Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 49 · La segunda feria
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Capítulo 49 · La segunda feria

La segunda feria

Amaneció sin niebla, cosa rarísima en Villamar en enero, y con un sol blanco y bajo que se levantó por detrás del monte y encendió de golpe los tejados, las aceras y las luces de la feria que el pueblo había dejado encendidas toda la noche.

Yo no había dormido. Me había pasado las horas sentada en aquel banco de piedra, con el perro viejo de Bruno apoyado en las rodillas y el reloj del campanario marcándome cada cuarto, repasando la conversación del piso, frase por frase, buscando el fallo, buscando la manera de que aquel hombre entendiera, de una vez, lo que yo no había sabido explicarle con palabras en tres meses.

«Yo quiero ser el sitio al que vas por gusto.»

Me lo había dicho con una tranquilidad que me había roto por dentro, porque era verdad, y porque yo, hasta aquel momento, no había ido a ningún sitio por gusto en toda mi vida.

A las seis y media de la mañana empezó a llegar la gente a la plaza.

Llegó la tía Pili con el carro de los buñuelos.

Llegó doña Piedad con la libreta y el programa de las doce pruebas escrito a boli en un folio.

Llegó don Luciano con la estola puesta, dispuesto a hacer de maestro de ceremonias.

Llegaron los del estanco, los de la panadería, los de las aldeas, los de la asociación de jubilados, el hijo de la tía Pili con el tiovivo, Manolo el vecino con la llave, y llegó, con un delantal que le sentaba como un guante de seda, Sofía Ardanza, dispuesta a montar su tenderete.

A las siete, cuando ya estaba todo en pie, la plaza llena, la tarta de tres pisos en su mesa y todo el pueblo esperando, doña Piedad cogió el micrófono, y anunció, con la solemnidad de los grandes días:

—Vecinos de Villamar de la Ría. Se declara abierta la segunda Feria de la Castaña del año. Doce pruebas. Un solo premio. Un solo objetivo. —Miró hacia mí, que estaba de pie junto a la tarta, con el delantal de mi abuela—. Este año, señores, jugamos con una regla nueva.

El pueblo, que ya lo sabía, sonrió.

—¿Qué regla, doña Piedad? —preguntó alguien, haciendo el coro, que en este pueblo el coro es tradición.

—La regla de que esta feria no la gana nadie —dijo doña Piedad—.

Esta feria la perdimos todos en Nochebuena, y la hemos vuelto a montar hoy para ganarla entre todos.

Así que hoy no hay jurado, ni hay votos, ni hay papeletas.

Hoy hay una sola prueba, y la prueba es esta: que el pueblo en pleno le diga a Nuria Sáenz, a la cara, lo que llevábamos tres semanas queriéndole decir y no le hemos dicho.

Yo me quedé sin aire.

Porque lo que siguió, vecinos, no lo voy a olvidar mientras viva.

No fue una prueba de feria. Fue, uno detrás de otro, delante de la tarta de mi abuela y de toda la plaza, un desfile de gente de aquel pueblo subiendo a decirme cosas que yo no esperaba, cosas que me dejaron sin palabras y sin lágrimas de tanto llorarlas.

Subió la panadera, que me había despachado el pan sin mirarme a los ojos, y me pidió perdón por aquel día, y me dio una hogaza con un lazo, «porque en este pueblo, cuando alguien vuelve, se le da pan, y yo no te lo di».

Subió el del estanco, que me había sonreído a medias, y me dio un paquete de tabaco para mi madre y un sobre con los diez euros que le debía yo del otoño y que él nunca me había reclamado, «porque ya no me hacen falta, hija, y a ti sí».

Subió Manolo el vecino, que me había guardado la llave, y me contó, delante de todo el mundo, cómo Bruno Ansorena había estado las tres semanas anteriores subiendo a su casa a preguntarle si sabía algo de mí, «porque la quería, Manolo», me dijo, imitándolo, «y a este paso va a preguntarle al perro».

Subió don Luciano, con la estola, y me recordó, con la voz grave de los sermones, que el Señor perdona setenta veces siete, «y este pueblo, aunque no sea el Señor, perdona las que hagan falta, y tú llevas dos, así que date por perdonada y no nos hagas gastar más».

Subió la tía Pili, con el delantal de los buñuelos y los ojos rojos, y no dijo nada, solo me abrazó delante de todo el pueblo, y el pueblo aplaudió, y yo lloré en el hombro de la tía Pili como lloran los hijos.

Luego subió Vera, mi Vera, la que me había dicho que era una cobarde en un banco de piedra, y cogió el micrófono, y dijo, mirando al pueblo:

—Yo a esta la conozco desde los dieciséis años, y les puedo asegurar que es la persona más terca, más miedosa y más de fiar que he conocido nunca.

Terquedad: mucha. Miedo: bastante. Pero cuando esta mujer quiere algo, lo quiere para siempre.

Quiero que conste en acta, doña Piedad, que yo fui la primera que le dijo que se quedara y la primera a la que no hizo caso.

—Se giró hacia mí—. Ahora sí, Nuria. Ahora ya no te digo que te quedes.

Ahora te digo que te quedes con él. Que eso, hija mía, es lo único que nos faltaba por arreglar.

Cuando bajó Vera, y yo pensaba que ya no me quedaban lágrimas, doña Piedad volvió a coger el micrófono, y anunció, con la voz quebrada, la última prueba del día.

—Y ahora, la prueba final. —Miró el reloj—. Las ocho y media. A las nueve y media sale un tren.

Todo el pueblo se giró, sin querer, hacia la carretera.

—La prueba final de esta feria —siguió doña Piedad— se llama, como la de Nochebuena, la prueba de la promesa.

Pero hoy tiene una regla distinta. Hoy, Nuria Sáenz sube al escenario y le hace su promesa a una silla vacía.

—Señaló una silla que habían colocado en medio del escenario, con la servilleta del pacto encima, la de verdad, la que Bruno me había enseñado la noche antes en su mesa—.

El pueblo escucha. El que tenga que venir a esa silla, que venga.

El que no venga, que no venga. Aquí ya no obligamos a nadie a fingir nada.

Yo miré la silla. Miré la servilleta encima. Miré el reloj del campanario, que marcaba las ocho y treinta y cinco, y miré la carretera, que estaba vacía, y sentí, con una claridad helada, que me jugaba en aquel minuto todo lo que me quedaba de vida.

Subí al escenario.

Villamar entero, dos mil trescientas personas apiñadas en su plaza, se calló, y en el silencio solo se oyó el viento entre las luces y, a lo lejos, el ruido del río.

Cogí el micrófono.

Miré la silla vacía.

Empecé a hablar.

—Bruno. No sé si estás en el pueblo. No sé si estás en esa carretera.

No sé si me estás oyendo o si ya has cogido el tren y esto es hablarle a nadie.

—Me tembló la voz, y no me importó—. Pero te lo voy a decir igual, porque llevo tres meses sin decírtelo y ya no me queda tiempo.

Me quiero quedar. Me quiero quedar en este pueblo, en el obrador de mi abuela, contigo.

No me quiero quedar por miedo a irme, ni por miedo a perderte, ni por miedo a estar sola.

Me quiero quedar por gusto. Porque desde octubre, cada vez que he pensado en lo que quería hacer con mi vida, la única imagen que me venía a la cabeza era esta: tú, yo, y el obrador, y un otoño detrás de otro.

Como no he sabido querer eso sin romperlo, te lo digo ahora delante de todo el pueblo, a la cara, sin servilletas y sin reglas: te quiero, Bruno Ansorena.

Si subes a esta plaza, me quedo por gusto.

Si no subes, me quedo también, porque este pueblo ya es mío y el obrador es de mi abuela, y he aprendido, estas tres semanas, que quedarse también se puede hacer solo.

Pero me gustaría mucho, muchísimo, no tener que hacerlo.

Bajé el micrófono.

El pueblo, entero, contuvo el aliento, y se giró, como un solo hombre, hacia la carretera.

La carretera, con el sol ya alto y las luces de la feria todavía encendidas y las nueve y veinticinco en el reloj del campanario, seguía vacía.

El tren de las nueve y media, que pasaba por la estación de Villamar sin parar, porque Villamar no tiene estación, dio, en aquel momento, su pitido largo, a lo lejos, río abajo, como se oye siempre el tren en aquel pueblo, un pitido que no trae a nadie y no se lleva a nadie, solo pasa, y sigue.

Yo, de pie en el escenario, con el micrófono en la mano y la tarta de mi abuela a mi espalda, oí aquel pitido, y sentí que se me caía dentro todo lo que me había sostenido en pie desde octubre, porque un tren que pita y sigue es la cosa más parecida que hay a un hombre que se va y no vuelve, y me quedé mirando la carretera vacía, con todo el pueblo mirando conmigo, esperando, en un silencio que ya no era de esperanza, sino de despedida.

Entonces, justo entonces, cuando ya me había dado la vuelta para bajar del escenario, se abrió, al fondo de la plaza, la puerta grande del pabellón, la que da a la cuesta, y por aquella puerta, con el abrigo de trabajo, la cara sin afeitar y la maleta en la mano, entró andando, muy despacio, sin correr, como entran los hombres que ya no tienen prisa porque han decidido, en el último segundo, quedarse, Bruno Ansorena.

Detrás de él, muy bajito, empezó a aplaudir una sola persona.

Luego otra. Luego el pueblo entero, dos mil trescientas personas, en una sola ola, se puso a aplaudir y a gritar y a llorar en la plaza de Villamar de la Ría, y el eco de aquel aplauso subió por el monte y por el río y por la niebla que ya no había, y yo, en el escenario, con el micrófono cayéndoseme de la mano y el corazón saliéndoseme del pecho, no vi a nadie más en todo el mundo, no oí a nadie más, no supe nada más, porque Bruno Ansorena soltó la maleta en el suelo, se quitó el abrigo, y empezó a subir, escalón a escalón, los tres escalones de madera de aquel escenario de feria, hacia la silla vacía, hacia la servilleta, hacia mí.