Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 40 · Preparativos
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Capítulo 40 · Preparativos

Preparativos

Los últimos días antes de la gala el pueblo se volvió loco, y lo digo en el sentido literal de la palabra, no como un adorno.

Villamar de la Ría tiene dos mil trescientos habitantes y una sola plaza, y en esa plaza, en la semana anterior a la gala, se montaron diez puestos, dos escenarios, un belén de tamaño natural, un tiovivo que trajo el hijo de la tía Pili desde Bilbao y una carpa en la que se vendían, según el cartel, «castañas, sidra y esperanza», que era, la verdad, la definición más exacta de la Navidad que he leído en mi vida.

En medio de todo aquello, con el termómetro a tres grados y la niebla subiendo del río cada tarde a las seis en punto, yo tenía que hacer una tarta de ochenta raciones, un puesto de buñuelos vacío porque los buñuelos se freían el día de la gala, un vestido que mi madre me estaba cosiendo contra mi voluntad, y, lo más difícil de todo, sobrevivir a la semana sin decirle a Bruno Ansorena las tres palabras que llevaba desde octubre congeladas en la garganta.

Porque la decisión ya estaba tomada. Eso lo tenía claro desde el domingo de la carrera. Lo que no tenía claro era la manera de llegar viva al veinticuatro para poder decirla.

El lunes hice la tarta.

Es un trabalenguas y es lo que pasó. La tarta de la feria es una tradición de Villamar que viene de antes de la abuela, y consiste en una tarta enorme, de tres pisos, de bizcocho de castaña y crema de calabaza con un toque de canela, cubierta de chocolate y adornada con hojas de azúcar, y la primera vez que la vi, a los ocho años, sujetándole el batidor a mi abuela en aquel mismo obrador, me pareció la cosa más grande y más importante del mundo.

Ahora la hacía yo, sola, para la gala, para el pueblo en pleno, con el nombre de mi abuela bordado en el delantal y su mano, que ya no estaba, guiándome la mía cuando la canela se me iba de las manos.

Empecé al amanecer y terminé a medianoche. Entre medias llamé a mi madre tres veces, tuve una crisis existencial con el tercer piso, se me rompió una espátula y me comí, con la excusa de probarlo, medio bote de crema con una cuchara de sopa.

Bruno apareció a las once de la noche, cuando ya tenía la tarta montada en la mesa y me estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la puerta del horno y las dos manos en la cara, mirándola como se mira una cosa que has hecho y no sabes cómo has podido hacerla.

—¿Estás bien? —dijo, desde la puerta.

—Mira.

Miró. Se quedó quieto en el umbral, con la niebla todavía en el abrigo, y la miró como se mira una catedral.

—Nuria.

—Dime que está bien.

—Está… —Se acercó, muy despacio, con las dos manos en los bolsillos—. Está viva.

—¿Viva?

—Sí. —Se agachó a mi lado—. No sé cómo explicarlo. Las tartas de concurso son tartas de escaparate. Están muertas, muy bonitas, muy quietas. Esta tiene algo. Esta tiene hambre.

—La hice con su receta.

—La hiciste con su receta.

Nos quedamos los dos sentados en el suelo del obrador, con las espaldas contra el horno todavía caliente y la tarta gigante delante, brillando bajo la luz de la lámpara, y después de muchos días no sentí la prisa, ni la cuenta atrás, ni el miedo; sentí solo el calor del horno, y a Bruno al lado, y la sensación absurda y perfecta de que, hiciera lo que hiciera la vida con nosotros, aquella tarta ya no se la quitaba nadie.

—¿Sabes qué? —dijo él, al cabo de un rato.

—Qué.

—Voy a pedirte una cosa.

—Pídemela.

—Que ni el día de la gala ni ninguno de los días que quedan te pongas a pensar en el después.

Me giré hacia él.

—¿Por qué?

—Porque te conozco. —No me miró; miraba la tarta—. Te conozco desde octubre y sé perfectamente cuándo estás pensando en el después. Se te pone una cara, cuando piensas en el después. Como si estuvieras haciendo las maletas por dentro.

—No hago las maletas por dentro.

—Las haces. Yo lo veo, y no te digo nada, y por eso te lo pido hoy.

—Por fin me miró, y en sus ojos, que eran casi siempre de piedra, había ahora una cosa distinta, una cosa que brillaba y no se dejaba agarrar—.

Quedan cuatro días. Fingamos que somos la única pareja del mundo a la que no se le acaba nada.

Cuatro días de fingir que esto es para siempre. ¿Me lo concedes?

Yo, con la tarta de mi abuela delante y aquel hombre pidiéndome, con la voz más baja que le había oído nunca, cuatro días de mentira sobre un fondo de verdad, hice lo que hacen las cobardes cuando el miedo y el amor se les mezclan en la garganta: dije que sí con la cabeza, y no le dije la verdad, que era que no había ningún después que temer, que su después y mi después llevaban desde septiembre apuntando al mismo sitio, y que lo único que me faltaba era el valor de decirlo.

Después de aquello, cuatro días, y ni uno más.

El martes, prueba once: la ofrenda.

La ofrenda es una tradición de la feria que consiste en que cada pareja lleva a la iglesia un presente, y el presente lo elige el azar en un sorteo, y el sorteo de aquel año nos deparó, a Bruno y a mí, la misión de llevar a la iglesia una empanada de bonito y una botella de sidra, y juro por lo que quieran que no me lo estoy inventando.

—Una empanada —dijo Bruno, en el coche.

—Y una botella de sidra.

—Para el Señor.

—Para el Señor, sí.

—¿Y qué hacemos con el Señor y la empanada?

—Se la damos, Bruno. Se la damos y ya está.

—¿Y el Señor se la come?

—¡Ay, no sé! ¡Se la daré a don Luciano y que Él decida!

Allí, en la puerta de la iglesia, con el pueblo mirándonos desde la plaza y don Luciano esperando con la bandeja, ocurrió la cosa más absurda y más tierna del otoño: que Bruno Ansorena, el veterinario, el hombre que no sonreía, se agachó delante del cura, le puso la empanada en las manos con las dos manos, con la solemnidad de una corona, y le dijo, muy serio:

—Don Luciano, aquí traemos lo que nos tocó. Si el Señor prefiere el bonito, bien; si prefiere la sidra, mejor. Si le sobra un trozo, yo tengo un perro viejo que vive en la clínica y que se lo agradecería.

Don Luciano, que llevaba cuarenta años siendo cura en Villamar y había visto de todo, se quedó un momento con la empanada en las manos, y luego soltó una carcajada que retumbó en toda la iglesia y que hizo que hasta la Virgen, estoy segura, se riera un poquito por dentro.

—Hijo —dijo, con las manos en alto—, el Señor te lo pague, porque yo tengo el colesterol y no puedo.

El pueblo, desde la plaza, aplaudió, y la tía Pili gritó «¡a ese le doy yo la papeleta!

», y doña Piedad, que estaba al lado del jurado con su libreta, apuntó algo, y yo comprendí, mientras me reía, que en aquel momento, en aquel instante preciso, me había olvidado por completo de que todo aquello era un concurso.

El miércoles fue el día del vestido.

Mi madre, que había decidido por su cuenta que Bruno y yo íbamos a ir «a juego», me presentó en el obrador un vestido de terciopelo granate bordado a mano, con un detalle de hojas de castaño en el hombro, y me lo probé delante de ella, y Vera, que había venido a supervisar, se llevó la mano a la boca y se puso a llorar.

—Mamá.

—No lloro.

—Estás llorando.

—Es el polvo.

—¡Mamá!

—Nuria, cariño —dijo, y me cogió las dos manos—, cuando tu abuela cosía el vestido de la feria, yo la veía, porque tenía tu edad y me pasaba las tardes en el obrador. Mira ahora. —Levantó la vista—. Mira dónde estamos. Haciéndote a ti otro vestido. Con un chico.

—Mamá, no es…

—Ya sé lo que es y lo que no es —me dijo, y me puso una mano en la cara—. Soy tu madre. Lo sé desde la primera vez que te vi llegar a casa con esa cara. No me digas que el chico no te quiere, porque lo he visto barrer el obrador a las siete de la mañana cuando se creía que nadie miraba.

Me quedé sin saber qué decir. Vera, desde el taburete, asentía con la cabeza como un metrónomo.

—Mamá, yo…

—No me cuentes nada, hija —dijo, y me dio el vestido doblado—. Guárdatelo para el sábado, que el sábado lo vas a necesitar. A mí, para cuando te atrevas.

Aquella noche, cuando se fueron las dos, me senté en la cocina con el vestido encima de la mesa, y con la servilleta del pacto en el bolsillo y la de la abuela en el cuello, y me pasé una hora entera diciéndome a mí misma que se lo diría el sábado, que sería valiente, que no había nada que temer.

El jueves ya era otro cantar.

El jueves por la mañana, mientras colocaba la tarta en la vitrina para llevarla a la carpa por la tarde, alguien llamó a la puerta del obrador, y cuando abrí, con el delantal puesto y las manos manchadas de chocolate, me encontré a Sofía Ardanza en el umbral, con el abrigo de pelo, las botas de agua y una carpeta de cartón en la mano.

—Buenos días —dijo.

—Sofía.

—¿Puedo pasar?

—Depende de para qué.

—Para hablar. —Miró por encima de mi hombro, hacia el obrador—. Huele muy bien. ¿Es la tarta de la feria?

—Es la tarta de la feria.

—Se corta el sábado.

—Se corta el sábado.

—Entonces tengo hasta el sábado. —Sonrió, y no era una sonrisa agradable—. Porque necesito que hablemos antes, tú y yo. De una cosa que llevo tres semanas sin decirte y que no quiero que te pille por sorpresa en mitad de la gala.

Me quedé con la mano en la puerta.

—¿Qué cosa?

Sofía, en el umbral de mi obrador, con la carpeta de cartón apretada contra el abrigo y el frío de diciembre colándose por la puerta abierta, hizo una cosa que no esperaba: bajó la voz, miró a un lado y a otro de la calle, y dijo:

—He sabido lo de tu deuda.

Se me paró el corazón. Una sola vez, muy largo, muy fuerte, y luego siguió.

—¿Qué?

—Lo del banco. Que si no ganas la concesión el sábado, el obrador sale a subasta.

—Me miró a los ojos, sin sonreír ya—. Lo sé desde hace tres semanas, Nuria.

Hay una cosa que tienes que saber tú también, porque el sábado lo vais a decidir entre tú y yo, delante de todo el pueblo, y no quiero ganaros por un papel que tú no has leído.

—¿De qué papel me estás hablando?

Sofía levantó la carpeta, la abrió, y sacó de dentro una hoja doblada por la mitad, con un membrete que reconocí porque lo había visto tres semanas antes, en la puerta de la notaría.

—De esto —dijo, y me tendió la hoja—. Léelo. Léelo entero, de arriba abajo. Después, si quieres, me dices si sigues pensando que ese hombre te quiere de verdad.

Cogí la hoja. La desdoblé. La leí.

Cuando la hube leído, con el frío de la calle mordiéndome los dedos y el corazón latiéndome en un sitio que no era el pecho, levanté la cabeza y miré a Sofía, que ya no sonreía, que me miraba con una cara nueva, una cara que se parecía, de un modo que no me gustó nada, a la cara de una mujer que está a punto de decirte algo que va a cambiarte la vida.

—¿Y bien? —dijo.

—¿Esto lo ha firmado él?

—Lo ha firmado él. —Se guardó la carpeta bajo el brazo—. El lunes. En la notaría. Con doña Piedad de testigo.

Yo, con aquella hoja en la mano y el obrador de mi abuela a mis espaldas, me quedé en la puerta, en la niebla, sin saber ya si el sábado iba a ganar la feria o a perderlo todo, convencida de que el mayor peligro no era perder la gala, sino ganarla creyendo una cosa que acababa de dejar, ahí, en letra impresa, de ser verdad.