Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 39 · La cuenta atrás
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Capítulo 39 · La cuenta atrás

La cuenta atrás

Decidí decírselo el lunes.

No el lunes siguiente, no el lunes de después de las Navidades, no el lunes que nunca llega: el lunes.

Ese. El que venía después del domingo de la carrera, con la niebla pegada a los cristales del obrador y el calendario del pueblo mirándome desde la pared con su hoja de diciembre, esa hoja en la que quedaban veintidós días para la gala final y veintidós días para que todo se acabara.

Me lo dije mientras amasaba. Es lo que tiene amasar: que tienes las manos ocupadas y la cabeza libre, y la cabeza, cuando la dejas libre, se pone a hacer listas.

Mi lista del lunes decía, en este orden: uno, decidir de verdad que me quedaba; dos, decírselo a Bruno sin reglas y sin condiciones; tres, dejar de comportarme como una cobarde; cuatro, ganar la gala o perderla, pero jugándomela de verdad.

Cinco, que mi madre me dejara en paz con el tema del novio.

Ese quinto punto lo añadí por la mañana, cuando me llamó para preguntarme si Bruno y yo íbamos a ir «vestidos a juego» a la gala, «que quedaría muy mono para las fotos», y yo le colgué con la excusa de que se me quemaba el caramelo.

—Se te ha quemado el caramelo de verdad —dijo Vera, que estaba sentada en el taburete de la esquina, con un café y las piernas cruzadas, mirándome como se mira a un animal que por fin ha decidido salir de la jaula—. Huele a quemado hasta en la calle.

—Es el precio de la valentía.

—La valentía huele fatal, cariño.

Vera llevaba desde el domingo pegada a mí como una lapa, y yo la dejaba, porque desde el domingo, después de lo del banco de la plaza, la tenía merecida. Había venido el lunes a primera hora con dos cafés y una misión: asegurarse de que no me escaqueaba.

—¿Y cuándo se lo dices? —me preguntó.

—Hoy.

—¿Hoy cuándo?

—Hoy cuando toque.

—Nuria.

—Vera.

—Nuria, me estás haciendo el juego de siempre. «Cuando toque» es lo que dices tú cuando no vas a hacerlo nunca.

Dejé la masa en el mármol, me limpié las manos en el delantal, y la miré.

—Se lo digo en la gala.

—En la gala.

—En la gala. —Me apoyé en el mostrador—.

Porque en la gala, pase lo que pase, se acaba todo.

Se acaba el concurso, se acaba el fingimiento, se acaba la servilleta.

Cuando se acabe, cuando ya no quede nada que fingir, quiero decirle que me quedo.

Que me quedo por él, no por el premio. Que me quedo aunque perdamos, aunque nos echen, aunque el pueblo se ría de nosotros.

Se lo digo delante de todos, si hace falta.

Pero se lo digo cuando ya no se pueda confundir con una estrategia.

Vera se quedó un momento callada, con el café a medio camino de la boca, y luego bajó la taza y sonrió, y aquella sonrisa suya, la de cuando está de acuerdo contigo y no quiere que se le note demasiado, me llenó más que cualquier discurso.

—Vale —dijo—. En la gala. Pero te voy a tomar la palabra, Nuria Sáenz. Si en la gala no se lo dices, te juro por mi madre que subo yo al escenario y lo digo por megafonía.

—Eso no hará falta.

—Más te vale.

A partir de ahí, los veintidós días se me echaron encima como una ola.

Porque preparar una gala de fin de feria en Villamar de la Ría no es cosa de un día.

Es cosa de todo el pueblo, de todas las manos, de todas las lenguas, y sobre todo del grupo de WhatsApp de la Comisión de Festejos, que aquella semana alcanzó unos niveles de actividad que, según el médico, contribuyeron a por lo menos dos picos de tensión y una úlcera.

Yo lo miraba desde la barrera, o eso creía, hasta que el martes por la mañana doña Piedad entró en el obrador, se sentó en la silla de la abuela como en la suya propia, y me anunció, con la libreta en la mano, que me habían asignado dos cosas para la gala.

—Dos —dije.

—Dos. —Abrió la libreta—. Uno: la tarta de la feria. La tarta grande, la del escaparate, la que se corta después del baile. Ochenta raciones, mínimo.

—Ochenta raciones.

—Y dos: tú y Bruno lleváis el puesto de los buñuelos.

—¿El puesto de los buñuelos?

—El puesto de los buñuelos.

—Doña Piedad, eso no es una asignación, eso es un castigo.

—Es una prueba.

Alcé la vista.

—¿Cómo que una prueba?

Doña Piedad cerró la libreta, se la guardó en el bolso, y me miró por encima de las gafas con esa cara suya que han heredado todas las mujeres de su familia y que consiste en saber cosas que tú aún no sabes que no sabes.

—Nuria, cariño, la gala no es solo la gala. La gala es la prueba diez, la once y la doce, todas juntas, y el jurado, este año, mira más de lo que miraba. —Se levantó—. La tarta, los buñuelos y el baile final. Todo eso cuenta. Este año, además, cuenta una cosa nueva.

—¿Qué cosa nueva?

—El voto del pueblo.

Me quedé con el rodillo en la mano.

—¿El voto del pueblo?

—En la gala, además del jurado, vota el pueblo. Cada vecino con derecho a voto pone una papeleta con la pareja que cree que es de verdad. —Me sonrió—. Aquí, cariño, las parejas de verdad se conocen. Llevamos toda la vida conociéndolas.

Se fue, con su bolso y su libreta, dejándome con una tarta de ochenta raciones en el horizonte y una sensación rara en el estómago, esa sensación que tienes cuando descubres que la partida que creías que estabas jugando no era la partida que estaban jugando los demás.

Porque si el pueblo votaba a la pareja de verdad, y si el pueblo llevaba toda la vida conociendo parejas de verdad, ¿qué posibilidades teníamos Bruno y yo, que ni siquiera éramos una pareja, de ganar ese voto sin mentir una sola vez más?

La respuesta, por lo visto, la conocía todo el mundo menos yo, porque aquella tarde, al pasar por delante del bar de Rego, oí, entre el ruido de las tragaperras y el fútbol de la tele, la voz de la tía Pili diciendo:

—Tres a uno a que se besan en la gala.

—¿Tres a uno? —protestó alguien—. Pero si esos dos llevan desde octubre mirándose como dos tontos. Yo doy dos a uno.

—Dos a uno dan todos, Paco. Aquí el mérito está en el que apueste a que no se besan.

—¿Y quién va a apostar a eso?

—Yo —dijo la tía Pili.

Yo, desde la acera, con la niebla en la cara y una bolsa de azúcar en cada brazo, caí en la cuenta de que en Villamar de la Ría hasta las apuestas iban a terminar hablando de lo que Bruno y yo éramos o no éramos, y de que no había manera humana de esconderse en un pueblo donde hasta las gallinas parecían tener una opinión.

—Tía Pili —dije, entrando—. ¿Dos a uno?

—Dos a uno, hija, y te lo digo con el corazón.

—¿Y no te da pena desplumarme?

—A ti no te voy a desplumar, que tú estás comprometida con el Bruno.

—No estoy…

—Ay, hija —dijo, y me acarició la mano—, que los del puesto de buñuelos son otros.

No entendí aquello hasta el viernes, y aquel viernes, ay, aquel viernes lo entendí todo.

La prueba diez era el mercadillo de Adviento, que se celebraba en la plaza del pueblo el primer viernes de diciembre, con puestos de castañas, de dulces, de licores, de juguetes viejos y de cosas inútiles, y en el que cada pareja del concurso tenía que montar un puesto y atender a los vecinos durante toda la tarde.

Nosotros teníamos el puesto de los buñuelos, porque doña Piedad sabía perfectamente lo que hacía, y los buñuelos, como todo el mundo sabe, hay que freírlos al momento, con el aceite muy caliente, y la masa hay que ir cogiéndola con la cuchara y echándola con cuidado para que no se peguen, y todo eso, con dos personas, un frío que pela y una cola de cuarenta vecinos, es o un espectáculo o un desastre, y aquel viernes, en Villamar de la Ría, fue las dos cosas a la vez.

—¡Nuria, que se te queman por la izquierda!

—¡Bruno, que no me llegan las manos!

—¡Ponlos en la fuente!

—¡No los puedo poner en la fuente, es una fuente!

—¡Pues ponlos en la bandeja!

—¡Estás viendo que la bandeja está llena!

—¡Pues cómete uno!

—¡No me puedo comer cuarenta buñuelos, Bruno!

—¡Uno! ¡Cómete uno, para dar ejemplo!

El pueblo, apiñado delante del puesto con sus dos euros por ración, partiéndose de risa, con las manos dentro de los bolsillos y el vaho en la boca, mientras el hombre más serio del norte de España se ponía un delantal de flores que había traído la tía Pili, se quemaba dos dedos, se metía un buñuelo entero en la boca, se quemaba la lengua, y soltaba un taco que hizo que el cura, que estaba comprando castañas dos puestos más allá, se girara con las cejas en alto.

—¡Perdón, don Luciano!

—No pasa nada, hijo, no pasa nada —dijo el cura, muy tranquilo—. Rector, rector y buñolero, todo lo perdona el Señor.

En mitad de aquella fiesta, cuando ya llevábamos dos horas y media de fritura y yo tenía los brazos manchados de aceite y la cara colorada de calor y de risa, apareció Iván.

Siempre aparece Iván. Es una ley física: cuanto más feliz está una, más probabilidades hay de que su ex aparezca con una sonrisa y un abrigo caro.

—Nuria —dijo, con las manos en los bolsillos, mirando el puesto con esa cara de superioridad que se le había quedado pegada desde que ganaba dinero—. ¿Todo esto es tuyo?

—Es del pueblo.

—Es tuyo el mérito, entonces.

—No he dicho eso.

—Lo digo yo. —Se acercó al mostrador—. ¿Me pones dos?

Bruno, que había oído la voz desde el fondo del puesto, levantó la cabeza.

Le vi cambiar la cara: de la cara de crío que estaba poniendo en los buñuelos a la cara de piedra de siempre, y en el paso de una a otra hubo algo, un endurecimiento de la mandíbula, un fruncir de cejas, que a mí me pareció el gesto más bonito que le había visto en toda la feria, porque era el gesto que ponía cuando le tocaban lo suyo, y en aquel momento lo suyo, por lo visto, era yo.

—Dos euros —dijo Bruno, con la bolsa ya en la mano, tendiéndosela por encima del mostrador.

—Qué rápido —dijo Iván, echando la moneda—. Casi pareces tener prisa por que me fuera.

—Tengo prisa por atender a la gente. La cola no se atiende sola.

—Ya. —Iván cogió la bolsa, miró los buñuelos, y luego levantó la vista, y sonrió—. Qué bonito, ¿no? Los dos, aquí, con el delantal, vendiéndole buñuelos al pueblo. Como si fuerais una pareja de verdad.