Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 36 · La servilleta
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Capítulo 36 · La servilleta

La servilleta

Fui a la clínica al día siguiente con el móvil en la mano y la foto de la servilleta grabada en la cabeza, y entré sin llamar, como entraba siempre, y me encontré a Bruno de espaldas, poniéndole una inyección a un perro viejo que lo miraba con una paciencia infinita.

—Nuria —dijo, sin girarse, porque me conocía el paso—. Siéntate, que termino.

—No vengo a sentarme.

Algo en mi voz debió de sonarle mal, porque se giró, con la jeringuilla en la mano, y me miró un segundo, y luego, muy despacio, con esa calma suya que le salía cuando estaba asustado, terminó de ponerle la inyección al perro, le dio dos golpes suaves en el lomo, se lavó las manos, y se quedó de pie frente a mí, esperando.

Le enseñé el móvil.

—Explicámelo.

Bruno miró la foto de la servilleta, y luego me miró a mí, y en su cara no pasó nada, lo cual, tratándose de Bruno, quería decir que estaba pasando todo.

—Iván ha estado en tu obrador —dijo.

—Iván ha estado en mi obrador, sí. Me ha dicho que él tiene esta foto, y que tú sabes por qué.

—Me tembló la voz—. Me ha dicho una cosa que me ha dejado sin dormir, Bruno.

Me ha dicho que si él sabe lo que pone en esa servilleta, es porque alguien se lo ha contado.

Esa servilleta, esa servilleta con esas palabras, la escribimos tú y yo solos.

Bruno se quedó un momento callado, con la vista puesta en el suelo, y luego hizo lo que hacía siempre: contestar la verdad cuando más le costaba.

—Yo se lo conté —dijo.

Me quedé clavada en el sitio.

—¿Qué?

—No así. No con la servilleta. —Levantó la vista—.

Pero se lo conté. Hace tres semanas, en la feria.

Sofía me paró, me dijo que le extrañaba que yo, que nunca me había apuntado a nada, me hubiera metido en un concurso con una mujer a la que conocía de dos meses.

Me preguntó, a la cara, si aquello era de verdad.

—¿Y tú qué le dijiste?

—Le dije la verdad.

—¿Y qué verdad, Bruno? ¿Cuál?

—Le dije que habíamos empezado con un pacto.

—Se pasó una mano por el pelo—. Le dije que sí, que al principio era un acuerdo, que necesitábamos las dos cosas, tu obrador y mi local, y que por eso nos habíamos apuntado.

Le dije que sí, que había habido una regla, la de no enamorarse, y que esa regla la habíamos roto.

Le dije todo, Nuria. Le dije todo menos una cosa: que lo que yo siento por ti no ha sido nunca parte del trato.

Me quedé de pie en medio de la clínica, con el móvil en la mano, y sentí, al mismo tiempo, dos cosas que no sabía que se pudieran sentir juntas: un alivio enorme, porque todo tenía explicación, y un frío por dentro, porque aquel hombre, el que yo quería, había contado la historia más importante de nuestra vida a la mujer que quería quitármelo de en medio.

—¿Por qué? —dije—. ¿Por qué se lo contaste a ella y no me lo dijiste a mí?

—Porque me pilló. —Me miró—. Porque yo, cuando me pillan, digo la verdad, que es la única cosa que sé hacer.

En aquel momento me pareció que contárselo me libraba de algo: de que ella pensara que yo te estaba usando para el concurso.

Quería que supiera que lo nuestro era de verdad, Nuria. Quería que lo supiera todo el mundo.

—Y ella, en vez de entenderlo, lo apuntó en la libreta y se lo llevó a Iván.

—Eso parece.

—Bruno, ¿te das cuenta de lo que has hecho? —Se me rompió la voz—. Tienes a la única persona del pueblo que puede destrozarnos con una foto en el móvil, y esa foto la tiene porque tú le contaste la historia con tus palabras.

—Lo sé.

—¡Y hay una gala en tres semanas!

—Lo sé.

—¡Y el premio es tu clínica!

—¡Y tú eres mi vida! —gritó, y el grito nos dejó a los dos callados, y el perro viejo levantó la cabeza desde su manta, y Bruno se pasó las dos manos por la cara y se sentó en el taburete, agotado, como un hombre al que se le ha caído encima todo el otoño de golpe—.

¿Es que no lo entiendes, Nuria? La clínica me da igual.

El bajo me da igual. El concurso me da igual.

Lo único que no me da igual eres tú. Si para que tú te quedes tengo que perder todo lo demás, lo pierdo.

Si para que tú te quedes tengo que contarle mi vida al vecindario, se la cuento.

Lo que no puedo es seguir con esto a medias, medio fingiendo, medio queriendo, sin saber nunca si te vas a ir.

Me quedé mirándolo, con el corazón partido, y en aquel momento, en la puerta de la clínica, apareció una enfermera del hospital, con la bata puesta y la cara de las malas noticias.

—Perdonad —dijo—. ¿Bruno Ansorena?

—Soy yo.

—Vengo del hospital. Su padre le está buscando. —Bajó la voz—. Ha empeorado esta noche. El médico dice que no le queda mucho.

Bruno se levantó tan rápido que tiró el taburete, y cogió el abrigo, y ya en la puerta, con la mano en el pomo, se giró hacia mí, y me dijo, con una voz que no le había oído nunca, una voz de niño:

—¿Vienes?

—Voy.

Fuimos al hospital, los dos, en su coche, y durante todo el camino no hablamos, porque no había nada que hablar, y en la habitación, cuando llegamos, Emilio estaba sentado en la cama, con las gafas puestas y las manos sobre la manta, y al ver a su hijo, se le iluminó la cara como se le ilumina la cara a un padre cuando ve entrar a su hijo por una puerta.

—Bruno.

—Padre.

—Y la pastelera. —Me miró, y me sonrió—. Ven, hija, siéntate aquí, que quiero decirte una cosa.

Me senté en la silla, junto a la cama, y Emilio me cogió la mano con sus manos grandes y torcidas, las manos de Bruno pero viejas, y me miró a los ojos, y me dijo:

—Cuídamelo.

—Emilio.

—Cuídamelo, que es un buen chico y se lo merece.

—Me apretó la mano—. Toda la vida solo, desde que se le fue la que había.

Toda la vida trabajando, sin darse ni un gusto, por mí.

Ahora, por fin, se le ha puesto la cara que le veía de pequeño.

—Sonrió—. ¿Sabes cuándo le he visto yo esa cara?

Cuando dibujaba. Cuando era un crío y se pasaba las tardes con el lápiz.

No le he visto esa cara hasta que has llegado tú.

Me puse a llorar, y no me dio vergüenza, porque Emilio lloraba también, y a su lado, de pie, Bruno tenía los ojos rojos y las manos metidas en los bolsillos para que no le temblaran.

—Padre, no digas esas cosas, que todavía…

—Que todavía nada. —Emilio me soltó la mano y se recostó en la almohada—. Yo ya he vivido. He vivido bien, aunque digáis que no. He tenido un hijo que es lo mejor que he hecho en mi vida. De eso no me arrepiento. De una sola cosa me arrepiento.

—¿De qué? —preguntó Bruno, con la voz rota.

—De la beca. —Emilio cerró los ojos—. De habértela quitado sin saber que te la estaba quitando.

De haberme puesto malo justo entonces. De que hace veintiún años tú tuvieras que elegir entre tu vida y la mía, y de que yo, desde esta cama, después de tanto tiempo, todavía no te haya oído decir que me perdonas.

—Padre.

—Dímelo. —Abrió los ojos y miró a su hijo—. Dímelo, que quiero oírlo.

Bruno se acercó a la cama, se sentó en el borde, cogió la mano de su padre con las dos suyas, y le dijo, muy despacio, con la voz que se le rompía por dentro:

—Padre, no tienes nada que perdonarte. La beca no era nada. Tú eras todo.

Emilio Ansorena, el hombre que había estado catorce años cuidando la culpa de su hijo sin saberlo, cerró los ojos, y sonrió, y se durmió con la mano de Bruno en la suya, y aquella noche, a las cuatro de la mañana, mientras Bruno le velaba el sueño desde una silla y yo miraba por la ventana del hospital la niebla subiendo por el monte, el viejo se apagó sin ruido, como se apagan las cosas que ya han dado todo lo que tenían que dar.

Bruno no lloró. Se quedó de pie, al lado de la cama, mirando el cuerpo de su padre, y luego salió al pasillo, y yo salí con él, y en el pasillo, con las manos en los bolsillos y la vista en la pared, me dijo la única cosa que se puede decir en un momento así.

—Ya está.

—Ya está —dije.

Nos quedamos los dos abrazados en aquel pasillo que olía a hospital, y aquel abrazo fue, creo, la primera vez desde octubre en que ninguno de los dos tuvo que fingir nada.

Ni la fuerza, ni las ganas, ni el miedo.

Solo un hombre que acababa de quedarse sin padre, y una mujer que, por primera vez, entendía de verdad lo que significaba para él aquel pueblo, aquella casa, aquella clínica, aquella vida que yo llevaba tres meses pensando en quitarle sin darme cuenta.

Así, entre la muerte de un viejo bueno y las palabras de una servilleta, se me juntaron en el pecho la pena y la culpa, y ya no supe cuál de las dos me iba a romper primero.