Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 30 · La verbena
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Capítulo 30 · La verbena

La verbena

El pabellón municipal de Villamar de la Ría era un edificio de hormigón con las paredes de uralita y el suelo de cemento, y tenía la belleza exacta de un polideportivo de los años ochenta, que es decir ninguna, pero la noche de la verbena de otoño, con las luces naranjas colgadas de las vigas y las mesas vestidas con manteles de cuadros y el olor de las castañas asadas entrando por la puerta, el pabellón se convertía, no sé cómo, en un sitio bonito.

—Esto es lo más parecido que tiene este pueblo a un baile de gala —me dijo Vera, cuando llegamos, con un vestido que le había costado tres pueblos encontrar y unos pendientes que le brillaban como faros—. Tú estás guapísima, así que no me pongas cara de no saber ponerte un vestido.

—No tengo cara de nada.

—Tienes cara de que llevas dos semanas sin dormir y esta noche vienes a hacer algo.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque te conozco, Nuria, y porque llevas desde que has entrado mirando la puerta.

Me puse colorada, porque era verdad. Llevaba desde que había entrado mirando la puerta, esperando a Bruno, con la frase preparada, ensayada en el espejo, repetida en el coche, y con el vestido azul oscuro de mi abuela, que me había quedado bien por primera vez en la vida.

A las nueve, cuando la banda empezó a tocar y el pueblo se puso a bailar, apareció él.

Se había puesto el traje. Un traje gris, viejo, de los de antes, con la chaqueta un poco ancha de hombros y el pantalón impecable, y se lo había puesto con una camisa blanca y sin corbata, y se había peinado, y al verlo cruzar el pabellón entero, con esa manera suya de andar como quien no tiene prisa porque sabe que el sitio es suyo, a mí se me olvidó de golpe la frase que llevaba dos semanas ensayando.

—Buenas noches —dijo, parándose delante de mí.

—Buenas noches.

—Estás guapa.

—Tú estás… —Busqué la palabra, y no la encontré, porque no había ninguna palabra para lo que estaba—. Guapo —dije, y me salió una tontería—. Estás guapo.

—No me lo digas muy alto, que se va a enterar el pueblo y me va a subir el ego.

—No creo que a ti se te suba nada.

—A mí, contigo delante, no se me sube nada —dijo, y me puso la mano en la espalda, y me dio un beso en la mejilla, y yo, con el vestido azul de mi abuela y el corazón desbocado, entendí que aquel hombre acababa de decirme en voz baja, delante de todo el pueblo, la cosa más bonita que me habían dicho nunca sin decirme nada.

Bailamos.

Bailamos el primer baile, y el segundo, y el tercero, y doña Piedad, desde la mesa del jurado, nos miraba con la libreta en la mano y una sonrisa de abuela satisfecha, y yo bailaba con Bruno con la cabeza apoyada en su hombro y los ojos cerrados, como la primera vez en el salón de usos múltiples, pero esta vez sin que él me lo pidiera, porque ya no hacía falta que me pidiera nada.

—Bruno —dije, en el cuarto baile.

—Dime.

—Tengo que decirte una cosa.

—Estoy escuchando.

—No, aquí no. —Me separé un poco para mirarlo—. Fuera. Cuando acabe esto. Solo tú y yo.

Bruno me miró, y algo se le movió en la cara, algo que yo no supe leer, entre la esperanza y el miedo, y asintió despacio.

—Cuando acabe esto —dijo.

Yo me quedé con la frase en la boca, esperando el momento, y el momento nunca llegaba, porque en las verbenas de los pueblos el momento nunca llega, porque siempre hay un vecino que te saca a bailar, o una foto que hay que hacerse, o un premio que hay que entregar, y la vida, que en un pueblo va en corro, no entiende de frases importantes.

A las once y media, cuando la banda hizo el descanso, salí a la puerta del pabellón a coger el aire, y allí, en el aparcamiento, junto a un coche bueno con matrícula de la ciudad, estaba Sofía Rego.

Me vio salir y vino hacia mí.

—Nuria.

—Sofía.

—¿Fumas?

—No.

—Yo tampoco. —Se quedó a mi lado, mirando el pabellón por la puerta abierta—. Se lo pasan bien, ¿eh? Este pueblo es como una película vieja.

—A mí me gusta.

—A mí también me gustaba. —Se giró hacia mí—. Por eso me da pena lo que va a pasar.

—¿Qué va a pasar?

—Nada malo. No te pongas así. —Sonrió—. Solo que las cosas van a cambiar, y a la gente de aquí no le gustan los cambios. En marzo, cuando esto sea un restaurante y la casa de tu abuela sea un hotel, el pueblo va a seguir viniendo al pabellón a bailar, pero ya no va a ser lo mismo.

—Yo no he vendido nada.

—Todavía.

—Sofía, ¿qué quieres?

Sofía se quedó un momento callada, y luego sacó el móvil del bolso y me lo puso delante, con una foto.

—Quiero que lo sepas —dijo—. No por maldad. Porque me parece justo que lo sepas antes de hacerte ilusiones.

Miré la foto.

Era una foto de la puerta de una notaría, en la ciudad, y saliendo de la notaría estaba Bruno, con el abrigo, y con él estaba Sofía, y en la mano, Bruno llevaba una carpeta.

—¿Qué es eso? —pregunté, con una voz que no era la mía.

—Ayer. Fuimos a firmar unas cosas del bajo.

—¿Y por qué me enseñas esto?

—Porque tú te preguntas por qué Bruno lleva dos semanas raro. —Guardó el móvil—. Yo, si estuviera en tu lugar, querría saberlo. Bruno y yo llevamos mes y medio hablando de este bajo, Nuria. De papeles, de plazos, de condiciones. Tú no sabes nada. Eso, en una pareja, se llama de una manera.

—No somos una pareja.

—Ah, no. —Sonrió—. Perdona. Es que se os ve tanto que se me olvida.

Se fue, con el abrigo caro y los tacones, y yo me quedé en el aparcamiento del pabellón con el corazón en el suelo y la foto de la notaría grabada a fuego, y volví a entrar justo cuando la banda arrancaba el último baile.

—¿Dónde estabas? —preguntó Bruno, saliéndome al encuentro.

—Fuera. Con Sofía.

Bruno no hizo ni un gesto.

—¿Qué te ha dicho?

—Nada. —Lo miré—. ¿Qué me tienes que contar tú?

Ahí, en aquel segundo, con la banda tocando el último baile y Villamar entero esperando para vernos bailar juntos, vi en la cara de Bruno Ansorena la única cosa que llevaba tres semanas temiendo ver: la de un hombre que va a decirte una verdad que no sabe cómo decirte.

—Nuria —empezó.

—No. —Levanté la mano—. No ahora. Baila conmigo. Baila conmigo el último, y luego, cuando salgamos de aquí, me lo cuentas todo.

Bruno, que era un hombre de guardar las cosas hasta que se pudren, hizo lo que le pedí, me cogió de la cintura y bailó conmigo el último baile de la verbena, y todo el pueblo nos miró, y doña Piedad cerró los ojos, y yo bailé con la cara pegada a su hombro y los ojos abiertos, mirando el pabellón por encima de su espalda, con una pregunta que ya no tenía manera de salir de mi cabeza.

¿Qué habías firmado en aquella notaría, Bruno?

¿Y por qué, si me lo ibas a contar, tenías esa cara de quien está a punto de perder algo?