Capítulo 38 · La carrera de cabras
La carrera de cabras
La carrera de cabras se celebró el domingo siguiente, por la mañana, con el pueblo en la calle y las cabras en la plaza, y fue, sin ningún género de dudas, la cosa más ridícula y más maravillosa que he visto en mi vida.
Había doce parejas en el concurso y doce cabras, una por pareja, atadas cada una a un carrito de madera con dos ruedas y un asiento, y la cosa consistía en que la pareja subiera al carrito y la cabra los llevara, tirando, desde la fuente hasta la plaza, por la calle principal, con una cuesta del siete por ciento que no había subido ninguna cabra en toda la historia del concurso sin que alguien la empujara, y con un reglamento de tres folios que doña Piedad había leído en voz alta y que decía, entre otras cosas, que «queda terminantemente prohibido tirar de la cabra, sobornarla con comida o cambiarla por otra cabra de similares características».
—Esa última norma —le dije a Vera— es por nosotros.
—Esa última norma —dijo Vera— es por Remedios.
Porque Remedios, la cabra de la discordia, la que se escapaba todas las mañanas y se comía las castañas confitadas y se metía en las mesas del jurado, era, precisamente, la cabra que nos había tocado en el sorteo.
—No me lo puedo creer —dijo Bruno, al verla.
—Es el destino.
—Es una maldición.
Remedios, atada a nuestro carrito con un lazo rojo, nos miró con sus ojos amarillos de cabra y se puso a rumiar, tan tranquila, como quien ya sabe cómo va a acabar la cosa.
—Bueno —dije—. Al menos es lista.
—Es lista para comer. Para tirar de un carrito no la veo yo muy lista.
—Bruno, es una cabra. No le pidas currículum.
Cuando doña Piedad dio el pistoletazo de salida, las doce cabras arrancaron a la vez, y durante un minuto glorioso hubo en la calle principal de Villamar de la Ría un atasco de doce carritos tirados por doce cabras que no iban a ninguna parte, con doce parejas chillando y un público entero partiéndose de risa, y la tía Pili grabando con el móvil desde el balcón de su casa y comentando la carrera al estilo del Tour.
Nuestra cabra, cómo no, se quedó parada.
—Remedios —dijo Bruno, tirando un poquito del lazo, que estaba permitido—. Anda.
Remedios no se movió. Se giró, miró la fuente, y se puso a beber.
—Se está bebiendo la carrera —dijo Vera, desde la acera.
—¡Es agua! —grité—. ¡No cuenta como comida!
—¡El agua no cuenta! —gritó doña Piedad, desde la meta—. ¡Pero espabilad, que van ganando los del estanco!
Miré hacia la cuesta y vi, muy arriba, el carrito de Sofía y Andrés subiendo como una flecha, con una cabra negra y elegante que tiraba del carrito como un caballo de carreras, y a Andrés, subido al asiento, con las manos en alto, celebrando ya la victoria.
—No vamos a ganar esto —dije.
—Vamos a ganar esto —dijo Bruno.
Entonces, el hombre más serio del norte de España, el veterinario que no sonreía, el que se pasaba la vida con la cara de piedra, se agachó al lado de la cabra, le levantó la cabeza con las dos manos, y le habló al oído.
No sé qué le dijo.
Nunca lo he sabido. Se lo he preguntado mil veces y mil veces me ha contestado lo mismo: «cosas de animales». Pero lo cierto es que Remedios, después de escucharle, dejó de beber, resopló una vez, y echó a andar.
No echó a andar despacio.
Echó a andar como impulsada por un motor invisible.
Tiró del carrito por la calle principal, con Bruno y conmigo dentro agarrándonos al asiento, subió la cuesta del siete por ciento sin despeinarse, adelantó a la cabra de la panadera, luego a la del médico, luego a la de la tía Pili, y llegó a la altura del carrito de Sofía y Andrés cuando ya se veía la plaza.
Entonces, al lado del carrito de Andrés, Remedios hizo lo que hacía siempre.
Se paró de golpe, y se comió el lazo rojo del carrito de al lado.
—¡Ha comido! —gritó Andrés—. ¡Ha comido el lazo! ¡Descalificados!
—¡Es un lazo, no es comida! —grité.
—¡Es comida si se lo come!
—¡Doña Piedad! —grité yo—. ¿Un lazo cuenta como comida?
Doña Piedad se quedó un momento pensando, con la libreta en la mano, y luego dijo, con una solemnidad que le salía del alma:
—El lazo no es comida, pero el reglamento dice que la cabra no puede comerse nada por el camino. —Consultó los tres folios—. Pero un lazo es algo.
—¡Eso es trampa! —gritó Bruno.
—¡Eso es el reglamento! —gritó Andrés.
En mitad de aquel lío, con las dos parejas discutiendo y medio pueblo decidiendo a gritos quién tenía razón, ocurrió lo único que podía ocurrir: que Remedios, aprovechando que nadie la miraba, tiró del carrito, arrancó el lazo a medio masticar, y cruzó la meta ella sola.
Con nosotros dentro.
—¡Han llegado! —gritó la tía Pili, desde el balcón—. ¡Han llegado! ¡Ganadores!
—¡Con trampa!
—¡Con cabra!
—¡Con cabra y con trampa, que es lo mismo que decir con cabra!
Doña Piedad tardó veinte minutos en decidir, y al final decidió lo que decidía siempre: que ganara la pareja que había dado el mejor espectáculo, «que es de lo que se trata en una feria», y nos dio la prueba por ganada, con diploma y todo, entre los aplausos del pueblo y las protestas de Andrés.
Yo levanté el diploma, y me reí, y Bruno me miró y se rió conmigo, y por un momento, solo por un momento, se me olvidó todo lo demás.
Hasta que, al bajar de la plaza, cuando el pueblo empezó a recoger, me encontré con Vera, y Vera, que llevaba toda la mañana mirándome, me cogió del brazo y me llevó a un lado.
—¿Y ahora me vas a decir qué te pasa?
—Nada.
—Nuria, llevas una semana con la cara de estar en otro sitio. Bruno también. Hoy, en la carrera, os he visto reíros como dos críos, y a los cinco minutos, cada uno por su lado. —Me miró—. Así que dime qué pasa, o te juro que cojo la cabra y te la meto en el obrador.
—Vera.
—Dime.
Le conté todo. A Vera le conté todo, que es para lo que están las amigas: la servilleta, Iván, Sofía, la duda, la noche que no llamé a Bruno, el miedo. Todo, de un tirón, sentadas en el banco de piedra de la plaza, con el pueblo recogiendo alrededor y el frío del diciembre en la cara.
Vera escuchó sin interrumpir una sola vez, y cuando terminé, se quedó un momento callada, y luego hizo lo que hacía siempre: decir la verdad, sin adorno y sin anestesia.
—Nuria, ¿puedo decirte una cosa?
—Dila.
—Te estás comportando como una cobarde.
Me quedé de piedra.
—Vera…
—No, escúchame. —Se giró hacia mí—. Llevas tres meses en este pueblo diciéndole a todo el mundo que no sabes si te quedas.
Bruno te lo ha dado todo: su tiempo, su casa, su padre, su lápiz, su vida entera.
Tú, cada vez que te asustas, te escondes, y le echas la culpa a una servilleta, a un móvil, a un ex, a lo que sea, para no tener que decirle la única cosa que tienes que decirle.
—Que ya no sé si quiero decírsela.
—Eso es mentira y lo sabes. —Me cogió la mano—. Lo que pasa es que tienes miedo. Miedo de quedarte y que salga mal. Miedo de irte y arrepentirte. Miedo, en general, de elegir. Porque mientras no eliges, no te equivocas. ¿Me equivoco?
Me quedé mirándola, con los ojos llenos de agua, y no dije nada, porque no podía, porque Vera acababa de decir en voz alta, en un banco de plaza, la cosa que yo llevaba tres meses sin atreverme a decirme ni a mí misma.
—¿Y sabes qué es lo peor? —dijo Vera.
—¿Qué?
—Que mientras tú te escondes, hay un hombre en ese pueblo que se está quedando sin padre, sin casa, sin clínica y sin nada, y que aun así, esta mañana, le ha hablado al oído a una cabra para que tú pudieras ganar un diploma de mierda.
—Se levantó—. Piénsalo, Nuria. Cuando lo hayas pensado, deja de esconderte y ve a decírselo.
Porque si no lo haces, y un día se te acaba el tiempo, vas a pasarte toda la vida preguntándote qué habría pasado si hubieras sido valiente una sola tarde.
Se fue, con su abrigo y su bufanda, dejándome sola en el banco de piedra de la plaza, con el diploma de la cabra en las manos y el corazón, por primera vez en tres meses, sin ninguna duda de lo que tenía que hacer.
Aquella noche, en el obrador, decidí que se lo diría.
Que le diría a Bruno Ansorena, sin una sola condición y sin una sola regla, que me quedaba.
Me pasé la noche entera ensayando, con la servilleta de la abuela en el cuello y la del pacto en el bolsillo, la manera de decirle, con todas las letras, las tres palabras que llevaba desde octubre sin atreverme a decir en voz alta.
No sabía, mientras las ensayaba, que al otro lado del pueblo, en la sede de la feria, doña Piedad acababa de anunciar, en el grupo de WhatsApp, la fecha de la gala final.
Que la fecha de la gala final era el veinticuatro de diciembre.
La misma noche en que Sofía tenía que darle a Bruno su respuesta sobre el bajo.
La misma noche, por lo tanto, en que Bruno Ansorena iba a tener que elegir, delante de todo el pueblo y con la servilleta de nuestro pacto colgando de un hilo, entre su vida entera y la mía.