Capítulo 32 · El secreto de Bruno
El secreto de Bruno
Fuimos al hospital aquella misma tarde, los dos, en el coche de Bruno, con las manos manchadas de harina y el corazón en un puño, y durante el camino entero ninguno de los dos dijo una palabra.
Emilio llevaba dos días ingresado cuando llegamos, y entró en la habitación con una sonrisa, como entraba siempre, con la cara de que la culpa de estar allí la tenía él por no haberse sujetado mejor al bastón.
—Vaya, hombre, y la pastelera —dijo, al vernos—. Ya estoy bien, que conste. Que estos médicos exageran.
—Padre.
—Que estoy bien, Bruno.
Pero no estaba bien, y los dos lo sabíamos, porque el médico nos lo dijo fuera de la habitación, en un pasillo que olía a desinfectante y a miedo, con esa manera que tienen los médicos de decir las cosas graves como quien recita una lista de la compra.
Que Emilio tenía el corazón cansado. Que podía durar meses. Que podía durar semanas. Que a su edad, y con lo que tenía, ya no había mucho que hacer más que tenerlo cómodo y no asustarlo.
Bruno escuchó todo de pie, con los puños en los bolsillos, sin moverse, y cuando el médico terminó, le dio las gracias, muy educado, y luego se quedó de pie en medio del pasillo, mirando la pared, y yo me acerqué y le puse una mano en el brazo, y él no la apartó, y estuvimos así un rato largo, los dos, sin decir nada, en aquel pasillo que olía a hospital.
Volvimos a la habitación, y Emilio, que no sabía nada de lo que nos habían dicho, nos contó que el de la cama de al lado había sido futbolista, y nos habló de un partido del año sesenta y tres, y se rió de una manera que le hacía toser, y Bruno le puso un vaso de agua y le arregló la manta, y yo me quedé mirándolos desde la silla, padre e hijo, con las mismas manos y la misma manera de decir las cosas importantes en voz baja, y pensé que aquel hombre, Emilio Ansorena, que me había contado en una cena lo de la beca de su hijo, era el culpable, en realidad, de todo lo que estaba pasando, porque él había sido la causa de que Bruno se quedara, y Bruno se había quedado por él, y lo había hecho sin una queja, catorce años, y ahora el viejo se iba a morir sin haberle devuelto ni una sola de las cosas que le había quitado.
Cuando se durmió, Bruno salió a la máquina de café del pasillo, y yo salí con él, y en el pasillo, delante de dos cafés de máquina que sabían a agua sucia, Bruno, con la vista puesta en el suelo, me contó por fin lo que llevaba semanas callando.
—El concurso —dijo.
—¿El concurso?
—Me apunté por él. —Levantó la vista—. A la feria, al concurso, a todo. Fue idea suya.
Me quedé con el vaso de cartón en la mano.
—Cuando le dijeron lo del corazón, hace dos meses, me dijo una cosa.
Me dijo: «Bruno, antes de irme, quiero verte con alguien».
Yo le dije que estaba muy bien solo. Él me dijo que no, que no estaba bien, que llevaba catorce años solo y que él lo sabía porque era su padre, y que no quería morirse dejándome solo en aquella casa.
—Bebió un sorbo de café—. Dos días después salió lo del concurso de la feria, con el premio de la concesión, y yo, que necesitaba el local para la clínica y no podía pagarlo, me vi metido en la misma cosa que había detestado toda mi vida.
No lo hice por la clínica, Nuria. Eso que te dije el otro día… es verdad a medias.
—¿Entonces?
—Lo hice porque mi padre, desde la cama, me vio apuntarme, y se puso contento. —Me miró—. Se puso contento, Nuria. Por verlo contento una vez antes de que se muriera, soy capaz de cualquier cosa.
Me quedé de pie en aquel pasillo, con el café enfriándose en la mano, y entendí de golpe, por fin, todo lo que llevaba sin entender desde octubre.
Por qué un hombre como Bruno se apuntaba a un concurso que detestaba.
Por qué fingía una boda con una desconocida.
Por qué lo hacía tan bien, tan en serio, hasta el punto de que el pueblo en pleno se lo creía.
—¿Y él lo sabe? —pregunté—. ¿Sabe que es fingido?
—No.
—Bruno.
—No lo sabe, y no lo va a saber. —Me miró—. Porque es lo único que le queda, Nuria. Es lo único que le queda por ver, y yo no le voy a quitar eso.
Nos quedamos los dos callados, y en ese momento salió de la habitación una enfermera y nos dijo que Emilio se había dormido del todo, y que nos fuéramos a descansar, que mañana sería otro día, y Bruno asintió, y salimos al aparcamiento, y en el aparcamiento, con la noche encima y el frío de diciembre, hizo lo que llevaba todo el día sin hacer.
Se sentó en el capó del coche, se tapó la cara con las manos y se puso a llorar, sin ruido, con los hombros, como lloran los hombres que no saben llorar.
Me senté a su lado, en el capó frío del coche, y no le dije nada, porque no había nada que decir, y le puse la cabeza en el hombro, y estuvimos así, los dos, bajo la luz amarilla del aparcamiento del hospital, hasta que se le pasó.
—Gracias —dijo, con la voz rota.
—No he hecho nada.
—Has estado. —Se secó la cara con el dorso de la mano—. Es lo único que hay que hacer.
Después, cuando ya nos íbamos, con el coche arrancado y el motor calentando, Bruno me dijo una última cosa, y me la dijo mirando al frente, como decía siempre las cosas que le costaban.
—Hay otra cosa que tienes que saber.
—Dime.
—Iván.
El nombre me cayó como una piedra.
—¿Qué pasa con Iván?
—Iván no vino al pueblo por casualidad. —Bruno apretó el volante—.
Trabaja con los Rego. Es el que lleva la parte de inversión.
El restaurante de Andrés y el hotel de la casa de tu abuela y el bajo de mi clínica los está montando el mismo grupo, y el grupo lo lleva la familia de Clara, la prometida de Iván.
Me quedé sin aliento.
—¿Iván quiere comprar el obrador?
—Iván quiere comprar medio pueblo. —Me miró—. Quiere que tú te vayas, Nuria. No por ti. Por el pueblo. Porque mientras tú estés aquí, con el obrador en pie y la gente contigo, el proyecto no le sale redondo.
—¿Y cómo sabes todo esto?
Bruno tardó un segundo en contestar.
—Me lo dijo él. —Bajó la vista—. El día de la feria. Me paró en la plaza y me lo dijo todo. Me ofreció un trato: si yo conseguía que tú vendieras y te fueras, él me dejaba el bajo de la clínica a buen precio, y si no, me lo quitaba todo.
Me llevé las manos a la boca.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Le dije que no.
—¿Y él?
Bruno arrancó el coche, y en el retrovisor vi subir por la carretera del hospital la luz de otro coche, y a Bruno mirarla un segundo de más.
—Él me dijo que entonces ya veríamos. —Metió la marcha—. Desde ese día, Nuria, llevo con la sensación de que este pueblo nos está esperando a los dos, a la vuelta de la esquina, con una trampa.
Salimos del aparcamiento del hospital y volvimos a Villamar de la Ría por la carretera de la costa, con el mar negro a un lado y la niebla al otro, y yo, con la cabeza apoyada en el cristal, me pasé todo el camino pensando en la foto anónima, en el número prepago, en el rotulador en el cristal del obrador, en las palabras de Sofía en la verbena, y comprendí, con un frío que no era del diciembre, que todo aquello había sido siempre la misma mano.
La mano de un hombre que me había dejado plantada la víspera de Nochebuena hacía un año.
Que había vuelto, ahora lo entendía, no a recuperarme.
A quitarme de en medio.