Capítulo 51 · El obrador reabre
El obrador reabre
El obrador de la calle Mayor reabrió sus puertas el segundo sábado de febrero, con una nevada fina que no cuajó, un cartel nuevo pintado a mano por Manolo el vecino y una cola que daba la vuelta a la plaza.
Abrimos a las nueve y a las nueve y cuarto ya habíamos vendido todo lo que había en la vitrina.
Habíamos hecho, la noche anterior, entre Bruno y yo, trescientas magdalenas de castaña, dos bandejas de huesos de santo, un tablero de buñuelos y una tarta de calabaza pequeña, la primera de la nueva etapa, sin tres pisos y sin jurado, solo para el pueblo.
El pueblo respondió como responden los pueblos cuando deciden que has vuelto: comprando.
Comprando con las dos manos. Comprando de más.
Comprando y no comiendo, solo por tener algo tuyo en casa.
—Nuria, hija, dame cuatro magdalenas.
—Tía Pili, que ayer te di seis.
—Y me las comí. Dame cuatro, que tengo visita.
—¿Y esa visita quién es?
—Tú dame las magdalenas.
A las once de la mañana, con la cola todavía llena y el obrador oliendo a mantequilla y a castaña y a mi abuela, entró doña Piedad con su libreta, se puso al final de la cola como una vecina más, y cuando le tocó el turno, en vez de pedir, sacó un papel del bolso, lo puso encima del mostrador, y dijo:
—Aquí tienes.
—¿Esto qué es?
—La concesión.
Miré el papel. Era el contrato de la concesión del bajo de la calle Mayor, por cinco años, prorrogables, firmado por el Ayuntamiento de Villamar de la Ría, con el sello, y, en el apartado del titular, escrito con una letra muy clara:
«Nuria Sáenz.»
—Doña Piedad.
—Tú ganaste la feria, cariño —dijo, y le tembló la sonrisa—.
El pueblo votó, el jurado era nulo por lo de Nochebuena, y el Ayuntamiento, en sesión extraordinaria, ratificó el voto del pueblo.
El bajo es tuyo cinco años. Si dentro de cinco años quieres que sea tuyo otros cinco, no tienes más que presentarte a la feria otra vez.
—¿Y Bruno? Él renunció, doña Piedad. Él firmó una renuncia.
—Y esa renuncia, en el mismo documento en que se presentó, estaba vinculada a una condición, que era que tú ganaras.
—Doña Piedad cerró la libreta—. Ganaste tú.
Así que la renuncia sigue en pie. El bajo es tuyo, Nuria.
El chico, esto te lo digo como consejo, no como comisión: el chico tiene que decidir qué va a hacer con su vida, porque ese sí que ha quedado sin nada.
Yo, con el contrato de la concesión en la mano y la cola del obrador mirándome, me quedé pensando en la última frase de doña Piedad, porque tenía razón, y porque llevaba varios días pensándolo yo también y no sabía cómo sacar el tema.
Bruno Ansorena había perdido, por mí, todo lo que tenía.
Había renunciado al bajo, había firmado el préstamo para pagar mi deuda, había puesto su clínica en traspaso, y cuando yo volví y él se bajó del tren y se quedó, se encontró con que no tenía clínica, no tenía piso —porque el piso de arriba iba con el traspaso—, no tenía apenas ahorros y no tenía, tampoco, muy claro qué hacer.
Así que, desde el día de la feria, Bruno vivía conmigo en el obrador.
No os imaginéis una cosa idílica. Bruno Ansorena era, y es, el hombre más serio, más metódico y más silencioso del norte de España, y yo era una pastelera con tres meses de deuda emocional y una cabra que se me metía en la cocina, y los dos tardamos exactamente dos días en darnos cuenta de que compartir un obrador, un dormitorio y un perro viejo requiere, además de amor, un sistema.
Nuestro sistema, por si algún día os sirve, consistía en lo siguiente: él se levantaba a las seis y sacaba al perro.
Yo me levantaba a las seis y cuarto y encendía el horno.
Él desayunaba de pie, como los veterinarios.
Yo desayunaba sentada y me tomaba dos cafés.
Él ordenaba las cosas por tamaños. Yo las ordenaba por colores.
A las siete de la mañana, cada día, discutíamos, con el mismo cariño, por las mismas tres cosas: la mantequilla, la radio y la cabra.
—Nuria, la cabra ha vuelto a entrar en la cocina.
—Se llama Remedios y es del pueblo.
—La cabra ha vuelto a entrar en la cocina.
—Bruno, es una cabra huérfana de concurso. Ha ganado un diploma. Se lo debemos.
—Nos ha comido la bandeja de arriba.
—Le pondremos más arriba.
—¿Más arriba de mí?
Así, entre la cabra y la mantequilla y la radio, se me fue pasando febrero, y llegó marzo, y el obrador, que había sido el sitio donde un otoño entero me rompí por dentro, se fue llenando, poco a poco, del ruido bueno de las cosas que funcionan.
Pero el que no funcionaba era Bruno.
Lo notaba. Lo notaba en la cara, cuando se quedaba mirando las paredes mientras yo amasaba.
Lo notaba en las manos, que se le quedaban quietas encima del mármol, como se le quedaban cuando estaba pensando en algo que no decía.
Lo notaba en el perro, que a veces, a media tarde, se levantaba, iba hasta la puerta de la calle, y se quedaba plantado allí, mirando hacia la clínica, porque los perros viejos saben cuándo su gente ha perdido su sitio.
—Bruno.
—Dime.
—¿Qué vas a hacer con la clínica?
Se quedó un momento con el trapo en la mano, secando un plato que ya estaba seco.
—Nada —dijo.
—¿Nada?
—La clínica la puse en traspaso cuando me iba.
Ahora ya no me voy, pero el traspaso sigue en el tablón, y con el traspaso va el piso, y con el piso va el alquiler, y yo no tengo dinero para comprarme mi propia clínica, así que la clínica, en la práctica, ya no es mía.
—Dejó el plato—. No pasa nada, Nuria. De verdad que no pasa nada.
He estado toda la vida con la clínica y con mi padre, y ahora estoy contigo, y eso, para mí, ya es bastante.
Ya encontraré algo. Tengo las manos, y sé curar animales. En algún sitio harán falta.
Yo, con el rodillo en la mano y el delantal de mi abuela, miré a Bruno Ansorena, el hombre que había renunciado a todo por mí, el hombre que ahora me decía, con la tranquilidad de los que ya no piden nada, que se conformaba con curar animales «en algún sitio», y sentí, en el pecho, una cosa que no era amor, porque el amor ya lo tenía, sino algo más grande y más urgente, una cosa que se parecía mucho a la rabia buena, la rabia de la feria, la rabia que me había hecho subir a aquel escenario.
Porque yo tenía el obrador, y tenía la concesión, y tenía al pueblo, y tenía, del banco, un dinero, el de la venta, que se había quedado, después de pagar la deuda, en un número que a mí me parecía enorme y que ahora, de pronto, entendí para qué servía.
—Bruno —dije—. ¿Cuánto cuesta el traspaso de la clínica?
Bruno me buscó la mirada.
—Nuria.
—Cuánto.
—Nuria, no.
—Bruno Ansorena, cuánto cuesta.
Bruno Ansorena, el hombre más serio del norte de España, me dijo el número, y el número, en efecto, coincidía, casi al céntimo, con el dinero que me había quedado del obrador, y yo me di cuenta, en aquel momento, con una claridad que me dejó temblando, de que aquel dinero, que yo había sacado vendiéndole el obrador de mi abuela a unos desconocidos, fue el mismo dinero que él había estado a punto de gastarse en pagar mi deuda, y que si la vida tenía algún sentido, algún pequeño sentido redondo y justo, era exactamente aquel.
—Te compro la clínica —dije.
—Nuria, no.
—Que te compro la clínica, Bruno. Con el dinero del obrador.
Con el que saqué vendiéndolo. —Me acerqué a él—.
Tú pusiste tu clínica como aval para pagar mi deuda.
Pues yo pongo mi obrador para comprar tu clínica.
Así ninguno de los dos está en deuda con el otro, y los dos tenemos lo nuestro, y luego, si quieres, yo te cobro un alquiler simbólico, o no te lo cobro, o lo que quieras, y hacemos las cuentas como las hace la gente que se quiere, que es mal y tarde y siempre a favor del otro.
Bruno Ansorena, de pie en el obrador de mi abuela, con el trapo en la mano y el perro viejo mirándonos desde la puerta, se quedó un momento sin saber qué decir, y luego hizo una cosa que no le había visto hacer más que dos veces en todo el tiempo que llevábamos juntos.
Se le llenaron los ojos de agua, y no dijo nada, y me abrazó.
Así, con el dinero del obrador que vendí cuando tenía miedo, compramos la clínica que él había estado a punto de vender por mí, y la reabrimos en abril, con un cartel nuevo y con el viejo perro de la clínica instalado otra vez en su rincón, y el pueblo, que ya había aprendido a querernos, se apuntó en masa a curar a sus animales con Bruno, y a comer dulces conmigo, y la calle Mayor de Villamar de la Ría volvió a tener luz en sus dos escaparates, el de la clínica y el del obrador, como la había tenido, treinta años antes, cuando la abuela y Emilio se ayudaron sin decirlo.
Una tarde de mayo, con el pueblo en flor y el río lleno y el invierno aquel, por fin, olvidado, llegó al obrador un sobre con un matasellos de la capital, y dentro de aquel sobre venía una oferta de trabajo para mí, en la pastelería más famosa de la ciudad, en la que me ofrecían el doble de lo que ganaba en el pueblo, un contrato de dos años y mi nombre en la puerta.
La firmaba una mujer a la que yo no conocía de nada.
Pero detrás, con una letra que sí conocía, en el margen, a lápiz, había una línea añadida a mano que decía:
«Nuria, perdóname. Esto es lo menos que puedo hacer. Un abrazo. Iván.»