Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 33 · La pelea
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Capítulo 33 · La pelea

La pelea

La pelea empezó por una tontería, como empiezan todas las peleas de verdad, y terminó por todo lo que llevábamos tres meses sin decirnos.

Pasó el jueves. Yo llevaba desde el hospital con una idea fija en la cabeza, dándole vueltas día y noche, y había llegado a una conclusión que, en mi cabeza, era la única posible: que no iba a dejar que Bruno vendiera la casa de su padre por mí, y que la única manera de que Bruno no vendiera la casa de su padre por mí era vender yo el obrador a Andrés, pagar mi deuda, irme, y dejar que Bruno conservara su casa y su vida y a su padre.

Era, en mi cabeza, un sacrificio. Un sacrificio limpio y silencioso, de esos que se hacen por amor y no se cuentan.

Se lo dije a Bruno un jueves, en la cocina del obrador, con la tarta en el horno y el gato en la silla, de la manera más tonta posible: como quien da una buena noticia.

—He decidido venderle el obrador a Andrés.

Bruno, que estaba pelando castañas para la cena, se quedó con las manos quietas y una castaña a medio abrir.

—Repite eso.

—Que le voy a vender el obrador a Andrés. —Me puse a limpiar la encimera, sin mirarlo—. Su oferta cubre toda la deuda. Pago al banco, salgo limpia, y tú no tienes que vender la casa de tu padre. Nadie tiene que vender nada. Se arregla todo.

Bruno dejó la castaña en la mesa, muy despacio, y se limpió las manos en el delantal, y cuando levantó la vista, la cara que tenía no era la de piedra. Era otra, una que no le había visto nunca.

—¿Y tú dónde vas a vivir?

—En la ciudad. Ya encontraré algo.

—¿Y yo?

—Tú te quedas aquí. Con tu casa, con tu padre, con tu clínica si la salvas. —Sonreí, porque creía de verdad que aquello era una buena noticia—. Es lo mejor para todos, Bruno. De verdad.

Bruno se quedó un momento mirándome, y luego hizo algo que no me esperaba.

Se rió.

Se rió con una risa corta y fea, que no era una risa, y se pasó las dos manos por la cara, y luego me miró con algo que yo no había visto en él en tres meses: rabia. Rabia de verdad.

—Es lo mejor para todos —repitió—. ¿Y tú a quién le has preguntado?

—Bruno.

—¿A mí me has preguntado?

—No hace falta preguntarte. Es mi obrador. Es mi deuda.

—Ah, es tu obrador. —Se apartó de la mesa—. También es tu vida, y también es tu decisión, y también es tu problema, y también es tu todo, ¿verdad? Como siempre. Como cuando no me contaste la deuda. Como cuando te ibas a ir en primavera y no me lo dijiste. Tú sola, Nuria. Tú siempre sola.

—Eso no es justo.

—¿Sabes qué es lo que no es justo? —Se acercó—. Que yo he vendido la casa donde nací para que tú pudieras elegir, y tú has decidido no elegir, y encima te has quedado tan ancha.

—¡Te he librado de vender tu casa!

—¡Y me has dejado sin ti!

El grito nos dejó a los dos callados. El gato se bajó de la silla. En el horno, la tarta empezó a oler a tostado y ninguno de los dos se movió.

—Bruno —dije, con la voz temblando—, estoy intentando protegerte.

—No me protejas. —Se le quebró la voz—. Yo no soy un animal al que hay que curar, Nuria. Yo soy un hombre al que tú querías, ¿o no? ¿O eso también me lo he inventado yo?

—No te has inventado nada.

—Entonces dime por qué te vas.

—¡Porque si me quedo, te arruino! —Me salió del pecho, y una vez fuera, no pude pararla—.

Porque si me quedo, tú vendes la casa de tu padre, y después el pueblo se queda sin obrador y sin clínica, y al final pasan dos años y tú miras atrás y ves que lo único que has ganado es una mujer que te costó todo lo que tenías.

No quiero ser eso, Bruno. No quiero ser la mujer que te costó todo.

Bruno se puso rígido.

—¿Y crees que ese es mi cálculo?

—Es el mío.

—Ya. —Asintió despacio, con una calma que me dio más miedo que el grito—.

Entonces te lo voy a decir yo, una vez, clarito, para que no te confundas.

Yo no te quiero para que me arregles la vida, ni para que te arregle la vida yo a ti.

Yo te quiero para estar contigo, con la vida rota o entera, me da igual.

Porque estar contigo es mejor que no estar contigo, aunque me cueste la clínica.

Así de simple. Si eso no lo entiendes, es que en tres meses no has entendido nada.

—Es que tú tampoco entiendes lo que es deber dinero —dije, y noté que estaba llorando—.

Es que tú tampoco entiendes lo que es no poder mirar a tu madre a los ojos porque has hipotecado su casa.

Tú has elegido quedarte en este pueblo, Bruno, has elegido quedarte catorce años cuidando a tu padre, y yo llevo tres meses oyéndote decir que eso fue un sacrificio, cuando lo único que ha sido es una manera de no vivir.

En cuanto lo dije, me arrepentí.

Bruno se quedó blanco. Blanco del todo, con la cara de que le hubieran quitado la sangre, y durante un segundo entero no dijo nada, y en ese segundo yo vi cómo se le rompía algo por dentro, algo que llevaba catorce años aguantando el peso de un pueblo, de un padre, de una clínica, de una casa, de un lápiz que no cogía.

—Vete —dijo.

—Bruno.

—Vete, Nuria. —Se dio la vuelta hacia la ventana—. Vete a la ciudad, vende el obrador, paga tu deuda y olvídate. De mí y de todo esto. Ya te lo he dicho antes, hoy te lo digo en serio.

—Bruno, perdóname, no quería…

—No te estoy pidiendo que te disculpes. —Se giró, y tenía los ojos rojos—. Te estoy pidiendo que te vayas, porque si te quedas por lástima o por culpa, o por lo que sea que te tiene aquí atada, vamos a acabar haciéndonos mucho más daño del que ya nos hemos hecho esta noche.

Salí del obrador sin abrigo, con el frío de diciembre en la cara, y eché a andar por las calles del pueblo sin saber adónde iba, y acabé en el banco de la plaza, el mismo donde meses atrás Vera me había dicho que en Villamar todo era un club, y me senté allí, con las manos rojas de frío, y lloré como no había llorado desde que era niña.

Porque en aquella pelea, debajo de todo, había una verdad que no quería mirar.

Que yo llevaba tres meses diciéndole a Bruno que me iba.

Que él, en tres meses, no había dejado ni una sola vez de creerme.

Amanecía sobre Villamar de la Ría cuando volví al obrador, con la tarta quemada en el horno y la puerta sin cerrar, y en la puerta, en el suelo, había un sobre.

No era del banco. No era de Iván. No era de Sofía.

Era de doña Piedad.

Dentro había una nota con dos líneas y una fecha.

Feria de la Castaña · edición especial

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Nuria: el sábado, la prueba del pote.

Y ven, aunque sea sin él. Que este pueblo tiene que verte de una vez por lo que eres.