Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 47 · El plan
70%

Capítulo 47 · El plan

El plan

El acta decía esto:

Mil novecientos cuatro votos. De dos mil trescientos once.

Lo leí tres veces, de pie en mitad de la plaza, con el perro viejo de Bruno sentado a mis pies y doña Piedad mirándome por encima de las gafas, y las tres veces me salió el mismo número, y las tres veces no me lo creí.

—¿Mil novecientos? —dije—. Doña Piedad, si en el pueblo no hay ni mil novecientos adultos.

—Hay mil trescientos cincuenta y dos con derecho a voto —dijo doña Piedad—.

Lo que pasa, cariño, es que este año votaron los que tenían derecho y los que no.

Votaron los de las aldeas de arriba, que nunca votan.

Votaron dos autobuses de la asociación de jubilados, que vinieron de la capital en Nochebuena solo a votar.

Votó el hijo de la tía Pili, que vive en Bilbao, por correo.

Votó, esto es lo más gordo, un señor de Madrid que dijo que era lector asiduo de las actas de la feria desde hace veinte años, y que no se lo pensaba perder.

—Cerró la libreta—. Así que sí, Nuria. Mil novecientos cuatro votos.

Si quieres que te lo diga en plata: este pueblo, en el fondo, llevaba desde octubre esperando que tú y Bruno os dierais el sí.

Lo que pasa es que el sí os lo dimos nosotros por vosotros.

Yo, con el acta en la mano, me quedé en mitad de la plaza de Villamar de la Ría, y sentí, después de tres meses, algo que no era miedo ni culpa ni vergüenza.

Sentí rabia. Una rabia buena, limpia, con dirección.

Rabia de haber perdido tres meses. Rabia de haber tirado a la basura un otoño entero por una duda que me había inventado yo sola.

Rabia de que el hombre que más me quería estuviera en aquel momento, en algún sitio, vendiendo su clínica y comprando un billete de tren para huir de mí, mientras medio pueblo había votado, en secreto, que nos quería juntos.

—Doña Piedad —dije—. ¿Dónde está Bruno?

—Hoy ha ido a la capital, a la notaría, a firmar el traspaso. Vuelve esta noche al pueblo y mañana coge el AVE de las nueve y media. —Me miró—. Por eso te lo he traído, cariño. Porque pensé que, si volvías, tenías derecho a saberlo a tiempo.

—¿A tiempo de qué?

Doña Piedad, con la libreta en el bolsillo y la bolsa del pan en la mano, me dijo la cosa más sencilla y más enorme que me han dicho nunca.

—A tiempo de decidir qué quieres hacer con lo que ganes, Nuria.

Porque el premio es tuyo, y el bajo es tuyo, y el pueblo es tuyo, y el dinero del obrador que vendiste también es tuyo, porque lo vendiste tú, a un precio de mercado, y esos compradores no te van a poner problemas para devolvértelo si se lo pides.

Lo tienes todo, hija. Lo tienes absolutamente todo.

Lo único que te falta lo tienes en la estación de tren de la capital, mañana a las nueve y media, con una maleta y un lápiz en el bolsillo.

Se fue, andando por la calle Mayor, con su bolsa del pan y su libreta, dejándome plantada en la plaza con el acta en la mano, la rabia en el pecho y, por fin, un plan.

Llamé a Vera.

Vera tardó exactamente cuatro segundos en coger el teléfono y nueve en llegar a la plaza, porque llevaba quince días mirando el móvil por si llamaba, y me abrazó tan fuerte que me levantó del suelo, y me dijo que era una idiota, y luego me dijo que me quería, y luego me dijo, mientras me soltaba, que me iba a ayudar a hacer la mayor tontería romántica que había visto Villamar en sus doscientos años de historia.

—¿Sabes que te digo? —me dijo—. Que ya era hora. Que llevo desde octubre esperando esto. Ahora dime: ¿qué plan es?

—Traerlo de vuelta.

—¿Cómo?

—Como sea.

Vera se quedó un momento pensando, con el perro viejo lamiéndole la bota, y luego levantó la cabeza y sonrió con la sonrisa suya de cuando tiene una idea.

—Como sea, dices.

—Como sea.

—Entonces lo hacemos como lo hace este pueblo. —Me cogió del brazo—. Nuria, la feria. La feria de la castaña. La montamos otra vez. Doce pruebas, sábado, en la plaza. Se la dedicamos a él.

—Vera, la feria se acabó.

—La feria no se acaba nunca, cariño. La feria se termina el día que dejas de montarla.

—Me miró—. Este año, todo el mundo te va a ayudar.

Porque todo el mundo te ha votado, y todo el mundo sabe que te ha votado, y todo el mundo, en este pueblo, está deseando que alguien les dé la excusa para demostrarte que no son tan malos como crees.

Así, sin permiso de nadie, sin un solo euro de presupuesto y con tres semanas de retraso, Villamar de la Ría se puso a montar su segunda feria del otoño.

No voy a contaros todo lo que pasó en aquellas horas, porque me llevaría días. Voy a contaros lo que importa.

La tía Pili montó el puesto de buñuelos.

Doña Piedad, con la libreta, organizó las doce pruebas, y lo hizo, debo decir, con una eficacia que daba miedo, porque en su cabeza tenían que caber una feria entera en una noche.

Don Luciano puso la iglesia y el belén, y se ofreció a hacer de maestro de ceremonias, con la condición de que no le pidiéramos que se pusiera el disfraz de castañera que alguien había sugerido.

Los del estanco pusieron las luces. El hijo de la tía Pili volvió de Bilbao con el tiovivo.

Los de la asociación de jubilados vinieron en los dos autobuses, otra vez, y se quedaron a dormir en el pabellón.

Los de las aldeas de arriba trajeron castañas.

Manolo, el vecino, me devolvió la llave del obrador con una sonrisa y me dijo que había descolgado él mismo el cartel de neón de los compradores, «porque no pegaba nada en la calle Mayor».

Yo, en el centro de todo aquel jaleo, con el delantal de mi abuela y el rodillo de mi abuela, con el acta del pueblo en el bolsillo y el perro viejo de Bruno siguiéndome a todas partes, me pasé el día entero de pie en aquel obrador que ya no era mío, haciendo, tras tres meses, la única cosa que sé hacer bien: pasteles.

Hice la tarta de la feria. Otra vez, los tres pisos.

La hice con la receta de la abuela, con la canela justa, con las hojas de azúcar, y mientras la montaba, con la luz de la tarde de enero entrando por la ventana, me di cuenta de que la estaba haciendo con una alegría que no había sentido en todo el otoño, ni la primera vez, ni la de Nochebuena, porque esta vez sabía para quién la estaba haciendo.

A las siete de la tarde, con la feria medio montada y la plaza llena de luces y de vecinos, apareció Sofía Ardanza.

Yo estaba en la puerta del obrador, con las manos manchadas de chocolate, y al verla llegar por la acera, con el abrigo de pelo y las botas de agua, sentí, en el estómago, el reflejo de todo el otoño, el reflejo de la rival, de la enemiga, de la mujer que me había hecho dudar.

Pero Sofía llegó de otra manera. Llegó despacio, con una mano en el bolsillo, y se paró delante de mí, a dos pasos, y no sonrió, y no dijo nada, y luego, mirando el suelo, dijo:

—Vengo a ayudar.

—¿A ayudar?

—A ayudar. —Levantó los ojos—. Nuria, no te voy a pedir perdón, porque lo que hice no se arregla pidiendo perdón.

Pero te voy a decir una cosa, y luego me voy, y hago lo que me mandes.

—Se calló un momento—. Yo leí la nota del cartel, como todo el pueblo.

Llevo desde entonces pensando en una cosa que no me deja dormir.

Esa cosa es que a lo mejor, si yo no hubiera preparado la hoja, tú y él estaríais juntos ahora.

No lo puedo arreglar. Pero puedo, por lo menos, no estorbar. Si me dejas, puedo ayudar.

Yo, con las manos manchadas de chocolate y el delantal de mi abuela, miré a Sofía Ardanza, la mujer que me había querido quitar el obrador, la que había preparado la hoja, la que había sonreído en la puerta de la notaría, y me acordé de una cosa que decía la carta de mi abuela: que un favor sin testigos es la forma más limpia de querer a alguien.

Pensé que, a lo mejor, también había una forma limpia de dejar de querer mal a alguien, y que era dejar de hacerle daño.

—¿Sabes montar un tenderete? —le dije.

Sofía me miró.

—¿Qué?

—Un tenderete. Un puesto. Para la feria. —Me limpié las manos en el delantal—. Porque si vas a ayudar, vas a ayudar de verdad, y aquí no venimos a hacer las paces con palabras. Aquí venimos a montar una feria. Me faltan manos.

Sofía Ardanza, la mujer más elegante de Villamar de la Ría, se quedó un momento plantada delante del obrador, mirándome, y luego hizo una cosa que no le había visto hacer nunca en todo el otoño.

Se rió. Se rió de verdad, con la cabeza echada hacia atrás, y luego se quitó el abrigo de pelo, lo dejó encima de una silla, y dijo:

—Dame un delantal.

Con Sofía poniéndose un delantal y la tía Pili friendo buñuelos y doña Piedad repartiendo tareas y Vera colocando luces y media Villamar trabajando en la plaza, yo me senté un momento en el escalón del obrador, con el perro viejo al lado, y saqué el móvil.

Le escribí a Bruno.

Un mensaje. Uno solo. Tres palabras y una fecha.

«Mañana no cojas el tren.»

Lo envié. Me quedé mirando la pantalla, con el corazón en la garganta, esperando, con esa esperanza absurda con la que se esperan las respuestas de las personas a las que quieres, que aparecieran los dos puntitos de que lo estaba escribiendo.

Ambos puntitos no aparecieron.

Un mensaje sale con dos palomitas grises y se pone en azul cuando el otro lo lee. Yo me quedé mirando la pantalla durante toda la tarde, y durante toda la tarde las palomitas siguieron grises.

Bruno Ansorena no había leído mi mensaje.

Cuando a las nueve de la noche, con la feria ya casi montada y las luces encendiéndose por toda la plaza, la tía Pili vino a decirme que el coche de Bruno acababa de llegar al pueblo, que lo había visto aparcar delante de la clínica y bajar con una caja, y que había subido al piso y había cerrado la puerta sin encender la luz, supe que aquella era mi última noche, mi última oportunidad, y de que ya no podía esperar a mañana, porque mañana Bruno cogía un tren, y el tren, a diferencia de mí, no esperaba a nadie.