Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 39 · La cuenta atrás #2
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Capítulo 39 · La cuenta atrás #2

Se hizo un silencio raro en el puesto. Yo sentí cómo se me ponía la piel de gallina, aunque el aceite estaba a doscientos grados y yo llevaba dos horas sudando.

—Iván —dije.

—¿Sí?

—Que te vayas a tu puesto. Que tienes que atender el tuyo.

Iván se quedó un momento, con la sonrisa todavía puesta, y luego se encogió de hombros, dio media vuelta, y se fue por la plaza, saludando a unos y a otros como había saludado toda la vida, como el chico del pueblo que se hizo rico fuera y volvió para que se lo notaran.

Cuando se hubo perdido entre la gente, Bruno, sin mirarme, siguió friendo buñuelos, y dijo, con una voz muy baja, casi para él:

—Qué tío.

—Lo sé.

—¿Sabes qué es lo peor? —Mojó la cuchara en la masa—. Que no le he contestado lo que tenía que contestarle.

—¿Y qué tenías que contestarle?

Bruno echó la masa al aceite, miró cómo subía el buñuelo, y no dijo nada.

Yo me quedé mirándole de perfil, con el calor del aceite en la cara y aquella tarde entera de fiesta sonándome alrededor, y pensé que no, que no hacía falta que me contestara, que ya lo sabía, que lo sabía desde hacía semanas y que me lo estaba callando por miedo, y que el miedo era exactamente lo que Vera me había dicho que me sobraba, y que se me estaba acabando el tiempo de fingir.

Aquel sábado por la mañana, cuando ya casi se me había pasado el calor de la plaza, fui al banco.

No por voluntad, sino porque me llamaron.

Me llamó un señor muy amable que me informó, con esa amabilidad que tienen en los bancos cuando van a darte una mala noticia, que la deuda del obrador, la que dejó mi abuela cuando compró la máquina nueva y que yo había estado pagando a plazos como había podido, tenía un vencimiento pendiente, y que ese vencimiento, cariño, caía justo, justo, el veinticuatro de diciembre.

—¿El veinticuatro? —dije.

—El veinticuatro. —El señor muy amable hizo una pausa muy amable—. Pero no se preocupe, porque hay una solución.

—Cuál.

—Si el obrador gana la concesión de la feria, el ayuntamiento le concede la explotación del local por cinco años, y con eso, el banco puede refinanciar la deuda sin problemas. Se lo digo tal cual: para nosotros, usted gana o usted vende.

—¿Y si pierdo la gala?

—Si pierde la gala, el veinticinco por la mañana, el obrador sale a subasta para cubrir la deuda.

Colgué el teléfono y me quedé sentada en la cocina, con la mano todavía en el móvil, mirando el calendario del pueblo, la hoja de diciembre, el número veinticuatro rodeado a lápiz hacía ya tres meses, cuando todo empezó, cuando todo era un pacto de mentira entre dos desconocidos y el premio era solo un premio.

Ahora el veinticuatro era la fecha en que se decidía si el obrador de mi abuela seguía siendo el obrador de mi abuela, y si yo seguía siendo la pastelera del pueblo o volvía a ser la chica de paso que se marchaba con la furgoneta.

Para más inri, ese mismo sábado, a las seis de la tarde, cuando salí a comprar leche porque de todo lo que había pensado en todo el día lo único que se me había olvidado era lo más básico, la vi.

Vi a Sofía.

Estaba en la puerta de la notaría, con el móvil en la oreja y un fólder en la mano, y no estaba sola: estaba con doña Piedad, la de la Comisión, la misma doña Piedad que me había anunciado el voto del pueblo y las ochenta raciones, y estaban hablando las dos, muy juntas, muy serias, con ese aire de dos personas que están tratando un asunto y no quieren que se sepa.

Me paré. No sé por qué me paré, ni por qué, en vez de seguir andando, me metí en el hueco de la panadería de enfrente y me quedé mirando, con la bolsa de la leche en la mano, como una espía de película mala.

Vi cómo Sofía le daba el fólder a doña Piedad, y cómo doña Piedad lo abría, leía algo, asentía, y luego lo guardaba en el bolso, y cómo las dos se despedían con dos besos, y cómo Sofía, al quedarse sola, miraba hacia la panadería, miraba hacia donde yo estaba, y sonreía.

Sonreía como quien sabe que la estás mirando.

Llegué a casa con la leche y con el estómago encogido, y me pasé la noche en blanco dándole vueltas a lo mismo, porque una cosa es ganar una gala y otra cosa es descubrir que los que van a decidir quién la gana se reúnen en la puerta de la notaría con la mujer que te quiere hundir, y con un fólder que no sabes qué contiene y una sonrisa que te dice que ella sí lo sabe.

El domingo por la mañana, cansada, con dos ojeras que me llegaban a la barbilla, salí a la plaza a comprar el pan, y el pan me lo dio el mundo entero, porque en la plaza, en el tablón de anuncios, pegado con cuatro chinchetas y protegido por un plástico, estaba el cartel que doña Piedad había prometido publicar el lunes, pero que por lo visto alguien había decidido publicar antes.

«FERIA DE LA CASTAÑA. GALA FINAL. PAREJAS PARTICIPANTES.»

En la lista, debajo de los nombres de todas las parejas del pueblo, con una letra muy clara y muy grande, ponía:

«Nuria Sáenz y Bruno Ansorena.»

«Sofía Ardanza y Andrés Rego.»

«Amalia Setién y Julián Vega.»

Al final de la lista, en el último renglón, el que más gente rodeaba, el que más murmullos levantaba, el que hacía que todo el pueblo se girara hacia mí cuando me acercaba, ponía un nombre que me heló la sangre:

«Iván Cifuentes y su prometida.»

Mi ex y su futura mujer.

Inscritos en la gala final.

En la misma prueba, el mismo día, delante del mismo jurado, delante del mismo pueblo, cuando yo tenía que decirle a Bruno, en público y sin que se pudiera confundir con una estrategia, que me quedaba con él para siempre.