Capítulo 34 · La tregua
La tregua
Los tres días que siguieron a la pelea fueron los peores de todo el otoño.
No fueron malos porque pasara algo. Fueron malos porque no pasó nada, y el no pasar nada, en un pueblo, es la peor clase de tormenta.
El obrador se quedó sin clientes, porque en Villamar de la Ría todo el mundo sabía ya que la pastelera y el veterinario habían discutido, y nadie quería entrar en la tienda de una mujer que estaba triste, no por falta de cariño, sino por exceso.
La panadera me miraba con lástima al darme el pan.
El del quiosco me preguntó dos veces por Bruno.
Doña Piedad pasó por delante del obrador y no entró, lo cual, tratándose de doña Piedad, era un parte de guerra.
Bruno, en tres días, no apareció.
Supe de él, como todo el pueblo, por el grupo de WhatsApp.
Que si había estado en el hospital. Que si su padre seguía ingresado.
Que si le habían visto comprando una barra de pan a las ocho de la mañana con la cara de no haber dormido.
Que si la pastelera estaba triste. Que si qué habría pasado.
Que si sería por lo del restaurante. Que si se van a separar.
Que no, hombre, que no. Que ya veremos, que ya veremos.
Yo leía el grupo por la noche, tumbada en la cama, con el móvil caliente en la mano, buscando entre cuarenta mensajes de vecinos un mensaje suyo que no llegaba, y cada noche me dormía con la sensación de haber perdido algo que no había llegado a tener del todo.
El sábado por la mañana me levanté con una idea fija, la de la nota de doña Piedad, y decidí ir a la prueba del pote aunque fuera sola.
Porque, pensándolo bien, doña Piedad tenía razón en una cosa: el pueblo tenía que verme de una vez por lo que era.
Llevaba tres meses en Villamar de la Ría siendo la novia de Bruno, la pareja del concurso, la que fingía; y en todo aquel tiempo, muy poca gente me había visto como lo que había ido a ser: una pastelera que había vuelto al obrador de su abuela.
Así que aquella mañana, en vez de quedarme en la cama compadeciéndome, me puse el delantal de mi abuela, el de flores azules, el que ella llevaba siempre, cogí la olla grande de hacer el pote y me fui andando a la plaza, donde el pueblo había montado la prueba del pote.
El pote, para quien no lo sepa, es un cocido del norte, de berzas, de alubias y de hueso de cerdo, de los que se comen en invierno para entrar en calor, y la prueba del concurso consistía en que cada pareja hiciera el suyo en una olla de barro, en la plaza, delante de todo el mundo, con los mismos ingredientes, y que el jurado, después de probarlo todo, dijera cuál le había gustado más.
Cuando llegué, ya estaban allí las otras parejas con sus ollas, y estaba doña Piedad con la libreta, y estaban las cinco señoras del jurado, y estaban el tío Ramón del bar y la tía Pili y medio pueblo, y estaban, cómo no, Sofía y Andrés, que habían montado no una olla sino una batería de cocina entera, con un hornillo de gas y todo, con el aire de una feria gastronómica y no de una comida de domingo.
—Nuria, hija —dijo doña Piedad, al verme llegar con mi olla—. ¿Sola?
—Sola.
—Bueno, sola o acompañada, aquí lo que cuenta es el pote. —Me miró por encima de las gafas—. Me alegro de verte.
Me puse en mi rincón, encendí el fuego de leña, puse el agua a hervir y empecé a echar las cosas, y al principio me temblaban las manos, porque hacía meses que no cocinaba delante de nadie, y porque el pueblo me miraba, y porque había en la plaza una silla vacía al lado de la mía que todo el mundo veía y nadie decía.
Pero a los diez minutos, cuando el agua empezó a hervir y las berzas a soltar el olor, se me olvidó todo lo demás.
Porque cocinar es lo único que sé hacer de verdad, y cuando cocino, soy yo.
Se me van las manos solas, la cuchara va donde tiene que ir, la sal se cae en su punto, y en la cabeza no queda nada, ni deudas, ni notarías, ni hombres que no vienen, ni cartas de abuelas muertas.
Solo queda el pote, y el fuego, y el olor, y el calor en la cara.
—Eso huele bien —dijo una voz a mi espalda.
No me giré. Conocía la voz.
—Es cuestión de echarle el hueso primero —dije, sin mirarlo, revolviendo—. El hueso y el tocino, para que vaya haciendo el caldo.
—Ya.
Bruno se quedó de pie, a mi lado, sin decir nada más, y yo seguí revolviendo el pote con la vista en la olla, y él siguió a mi lado sin decir nada, y el pueblo, que llevaba tres días esperando aquella escena, fingió no estar mirando, que es la manera que tiene un pueblo de mirar.
—¿Me dejas? —dijo, al rato.
—¿El qué?
—Meter las alubias.
Le pasé las alubias, que era lo último que quedaba, y él abrió el paquete, y en vez de echarlas de golpe, como hace todo el mundo, las echó poco a poco, con la mano, dejándolas caer una a una desde arriba, como se echan las cosas que uno quiere que salgan bien.
—¿Y eso? —pregunté.
—Las alubias hay que echarlas así —dijo—. Para que no se rompan.
—¿Quién te ha enseñado eso?
—Mi madre. —Se limpió la mano en el pantalón—. Me lo enseñó de chico, cuando cocinábamos los domingos. Es lo único que me enseñó que no tenía que ver con animales. —Me miró—. Ni con botellas de sidra.
Ahí, en aquella tontería de las alubias, con Villamar entero alrededor y el pote hirviendo, empezó la tregua.
Estuvimos cocinando juntos toda la mañana.
Bruno pelaba, yo salaba; Bruno removía, yo probaba; y en cada uno de esos gestos pequeños, en cada vez que uno le pasaba algo al otro sin pedirlo, se nos fue rehaciendo, sin que ninguno de los dos dijera una palabra, todo lo que se nos había roto el jueves.
—Bruno —dije, cuando ya estaba el pote a punto.
—Dime.
—Te pedí perdón el otro día y no me dejaste.
—Ya.
—Y no es por lo que te dije. Bueno, también por lo que te dije.
Sobre todo por lo que te dije, que fue una crueldad y me lo llevo dentro y no me lo voy a perdonar yo en mucho tiempo.
—Tragué—. Es por todo. Por no haberte contado lo de la deuda.
Por prepararme para irme sin decírtelo. Por tomar la decisión del obrador sin ti.
Por hacer todo, en general, como quien está sola, cuando llevo tres meses sin estar sola ni un solo día.
Bruno dejó la cuchara, se limpió las manos y se giró hacia mí, y el pueblo, al verlo, se giró discretamente hacia otro lado, que en aquel pueblo quería decir que se giró hacia nosotros, pero con disimulo.
—Yo también te dije una cosa que no debía —dijo.
—Me dijiste la verdad.
—Te dije una verdad que no te tocaba a ti. —Bajó la vista—. Lo de que no has entendido nada. Eso no lo digo en serio, y lo digo en serio con todo el mundo menos contigo. Llevo tres días pensando cómo se le pide perdón a una persona que no te ha hecho nada malo, porque no se me ocurre la manera.
—Se pide con alubias —dije—. Ya lo has hecho.
Bruno me miró, y se rió, con aquella risa entera que solo le salía dos veces al año y que últimamente, por suerte, le salía más, y yo me reí también, y doña Piedad, desde la mesa del jurado, vio la risa y apuntó algo en la libreta, y la tía Pili, al verlo, soltó una lagrimita, y media Villamar, que llevaba tres días con el corazón en un puño, respiró.
—Vamos a decir una cosa —dijo Bruno, cuando se le pasó la risa.
—Dila.
—Vamos a dejar de decidir el uno por el otro. —Me miró—. Yo no vendo la casa de mi padre sin hablarlo contigo. Tú no vendes el obrador sin hablarlo conmigo. Ni tú te vas sin decírmelo, ni yo me quedo sin preguntarte. Todo, de hoy en adelante, a dos voces. ¿Trato?
Me quedé un momento mirándolo, con la cuchara del pote en la mano y el olor de las berzas subiendo.
—Trato —dije.
Bruno me tendió la mano, como el día del pacto en la servilleta, y yo se la estreché, con las palmas manchadas de caldo, y el pueblo, que lo vio todo, se puso a aplaudir, y doña Piedad se levantó y dijo en voz alta que aquello, «eso sí que era una prueba superada», y nos señaló con la libreta, y la tía Pili lloró abiertamente, y Ramón, desde el bar, sacó una botella de vino dulce y nos la trajo.
El pote, lo digo con todo el orgullo de mi abuela, lo ganamos nosotros.
No porque fuera el mejor, que a lo mejor lo era, sino porque, cuando el jurado llegó a probar el nuestro, el pote tenía el punto exacto del de mi abuela, y doña Piedad, después de probarlo, se quedó un momento con los ojos cerrados y dijo, para que lo oyera todo el pueblo, la única cosa que yo llevaba tres meses queriendo oír.
—Esta es la cocina de Matilde. —Dejó la cuchara—. Aquí ha habido mano, y esa mano es la de su nieta, y en este pueblo, cuando alguien tiene mano, lo decimos.
Aplaudieron todos. Hasta Sofía aplaudió, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Andrés, el del dos estrellas, probó el pote y no dijo nada, que en un cocinero es la mejor crítica que hay.
Aquel día, al volver del pote, Bruno y yo fuimos al obrador, y por vez primera en mucho tiempo, entramos los dos por la misma puerta sin que ninguno de los dos tuviera que decir nada.
Aquella noche, con el obrador caliente y la lluvia en el cristal, hicimos lo que llevábamos tres días sin hacer, y esta vez no fue como la primera, en la buhardilla, con el temporal y el miedo y la regla rota.
Fue despacio, y con palabras, y con esa ternura rara de dos personas que han estado a punto de perderse y se han encontrado.
Cerramos la puerta con llave, y la llave, que otras noches había sido una precaución de concurso, aquella noche sonó a otra cosa: sonó a cosa nuestra.
Me cogió de la cintura por detrás, mientras yo colgaba el delantal de mi abuela en su clavo, y me quedé quieta un segundo, con la lluvia repiqueteando en el cristal y el horno todavía templado a la espalda, y dejé que me besara la nuca, despacio, sin ninguna prisa.
—¿Estás segura? —dijo, con la boca pegada a mi oreja, y no me lo preguntaba por él; me lo preguntaba por mí.
—Estoy segura.
Me giré, y nos quedamos a la distancia de un beso, mirándonos, y ninguno de los dos se movió durante un rato largo, porque los dos sabíamos que aquella noche no había público, ni jurado, ni temporal que nos empujara el uno hacia el otro, y eso, después de un otoño entero de excusas, era lo que más miedo daba y lo que más ganas tenía.
Me besó por partes, con una paciencia que no le conocía: primero la boca, luego el cuello, luego el hueco tibio de detrás de la oreja.
Yo le fui desabrochando la camisa de trabajo con las manos torpes de quien lleva tres días con las manos frías, y él dejó que se la quitara, y dejó que lo mirara, y me miró mientras yo lo miraba, sin esconder nada, sin la cara de piedra, sin el gesto de siempre.
—No apagues la luz —dije, cuando fue a darle al interruptor.
—¿Por qué?
—Porque llevo tres meses queriendo verte la cara.
Apagó la luz igual, porque a un hombre así no se le quita el ser así de un día para otro, pero antes encendió la vela de la mesilla, y con la vela nos quedamos, y a la luz de aquella vela, en el obrador de mi abuela, donde se había pesado harina toda la vida, Bruno Ansorena me quiso despacio, con las manos grandes y la boca hambrienta y esa manera suya de hacerlo todo con la seriedad de quien firma una cosa que piensa cumplir.
Fue bueno, y no lo digo por decir. Fue de las pocas cosas de todo aquel otoño que salieron exactamente como yo las había querido, sin un pero, sin una mentira y sin una regla por debajo.
Ya de madrugada, con la lluvia más floja y la vela a medio consumir, se incorporó sobre un codo y me pasó un dedo por la cara, de la frente a la boca, muy despacio, con la atención de quien repasa un mapa que no quiere olvidar.
—¿Qué haces? —susurré.
—Memorizarte. —Volvió a tumbarse—. Por si algún día me preguntas en qué pensaba la noche que ganamos el pote.
Me reí con la risa floja y los huesos blandos, y me acurruqué contra su costado, y no oí dentro de mí ninguna alarma, ni una sola voz que me recordara que aquello se acababa en primavera. Oí la lluvia, oí su corazón, y nada más.
—Nuria —me dijo, mucho después, con la voz dormida y la mano en mi pelo.
—Dime.
—Quiero que sepas una cosa, por si algún día lo dudas. —Me apretó contra él—. Yo no necesito que este concurso lo ganemos. Ni la concesión, ni el bajo, ni nada. Yo lo único que necesito es que, cuando se acabe todo esto, tú y yo sigamos en el mismo lado del mostrador.
Me quedé con los ojos abiertos en la oscuridad, mirando el techo del obrador de mi abuela, y no le contesté, porque no hacía falta, y me dormí, por primera vez en tres semanas, del tirón, como se duerme cuando por fin sabes dónde estás.
Lo que no sabía, cuando me dormí, era que al otro lado de la plaza, en la ventana de una casa que llevaba dos meses mirándonos sin que nosotros la viéramos, había una luz encendida a las tres de la mañana.
Detrás de aquella luz, alguien estaba escribiendo un mensaje.
Escribiendo, borrando, y volviendo a escribir.
Un mensaje que llevaba dos meses preparando.
Que al día siguiente iba a poner patas arriba todo lo que Bruno y yo acabábamos de reconstruir.