Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 48 · La noche antes
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Capítulo 48 · La noche antes

La noche antes

A las diez y media de la noche, con la plaza llena de luces encendiéndose una detrás de otra y el pueblo trabajando en la feria que iba a celebrarse al amanecer, yo dejé el delantal encima del mármol del obrador, cogí al perro viejo en brazos, y subí la escalera que llevaba al piso de Bruno Ansorena.

La escalera estaba al lado de la clínica, una escalera estrecha de hierro, con la barandilla fría, que yo había subido una sola vez en todo el otoño, el día del temporal, cuando el pueblo se quedó sin luz y Bruno me dijo que subiera a su casa a comer algo caliente porque no había forma de volver al obrador con aquel vendaval.

Aquella vez subí riéndome, con la nieve en el pelo, y Bruno me esperaba arriba con dos platos y una manta.

Esta vez subí despacio, con el perro pesándome en los brazos y el corazón pesándome en el pecho, y por el camino, en cada escalón de hierro, me fui repitiendo en voz baja lo que le iba a decir, para no atascarme, para no huir, para no decirle otra vez aquel «no lo sé» que le había dicho en la calle Mayor y que le había partido la cara en dos.

Llamé a la puerta.

Tardó. Tardó lo suficiente para que yo pensara que no estaba, o que estaba y no quería abrir, y estaba a punto de darme la vuelta, con el perro en brazos y la vergüenza en la cara, cuando la puerta se abrió, y en el hueco, con una camiseta gris y el pelo revuelto y una caja de cartón a medio llenar a sus espaldas, apareció Bruno.

Se quedó mirándome.

Yo me quedé mirándole, sin saber qué decir de todo lo que había ensayado en la escalera, porque verlo así, de cerca, con la cara de cansado y la barba de tres días y el piso medio vacío a su espalda, me borró de golpe todas las frases bonitas y me dejó solo con la verdad, que era una y muy simple.

—Has recibido mi mensaje —dije.

—No.

—No lo has leído.

—No lo he abierto. —Se pasó una mano por el pelo—. Lo he visto. No lo he abierto, porque sé lo que pone, y no lo quería leer, Nuria. Porque leerlo es contestarlo, y contestarlo es… —Se calló—. ¿Qué quieres?

—Quiero hablar contigo.

—¿De qué?

—De todo. De octubre. De la servilleta. De la carta de mi abuela.

De los tres folios que firmaste la tarde de la gala.

De Emilio. Del bajo. De por qué te apuntaste al concurso.

De por qué te has pasado el otoño mintiéndome por omisión y no me lo has dicho hasta que te has ido.

De todo, Bruno. —Me tembló la voz—. Pero sobre todo, quiero hablar de una cosa que llevo desde octubre sin decirte y que ya no me puedo callar más.

Bruno, en la puerta de su casa medio vacía, con la caja de cartón a la espalda y el perro viejo mirándonos desde mis brazos, se apartó un poco y me dejó entrar, y cerró la puerta detrás de nosotros, y yo, con el perro en brazos, entré en el salón del hombre que llevaba un otoño entero callándose lo que quería, y vi las cajas, y vi las paredes vacías donde habían estado las fotos, y vi, encima de la mesa, delante de una silla, una servilleta de papel, cuadrada, con un borde azul, y un nombre bordado en una esquina.

La servilleta.

La del pacto. La de verdad. La que yo llevaba en el bolsillo del abrigo y que, por lo visto, alguien había dejado encima de aquella mesa, junto a una taza vacía, como se dejan las cosas que ya no se saben dónde poner.

—Ahí está —dijo Bruno, siguiéndome la mirada—. La encontré en el bolsillo de tu abrigo, la noche de la gala, cuando te la quité para que no te la viera el pueblo. No te la he devuelto porque no he sabido cuándo, y ahora ya da igual. —Se sentó en el brazo del sofá—. Dime.

Yo, con el perro en brazos y la servilleta delante, le dije por fin, sin ensayar, sin adornos y sin miedo, la única cosa que tenía que decirle.

—Me quiero quedar.

Bruno no dijo nada.

—Me quiero quedar en el pueblo. Me quiero quedar con el obrador.

Me quiero quedar contigo, Bruno, porque llevo queriéndote desde octubre, y he tardado tres meses y una hoja falsa y una servilleta y un «no lo sé» y una furgoneta cargada de cajas en entender que lo único que me daba miedo no era que tú me fallaras, sino que yo fuera capaz de quedarme con algo bueno sin romperlo.

Lo he roto. Lo he roto todo, yo sola, con mis manos, por miedo.

He venido a decírtelo. No a pedirte que me perdones.

Solo a decírtelo. Porque llevas todo el otoño diciéndome la verdad en un idioma que yo no quería aprender, y me parece justo que una vez, una sola vez, la diga yo.

Bruno, sentado en el brazo del sofá, con las manos entre las rodillas y la vista en el suelo, se quedó un momento muy callado, y luego levantó la cabeza, y me miró, y en sus ojos, de piedra, había una cosa que no le había visto nunca en todo el otoño, una cosa que no era ni cariño ni rabia, sino cansancio, un cansancio hondo, de hombre que ha dado todo lo que tenía y ya no le queda con qué volver a intentarlo.

—Nuria —dijo—, yo también te quiero.

Se me paró el corazón.

—Pero eso ya no es suficiente.

La frase, la frase pequeña y enorme que me dijo después, me la sé de memoria, porque me la he repetido mil veces desde entonces, y porque es, creo, la frase más honesta que me han dicho nunca.

—Yo te dije en el escenario, delante de todo el pueblo —siguió Bruno—, que iba a pasarme la vida intentando que el día en que volviste no fuera el día en que te vas.

Me lo creí, Nuria. Me lo creí tanto que aquella tarde, antes de subir al escenario, firmé tres papeles para perderlo todo por ti.

Todo. El bajo, la clínica, la deuda. Luego subí, y te dije la verdad delante de dos mil personas, y tú me contestaste «no lo sé».

—Se le rompió un poco la voz—. Yo aguanté eso.

Aguanté el «no lo sé» del escenario. Aguanté que me dejaras plantado en la calle con un lápiz en la mano.

Aguanté verte cargar la furgoneta y marcharte sin mirar atrás.

Aguanté todo eso, porque pensaba que tú tenías tus motivos, y que tus motivos eran más importantes que mi dignidad.

Pero hay una cosa que no aguanté, Nuria. Una sola.

—¿Cuál?

—Que te fueras sin llamarme. —Me miró—. Que en tres semanas, tres semanas enteras, no me llamaras ni una vez.

Yo puse el cartel en la clínica con la nota, y esperé.

Esperé cada día a que aparecieras por esa puerta, o a que sonara el teléfono, o a que me llegara aunque fuera un mensaje de dos palabras.

No llegó nada. Nada, Nuria. Ahí, en esas tres semanas de silencio, se me rompió la única cosa que me quedaba, que era la esperanza.

Porque una cosa es que alguien te deje por miedo, y otra cosa es que no te llame después.

La primera se arregla. La segunda, cariño, es que no le importas lo suficiente ni para una llamada.

Yo, con el perro viejo en brazos y las lágrimas cayéndome por la cara, entendí, por primera vez, lo que yo le había hecho a Bruno Ansorena.

No había sido una duda. No había sido un «no lo sé».

Había sido el silencio. El mismo silencio que a mí me había hecho tanto daño toda la vida, el de las personas que no llaman, el de los que se van sin decir adiós, el de la abuela que se murió y no me dejó más que una carta para otro, ese silencio lo había repartido yo, entero, sobre el único hombre que había estado a mi lado todo el otoño.

—Bruno —dije, y me acerqué a él, con el perro todavía en brazos—, no te llamé porque me daba vergüenza.

Porque cada vez que cogía el teléfono me veía a mí misma en aquel escenario diciéndote «no lo sé», y me daba tanta vergüenza que no era capaz de marcar tu número.

No fue que no me importaras. Fue que me importabas demasiado para poder mirarte a la cara después de lo que había hecho.

—Y por eso no vale —dijo Bruno.

—No te entiendo.

—Que por eso no vale, Nuria. —Se levantó del sofá—.

Porque todo lo que haces lo haces por miedo, hasta las cosas buenas.

Viniste al pueblo por miedo a la ciudad, te quedaste por miedo a irte, firmaste el pacto por miedo a tu madre, dudaste de mí por miedo a la hoja, te fuiste por miedo a quedarte, y ahora vuelves por miedo a haberme perdido.

Yo no quiero ser el sitio al que vuelves por miedo, cariño.

Yo quiero ser el sitio al que vas por gusto.

—Me miró, y en su cara había una tristeza serena—.

No sé si tú, conmigo, alguna vez vas a saber ir por gusto.

Porque no lo has hecho nunca. Ni conmigo ni con nada.

Aquellas palabras, que eran la verdad más dura que me habían dicho en mi vida, me dejaron sin réplica, porque yo, en aquel momento, con el perro en brazos y las cajas de Bruno alrededor, no podía jurarle que iría por gusto, y lo sabía, y él lo sabía.

—Mañana a las nueve y media cojo el tren —dijo Bruno—.

Me voy a Madrid, a lo de mi tía, a empezar de nuevo.

No es una huida, Nuria, aunque lo parezca.

Es que he entendido este otoño que en este pueblo no puedo estar sin cruzarme contigo en cada esquina, y que no puedo cruzarme contigo sin que se me parta algo.

Así que me voy. No te voy a pedir que me detengas, porque ya no creo que debas hacerlo.

—Bruno.

—Dime.

Yo, con el perro en brazos, delante del único hombre al que había querido en mi vida, y con las tres semanas de silencio y todo el miedo del otoño pesándome encima, le pedí la única cosa que me quedaba por pedirle.

—Ven mañana a la plaza. A las siete. Antes del tren. Aunque sea solo a despedirte.

Bruno me miró, largo, con la servilleta del pacto en la mesa entre los dos y el perro viejo mirándonos desde mis brazos.

—¿Para qué?

—Porque el pueblo ha montado una feria. Doce pruebas. La feria de la castaña. —Le tembló la sonrisa—. He hecho la tarta. La de tres pisos. No quiero cortarla sola.

Bruno, en la puerta de su casa medio vacía, se quedó un momento callado, y luego bajó la cabeza, y dijo:

—Ya veremos.

Yo salí de aquel piso con el perro en brazos y la servilleta del pacto en el bolsillo, bajé la escalera de hierro con las piernas temblándome, salí a la calle Mayor con la niebla de enero pegada a la cara, y caminé hasta la plaza, donde el pueblo seguía montando la feria a la luz de las bombillas, y me senté en el banco de piedra, y me quedé allí, mirando las luces, sin saber si mañana por la mañana Bruno Ansorena iba a subir a la plaza a cortar la tarta conmigo o iba a coger el tren de las nueve y media y no volverlo a ver en mi vida.

Esa duda, la última duda del otoño, la única que no dependía de mí, me la pasé en vela, con el perro a los pies y las luces de Villamar encendidas, mirando el reloj del campanario avanzar hacia el amanecer.