Capítulo 44 · La resaca
La resaca
El dos de enero, a las once de la mañana, firmé la venta del obrador de mi abuela en la notaría de la plaza, delante de un notario que no conocía de nada, con la tía Pili de testigo porque no tenía a nadie más, y cuando salí a la calle con la copia del contrato en el bolso y el bolígrafo que me habían dejado para firmar todavía caliente en la mano, Villamar de la Ría me pareció, de pronto, un pueblo que no era el mío.
Los compradores eran un matrimonio joven de la ciudad, de esos que van de traje y hablan de «proyectos» y de «puesta en valor», y querían montar en el obrador una tienda de cupcakes con las paredes en blanco y las letras en neón, y yo les deseé de todo corazón que les fuera bonito, y por dentro deseé, con toda la mala leche del mundo, que se les quemara el primer cupcake.
No me quedé a ver cómo vaciaban las cajas.
Cogí la furgoneta, la cargué con cuatro cosas —la ropa, los libros, el rodillo de mi abuela, la foto del día que me dieron el diploma de la carrera de cabras— y cerré la puerta del obrador por última vez, con la llave que había usado mi abuela durante cuarenta años, y me quedé un momento en la acera, con la llave en la palma de la mano, sin saber dónde dejarla, porque ya no era mía y no quería llevármela y no me parecía bien tirarla.
Al final se la dejé al vecino de arriba, que era el único que me miró a los ojos aquella mañana.
—Toma, Manolo. Para el que venga.
—Nuria, hija…
—No digas nada.
—No digo nada.
—Gracias.
Me fui, con la furgoneta por la calle Mayor, y no miré atrás, porque sabía que si miraba atrás me bajaba y no me iba, y me fui por la carretera de la ría, con la niebla subiendo del agua a media mañana, y aparqué en el mirador, el mismo donde Bruno había parado el coche la noche de la gala, y me senté en el capó de la furgoneta a mirar el agua un rato antes de decidir a dónde iba.
Mientras miraba el agua, con el frío del mes de enero metiéndose por el abrigo, caí en la cuenta, con una lucidez que no me ayudaba en nada, de una cosa que no había querido ver en todos aquellos días:
Que no tenía a dónde ir.
Que llevaba ocho años viviendo con la maleta medio hecha, mudándome de piso en piso, de ciudad en ciudad, sin dejar nunca que una cosa me durara lo suficiente para dolerme, y que ahora, por primera vez, la maleta estaba del todo hecha, y no había ningún sitio esperándome al otro lado, porque el único sitio que me había esperado en mi vida, el único que me había abierto la puerta y me había encendido la luz, aquel obrador de la calle Mayor, ya no era mío.
Es lo que tiene huir. Que un día te das cuenta de que llevas tanto tiempo huyendo que ya no hay nada detrás de ti, y entonces ya no huyes de nada, simplemente te mueves, como una hoja en el río, sin norte y sin orilla.
Volví a la ciudad aquella tarde. Alquilé una habitación en una pensión, con la paga del obrador, y me pasé los primeros días de enero como se pasan las resacas: durmiendo mal, comiendo peor, mirando el móvil cada cinco minutos aunque sabía que no iba a llamar nadie, y sintiendo, por encima de todo, una cosa que no esperaba y que me acompañó todo aquel tiempo como un perro fiel: la vergüenza.
Porque yo no me había ido del pueblo por dignidad, ni por orgullo, ni porque me hubieran tratado mal.
Me había ido porque tenía miedo, y no hay cosa que avergüence más a una persona que saber, con total claridad, que se ha ido por miedo, que ha dejado escapar la mejor cosa que le ha pasado nunca porque no ha tenido el valor de aguantarla.
En mitad de aquella vergüenza, una tarde, sin poder dormir, saqué del bolso la carta de mi abuela y la leí otra vez, entera, de arriba abajo, y, con la distancia de los días y el frío de la pensión, empecé a entender lo que tenía delante.
La carta era de hacía casi sesenta años.
La abuela la había escrito a mano, con aquella letra suya de colegio antiguo, en un papel grueso que olía todavía a la cómoda de la cocina, y estaba dirigida a un hombre al que llamaba, siempre, por su nombre de pila, con una familiaridad que me extrañó desde la primera línea: Emilio.
Emilio Ansorena. El padre de Bruno.
La abuela le escribía, en aquella carta, cosas de dinero y de tierras, cosas de un préstamo y de un local, y, entre las cosas de dinero y de tierras, le escribía una frase que leí tres veces seguidas porque no me la creía:
«No sé cómo pagarte lo que has hecho por mí, Emilio.
Me has dado el bajo cuando no valía nada, me has dejado abrirlo cuando nadie me fiaba, y me has pedido, a cambio, la única cosa que un hombre como tú podía pedirle a una mujer como yo.
Que no se lo cuente a nadie. Que deje que la gente piense que me lo he ganado yo sola.
Así lo he hecho, y así lo haré hasta que me muera, porque un favor sin testigos es la forma más limpia de querer a alguien. »
Me quedé con la carta en las manos, en aquella habitación de pensión, con la luz de la lámpara de la mesilla y el ruido de los coches de la ciudad por la ventana, y sentí que se me caía encima, de golpe, todo el peso de una cosa que llevaba tres meses delante de las narices sin verla.
El bajo de la calle Mayor había sido de Emilio Ansorena.
Mi abuela no lo había comprado. Se lo había dado Emilio, hacía treinta años, cuando no valía nada, cuando nadie le fiaba a una pastelera viuda un local en la plaza, y se lo había dado sin decirlo, sin testigos, dejando que todo el pueblo creyera que la abuela se lo había ganado sola.
Si el bajo había sido de los Ansorena, y si los Ansorena nunca lo habían reclamado, y si Bruno, en toda la feria, en todo el concurso, en toda la gala, había estado luchando por un premio que le habría podido devolver a su familia la única cosa que su padre había regalado en secreto hacía treinta años, entonces todo lo que yo había creído entender en el escenario, todas mis sospechas, todos mis miedos, la hoja falsa, la servilleta, la opción de compra, todo, absolutamente todo, se me caía de las manos como se cae un castillo de naipes al que le quitan la primera carta.
Porque un hombre que renuncia al único bien que podría haber reclamado su familia, para no quitárselo a la nieta de la mujer a la que su padre quiso, no es un hombre que está fingiendo.
Es un hombre que lleva todo el otoño diciéndome la verdad en un idioma que yo no he querido aprender.
Yo le había devuelto aquella verdad con una servilleta, con una duda, con un «no lo sé, Bruno», con una puerta cerrada.
Me pasé la noche entera llorando en aquella pensión, con la carta de mi abuela en el pecho, y al amanecer, con los ojos hinchados y el convencimiento de que tenía que volver, de que tenía que decirle a Bruno todo lo que no le había dicho, de que ya no me daba miedo nada, me levanté, me vestí, y estaba cogiendo las llaves de la furgoneta cuando sonó el teléfono.
Era Vera.
La primera llamada de Vera en quince días. La cogí con el corazón en la garganta.
—Vera.
—Nuria. —Su voz sonaba rara, con ese tono que se pone cuando se llama para decir algo que no se quiere decir—. ¿Dónde estás?
—En la ciudad. En una pensión. Vera, escúchame, tengo que contarte una cosa, he entendido…
—Nuria, para. —Se calló un momento—. Para, por favor. Que te tengo que decir algo yo primero.
—¿Qué pasa?
—Es Bruno.
Me quedé helada con el teléfono en la mano.
—¿Qué le pasa a Bruno?
Vera, al otro lado de la línea, con la voz que le temblaba, me dijo la frase que me partió el día por la mitad.
—Se va del pueblo, Nuria. Ha puesto la clínica en traspaso y se va.
—¿Que se va? ¿A dónde?
—No lo sé. No se lo ha dicho a nadie. Pero ayer vi el cartel en la puerta de la clínica, y esta mañana ha empezado a vaciar el piso de arriba. —Se calló—. Hay algo más.
—Dime.
—El traspaso no lo ha puesto a vender para él. —Vera bajó la voz—. Lo ha puesto en el tablón de la clínica con una nota, y la nota dice que el dinero del traspaso es para pagar una deuda. No es suya, Nuria. La deuda no es suya.
Me quedé un segundo sin respirar, con la furgoneta aparcada en la puerta de la pensión y la ciudad entera pasando por delante de mí sin verme.
—¿De quién es la deuda, Vera?
Vera, al otro lado del teléfono, con el vecindario de testigo y la niebla de enero subiendo por el río, me dio la respuesta que me hizo coger las llaves, coger la carta de mi abuela, y salir de la ciudad a toda velocidad, sin pensarlo dos veces, sin importarme ya nada, ni el miedo, ni el orgullo, ni la vergüenza, ni lo que pensara el pueblo, ni lo que pensara de mí la persona que más me había querido en el mundo.
—La deuda es del obrador —dijo Vera—. La deuda que te hundió a ti, la del banco, la de tu abuela. Bruno está vendiendo su clínica para pagártela. Se va del pueblo para que tú puedas volver.