Capítulo 35 · Las dos últimas pruebas
Las dos últimas pruebas
Las dos últimas pruebas antes de la gala final se anunciaron el lunes siguiente, en un cartel que doña Piedad colgó en la puerta del ayuntamiento con la solemnidad de un bando, y eran, como no podía ser de otra manera en aquel pueblo, una cosa seria y una cosa absurda.
La seria era la carrera de cabras, que se celebraba todos los años por la feria y que consistía, exactamente, en eso: en una carrera de cabras por la calle principal, con las cabras atadas a un carrito y las parejas tirando del carrito, y ganaba la que llegara antes a la plaza sin que la cabra se comiera nada por el camino, cosa que, según me explicó Vera, no había ocurrido nunca en la historia del concurso.
La absurda era la gala final, que ese año, por la coincidencia del centenario de la feria, consistía en una «boda simulada» de todas las parejas del concurso, cada una con su vestuario, su ceremonia y su banquete, y el jurado valoraba «la verosimilitud, el sentimiento y la originalidad».
—Una boda —dije, al leer el cartel.
—Una boda —dijo Bruno, a mi lado.
—Simulada.
—Simulada.
Nos quedamos los dos mirando el cartel un rato largo, y en el rato largo que estuvimos mirándolo, ninguno de los dos dijo la única cosa que los dos estábamos pensando, y que era, exactamente, que una boda simulada de una pareja que fingía estar junta era, a esas alturas, la cosa menos fingida de toda nuestra historia.
—Podríamos hacerlo —dijo Bruno, al fin.
—¿La boda?
—La boda. —Se giró hacia mí—. Que parezca de verdad.
—Bruno, no es de verdad.
—Ya lo sé.
—Es un concurso.
—Ya lo sé.
—Y además, ¿tú te acuerdas de que esto empezó con un pacto en una servilleta y una regla que decía prohibido enamorarse?
Bruno se quedó un momento callado, con las manos en los bolsillos, mirando el cartel, y luego dijo la frase que, con el tiempo, entendería que había sido el principio del final.
—Nuria —dijo—, esa regla la rompimos hace mes y medio, y desde entonces, todo lo que hacemos, lo hacemos de verdad. Lo único fingido que nos queda es que no lo digamos en voz alta.
Me quedé mirándolo, con el corazón en la garganta, y por primera vez desde octubre estuve a punto de decirle, ahí, delante del cartel del ayuntamiento, lo que llevaba meses sin decirle.
Que lo quería. Con todas las letras. Que me quería quedar. Que quería la boda simulada y una de verdad, y el obrador, y la clínica, y él, y el pueblo, y hasta la cabra.
En ese momento, en el momento exacto en que iba a decirlo, sonó mi móvil.
Era un mensaje del número desconocido.
Debajo del mensaje, una foto.
La foto era de una servilleta. Una servilleta de papel, escrita a boli, con cuatro reglas y una firma, la letra apretada de Bruno arriba y la mía temblorosa abajo, y en medio, en el centro, la que había sido nuestra primera mentira y nuestra última verdad.
«Reglas de este pacto:
1. Doce pruebas.
2. Nada de amor.
3. Al final, cada uno por su lado.»
Debajo, en el mensaje, tres palabras.
«¿Lo sabe el jurado?»
Me quedé fría. El mundo, de golpe, se me quedó sin sonido.
Porque aquella servilleta era la prueba, la prueba física, la prueba que se podía enseñar delante de un jurado, de que todo lo nuestro había empezado siendo una mentira, y de que, si alguien la hacía pública antes de la gala final, no solo nos descalificaban a nosotros: hacían que el pueblo entero, las señoras del jurado, doña Piedad, la tía Pili, todos los que nos habían aplaudido en la plaza con cariño de verdad, supieran que habían estado aplaudiendo un teatro.
—¿Qué pasa? —dijo Bruno.
Le enseñé el móvil. Se quedó blanco.
—¿De dónde ha salido eso?
—No lo sé. Del mismo sitio que lo de la foto tuya con Sofía. Del mismo sitio que lo del rotulador en el cristal. —Lo miré—. Bruno, esa servilleta la tenías tú.
—La tenía en el bolsillo del abrigo. La llevé encima todo el otoño.
—¿Y cuándo te la quitaste?
Bruno se quedó un momento pensando, con la cara cada vez más seria, y luego se llevó la mano al bolsillo del abrigo que llevaba puesto, y sacó la cartera, y rebuscó dentro, y no estaba.
—No está —dijo—. Llevo un mes sin mirar. Se me cayó en algún sitio. —Levantó la vista—. O me la sacaron.
—¿Quién?
—Alguien que ha estado cerca de mi abrigo.
Nos quedamos los dos en la puerta del ayuntamiento, con la gente pasando a nuestro alrededor, y yo vi pasar por la cara de Bruno, una detrás de otra, todas las veces que aquel otoño se había quitado el abrigo en público: en el magosto, junto a la hoguera; en la feria, en el puesto; en el bar, el día de la sidra; en el pabellón, la noche de la verbena; en el pote, el sábado.
—No importa quién —dije—. Importa que lo tienen, y que quieren usarlo.
—No van a usarlo.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Porque si quisieran usarlo, no te habrían avisado. —Me miró—. Te habrían dejado caer en la trampa sin avisar. El que avisa quiere algo.
—¿El qué?
Bruno tardó en contestar. Se le estaba formando, en la cara, esa expresión suya de cuando ya había entendido algo y no le gustaba nada.
—Quiere que juguemos con miedo —dijo—. Quiere que, en la gala, no podamos estar tranquilos. Quiere que nos delatemos solos.
Aquel día no hice nada más. Volví al obrador, hice tarta, atendí a los clientes, y por la tarde, cuando ya estaba anocheciendo, me llamaron a la puerta y me encontré, en el umbral, a Iván.
—Nuria. —Sonrió—. ¿Podemos hablar?
Me quedé un momento con la puerta abierta, mirándolo, con el delantal de mi abuela puesto y las manos llenas de harina, y caí en la cuenta de que estaba tan cansada de aquel hombre, de sus apariciones y de sus mensajes y de sus sonrisas, que ni siquiera sentí miedo.
—Pasa —dije.
Entró, se quedó de pie en medio del obrador, mirando las paredes, las fotos, la máquina de mi abuelo, y luego se giró hacia mí y dijo, sin preámbulos, la cosa por la que llevaba tres meses dando vueltas.
—Vete del pueblo.
—¿Perdona?
—Vete del pueblo, Nuria. Antes de la gala. Vende el obrador, coge el dinero y vete. —Se acercó—. Te lo digo por ti. Porque te conozco, y porque sé cómo acaba esto, y porque no quiero verte hacer el ridículo delante de todo un pueblo.
—¿De qué me estás hablando?
—De la servilleta. —Se metió las manos en los bolsillos—. De la regla número dos. De todo lo que has estado fingiendo este otoño con un hombre al que no conocías de nada.
Me faltó el aire.
—¿Eras tú.
—Soy yo, sí. —Se encogió de hombros—. Llevo toda la feria mirando. El rotulador en el cristal, la foto, los mensajes. Todo mío. Todo para que te fueras a tiempo y no te hicieras daño.
—¿Para que me fuera a tiempo? —Se me rompió la voz de la rabia—. Iván, tú me dejaste plantada la víspera de Nochebuena. Tú me has estado enviando fotos para que dejara a Bruno. Tú le has ofrecido a Bruno un trato para que me echara. ¿Y ahora me vienes a decir que es por mi bien?
—Es por tu bien. —Me miró, y por un segundo, en la cara de Iván, vi algo que no le había visto nunca, y que tardé en reconocer, y que cuando lo reconocí me dio más pena que miedo—.
Yo te perdí, Nuria. Cuando volví a verte aquí, con él, con este pueblo, con toda esta vida que no es la tuya, me di cuenta de que te has metido en algo que no te corresponde.
Este no es tu sitio. Tu sitio es la ciudad, conmigo, con tu trabajo, con gente como nosotros.
—Vete.
—Nuria.
—Vete de mi obrador.
Salió, y yo me quedé sola, con el corazón latiéndome en los oídos, apoyada en la mesa de mármol de mi abuela, y al cabo de un rato, cuando se me pasó el temblor, me di cuenta de una cosa que me heló por dentro.
Iván había dicho que sabía lo de la servilleta.
Pero la servilleta, el contenido de la servilleta, la regla dos, eso solo lo sabíamos dos personas en el mundo.
Bruno, y yo.
En mi cabeza, que a esas horas ya no funcionaba con la lógica sino con el miedo, empezó a formarse una pregunta que no me atrevía a hacerme, pero que ya estaba dentro, y que ya no iba a salir.
¿Cómo sabía Iván lo que ponía en aquella servilleta?
¿Cómo lo sabía, si la servilleta se había perdido del bolsillo del abrigo de Bruno?
Si se la había dado Bruno, si Bruno andaba en tratos con el hombre que llevaba dos meses intentando echarme del pueblo, entonces todo lo de aquel otoño, la boda, las tartas, la lluvia, el pote, mi abuela, sus manos en mi cara, su risa con el gato, todo, absolutamente todo, había sido una mentira, y yo la había creído como se creen las mentiras que uno quiere creer.
Me senté en el suelo de la cocina, con la espalda contra la puerta del horno, y me quedé allí toda la noche, con el móvil en la mano y la foto de la servilleta en la pantalla, sin llorar, sin dormir, sin hacer nada.
Esperando a que amaneciera para poder preguntarle a Bruno, cara a cara, la única cosa que me quedaba por preguntarle.
Con el miedo, ya metido en los huesos, de que la respuesta me rompiera la vida entera.