Capítulo 43 · El adiós
El adiós
El veinticinco de diciembre, a las ocho de la mañana, Villamar de la Ría amaneció en silencio, y no era el silencio bueno de la Nochebuena, el silencio de la nieve y las luces y la gente en casa, sino el otro, el silencio que deja un pueblo cuando algo se ha roto delante de todos y nadie sabe todavía cómo mirar al que lo rompió.
Me levanté con la luz gris de la ventana del obrador y con la sensación, nada más abrir los ojos, de que me había pasado la noche entera apretando los dientes.
Me dolía la mandíbula. Me dolía todo. Me senté en la cama con las mantas hasta la barbilla y me quedé un rato mirando la pared, repasando la decisión que había tomado al amanecer, la de vender, la de irme, la de llamar a la subasta, y buscando, dentro de mí, una sola razón para desdecirme.
No la encontré.
O mejor dicho: encontré muchísimas razones para desdecirme, encontré a Bruno, encontré el obrador, encontré la tarta, encontré el pueblo, encontré los buñuelos, encontré la cabra, encontré las promesas del escenario, encontré todo lo que había querido y todo lo que iba a perder; lo que no encontré fue una sola razón para creer que yo merecía quedármelo.
Porque esa era, en el fondo, la trampa de mi cabeza, la trampa que me había estado trabajando desde octubre sin que yo me diera cuenta.
Me había pasado el otoño entero convencida de que el problema era que Bruno no me quería lo bastante, o que el concurso era falso, o que el pueblo nos juzgaba, o que había un papel que lo probaba.
La noche de la gala, cuando todos los papeles de mentira se cayeron y quedó solo la verdad desnuda, la verdad que nadie había querido ver, era mucho más simple y mucho más cruel:
El problema era yo.
Porque a mí me habían enseñado, desde muy pequeña, que las cosas buenas no duran.
Que la gente que quieres se va. Que si te descuidas, te dejan.
Me lo habían enseñado tan bien, con tanta paciencia, durante tantos años, que cuando por fin llegó a mi vida una cosa buena de verdad, una cosa que no se iba a ir sola, una cosa que se quedaba, hice lo único que sabía hacer con las cosas buenas: buscarle la fecha de caducidad antes de que me la quitaran, y si no la tenía, ponérsela yo.
Me vestí. Me tomé un café. Empecé a vaciar el obrador.
No era una metáfora. Empecé, literalmente, a meter cosas en cajas.
Los moldes, las boquillas, los libros de recetas, la batidora de mi abuela, el rodillo, el rodillo de mi abuela, ese que llevaba treinta años haciendo el mismo ruido en el mismo mármol.
Los metía en cajas y las apilaba junto a la puerta, y cada caja que cerraba era como arrancarme una cosa, y seguí, porque parar dolía más que seguir, y cuando llegué a la vitrina y abrí el cristal y vi la bandeja vacía donde había estado la tarta, me tuve que sentar en el suelo, porque las piernas me hicieron lo que me hacen siempre las piernas cuando la cabeza va demasiado deprisa: se me apagaron.
—Nuria.
Levanté la cabeza. En la puerta del obrador, con el abrigo puesto y el pelo recogido bajo la bufanda, estaba Vera.
—Vera.
—¿Qué estás haciendo?
—Ya lo ves.
Miró las cajas. Miró la vitrina vacía. Miró la bandeja de la tarta.
Luego me miró a mí, sentada en el suelo con un rodillo en el regazo, y en su cara, que era la cara de mi mejor amiga desde que teníamos dieciséis años, apareció una cosa que no le había visto nunca: una rabia fría, seria, sin grietas.
—Vas a vender el obrador.
—Voy a vender el obrador.
—Vas a vender el obrador de tu abuela, el obrador por el que volviste al pueblo, el obrador que has levantado con tus manos este otoño, y te vas a largar, como te largaste hace ocho años.
—Vera.
—No, escúchame. —Cerró la puerta, se quitó la bufanda, y se sentó en el suelo delante de mí, con las piernas cruzadas, como cuando estudiábamos—.
Te lo he consentido todo. Te he consentido las dudas, te he consentido el miedo, te he consentido que le echaras la culpa a una servilleta antes que a ti misma.
Pero esto no te lo voy a consentir. Esto no.
—No es lo mismo que hace ocho años.
—Claro que no. Hace ocho años te fuiste porque no tenías nada. Ahora te vas porque lo tienes todo, y no sabes qué hacer con ello.
Yo, sentada en el suelo del obrador de mi abuela, con mi mejor amiga delante y una caja de moldes entre las dos, me puse a llorar otra vez, y Vera me dejó llorar, que es lo que hacen las amigas de verdad, dejarte llorar sin decirte que no llores, y cuando se me acabaron las lágrimas, me cogió las manos y me hizo la única pregunta que me faltaba por contestar.
—¿Tú quieres irte?
—No.
—¿Tú quieres quedarte?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué te vas?
Yo, con las manos de Vera en las mías, di la única respuesta que tenía, la respuesta que había estado escondida debajo de todo lo demás desde el primer día.
—Porque si me quedo y sale mal, no sé si voy a poder levantarme. Si me voy, al menos la culpa es mía, y con la culpa mía sé vivir.
Vera se quedó un momento callada.
—Nuria —dijo, y me apretó las manos—. Eso no es una razón. Eso es un miedo. Tú no eres una persona que se va, eres una persona a la que le da miedo quedarse. No es lo mismo.
En aquel momento, mientras Vera me lo decía, con la luz gris de diciembre entrando por la ventana del obrador y las cajas apiladas en la puerta, se oyó, en la calle, el ruido de un motor.
Vera y yo nos miramos.
Me levanté, me limpié la cara con el delantal, y miré por la ventana.
En la puerta del obrador, aparcado en la calle Mayor, había un coche negro que no era de nadie del pueblo, y del coche se bajaba un hombre con un maletín y un abrigo largo, un hombre que miraba el letrero del obrador y que sacaba el móvil y llamaba a un número.
—El de la subasta —dije.
—¿Cómo?
—El de la subasta. —Me sequé los ojos—. Llamé anoche. Viene a valorar el obrador.
Vera me miró, y luego miró al hombre del abrigo largo, y luego me miró otra vez, y me dijo, muy despacio, muy despacio, como se le dicen las cosas a la gente que está a punto de hacer una tontería:
—Nuria, si ese hombre cruza esa puerta, se acabó. No va a haber vuelta atrás. Dímelo ahora. Dímelo ahora que todavía puedo cerrarle la puerta en las narices.
Yo, con la mano en el pestillo del obrador de mi abuela, con Vera a mi espalda y el hombre del maletín al otro lado de la calle, me quedé un segundo, un solo segundo, con la vida entera colgada de un hilo, y en aquel segundo, la cobarde que llevo dentro, la que siempre gana, la que siempre se va, me cogió la mano y abrió la puerta.
—Buenos días —dijo el hombre—. ¿Nuria Sáenz?
—Soy yo.
—Encantado. —Me tendió la mano—. Vengo por la valoración del inmueble. Si le parece, empezamos.
El hombre entró en el obrador, con su maletín y su abrigo largo, y se puso a andar por la cocina midiéndolo todo con la mirada, y Vera, desde la puerta, me miró con una cara que nunca voy a olvidar, una cara de traición, y luego cogió su bufanda, salió a la calle, y no volvió a hablarme en quince días.
A mediodía, cuando el hombre se fue con su carpeta de números y su promesa de «una oferta en firme antes de Reyes», salí a la calle a comprar pan, porque hay que comer, aunque se esté rompiendo la vida, y Villamar me recibió con la espalda.
No fue grosero. Un pueblo pequeño nunca es grosero.
Un pueblo pequeño es peor: es educado. En Villamar, aquel veinticinco de diciembre, todo el mundo fue educadísimo conmigo.
La panadera me dio el pan y me dio las buenas tardes sin mirarme a los ojos.
El del estanco me despachó el tabaco de mi madre con una sonrisa que le llegaba justo hasta la mitad.
Don Luciano, al cruzarse conmigo en la plaza, me saludó con la cabeza, muy serio, y siguió andando.
La tía Pili, la tía Pili que me había defendido desde el primer día, que me había comprado buñuelos, que me había hecho de madrina en la feria, la tía Pili, al verme, dudó un segundo delante de la puerta de su casa, y luego entró y cerró.
Ese segundo de duda de la tía Pili, ese segundo nada más, me dolió más que todas las espaldas del pueblo juntas.
Porque era el segundo exacto en que se me confirmó la única cosa que llevaba desde octubre temiendo, la que no me había atrevido a decir en voz alta ni a Vera ni a mí misma: que un pueblo no juzga lo que haces, juzga lo que eres, y que yo, para Villamar, después de aquella gala, había dejado de ser la nieta de la pastelera y me había convertido en la forastera que le falló al veterinario por un papel.
En mitad de aquel día, mientras volvía a casa con el pan bajo el brazo y el pueblo dándome la espalda, oí, detrás de mí, unos pasos que conocía, unos pasos que había aprendido a reconocer, este otoño, sin querer, en la acera de la calle Mayor, y me paré antes de girarme, porque sabía quién era, y porque hay personas a las que no te atreves a mirar de frente cuando les acabas de romper la vida.
—Nuria.
Me di la vuelta.
Bruno estaba de pie en mitad de la calle, con las manos fuera de los bolsillos, con la niebla a su espalda y la cara del hombre que ha estado veinticuatro horas sin dormir.
No llevaba el abrigo de siempre. Llevaba una chaqueta de trabajo, de las de la clínica, y en la mano izquierda, apretado, llevaba algo que tardé un momento en reconocer.
El lápiz.
El lápiz de su padre. El que me había prestado el primer día, el que llevaba en el bolsillo del delantal desde octubre.
—He venido a devolvértelo —dijo.
—Bruno.
—Es tuyo. Te lo di en octubre, y no me lo has devuelto, y yo no lo quiero de vuelta. —Me lo tendió—. Pero quería dártelo en mano.
Yo, con el pan bajo un brazo, cogí el lápiz con la otra mano, y lo apreté, y sentí, en los dedos, la madera gastada por años de puño, y me acordé, con una punzada, de todas las veces que había visto a Bruno mordisquearlo mientras yo amasaba, y de todas las veces que me lo había dejado encima del mármol, a mi lado, sin decir nada, y de todas las veces que yo lo había cogido sin que él lo viera.
—Bruno —dije—, lo de anoche…
—Anoche te dije la verdad —dijo él—. Todo lo que te dije en el escenario era verdad. No he venido a que me la devuelvas. He venido a hacerte una sola pregunta.
—Dila.
Bruno se quedó un momento en mitad de la calle, con la niebla subiendo por el río detrás de él y el pueblo mirándonos desde las ventanas, y me hizo la pregunta que llevaba todo el otoño queriendo hacerme.
—¿Hay algo que yo pueda decirte, o hacer, o darte, para que te quedes?
Yo, con el lápiz de su padre en la mano y el pan bajo el brazo y la vida entera pidiéndome, en la voz de aquel hombre, una sola palabra, hice lo que hacen las cobardes cuando el momento que llevan temiendo todo el otoño llega por fin: me quedé callada, y luego dije la cosa más pequeña y más terrible que puede decir una persona que quiere a otra.
—No lo sé, Bruno.
Vi, en la cara de Bruno Ansorena, algo apagarse.
No fue un gesto grande. No gritó. No lloró.
No me dijo nada cruel. Solo se le apagó la cara, así, como se apaga una lámpara, y se quedó un momento con la boca entreabierta, esperando todavía la otra palabra, la que no le di, y cuando se convenció de que no iba a llegar, cerró la boca, bajó la mirada al suelo, y dijo, muy bajito, casi para él:
—Vale.
Dio media vuelta, y se fue calle abajo, hacia la clínica, con las manos en los bolsillos y la niebla tragándoselo poco a poco, y yo me quedé plantada en mitad de la calle Mayor con el lápiz de su padre en la mano, y no lo llamé, y no lo seguí, y no le dije la única cosa que tendría que haberle dicho, y me quedé allí, quieta, helada, hasta que se perdió del todo en la niebla.
Esa fue, aunque entonces no lo supe, la última vez que vi a Bruno Ansorena antes de que se me acabara el tiempo.
Los días siguientes pasaron como pasan los días cuando has tomado una decisión y la decisión ya no te deja vivir: deprisa y mal.
El veintiséis me llamó el banco para confirmar que había oferta en firme por el obrador y que el notario podía tener los papeles listos para el dos de enero.
El veintisiete firmé en la clínica un montón de cosas, di de baja el seguro, y me senté en la puerta de casa a mirar cómo se me acababa el otoño.
El veintiocho mi madre vino al obrador, vio las cajas apiladas en la puerta, y se quedó un rato sin decir nada, y luego me preguntó, con la voz más pequeña que le he oído en mi vida, si de verdad me iba a ir sin darle una oportunidad al chico, y yo le dije que sí, que me iba, y ella no me discutió, y eso me dolió más que si me hubiera discutido, porque una madre que no te discute es una madre que ya ha entendido que discutir no sirve de nada.
El veintinueve no salí de casa. El treinta tampoco.
El treinta y uno, la última noche del año, cuando todo Villamar se puso a celebrar la Nochevieja en la plaza, con las uvas y las luces y el tiovivo girando por última vez, yo me quedé en el obrador, sola, con una botella de sidra de la abuela y una radio vieja que solo pillaba una emisora, y me puse a vaciar los cajones de la cómoda de la cocina, los que no había tocado todavía, los que llevaban allí desde que la abuela murió, y entre las servilletas bordadas y las cartas de Hacienda y las fotos de mi madre de joven, encontré, en el fondo del último cajón, un sobre de papel grueso, cerrado, con mi nombre escrito a mano.
Con mi nombre escrito con la letra de mi abuela.
Me quedé con el sobre en las manos, sentada en el suelo del obrador, mientras en la plaza estallaban los primeros cohetes de medianoche, y lo abrí, con mucho cuidado, como se abren las cosas que ya no se pueden repetir.
Lo que había dentro no era lo que esperaba.
Lo que había dentro era una carta, sí. Pero no era una carta para mí.
Era una carta que mi abuela le había escrito, muchos años antes, a otra persona.
A alguien que no era yo. A alguien cuyo nombre leí, en la última línea, con las manos temblando y el corazón en la garganta, y que me dejó, en la madrugada del uno de enero, con la sidra a medio beber y los primeros cohetes del año nuevo apagándose en el cielo de Villamar, delante de la única verdad del otoño que nunca, en todo este tiempo, se me había pasado por la cabeza preguntar.