Capítulo 45 · Lo que Bruno quiere de verdad
Lo que Bruno quiere de verdad
Conduje cuatro horas seguidas sin parar, con la carta de mi abuela en el asiento del copiloto y el móvil apagado en el bolso, y llegué a Villamar de la Ría al amanecer del día siguiente, con el cielo todavía negro y la niebla tan espesa que tuve que bajar la ventanilla para ver la raya de la carretera.
Aparqué la furgoneta en la plaza, delante del belén de tamaño natural que nadie había desmontado todavía, y me quedé un momento sentada dentro del coche, con las manos en el volante y el motor apagado, mirando el pueblo por el que había pasado los tres días más largos de mi vida sin estar, el pueblo que me había dado la espalda, el pueblo al que había vuelto a escondidas, al amanecer, como vuelven los que no tienen derecho a volver.
La calle Mayor estaba vacía. La puerta del obrador tenía un cartel nuevo, blanco, con las letras en neón que los compradores habían colgado antes de tiempo, y yo, al pasar por delante, no me atreví a mirarlo.
La clínica, en cambio, estaba abierta.
La puerta de la clínica de Bruno Ansorena, la que llevaba cerrada a cal y canto desde que su padre murió, la que nunca estaba cerrada cuando yo llegaba por las mañanas a llevarle un café, estaba entreabierta, con la luz del interior encendida y un cartel pegado en el cristal, y yo, con el corazón dándome saltos, me acerqué por la acera de enfrente, despacio, y leí el cartel.
«SE TRASPASA. Por motivo de viaje. Todo el equipamiento en buen estado. El importe íntegro del traspaso se destinará al pago de una deuda pendiente del obrador de la calle Mayor. Interesados, preguntar a Bruno Ansorena.»
Debajo, con otra letra, más pequeña, escrita a mano con el lápiz de su padre, había una nota. Una nota que no era para los interesados. Una nota que era para mí, aunque yo no estaba.
La leí cuatro veces seguidas, de pie en la acera, con la niebla en la cara y las manos en los bolsillos.
«Nuria:
Si estás leyendo esto, es que has vuelto. Si has vuelto, es que alguien te ha dicho algo que yo no he tenido el valor de decirte a la cara. Así que te lo digo aquí, por escrito, que es como mejor se me dan las cosas.
Me enteré de la deuda de tu obrador en noviembre, por el banco, porque tuve que avalar una operación de la clínica y me crucé con tu nombre en el mismo ordenador del mismo señor amable.
Desde aquel día supe que tú tenías una fecha, un veinticuatro de diciembre, y que si no ganabas la feria, perdías el obrador.
Tomé una decisión, y no te la dije, y esa decisión fue: que no ibas a perderlo.
Ni ganando ni perdiendo. Porque si perdías la feria, yo pagaba tu deuda con lo que sacara de la clínica, y si ganabas, yo me apartaba y te dejaba el premio, porque tú lo vales y yo no.
No te lo dije nunca porque sabía lo que ibas a hacer. Sabía que si te decía que iba a pagar tu deuda, te ibas. Yo, en aquel momento, prefería tenerte engañada que no tenerte. Perdóname por eso. Fue la única cosa que hice mal en todo el otoño, y no me arrepiento, porque me dio tres meses contigo.
Lo que sí me arrepiento es de no habértelo dicho aquella noche en el escenario.
Cuando dijiste «no lo sé, Bruno», yo tenía la respuesta en el bolsillo, aquí, en esta clínica, en un papel del banco que llevaba desde noviembre, y no lo saqué, porque no quería que te quedaras por deuda.
Quería que te quedaras por mí. Eso, cariño, es lo único que he querido de verdad en toda mi vida: que te quedes por mí.
Me voy del pueblo, Nuria. No por ti. Por mí.
Porque no puedo pasarme la vida en la misma calle que tú sin poder cruzar a la otra acera.
Porque he entendido, estos días, que lo que yo quiero no es el bajo, ni la clínica, ni el concurso, ni quedarme en este pueblo por costumbre.
Lo que yo quiero eres tú, y contigo no me hace falta ningún pueblo, y sin ti no me sirve ninguno.
No te pido que vuelvas. Te pido, eso sí, que si algún día, en alguna ciudad, en algún sitio, te acuerdas de un veterinario serio con un perro viejo y un lápiz, no te dé vergüenza buscarlo. Yo te estaré esperando. No en Villamar. En cualquier sitio donde tú estés.
Bruno.»
Cuando acabé de leer, tenía la cara mojada y las manos heladas, y me quedé un rato apoyada en la pared de la clínica, con la niebla subiéndome por las piernas, sin saber qué hacer con todo lo que acababa de leer, porque era demasiado, porque era exactamente lo que yo había querido oír todo el otoño y no me lo habían dicho nunca, y ahora me lo decían por escrito, en un cartel, en una puerta, en un pueblo al que había vuelto demasiado tarde.
Entré en la clínica.
Estaba vacía. Las estanterías sin los botes, la camilla sin la manta, la mesa de Bruno sin el lápiz, el lápiz que me había devuelto en la calle, el último día, y que ahora yo llevaba en el bolsillo del abrigo como se lleva una cosa que ya no te pertenece pero de la que no puedes prescindir.
En el rincón, en su manta, estaba el perro viejo.
El perro de la clínica, el que Bruno había rescatado, el que dormía junto a la estufa desde que yo llegué al pueblo.
Estaba solo, con la manta y el cuenco vacío, y levantó la cabeza cuando me oyó entrar, y me miró con sus ojos de perro viejo, y no ladró, porque los perros viejos no ladran, solo miran.
—Hola —le dije.
El perro movió el rabo una vez.
—Se ha ido, ¿verdad? Se ha ido y te ha dejado aquí.
El perro movió el rabo otra vez, y a mí se me rompió algo por dentro, y me senté en el suelo de la clínica vacía, con el perro viejo en el regazo y el cartel de Bruno en la mano, y lloré todo lo que no había llorado en las cuatro horas de carretera, y todo lo que no había llorado en la pensión, y todo lo que no había llorado en quince días, hasta que se me acabaron las lágrimas y me quedé con el perro y con el silencio.
En aquel silencio me di cuenta de tres cosas.
La primera: que Bruno se había ido, sí, pero no del todo, porque un hombre que deja un cartel con una nota así no se está yendo del todo, se está quedando a medias, esperando, tendiendo un puente por si alguien quiere cruzarlo.
La segunda: que yo había tardado un otoño entero en entender lo que él me decía con cada gesto, y que ahora que por fin lo entendía, lo entendía en un papel, en una puerta, en una clínica vacía, con el hombre ya en la carretera.
La tercera, la que me levantó del suelo: que todo el otoño, cada vez que yo creía que Bruno Ansorena era el que tenía algo que esconder, el que podía estar fingiendo, el que quizá me estaba usando, el que podía tener un papel firmado a mis espaldas, el que se estaba guardando algo, el que no me decía toda la verdad, el que me había mentido por omisión, el que me había dejado firmar una servilleta y luego me había mirado con la cara de quien cree que aquello es de verdad, el que me había prometido en un escenario delante de todo el pueblo que nunca me perdería y a los tres días se había ido con las manos en los bolsillos y la cara apagada…
Ese hombre había sido, todo el otoño, el único que me dijo la verdad.
La que había fingido, la que había escondido papeles, la que había dudado, la que había huido al amanecer, la que había vendido el obrador de su abuela por miedo, esa había sido yo.
Me levanté, me limpié la cara con la manga, cogí al perro viejo en brazos —pesaba lo suyo—, y salí de la clínica a la calle Mayor, dispuesta a encontrarlo, a donde fuera, a la hora que fuera, para decirle por fin, sin servilletas y sin dudas, las tres palabras que llevaba desde octubre congeladas en la garganta.
Pero Villamar de la Ría, aquel amanecer de enero, me tenía preparada otra sorpresa.
Al salir de la clínica con el perro en brazos, me encontré de bruces con un grupo de vecinos que venía andando por la calle Mayor en dirección contraria, con las caras serias y las bufandas hasta los ojos, y en mitad de aquel grupo, con su abrigo de pelo y sus botas de agua, venía Sofía Ardanza, que al verme se paró en seco, y me miró, y luego miró al perro de Bruno en mis brazos, y luego me miró otra vez, y en su cara, que era la cara de la mujer que había preparado la hoja falsa, la que me había hecho dudar, la que me había hundido en la gala, apareció una cosa que no esperaba.
No apareció la sonrisa.
Apareció el miedo.
—Nuria —dijo—. ¿Qué haces aquí?
—He venido a por Bruno.
Sofía, en mitad de la calle Mayor, delante de todo el pueblo, hizo una cosa que me dejó helada: bajó los ojos, se mordió el labio, y me dijo, con una voz que no le había oído nunca, una voz sin hierro, una voz de verdad:
—Has llegado tarde. —Se calló un momento—. Bruno ya no está en el pueblo. Si de verdad has venido a buscarlo, más te vale que sepas una cosa antes de salir corriendo detrás de él.
—¿Qué cosa?
Sofía, con las manos en los bolsillos y la niebla de enero pegada al abrigo, me dijo la frase que iba a cambiarme, otra vez, todo lo que creía saber sobre aquel otoño.
—Que ese hombre —dijo—, el día de la gala, antes de que yo sacara la hoja, ya había ganado. Lo perdió todo por ti, Nuria. Todo. El que se lo quitó de las manos no fui yo. Fue él solito. Delante del jurado. A las dos de la tarde, cuando todavía creía que tú te ibas a quedar.
Yo, con el perro de Bruno en brazos y la carta de mi abuela en el bolsillo y el lápiz de su padre apretado en la mano, comprendí, de golpe, que todavía no sabía nada.
Que el otoño que yo había vivido fingiendo era solo la mitad del otoño.
Que la otra mitad, la que Bruno Ansorena se había callado, me estaba esperando, en algún sitio del pueblo, con una verdad que no se parecía en nada a la que yo me había contado a mí misma durante tres meses.