Capítulo 31 · La carta de la abuela
La carta de la abuela
Encontré la carta un domingo de diciembre, lloviendo, mientras vaciaba el armario de arriba del obrador.
Lo del armario lo había decidido por puro cabezonería.
Llevaba dos semanas sin dormir, con lo de la notaría y lo de Andrés y lo de Bruno dándome vueltas, y había llegado a la conclusión de que, si no encontraba algo que hacer con las manos, iba a encontrar algo que hacer con la cabeza, que era mucho peor.
Así que me subí al armario de arriba, el que mi abuela no dejaba abrir a nadie, y empecé a sacar cajas.
Había de todo. Recortes de periódico de los años ochenta.
Un abanico. Tres madejas de lana sin terminar.
Una foto de mi abuelo con bigote, en la puerta del obrador, el día de la inauguración, con veinte años menos y una sonrisa que yo no le había visto nunca.
Un rosario. Una caja de latón con botones.
Y, en el fondo, debajo de todo, un sobre cerrado con mi nombre.
No estaba dirigido a «Nuria». Estaba dirigido a «Nuria, mi niña», con la letra temblorosa de mi abuela, y en el reverso, en el mismo trazo, había una fecha: el año en que ella murió.
Me senté en el suelo del almacén, con el sobre en las manos y la lluvia en el tejado, y tardé veinte minutos en abrirlo, porque sabía, con esa certeza que a veces se tiene delante de un sobre, que aquello no era una tontería.
Dentro había una hoja, escrita a mano, con la letra grande y torcida de los últimos meses, cuando ya le costaba, y decía así:
«Mi niña:
Si estás leyendo esto, es que ya no estoy, y es que has vuelto al obrador, que era lo único que yo quería de ti y no me atreví nunca a pedirte.
No te voy a decir que te quedes. Nunca le he dicho a nadie lo que tenía que hacer con su vida, y no voy a empezar contigo desde el otro lado.
Solo te voy a contar una cosa.
Este obrador lo abrí con tu abuelo el año en que nos casamos, con una máquina de segunda mano y una deuda que tardamos catorce años en pagar.
Cuando tu abuelo se murió, yo me quedé aquí, con la deuda y con las manos, y hubo un otoño, el segundo, en que lo pasé tan mal que pensé en venderlo todo e irme a la ciudad. Tenía ya hasta el comprador.
Entonces, una mañana, entró una niña al obrador, una niña de ocho años con las trenzas mal hechas, que eras tú, y me dijo: “Abuela, ¿me enseñas a hacer la tarta de castaña?”. Yo te la enseñé, y te manchaste entera, y al ver la cara que se te puso, entendí por qué había que quedarse.
No te digo que hagas lo mismo. Te digo que sepas que yo lo hice, y que no me arrepentí nunca, y que si algún día te encuentras en ese armario, con esa misma duda, sepas al menos que en esta familia ya hubo alguien que la tuvo, y que salió.
Con todo mi cariño, y con las llaves que te dejo.
Tu abuela, Matilde».
Debajo de la firma, envuelta en un pañuelo de tela, había una llave. La llave del obrador, la de verdad, la antigua, la de hierro, la que mi abuela llevaba colgada del cuello cuarenta años.
Me quedé en el suelo del almacén, con la carta en una mano y la llave en la otra, llorando como no había llorado ni el día del entierro, y lloré toda la tarde, y lloré de una manera rara, no de pena, sino de algo parecido al reconocimiento, como cuando alguien te dice en voz alta una cosa que tú llevabas pensando toda la vida y no te habías atrevido a formular.
Se lo conté a Vera por teléfono, con la voz todavía rota, y Vera estuvo callada un rato largo al otro lado, y luego dijo lo único que Vera podía decir.
—Nuria, ¿tú te das cuenta de que tu abuela te escribió esa carta hace años para que la encontraras justo ahora?
—No lo sabía.
—Claro que no lo sabías. Por eso funciona.
Aquel domingo, con la carta de la abuela entre las páginas de un cuaderno y la llave vieja otra vez en el cuello, tomé por fin una decisión. No la de quedarme, que esa la tomé después. Tomé la de dejar de esperar a saber si me quedaba para portarme como quien ya se ha quedado.
El lunes por la mañana, en vez de sacar cuentas para el banco, hice lo que hacía mi abuela en diciembre: saqué la receta de los huesos de santo y me puse a hacerlos, porque faltaban dos semanas para el día de los difuntos atrasado del pueblo y porque, si hay algo que una pastelera hace cuando está triste, es cocinar.
Ese lunes el obrador olía, por primera vez en meses, a lo que olía cuando mi abuela lo abría. A almendra. A huevo. A azúcar. A canela. A esa cosa que no tiene nombre y que solo huele en las cocinas donde alguien ha hecho lo mismo durante cuarenta años.
A media mañana, con las manos llenas de masa y la música puesta, entró alguien por la puerta.
—Buenos días.
Me giré, con el rodillo en la mano, y me encontré a Bruno en el umbral, con el abrigo puesto y el pelo mojado de la lluvia, y una cara que no le había visto en dos semanas, una cara de hombre que ha dormido poco y ha decidido algo.
—Buenos días —dije.
—¿Hueles eso?
—Huelo a huesos de santo.
—Huele a tu abuela. —Se quedó en la puerta, sin entrar del todo—. ¿Puedo pasar?
—Pasa.
Entró, cerró la puerta con el pie y se apoyó en la pared, mirándome amasar, y yo seguí amasando, con el corazón en las manos, esperando que dijera lo que había venido a decir.
—Nuria —dijo—. Vengo a contarte lo de la notaría.
Dejé el rodillo.
—Te escucho.
—Fui a la notaría a firmar una cosa mía. Nada que ver contigo. Nada que ver con el bajo ni con Sofía. —Se metió las manos en los bolsillos del abrigo—. Fui a firmar la venta de la casa de mi padre.
Me quedé muda.
—Bruno, esa casa es tu casa.
—Es la casa donde nací, y es lo único que tengo que valga algo. —Me miró—. He decidido venderla.
—¿Por qué?
Bruno se quedó un momento callado, y luego hizo lo que hacía siempre, contestar la verdad a la pregunta más grande como quien contesta a la más pequeña.
—Porque me he cansado de tener la vida a medias —dijo—. Porque llevo catorce años guardando una casa que no uso, un lápiz que no cojo y un cariño que no me atrevía a decir. He decidido que ya está.
—Bruno, ¿y dónde vas a vivir?
—En la clínica, si la salvo. En el bajo de mi padre, si no. —Sonrió, torcido—. En una tienda de campaña, si hace falta. Pero no en la vida de antes.
Me quedé mirándolo, con las manos llenas de harina, y después de dos semanas entendí que el hombre que tenía delante no era el mismo que había conocido en octubre, el de la cara de piedra y las palabras contadas.
Era un hombre que había empezado a romper su propia vida por dentro, a quitarla de en medio, para hacerse sitio.
—¿Y por qué me lo cuentas? —pregunté—. Si la casa es tuya y la vendes tú.
Bruno se acercó, despacio, y se paró al otro lado de la mesa.
—Porque con el dinero de esa casa no voy a salvar la clínica —dijo—. Voy a pagar tu hipoteca.
El rodillo se me cayó de las manos.
—¿Qué?
—Lo he pensado mucho. No es una limosna, es una inversión: tú me vendes el obrador a plazos, me lo pagas cuando puedas, y así el obrador se queda en pie y tu abuela no se muere del todo.
—Levantó la mano antes de que yo pudiera hablar—.
Antes de que me digas que no, quiero que sepas una cosa: no lo hago para que te quedes. Lo hago para que puedas elegir.
Me quedé de pie, detrás de la mesa, con las manos blancas de harina y la garganta cerrada, y no supe si quería abrazarlo o matarlo.
—Bruno —dije, con la voz temblando—. Acabas de vender la casa de tu padre para que yo pueda irme.
—Acabo de vender la casa de mi padre para que tú puedas decidir sin que el dinero decida por ti. —Me miró—. Si decides irte, me dolerá, pero sabré que te has ido libre. Si decides quedarte… —Se calló.
—¿Y si decido quedarme?
—Si decides quedarte —dijo, muy despacio—, entonces yo habré ganado la lotería sin comprar el billete.
Nos quedamos los dos en silencio, con la masa a medio hacer y la carta de mi abuela en el cuaderno y las llaves de aquella casa vieja colgando de mi cuello, y en aquel momento la puerta del obrador se abrió de golpe y entró el gato, y detrás del gato, cómo no, entró una cabra.
—¡Remedios!
La cabra, que llevaba dos semanas sin aparecer, eligió justo aquel momento para volver, entró en el obrador, se subió a la silla, se comió medio kilo de almendra cruda y se quedó mirándonos desde arriba con la cara de quien acaba de presenciar una escena importante y no piensa decir nada.
Nos reímos.
Nos reímos los dos, con la mesa por medio y la harina por el aire y la llave de mi abuela en el cuello, y en aquella risa, entre la cabra y el gato y los huesos de santo, se nos rompió por fin la distancia de dos semanas, y Bruno me miró, y yo lo miré, y él dijo:
—¿Puedo?
Yo dije:
—Puedes.
Me besó por encima de la mesa, con las manos llenas de harina y la cabra mirando, y a mí me dio la risa contra su boca, y él se rió también, y en el obrador de mi abuela, aquel lunes de diciembre, por fin, todo estuvo donde tenía que estar.
Luego nos separamos, y yo le dije que no.
No a lo de la casa. No a él.
Le dije que no a lo de vender su casa para pagar mi hipoteca. Que se lo agradecía con el alma y que se lo agradecería toda la vida, pero que no iba a dejar que aquel hombre se quedara sin casa por mí, ni ahora ni nunca.
Bruno, en vez de discutir, me miró con la cara de quien acaba de recibir la respuesta que esperaba, y dijo:
—Bien. Entonces ya no es una inversión. Es un préstamo entre dos. El préstamo entre dos se paga a medias, y para pagar a medias, Nuria, hacen falta dos.
Ahí, con aquella frase, me dio la vuelta a la decisión entera, porque me estaba diciendo que no me estaba ofreciendo un favor, ni una salida, ni un atajo.
Me estaba ofreciendo un sitio. Un sitio en su vida, a medias, con las cuentas y las deudas y las llaves y todo.
Yo, que llevaba desde octubre huyendo de todo lo que se pareciera a un sitio, me quedé mirando a aquel hombre con la cabra a su espalda y el gato a sus pies y una casa vendida por mi culpa, y estuve a punto, muy a punto, de decirle que sí a todo.
En eso, en el momento exacto en que iba a decirle que sí, sonó el móvil de Bruno.
Era el hospital.
Su padre, Emilio, se había caído en el patio de la residencia, y estaba ingresado, y decía el médico que quería ver a su hijo.