Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 50 · La promesa
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Capítulo 50 · La promesa

La promesa

Bruno Ansorena subió los tres escalones del escenario de madera sin prisa, con las manos fuera de los bolsillos y la maleta abandonada al pie de la plaza, y el pueblo, que había estado conteniendo el aliento desde el pitido del tren, rompió a aplaudir, y luego, poco a poco, a callarse otra vez, porque en los pueblos, cuando pasa algo de verdad, la gente primero aplaude y luego se calla, para no perderse nada.

Yo me quedé quieta, con el micrófono colgando de la mano y la boca abierta, sin saber qué hacer, porque llevaba tres meses ensayando lo que iba a decirle si volvía, y ahora que lo tenía delante, subiendo hacia mí, con la cara sin afeitar y el abrigo de trabajo y la maleta en el suelo, no me acordaba de ninguna de las frases, y solo se me ocurría mirarlo, y esperar, y no respirar.

Bruno llegó a lo alto del escenario. Se paró a un paso de mí, delante de la silla vacía, con la servilleta del pacto encima.

—Perdona —dijo—. Llego tarde.

Yo, con los ojos llenos de agua y el corazón en la boca, hice la única cosa que se me ocurrió hacer delante de dos mil trescientas personas: solté el micrófono, que cayó al suelo con un golpe seco y un chirrido de realimentación que hizo que todo el pueblo se tapara los oídos, y me eché a reír, y él se echó a reír conmigo, y luego, en mitad de aquella risa y de aquel silencio y de todo aquel pueblo mirando, nos quedamos los dos callados, muy cerca, mirándonos, como se miran las personas que llevan tres meses diciéndose cosas sin decirse ninguna.

—Pensaba que habías cogido el tren —dije.

—Lo he cogido —dijo Bruno.

—¿Cómo?

—He cogido el tren, Nuria. A las nueve y media, como tenía previsto.

Lo he cogido en la estación de al lado, he ido hasta la siguiente parada, y me he vuelto en un taxi.

—Se pasó una mano por el pelo—. He pagado sesenta euros de taxi y he perdido el billete del AVE, y te juro que no me arrepiento de ninguna de las dos cosas. Pero necesitaba hacerlo así.

—¿Por qué?

—Porque tuve que subirme al tren para saber si era capaz de bajarme.

—Me miró, y en sus ojos, de piedra, había agua—.

Me bajé, Nuria. En la primera estación me bajé, y le dije al taxista que me trajera aquí a toda velocidad, y he venido corriendo por la cuesta de la estación porque oí el pitido de mi propio tren y pensé que no llegaba. —Se calló—. He llegado. Aquí estoy.

Yo, delante de toda Villamar de la Ría, con el micrófono en el suelo y el delantal de mi abuela y las lágrimas cayéndome por la cara sin ningún tipo de decoro, le dije a Bruno Ansorena la cosa que llevaba desde octubre queriendo decirle, con la voz rota y a gritos, porque ya me daba igual todo.

—He hecho la tarta.

—Ya la veo.

—La de tres pisos.

—La de tres pisos, sí. —Sonrió, y le tembló la sonrisa—. Tiene hambre. Lo he visto desde la puerta.

Entonces Bruno miró la silla vacía, y la servilleta que había encima, la servilleta blanca de papel, cuadrada, con el borde azul y el nombre del bar bordado en una esquina, la que habíamos firmado los dos en octubre, la que había levantado Iván Cifuentes en Nochebuena, la que había estado en el bolsillo de mi abrigo durante ochenta y cinco días, y la cogió, y la desdobló, y la miró, y luego me miró a mí.

—¿La rompemos? —dijo.

Yo, con las lágrimas en la cara y la risa otra vez saliéndome por la garganta, entendí, en aquel segundo, lo que me estaba pidiendo.

—La rompemos —dije.

Bruno Ansorena, delante de toda la plaza, cogió la servilleta del pacto con las dos manos, la miró por última vez, con sus dos firmas y su regla sagrada, y la rompió por la mitad, y luego por la mitad otra vez, y luego la echó al aire, y los trozos de papel, blancos, pequeños, se fueron con el viento de enero por encima de las cabezas de todo Villamar, y el pueblo en pleno, dos mil trescientas personas, aplaudió como no había aplaudido nunca.

Cuando se acabó el aplauso, Bruno se acercó a mí, me cogió las dos manos, y delante de la tarta de mi abuela, delante de todo el pueblo, delante de la silla vacía que ya no estaba vacía, hizo su promesa, la segunda, la de verdad, la que no se firmaba en ninguna servilleta.

—Nuria Sáenz —dijo—. Yo no te voy a pedir que te quedes.

Ya me has dicho que te quedas por gusto, y esa es la única cosa que necesitaba oír, y me la voy a creer aunque me cueste.

Lo que yo te voy a prometer es otra cosa, y es esta: que el próximo otoño, y el siguiente, y el de después, yo voy a estar aquí, en esta plaza, poniendo la silla, por si algún día te da por subir a decirme otra vez que te quedas.

Si no subes, no pasa nada. Yo pongo la silla igual.

Todos los años. Aunque llueva. Aunque haga frío.

Aunque te hayas ido. Porque una promesa no se le hace a la persona que se queda, cariño.

Una promesa se le hace al pueblo, y este pueblo, en Nochebuena, votó que esto era de verdad.

Yo, a partir de hoy, le voy a hacer caso al pueblo.

Yo, con las manos de Bruno en las mías y el pueblo en pie y la tarta de mi abuela esperando detrás, hice lo único que me quedaba por hacer, la cosa que llevaba tres meses y un otoño entero queriendo hacer, la cosa que se hace sin palabras y sin servilletas y sin reglas.

Me puse de puntillas.

Lo besé.

Delante de todo el pueblo.

El pueblo, cómo no, se volvió loco.

Fue un beso largo, de los que no se acaban porque nadie quiere que se acaben, y en mitad del beso oí, como se oyen las cosas en los sueños, a todo el pueblo gritando, a la tía Pili llorando, a Vera silbando con los dedos, a don Luciano pidiendo, con la voz de los sermones, un poco de orden, y al hijo de la tía Pili arrancando el tiovivo por su cuenta, y cuando por fin nos separamos, con el frío de enero en las mejillas y el corazón desbocado, lo primero que vi, al fondo de la plaza, fue a Remedios, la cabra de la discordia, que se había escapado una vez más de su corral y que estaba subida, tranquilamente, al carro de los buñuelos, comiéndose la bandeja entera que la tía Pili acababa de sacar.

—La cabra —dije.

—Ya la veo —dijo Bruno.

—Bruno, está comiendo los buñuelos.

—Déjala —dijo Bruno, y me pasó el brazo por los hombros—.

Hoy, por una vez, que coma lo que quiera.

Que este pueblo ha votado que tú y yo somos la pareja del año, y yo he decidido tomármelo al pie de la letra: a partir de hoy, en esta casa, se hace lo que diga el pueblo, y el pueblo, a esta cabra, la quiere viva y gorda.

Yo me reí, con la cabeza apoyada en el hombro de Bruno Ansorena, en mitad de la plaza de Villamar de la Ría, con todo el pueblo aplaudiendo y una cabra comiéndose los buñuelos de la feria y la tarta de tres pisos esperando para cortarse, y pensé que, de todas las cosas que había imaginado en mi vida para el día en que por fin fuera feliz, ninguna se parecía ni de lejos a aquella, y que ninguna otra, ni en sueños, podía ser mejor.

Cortamos la tarta a mediodía.

La cortó Bruno, con el cuchillo de mi abuela, porque yo, con las manos temblando de todo lo que había pasado, no era capaz de hacer un corte recto.

Le dio la primera ración a la tía Pili. La segunda, a doña Piedad, que la apuntó en la libreta.

La tercera, a Vera, que la levantó en alto y dijo que aquella tarta era la prueba definitiva de que en Villamar de la Ría se comía mejor que en cualquier sitio del mundo.

La cuarta, con una sonrisa que no le había visto nunca, a Sofía Ardanza, que, con el delantal puesto, todavía detrás de su tenderete, la cogió, la miró, y dijo, delante de todos, con la boca llena y la elegancia de siempre:

—Está buenísima. Lo digo yo, que soy la que quería poner aquí cupcakes.

El pueblo se rió, y Sofía se rió, y yo me reí con el delantal de mi abuela y las lágrimas de todo el día secándose al sol de enero, y por primera vez en tres meses de aquel otoño que se había hecho invierno sentí, en el pecho, una cosa pequeña y enorme que no era ni miedo ni culpa ni duda.

Sentí que estaba en casa.

A las cinco de la tarde, cuando la plaza empezó a vaciarse y el sol se puso por detrás del monte, Bruno y yo nos quedamos solos delante de la mesa de la tarta, recogiendo los platos, y él me preguntó, sin mirarme, si le dejaba subir al obrador a ver cómo había quedado después del vaciado, y yo le dije que sí, y subimos los dos la calle Mayor, despacio, con el perro viejo trotando detrás, y cuando abrimos la puerta del obrador de mi abuela, que ya era otra vez mío porque los compradores, con una llamada y un apretón de manos, me lo habían devuelto aquella misma mañana, Bruno se quedó de pie en el umbral, mirando las cajas medio vacías y el mármol y las vitrinas, y dijo, muy bajito:

—Aquí empezó todo.

—Aquí empezó todo —dije yo.

Bruno me cogió de la mano, y entró, y cerró la puerta detrás de nosotros, y nos quedamos los dos solos en el obrador de mi abuela, con el frío de enero fuera y la luz encendida, sin pueblo, sin cámara, sin prueba, sin servilleta y sin regla, y por primera vez en todo el otoño nos miramos a los ojos sin que hubiera nada que fingir, absolutamente nada, y yo supe, con una certeza que no había sentido nunca en mi vida, que aquel hombre, aquel obrador y aquel otoño que empezó fingiendo eran, con todas sus mentiras y todo su frío y toda su niebla, la cosa más verdadera que me había pasado nunca.

Aquella noche no hubo promesas, ni reglas, ni sillas vacías.

El perro viejo se quedó dormido a los pies de la mesa, y la casa se fue quedando en silencio, y ninguno de los dos hizo ademán de subir.

—¿Te quedas? —le pregunté, aunque era una tontería, porque acababa de romper una servilleta delante de dos mil personas y de bajarse de un tren por mí.

—Me quedo —dijo, y lo dijo con la misma voz con la que decía que un caballo iba a curarse: sin adornos y sin duda.

Apagamos la luz de dentro y dejamos solo la de la calle, que entraba por el escaparate en una franja anaranjada y nos partía la cara en dos mitades, la de la luz y la de la sombra, y en aquella penumbra, entre vitrinas y cajas medio vacías, Bruno Ansorena me cogió la cara con las dos manos, como la primera noche, la de la buhardilla, y me besó con un hambre que no le había conocido ni entonces, y a mí se me olvidó de pronto que llevaba tres semanas sin él y me acordé de todo lo demás a la vez.

No había estado nunca con él sin nada que aparentar, y resultó que sin público éramos mejores.

Resultó que el hombre que no sabía decir tres frases seguidas en un banco de piedra sí sabía decir cosas, con la boca y sin la boca, y que la mujer que llevaba tres meses huyendo de todo supo, por fin, quedarse quieta.

Nos quedamos en el suelo, sobre una manta vieja, y en algún momento se nos cayó al lado una caja de cartón, y nos reímos, y volvimos a empezar, y la risa, que nunca había estado en esto, estuvo, y no estorbó.

Más tarde, con la franja de la calle alargándose por el suelo hasta la escalera, me apoyé en su pecho y le oí el corazón, que iba despacio, como iba él, como iba todo lo bueno de aquel hombre: despacio y para siempre.

—Bruno.

—Dime.

—No he fingido nada esta noche. —Se lo dije mirando el techo—. Ni un segundo. Por primera vez desde octubre, no he fingido nada de nada.

Él, que llevaba un otoño respondiendo a las preguntas grandes con la verdad más simple, me contestó bajito, con la boca en mi pelo, la única frase que faltaba por decir.

—Ya lo sé. Por eso me he quedado.

Aquella noche, en el obrador de mi abuela, con la chimenea encendida y el perro viejo dormido a los pies de la mesa y la tarta a medio comer sobre el mármol, Bruno Ansorena y yo dejamos, por fin, de fingir.