor, que me había costado toda una vida llegar a una puerta como aquella, y que precisamente por eso, porque me había costado toda una vida, quería ser capaz de cerrarla yo, con la mano, y no que me la cerrara el miedo.

Salí de aquella pastelería a la calle, con el sol de mayo en la cara y la sensación extraña y limpia de haber dicho que no por primera vez en mi vida a la cosa que creía que quería, y cogí el tren de la tarde, y me pasé todo el viaje mirando por la ventanilla los campos y los pueblos y las vías, sin saber muy bien qué le iba a decir a Bruno cuando llegara, porque a lo mejor, si le decía que había dicho que no, él pensaría que había dicho que no por él, y no era verdad; había dicho que no por mí, por primera vez, por mí y por gusto.

Llegué a Villamar de la Ría al atardecer, y Bruno me esperaba en el andén con el perro viejo y las manos en los bolsillos, y antes de que yo pudiera abrir la boca para explicarle todo, él se me acercó, me cogió la cara con las dos manos, y dijo:

—No me lo cuentes.

—¿Qué?

—Que no me lo cuentes, Nuria. Que me da igual lo que hayas decidido. Que vuelvas en el tren de la tarde ya era la respuesta.

Yo, con la cara de Bruno Ansorena entre las manos y el andén vacío de aquella estación sin estación, entendí, de golpe, que tenía razón, que la respuesta no estaba en lo que yo había decidido en la capital, sino en que, habiendo podido quedarme allí, con mi nombre en la puerta y el doble de sueldo, había cogido el tren de la tarde para volver a un pueblo de dos mil trescientas personas, a un obrador con deudas, a una cabra que comía buñuelos y a un veterinario serio que secaba platos secos.

Esa, cariño, esa sí que era una decisión por gusto.

Volvimos a casa andando, por la carretera de la ría, con el perro trotando delante y el sol cayéndose por detrás del monte, y aquella noche, en el obrador, con la chimenea encendida y el pueblo en silencio y la primavera entrando por la ventana, le conté a Bruno, entera, la historia de la oferta, y la de la pastelería, y la del papel que no firmé, y él me escuchó sin decir nada, sentado en el suelo con la espalda contra la puerta del horno, exactamente como yo lo había escuchado a él en octubre, y cuando terminé, se quedó un momento mirando el fuego, y dijo:

—Nuria.

—Dime.

—Mañana se cumplen ocho meses desde que llegaste al pueblo.

Me quedé blanca.

—¿Ocho meses?

—Ocho meses. —Me miró—. Llegaste un día de niebla, con una furgoneta y una cabra en el porche.

Yo te dije que llegabas tarde. Me equivoqué: llegabas justo para quedarte.

—Se levantó—. He pensado una cosa, estos días, mientras tú estabas en la capital.

Pero no te la voy a decir todavía. Te la voy a decir mañana, en el sitio donde empezó todo.

A las siete de la mañana. Te va a gustar.

—Bruno.

—Dime.

—¿Qué es?

Bruno Ansorena, el hombre más serio del norte de España, me miró con la sonrisa que solo le salía cuando estaba tramando algo, y me dijo la única respuesta que me tenía preparada, la que me tuvo toda la noche en vela, dándole vueltas, sin saber qué me esperaba al día siguiente, a las siete de la mañana, en el sitio donde había empezado, ocho meses antes, el otoño que fingimos.