Capítulo 46 · La verdad de la concesión
La verdad de la concesión
Tía Pili me abrió la puerta de su casa a las ocho y media de la mañana, en camisón y con la bata, y al verme en el umbral, con el perro viejo de Bruno en brazos y la cara de haber llorado cuatro horas en una furgoneta, no me dijo nada, solo abrió del todo la puerta y me hizo un gesto con la cabeza para que entrara.
—Anda, pasa —dijo—, que estás helada.
Pasé, y me senté en su cocina, la cocina de la tía Pili, con el hule de flores y el calendario de la panadería y el olor a café de puchero, y el perro viejo se tumbó a mis pies como quien lleva toda la vida allí, y la tía Pili me puso delante un tazón y no me preguntó nada, y yo se lo conté todo, de un tirón, lo que había leído en la clínica, el cartel, la nota, la carta de mi abuela, la deuda, Emilio, el bajo, todo, y cuando terminé, la tía Pili, que había sido la primera persona del pueblo que me dio la mano cuando llegué en octubre con la furgoneta, se secó los ojos con el paño de la cocina, y me dijo:
—Cariño, yo te debo una cosa.
—No me debes nada, tía Pili.
—Sí te la debo. —Se sentó enfrente de mí, con las dos manos en el hule—.
El día que te vi pasar por delante de mi puerta y no salí a saludarte, el día después de la gala.
Ese día me debes y yo te debo. Porque dudé, hija.
Dudé un segundo, y ese segundo es el que más me ha pesado en cuarenta años de vivir aquí.
—Me cogió la mano—. Pero si he dudado yo, que te quiero, figúrate cómo dudó el pueblo.
El pueblo dudó por una sola razón, y no es la que tú te crees.
—¿Y cuál es?
—Que nadie entendía —dijo la tía Pili— por qué Bruno Ansorena, con lo poco que habla, con lo serio que es, con lo que cuida él las cosas de su padre, se había metido en un concurso de parejas con una forastera a la que conocía de dos semanas.
Eso es lo que el pueblo no entendía. Porque el pueblo sí sabía una cosa, Nuria.
El pueblo sabía, desde hace treinta años, de dónde venía ese bajo.
Me quedé con el tazón a medio camino de la boca.
—¿El pueblo lo sabía?
—El pueblo lo sabía todo, hija. En un pueblo así se sabe todo, aunque no se diga nunca.
—La tía Pili se levantó y fue a la cómoda del salón—.
Se sabía que el bajo de la calle Mayor era de Emilio Ansorena.
Se sabía que Emilio se lo dio a tu abuela, que Dios la tenga, cuando nadie le fiaba a ella un local.
Se sabía que se lo dio sin papeles y sin cobrarlo, y se sabía por qué se lo dio.
—Volvió con un sobre—. Se sabía, esto lo sabíamos cuatro y lo callábamos cuatro, que Emilio le hizo prometer a su hijo, antes de morirse, que nunca, pasara lo que pasara, le iba a reclamar ese bajo a la familia Sáenz.
Yo, con el tazón en las manos y el corazón apretado, entendí, de golpe, por qué Bruno Ansorena, el primer día, en el porche, con una cabra y bajo la lluvia, me había mirado como me había mirado.
Por qué, cuando le dije que iba a vender el obrador, se le había puesto aquella cara.
Por qué, cuando firmamos la servilleta, había tardado un momento de más en coger el bolígrafo.
—Bruno no se apuntó al concurso para conseguir el bajo —dije, muy despacio, casi para mí—. Se apuntó para que no lo perdiera yo.
—Bruno se apuntó al concurso —dijo la tía Pili— para que tú no tuvieras que irte.
Luego me dio el sobre. Un sobre gordo, arrugado, con un sello del Ayuntamiento de Villamar de la Ría, y dentro, doblados por la mitad, tres folios que llevaban encima, a bolígrafo, escrito a mano, una fecha: veinticuatro de diciembre.
—Doña Piedad me lo dejó ayer —dijo la tía Pili—, para que te lo diera si volvías. Lo firmó Bruno por la tarde, en el Ayuntamiento, delante del secretario, y doña Piedad y el notario fueron testigos. Yo no entiendo mucho de papeles, pero doña Piedad me explicó lo que pone. Léelo.
Leí.
El primer folio era una renuncia. La renuncia de Bruno Ansorena a su parte del premio de la Feria de la Castaña de Villamar de la Ría, presentada de forma voluntaria e irrevocable ante el secretario del Ayuntamiento el día veinticuatro de diciembre, en la que el firmante declaraba que, en el caso de que su pareja en el concurso, doña Nuria Sáenz, resultara ganadora, la concesión del bajo de la calle Mayor le fuera adjudicada a ella en exclusiva, sin derecho a reclamación alguna por su parte, y renunciaba expresamente a cualquier indemnización, compensación o cuota que pudiera corresponderle.
El segundo folio era una carta de Bruno Ansorena al Ayuntamiento, pidiendo que la concesión, en caso de ganarla, se inscribiera a nombre de Nuria Sáenz y que se le entregara el contrato a ella y no a la pareja, «a los solos efectos», decía, «de que la beneficiaria pueda hacer frente a las obligaciones que recaen sobre el inmueble».
El tercer folio, el tercero, era la cosa que me rompió definitivamente por dentro, la cosa que leí con las dos manos temblando y que me hizo entender, de una vez por todas, todo el otoño que había vivido sin entenderlo.
El tercer folio era una solicitud al banco, firmada por Bruno Ansorena el mismo veinticuatro de diciembre, en la que pedía un préstamo personal, con la clínica como aval, por un importe exactamente igual a la deuda del obrador, y en la que se indicaba, en el apartado de observaciones, la frase que me hizo levantarme de la silla de la tía Pili y quedarme de pie en medio de la cocina, con el folio en la mano y la boca abierta:
«El importe se ingresará en la cuenta de la deuda del obrador s/n de la calle Mayor, para su cancelación total. No deseo que la titular de la deuda, doña Nuria Sáenz, conozca el origen del ingreso. Ruego confidencialidad.»
Había firmado las tres cosas. La renuncia al premio, la petición de la concesión para mí, y el préstamo para pagar mi deuda con su clínica. Todo, el mismo día, la misma tarde, antes de que yo subiera al escenario a hacerle creer, con mi cara, que no sabía si lo quería.
Entonces entendí, por fin, con una claridad que me dejó sin aire, lo que Sofía me había dicho en la calle Mayor, y lo que Bruno había querido decirme en aquella nota, y lo que significaba, exactamente, la frase del cartel de la clínica.
Bruno Ansorena había ido a la gala sin ninguna intención de ganar nada para sí.
Había ido a la gala a perderlo todo por mí, delante del jurado, con papeles y con firma.
Había ido a la gala sabiendo que, ganáramos o perdiéramos, él salía sin bajo, sin clínica y sin nada, para que yo me quedara con el obrador y sin la deuda.
Cuando yo subí al escenario y le dije «no lo sé, Bruno», él tenía aquel sobre en el bolsillo, y no lo sacó, porque no quería que yo me quedara por deuda. Quería que me quedara por él.
Yo le contesté con una duda.
Luego lo dejé plantado en mitad de la calle, con un lápiz en la mano, y me fui.
—Tía Pili —dije, y la voz me salió rota—. Tengo que encontrarlo.
—Pues ponte en marcha, hija, que el chico sale del pueblo mañana.
—¿Mañana?
—Mañana firma el traspaso de la clínica en la ciudad y coge el AVE a Madrid, a lo de su tía.
—La tía Pili me puso el abrigo en los hombros—.
Pero antes de que te vayas, escúchame una cosa.
Porque hay una cosa más, y esa no me la ha dicho nadie, me la ha dicho el corazón, y las cosas del corazón a veces aciertan.
—¿Qué cosa?
—Que el pueblo ya no está en contra tuya.
—Me miró—. Se ha pasado tres semanas hablando de ti, Nuria.
Al principio mal, luego regular, y ahora, desde que Bruno puso el cartel con la nota, bien.
Muy bien. La gente empieza a entender que el único que no fingió nada en toda esta historia fue él.
Que la que tuvo más miedo de todos fue la que más quería.
—Me dio el sobre con los tres folios—. Eso, cariño, en un pueblo como este, es lo mismo que decir que ya estás perdonada.
Por si te sirve de algo cuando decidas qué vas a hacer con tu vida.
Me fui de casa de la tía Pili con el perro de Bruno, con los tres folios en el bolso y la cabeza dándome vueltas, y en vez de coger la furgoneta y salir disparada detrás de Bruno, como me pedía el cuerpo, hice una cosa que no me esperaba a mí misma.
Me senté en el banco de piedra de la plaza.
El mismo banco donde Vera me había dicho, el domingo de la carrera de cabras, que era una cobarde.
Me senté allí, en enero, con el perro viejo tumbado a mis pies y la niebla de la mañana subiendo por la plaza, y me puse a pensar, por vez primera en todo el otoño, no en lo que quería hacer, sino en lo que era capaz de sostener.
Porque una cosa es querer a alguien y otra cosa es aguantar lo que cuesta quererlo. Yo, toda mi vida, había confundido las dos cosas.
Me senté en el banco y me hice, en voz baja, la pregunta que Vera me había hecho y que yo había esquivado, y esta vez no la esquivé:
—¿Tú quieres quedarte?
Esta vez, en el banco de piedra de la plaza de Villamar de la Ría, con un perro viejo a los pies y tres folios firmados por Bruno Ansorena en el bolso, me contesté la verdad, en voz alta, sin miedo, aunque no había nadie para oírla.
—Sí. Quiero quedarme.
En el mismo instante en que me lo dije, con el eco de mi propia voz en la plaza vacía, pasó por la esquina de la calle Mayor un coche blanco con las letras del Ayuntamiento, y del coche se bajó, con la libreta en la mano y una bolsa de la panadería en la otra, doña Piedad, que al verme sentada en el banco de piedra, con el perro de Bruno, se paró en seco, me miró un segundo por encima de las gafas, y luego sonrió, y me hizo una pregunta que me dejó de piedra.
—¿Y bien, Nuria? —dijo—. ¿Has venido a reclamar lo tuyo?
—¿Lo mío?
Doña Piedad abrió la libreta, sacó un papel doblado, y me lo tendió.
—La pareja ganadora de la Feria de la Castaña de este año —dijo, muy seria—, según el acta del jurado y el voto del pueblo.
—Me miró—. El jurado votó nulo, por lo que pasó.
Pero el pueblo votó, y el pueblo vota todos los años, y el voto del pueblo es el que manda.
Se contó el veintiséis, porque nadie te encontraba a ti.
Salió el resultado que salió, cariño, y ese resultado es el que hay.
Cogí el papel. Lo abrí. Leí, en el acta oficial del Ayuntamiento de Villamar de la Ría, el nombre de la pareja que había ganado la feria, el nombre que me dejó sin aliento, sin fuerzas y sin ninguna duda ya sobre lo que tenía que hacer con el resto de mi vida.
No era el nombre que esperaba.