Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 41 · La prueba final
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Capítulo 41 · La prueba final

La prueba final

El veinticuatro de diciembre amaneció limpio.

No había niebla, cosa rarísima en Villamar, y el cielo, ese cielo del norte que se pasa el invierno gris como una manta, se levantó aquel día azul y alto y frío, con una helada que blanqueó los tejados y convirtió las aceras en un espejo, y Villamar entero salió a la calle a las ocho de la mañana con las bufandas hasta las cejas y una alegría en la cara que no le había visto en todo el otoño.

Yo me levanté a las cinco. No por voluntad, sino porque llevaba desde las tres mirando el techo y dándole vueltas a una hoja doblada que tenía encima de la mesilla y que decía, en letra de notaría, «opción de compra», y un nombre, y una fecha.

El lunes. Firmada el lunes. Con doña Piedad de testigo.

Me la había metido en el bolsillo del abrigo aquella mañana de jueves y no la había vuelto a sacar, y la había llevado conmigo a todas partes durante tres días como se llevan las cosas que pesan: sin mirarlas, notándolas.

En el bolsillo, doblada por la mitad, la hoja me rozaba los nudillos cada vez que metía la mano, y cada vez que me rozaba, me acordaba, y cada vez que me acordaba, se me encogía algo por dentro y volvía a hacerme la pregunta que llevaba tres días sin contestarme: ¿por qué?

¿Por qué Bruno Ansorena había firmado, el lunes, en la notaría, a mis espaldas, una opción de compra del bajo de la calle Mayor?

La respuesta que me daba el miedo, que es un abogado malísimo, era siempre la misma: porque un hombre que ha perdido a su padre y está a punto de perderlo todo se agarra a lo único que puede salvar, y lo único que puede salvar aquel sábado era el bajo.

El mismo bajo que yo necesitaba para no perder el obrador.

El mismo bajo. Dos personas. Un premio.

Me vestí con el vestido de mi madre. Me puse el delantal de la abuela encima, un momento, solo un momento, delante del espejo del pasillo, y me miré, con el terciopelo granate y las hojas de castaño bordadas en el hombro y la servilleta del pacto asomando por el bolsillo, y me dije, en voz baja, como se dicen las cosas que hay que creer para poder hacerlas:

—Hoy. Hoy se lo dices.

Bajé a la plaza.

La plaza de Villamar de la Ría, aquella mañana de Nochebuena, era la cosa más bonita y más absurda que he visto en mi vida.

Los diez puestos, las luces, el tiovivo del hijo de la tía Pili girando con su música de feria, el belén de tamaño natural con un Niño Jesús que alguien, por error, había colocado al revés, la carpa central con el cartel de la gala, y en medio de todo, sobre una mesa larga cubierta de un mantel bordado, la tarta.

Mi tarta.

Los tres pisos, el chocolate, las hojas de azúcar, la crema de calabaza. Brillando bajo las luces como una catedral de azúcar. Delante de ella, el pueblo al completo, que se había acercado a verla como se acerca uno a ver a un recién nacido.

—Nuria —me dijo la tía Pili, con la mano en el pecho—. Hija, es que parece que respira.

—Es la castaña —dije—. La receta de mi abuela.

—Tu abuela estará llorando de gusto desde donde esté.

Yo, con el delantal de mi abuela en el cuello y la tarta de mi abuela delante y el pueblo de mi abuela alrededor, sentí, por un segundo, que la vida tenía un orden, que algunas cosas se cerraban, que valía la pena haber vuelto en otoño aunque en otoño se hubiera roto todo lo demás.

La gala empezó a las doce, con doña Piedad subida a un escenario y un micrófono que chirriaba, y duró todo el día, y fue, en orden, lo siguiente: la presentación de las parejas, la prueba del buñuelo, la prueba del brindis, la prueba de la tarta, y por la tarde, con las luces ya encendidas y el frío apretando, la prueba final, que era la que todo el pueblo esperaba y de la que todos hablaban desde hacía semanas, y que se llamaba, en el programa oficial, «la promesa».

La prueba de la promesa consistía en esto: cada pareja subía al escenario, delante de todo el pueblo, y uno de los dos le decía al otro, en voz alta, una promesa. Cualquier promesa. Una frase, un voto, una declaración, lo que fuera, con la única condición de que fuera verdad.

Cuando lo leí en el programa, la mañana del jueves, me quedé con el papel en la mano. Cuando se lo leí a Bruno, por teléfono, él se quedó callado al otro lado, y luego dijo, con una voz que le salía de un sitio muy hondo:

—Vaya.

—Sí.

—Nuria, esa prueba…

—Ya lo sé.

—Esa prueba la ha puesto doña Piedad para nosotros.

—Ya lo sé, Bruno.

Ninguno de los dos dijo nada más, porque ninguno de los dos necesitaba decir nada más, porque los dos sabíamos, desde el primer día, que aquella prueba, la de la promesa, era la prueba para la que nos habíamos estado preparando todo el otoño sin saberlo.

La prueba del buñuelo la ganamos, cómo no, con escándalo.

El aceite, esta vez, estaba en su punto, y el puesto de los buñuelos de la pareja Ansorena-Sáenz se convirtió, en menos de una hora, en el puesto más famoso de la feria, con una cola que daba la vuelta a la plaza y con la tía Pili yendo de un lado a otro con la bandeja, diciendo que ella era «del equipo», y con Remedios, la cabra, que se había escapado del corral de nuevo y se había plantado delante del puesto con una cara de hambre que daba miedo.

—Bruno —dije—, la cabra.

—Ya la veo.

—Está mirando los buñuelos.

—Está calculando.

—Bruno, las cabras no calculan.

—Esta sí.

En efecto, Remedios calculó, porque en el momento en que Bruno se giró para atender a un cliente, la cabra se levantó sobre las patas traseras, metió la cabeza por encima del mostrador, y se comió, de un solo bocado, la bandeja entera de buñuelos que acabábamos de sacar.

—¡REMEDIOS!

—¡Quince buñuelos! —gritó un vecino—. ¡Se ha comido quince buñuelos!

—¡Que no es comida, que son buñuelos de la feria! —grité, y caí en la cuenta, a mitad de la frase, de que estaba repitiendo la discusión de la carrera, de que aquel pueblo llevaba tres meses dándome las mismas discusiones, y de que, la verdad, no cambiaba ninguna por nada del mundo.

Doña Piedad, desde el escenario, miró la escena, miró la libreta, y tomó una decisión salomónica: nos dio la prueba por ganada, «por el espectáculo culinario y caprino», y le puso a Remedios una mención honorífica que colgó de su corral y que la cabra, estoy segura, se comió a la mañana siguiente.

A las cinco de la tarde, con el sol ya cayéndose por detrás del monte y la helada volviendo a las aceras, doña Piedad subió al escenario, cogió el micrófono, y anunció la prueba de la promesa.

—Parejas —dijo—, subid de una en una. Decid lo que tengáis que deciros. Pueblo: escuchad, porque hoy, aquí, el que mienta se le va a notar.

Las dos primeras parejas pasaron. Un matrimonio de cuarenta años, que se dijeron dos promesas pequeñas y enormes, y un par de novios de veinte años que se prometieron cosas que no cumplirán, y el pueblo aplaudió y lloró y se rió a partes iguales.

Luego subieron Sofía y Andrés, que hicieron una promesa elegante, perfecta, sin una sola arruga, y el pueblo aplaudió por educación, y yo los miré desde el puesto de los buñuelos y pensé que aquella promesa no se la creía nadie, ni ellos mismos, y que en un pueblo como Villamar, donde todo el mundo se conoce, mentir bonito es la peor manera de mentir.

Luego, por fin, nos llamaron a nosotros.

—Nuria Sáenz y Bruno Ansorena —dijo doña Piedad, y el pueblo, que llevaba todo el otoño apostando y murmurando y mirándonos, se giró entero hacia el puesto de los buñuelos, y se hizo ese silencio que solo conocen los que han estado alguna vez, en algún sitio, delante de mucha gente que espera algo de ellos.

Subimos al escenario. Bruno, con el delantal de flores que no se había quitado en todo el día, y yo, con el vestido granate y el delantal de mi abuela, y las dos servilletas, la del pacto en el bolsillo y la de la abuela en el cuello.

Doña Piedad nos dio el micrófono. Nos preguntó, como a todos:

—¿Quién de los dos va a hacer la promesa?

Bruno, antes de que yo pudiera abrir la boca, cogió el micrófono.

—La hago yo —dijo.

El pueblo, en la plaza, dejó de respirar.

Bruno miró el micrófono un momento, sin saber por dónde empezar, y luego levantó la cabeza, y me miró a mí, con todo el pueblo a nuestra espalda y la tarta de mi abuela brillando al lado y el frío de la noche colándose por las costuras del escenario, y dijo, en voz alta, delante de dos mil trescientas personas:

—Nuria. Cuando llegaste al pueblo, en octubre, entre la niebla, yo estaba en el porche con una cabra y no te conocía de nada.

Lo primero que pensé de ti fue que llegabas tarde.

—El pueblo soltó una risa pequeña—. Me equivoqué.

Llegabas justo a tiempo. Llegabas a la hora exacta en que yo llevaba catorce años esperando a que llegara alguien.

Se hizo un silencio.

—Te prometo —siguió Bruno, y le tembló un poco la voz, y aquel temblor se oyó en toda la plaza— que voy a pasarme la vida intentando que el día en que volviste no sea el día en que te vayas.

Que si algún día te vas, volveré a cerrar la clínica y te iré a buscar, y te lo diré otra vez, en otro pueblo, en otra niebla, hasta que me escuches.

Esto no es una promesa de concurso. Esto es la verdad.

Doña Piedad ha dicho que hoy el que mienta se le va a notar, así que mira, ya está. Lo he dicho.

Entonces bajó el micrófono, y me miró, y en sus ojos, de piedra, había agua.

El pueblo entero, la plaza entera, Villamar de la Ría entero, se vino abajo en un aplauso que retumbó en todo el valle.

La tía Pili lloraba. Don Luciano lloraba.

Doña Piedad, con la libreta en la mano, no anotaba, solo miraba.

Yo, en medio del escenario, con el micrófono que Bruno me acababa de poner en la mano y las palabras de Vera en la cabeza y las tres palabras que llevaba desde octubre congeladas en la garganta, entendí, por fin, que había llegado el momento.

—Bruno —dije, y la voz me salió como pudo—. Yo también…

No terminé la frase.

Porque en aquel instante, en mitad del aplauso, en mitad de la plaza, mientras toda Villamar miraba el escenario con las manos en el corazón, alguien cogió uno de los micrófonos de reserva, el que doña Piedad tenía en la mesa del jurado, y una voz que conocía mejor que mi propia voz se oyó, amplificada, por encima del aplauso, por encima de la música, por encima de todo.

—Yo tengo una promesa que hacerle a este pueblo —dijo Iván Cifuentes—. Es la verdad de lo que estáis aplaudiendo.

El pueblo, que no entendía nada, se fue girando poco a poco hacia él, y el aplauso se apagó como una vela, y en la plaza de Villamar de la Ría, la noche del veinticuatro de diciembre, con la tarta de mi abuela todavía brillando en la mesa y la promesa de Bruno todavía vibrándome en el pecho, se hizo el silencio más grande que he oído en mi vida.

Mi ex, con el micrófono en la mano y una servilleta doblada en la otra, la misma servilleta, la del pacto, la firmada en aquel bar de carretera el primer día de octubre, levantó la servilleta por encima de la cabeza y dijo:

—El pueblo tiene derecho a saber que la pareja del año es un contrato.