Capítulo 42 · El descubrimiento
El descubrimiento
Lo que Iván sostenía en alto no era una servilleta.
Era una hoja de papel, tamaño folio, y en ella, impresa a color, la fotografía de una servilleta: blanca, cuadrada, con un borde azul y un nombre bordado en una esquina, «Bar La Curva».
La misma servilleta que llevaba yo en el bolsillo del abrigo desde octubre, la de verdad.
La misma que había firmado con Bruno Ansorena una mañana de otoño, sentada en una mesa junto a una ventana, con dos cafés y una raya de tinta.
Iván la sostuvo en alto delante de todo el pueblo, y luego, muy despacio, muy teatral, la acercó a la cara y se ajustó las gafas de lectura, como quien va a leer un testamento.
—«Yo, Nuria Sáenz, y yo, Bruno Ansorena —leyó, con una voz que sabía perfectamente dónde poner cada pausa—, acordamos fingir que somos pareja durante el Concurso de la Pareja del Año de la Feria de la Castaña, con el fin de ganar la concesión del bajo de la calle Mayor.
Regla única, sagrada, que no se rompe: prohibido enamorarse.
Firmado en Villamar de la Ría, el primer domingo de octubre.
» —Iván bajó la hoja—. Debajo, señores, dos firmas.
La de ella, que reconozco porque la he visto en papeles de mi casa.
La de él, que no hace falta que os diga de quién es, porque la habéis visto vosotros en las recetas de la clínica.
El pueblo no dijo nada.
Ese silencio, el silencio de dos mil trescientas personas que se conocen desde que eran niños, fue peor que cualquier grito. Porque un grito se contesta, y un silencio no. Un silencio solo se aguanta.
Yo estaba de pie en el escenario, con el micrófono todavía en la mano, con la boca abierta y la frase a medias, aquella frase que había estado a punto de decir, «Bruno, yo también», y que se me había quedado atascada en la garganta como una espina.
Sentí, en aquel segundo, todas las miradas del pueblo girándose hacia mí, y sentí el calor del foco en el vestido granate de mi madre, y sentí, encima de la pierna, en el bolsillo del abrigo que llevaba colgado del brazo, el peso doblado de la hoja de la notaría.
No pensé en la servilleta.
Pensé en la hoja.
Porque hay un momento, en las historias que se rompen, en que la cabeza deja de escuchar lo que pasa y se pone a ordenarlo, a buscarle un sentido, a atar todos los cabos sueltos con la primera cuerda que encuentra.
Mi cabeza, en aquel escenario, con el pueblo callado y la foto de la servilleta en la mano de mi ex, encontró su cuerda y ató todos los cabos a la vez, y la cuerda era esta:
Bruno había firmado la servilleta en octubre para conseguir el bajo.
Había firmado la opción de compra en la notaría el lunes para conseguir el bajo.
Todo, absolutamente todo lo que había pasado entre nosotros desde el primer día, cada gesto, cada buñuelo, cada cabra, cada beso, cada promesa, tenía un mismo destinatario, y el destinatario no era yo.
Era el bajo.
—Nuria —dijo una voz, muy cerca.
Era doña Piedad, que se había acercado al escenario con la libreta en la mano y una cara que no le había visto en todo el otoño, una cara sin sonrisa, una cara de juez.
—Nuria, cariño —dijo, bajito, para que solo yo la oyera—. ¿Es verdad esto?
Yo, con Villamar entero mirándome y la foto de mi propio pacto levantada por encima de la cabeza de Iván Cifuentes, hice lo que hacen las personas honestas cuando les pillan en una mentira que no era del todo mentira: me puse a llorar, y no contesté.
Porque, ¿qué iba a contestar? ¿Que sí, que era verdad, que habíamos empezado fingiendo?
¿Que no, que era mentira, que todo lo que venía después había sido de verdad?
Las dos cosas eran verdad, y las dos cosas me condenaban, y ninguna de las dos me servía, porque en un pueblo como Villamar la única cosa que importa no es si al final te enamoraste de verdad, sino si empezaste fingiendo.
Yo empecé fingiendo.
Entonces fue cuando Bruno habló.
Se acercó a mí, se puso a mi lado, me apartó el micrófono de la mano con mucho cuidado, como se aparta un vaso que va a caerse, y se quedó mirando al pueblo, con su delantal de flores y su cara de piedra.
—Es verdad —dijo—. Esa servilleta la firmamos ella y yo en octubre. Empezamos fingiendo.
El pueblo soltó un murmullo.
—Y ahora voy a deciros otra cosa —siguió Bruno, y la voz le salió más fuerte, una voz que no le había oído nunca, una voz que venía de muy abajo—.
Ahora voy a deciros que en esta servilleta, aquí, al final, está la palabra «prohibido enamorarse».
Que yo la firmé. Que la he incumplido todos los días desde el primer día.
Que si esta noche me dais a elegir entre ganar el bajo y volver a fingir, yo os devuelvo el bajo, os devuelvo la feria, os devuelvo el concurso entero, y me quedo con la única cosa que he ganado de verdad, que es ella.
Nadie dijo nada.
Yo, que tendría que haberme derretido con aquello, que tendría que haberlo abrazado delante de todo el pueblo y haber dicho «yo también», me quedé quieta, con las manos frías y la hoja de la notaría en el bolsillo, y le hice a Bruno la única pregunta que la cabeza me había dejado hacer.
—¿Y la opción de compra?
Bruno me miró.
—¿Qué?
—La opción de compra del bajo. La que firmaste el lunes en la notaría. Con doña Piedad de testigo. —Mi voz salió plana, cansada—. Si todo esto iba de mí, Bruno, ¿para qué compras el bajo a mis espaldas?
Vi, en la cara de Bruno Ansorena, algo que no esperaba ver y que no entendí: no vi culpa, ni sorpresa, ni vergüenza. Vi confusión. Una confusión enorme, sincera, de hombre al que le hablan en un idioma que no conoce.
—Nuria —dijo—, yo no he comprado ningún bajo.
—No mientas.
—No miento.
—¡La hoja existe, Bruno! ¡La he tenido en la mano tres días! «Opción de compra», firmada por ti, el lunes, en la notaría de la calle Mayor. ¡Con doña Piedad de testigo!
Entonces, en el escenario, en mitad del silencio de todo el pueblo, ocurrió una cosa que no me esperaba: doña Piedad, que seguía a mi lado con la libreta, levantó la cabeza, y dijo, muy despacio:
—Nuria, cariño, yo el lunes no estaba en ninguna notaría.
Me giré hacia ella.
—¿Qué?
—El lunes estuve todo el día en Oviedo, en el médico. —Me miró, y en su cara había algo, una alarma, una compasión, no sé—. A mí esa hoja que dices no me consta. De la notaría de la calle Mayor, hija, hace años que no existe.
Sentí que el suelo se me movía.
Me giré hacia Sofía. Estaba al pie del escenario, con Andrés, con el abrigo de pelo y las botas de agua, mirándome, muy quieta, con una cara que ya no era la cara de una rival elegante.
Ahora era la cara de alguien que está viendo cómo se derrumba una cosa que había construido con mucho cuidado.
—Sofía —dije—. La hoja.
Sofía Ardanza, delante de todo el pueblo, con Iván Cifuentes todavía con la hoja en la mano, hizo una cosa que me heló la sangre más que la foto y más que la hoja y más que todo lo que había pasado aquella noche: se echó a reír.
—Ay, Nuria —dijo, y se rió, y su risa sonó en toda la plaza—. ¿De verdad te has pasado tres días creyendo que ese papel era de verdad?
—Tú me lo diste.
—Yo te di un papel. —Se encogió de hombros—.
Un papel que había preparado yo, en mi casa, con un membrete que copié de internet.
No existe ninguna opción de compra, cariño.
Nunca ha existido. Lo único que existía era una cosa que yo necesitaba de ti: que te pasaras la semana de la gala dudando de él.
Lo conseguí. ¿A que sí? ¿A que has dudado?
Yo, con todo el pueblo mirándome, con los tres pisos de la tarta de mi abuela enfriándose en la mesa, con Bruno a mi lado y la cara descompuesta, comprendí, de golpe, con una claridad que dolía como una quemadura, de que Sofía tenía razón, de que había dudado, de que me había pasado los últimos tres días del otoño dudando de la única persona que no me había dado ni un solo motivo para dudar, y de que aquella duda, mi duda, no la había sembrado ella, la había sembrado yo, porque llevaba desde octubre con un miedo que no era de Bruno sino mío, y ese miedo, ese miedo mío, era la única cosa que había conseguido rompernos.
Entonces pasó lo que tenía que pasar.
El pueblo, que había pasado de la sorpresa a la indignación, empezó a murmurar, y luego a hablar, y luego a gritar, y la plaza se convirtió en un hervidero de gente que exigía explicaciones, y doña Piedad subió al escenario para pedir calma con el micrófono, y la tía Pili se puso a llorar en medio de la plaza, y alguien, no sé quién, dijo en voz alta la palabra que yo llevaba tres meses temiendo, la palabra que en un pueblo pequeño no se perdona:
—¡Que se vayan!
En mitad de aquel caos, con las luces parpadeando y la música del tiovivo sonando a lo lejos y el pueblo dividido entre los que nos defendían y los que nos condenaban, Bruno me cogió de la mano y me dijo, casi sin voz:
—Salgamos de aquí.
Salimos.
Bajamos del escenario, cruzamos la plaza entre dos filas de vecinos que nos miraban como se mira a los culpables, y llegamos al coche de Bruno, aparcado en la esquina de la calle Mayor, y nos metimos dentro, y Bruno arrancó, y el coche salió del pueblo por la carretera de la ría, con las luces del alumbrado de Navidad a la espalda y un silencio dentro que pesaba más que todo el otoño.
Ninguno de los dos habló durante tres kilómetros.
Luego Bruno paró el coche en un apartadero, junto al mirador, y apagó el motor, y se quedó mirando la ría por el parabrisas, con las manos en el volante y el vaho de la respiración empañando el cristal, y dijo:
—Te lo tenía que haber dicho.
—El qué.
—El pacto. A Sofía. Debería haberte contado que se lo conté, y cuándo, y por qué. Lo pensé, te lo juro que lo pensé, y no lo hice, porque tenía miedo de que te asustaras y te fueras. Mira. —Se pasó una mano por la cara—. Por no decirte una cosa, he perdido la única cosa que no quería perder.
Yo, sentada a su lado en aquel coche, con la ría negra por debajo del mirador y la hoja falsa arrugada en el bolsillo, pensé, con una lucidez terrible, las dos cosas que me había estado callando y que ahora, en el silencio del coche, ya no tenía fuerzas para seguir callando.
La primera: que tenía razón, que Bruno se lo tenía que haber contado.
La segunda, la que más miedo me daba: que yo, desde el primer día, me había pasado todo el otoño esperando que él hiciera algo mal, preparada para la traición, dispuesta a la huida, buscándole a cada gesto una segunda intención, no porque él me hubiera dado motivos, sino porque a mí, en el fondo, me daba menos miedo perderlo por culpa suya que quedarme por culpa mía.
—Nuria —dijo Bruno, y me miró—. ¿Se puede arreglar?
Yo, con las luces de Navidad de Villamar brillando a lo lejos, en el retrovisor, como una cosa que ya no era mía, hice lo que hacen los cobardes cuando por fin llega el momento de ser valientes y no lo son:
—No lo sé —dije.
Arrancamos, y volvimos al pueblo, y yo me encerré en el obrador, sola, con la tarta cortada que nadie había probado, con la servilleta del pacto, la de verdad, y con la foto impresa que alguien había recogido del suelo y me había dejado en el buzón, y me pasé la noche entera del veinticuatro de diciembre, la Nochebuena más larga de mi vida, sentada en el suelo de la cocina, con la espalda contra la puerta del horno, decidiendo si era más cobarde quedarme o irme.
Al amanecer, con el pueblo todavía dormido y la última vela de la iglesia apagándose, tomé la única decisión que mi miedo, que es un abogado malísimo pero muy convincente, me dejó tomar.
Llamé a un número que tenía guardado desde octubre y que no había marcado nunca.
—¿Sí? —contestó el señor muy amable del banco, que trabajaba hasta en Nochebuena.
—Llame a la subasta —le dije, con la voz más firme que pude—. Voy a vender el obrador.