Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 37 · La duda
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Capítulo 37 · La duda

La duda

A Emilio lo enterraron un martes de diciembre, con niebla y con lluvia fina, que en aquel pueblo es la manera de decir que alguien se va con el tiempo a favor.

Vino todo el pueblo. Vino doña Piedad con la libreta guardada en el bolso, porque hasta doña Piedad sabía que hay días en que no se apunta nada.

Vino la tía Pili, y lloró, y le puso a Bruno la mano en el brazo.

Vino Vera, y no dijo nada, y me cogió de la mano todo el entierro.

Vinieron las cinco señoras del jurado, y don Cándido, y Ramón del bar, y hasta Sofía Rego vino, de negro, con la cara seria, y se quedó en la última fila, sin acercarse, mirando a Bruno desde lejos como se mira a alguien que fue tuyo y ya no lo es.

Bruno, en el entierro de su padre, no lloró una sola vez.

Hizo todo lo que había que hacer. Llevó el féretro, dio las gracias a todo el mundo, firmó los papeles, aceptó los abrazos, dijo las palabras justas en el momento justo.

Cuando el cura terminó, y la gente empezó a irse, y el cementerio se quedó con las flores y con la niebla, Bruno se quedó de pie delante de la tumba de su padre, al lado de la tumba de su madre, con las manos en los bolsillos y la vista en las dos lápidas, y ahí, sin público y sin testigos, tampoco lloró.

—Bruno —dije, a su lado.

—Estoy bien.

—No tienes que estar bien.

—Ya lo sé. —Se giró hacia mí—. Pero estoy bien, Nuria.

De verdad. Mi padre se ha ido como tenía que irse: en paz, conmigo al lado y sabiendo que yo estoy bien.

Le he dicho lo que le tenía que decir. —Me miró, y en sus ojos había una calma nueva, una calma de hombre que ha cerrado una puerta—.

Es lo único que le pedía a la vida, y me lo ha dado. Estoy bien.

Lo estaba. Por primera vez en tres meses, Bruno Ansorena estaba bien, y yo, que llevaba todo el otoño queriendo verlo bien, comprendí, mirándolo delante de la tumba de su padre, que aquello, precisamente aquello, era lo que menos me podía permitir.

Porque un hombre que ha enterrado a su padre y ha cerrado la cuenta con su vida entera está libre.

Un hombre libre, pensé yo, con la servilleta de Iván clavada como una espina, no necesita a nadie que le recuerde lo que le costó quedarse.

Fue Vera la que me dijo, aquella misma tarde, la cosa que me faltaba por oír.

—¿Te has enterado? —dijo, sentada en el poyo del obrador, con un café entre las manos.

—¿De qué?

—De Sofía. —Bajó la voz—. Dicen que le ha dicho a doña Piedad que va a retirar la oferta del bajo. Que ha decidido no venderle el local a Andrés y dejar que Bruno siga con la clínica.

Me quedé con la taza en el aire.

—¿Y eso por qué?

—Por el padre. —Vera se encogió de hombros—. En los pueblos, cuando alguien se muere, la gente se vuelve buena una temporada. Ya sabes cómo funciona.

—¿Y tú te lo crees?

Vera me miró un segundo de más.

—No —dijo—. Yo no me lo creo nada. Tú tampoco deberías.

Aquella tarde, sin decirle nada a nadie, fui a ver a Sofía.

La encontré en el estanco, detrás del mostrador, despachando tabaco a un señor, y cuando me vio, no se sorprendió. Cerró la caja, le dijo al señor que volviera en un rato, puso el cartel de cerrado, y se quedó de pie frente a mí con los brazos cruzados.

—Sabía que vendrías —dijo.

—Iván dice que tienes una foto de una servilleta.

—Iván dice muchas cosas.

—Sofía, ¿tienes la servilleta?

Sofía me miró un rato largo, con esa sonrisa suya que no le llegaba nunca a los ojos, y luego, muy despacio, metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó de allí, doblada en cuatro, gastada de llevarla encima, una servilleta de papel con cuatro reglas escritas a boli y dos firmas al pie.

La puso sobre el mostrador.

—Aquí está.

Me quedé mirándola, y el suelo se me movió bajo los pies.

—¿De dónde la has sacado?

—Me la dio Bruno.

—Mientes.

—¿Y por qué iba a mentir? —Se encogió de hombros—.

Te lo voy a contar tal cual, porque a estas alturas ya me da igual.

Bruno vino a verme hace tres semanas, después de lo de la notaría, para hablar del bajo.

En mitad de la conversación, sacó esto del bolsillo y me lo puso delante.

Me dijo: «Esto es lo que hay, Sofía. Esto es lo que empezó a ser todo.

Si algún día me preguntas si la quiero de verdad, te enseño esto y te digo que esto, esto que empezó siendo un papel, es lo mejor que me ha pasado nunca».

Me llevé la mano a la boca.

—¿Y por qué te lo dio a ti?

—Porque no me lo dio. —Sonrió—. Me lo dejó encima de la mesa. Yo, cuando me fui, me lo llevé. —Se recostó en el mostrador—. ¿Y sabes por qué me lo llevé, Nuria? Porque lo vi, ahí, en aquel papel, toda la verdad de vuestra historia. Porque, si un día tenía que hundiros, con esto lo tenía todo.

—¿Y ahora qué vas a hacer con ella?

Sofía se quedó un momento callada, mirando la servilleta, y luego hizo lo que no me esperaba: la cogió, la dobló otra vez en cuatro, y me la tendió por encima del mostrador.

—Toma.

Me quedé sin reaccionar.

—Cógela —dijo—. Es tuya. Siempre ha sido tuya.

Yo me equivoqué con Bruno hace nueve años y llevo nueve años pagándolo, y me he dado cuenta, viéndoos este otoño, de que el error no fue suyo ni mío, sino de los dos, por decirnos que no a tiempo.

—Me miró—. Yo no os voy a hundir. Ni Iván os va a hundir.

El que os va a hundir, si os hundís, seréis vosotros.

Cogí la servilleta. La tuve en la mano, arrugada y suave de tantas veces doblada, con la letra apretada de Bruno y la mía temblorosa, y por un momento, solo por un momento, sentí un alivio tan grande que me dieron ganas de llorar ahí mismo, en el estanco, delante de la mujer que llevaba tres meses queriendo quitarme a Bruno.

—¿Por qué me lo cuentas todo esto? —pregunté.

Sofía se encogió de hombros, y por primera vez en todo el otoño, la sonrisa le llegó a los ojos.

—Porque este pueblo es pequeño, Nuria, y yo, con el tiempo, quiero poder volver a la panadería sin que la panadera me mire mal.

Salí del estanco con la servilleta en el bolsillo del abrigo y el corazón más ligero de lo que había estado en semanas, y por la calle, andando hacia el obrador, me fui repitiendo que todo tenía explicación, que Bruno nunca me había traicionado, que la duda había sido un invento de Iván, y que, en cuanto llegara a casa, iba a llamar a Bruno y contarle todo, y decirle por fin, con las palabras que llevaba tres meses guardando, que me quedaba.

Entonces, al doblar la esquina de la plaza, me paré en seco.

Porque delante de la clínica, en la bajada del puerto, estaba el coche de Bruno, y al lado del coche de Bruno estaba Bruno, de espaldas, y delante de él, muy cerca, hablándole muy bajo y con una mano en su brazo, estaba Sofía.

La misma Sofía que me acababa de dar la servilleta.

La misma Sofía que acababa de jurarme que no quería hundirnos.

Me quedé en la esquina, con la servilleta en el bolsillo y el corazón otra vez desbocado, y no me atreví a acercarme, y no me atreví a irme, y me quedé allí, mirándolos desde lejos, hasta que Sofía se subió a su coche y se fue, y Bruno se quedó solo en la acera, de pie, mirando cómo se alejaba, con las manos en los bolsillos y una cara que yo, desde la esquina, no supe leer.

Aquella noche, en la cocina del obrador, con la servilleta encima de la mesa y el móvil en la mano, no llamé a Bruno.

No le conté nada.

Me di cuenta, con un frío que no era de diciembre, de que aquello, el no llamarlo, el no contárselo, el volver a guardarme las cosas por si acaso, era exactamente lo que Iván había querido que hiciera.

Porque un hombre que te ha querido antes que nadie conoce el camino más corto hasta tus miedos.

Lo único que tenía que hacer era recordármelos, uno detrás de otro, hasta que no me quedara ninguno en pie.