Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 29 · Bruno sonríe
42%

Capítulo 29 · Bruno sonríe

Bruno sonríe

Hay un momento, en toda historia de amor, en que la persona que tienes delante deja de ser un misterio y se convierte en un lugar.

No sé explicarlo mejor. Dejas de mirarla para verla y empiezas a mirarla para quedarte, y ya no te preguntas qué piensa cuando calla, sino que te sientas a su lado a que calle, y el silencio deja de ser un problema y se convierte en una casa.

Yo tuve ese momento un martes de diciembre, a las once de la mañana, con las manos metidas en un cubo de agua fría, delante de la puerta de la clínica de Bruno.

Había ido a llevarle la comida, porque el gato del obrador se había puesto malo y Bruno le había dicho que lo llevara, y al llegar me encontré la puerta abierta y, dentro, una escena que no me esperaba.

Bruno estaba agachado en el suelo, con el gato del obrador envuelto en una manta sobre la mesa, y delante de él, de rodillas en la silla, había un niño de unos ocho años con un jersey verde, y los dos, el hombre y el niño, estaban mirando al gato con la misma cara de concentración, la boca abierta, los ojos muy abiertos, exactamente iguales.

—¿Y ahora? —decía el niño.

—Ahora le miramos los dientes.

—¿Y por qué le miramos los dientes?

—Porque los dientes de un gato cuentan su vida. Un gato con los dientes bien es un gato que come bien, y un gato que come bien es un gato que está bien.

—¿Y este cómo los tiene?

Bruno le abrió la boca al gato con dos dedos, con una delicadeza que no le pegaba nada con las manos que tenía, y el gato, en vez de defenderse, se dejó hacer.

—Este los tiene de lujo —dijo Bruno—. Este gato va a vivir veinte años.

—¿Veinte?

—Veinte.

—¡Veinte! —El niño se giró hacia la puerta, donde estaba yo, y me miró con una alegría desproporcionada, con la cara de quien le acaban de regalar un caballo—. ¡Seño, el gato va a vivir veinte años!

—Me alegro mucho —dije.

Entonces Bruno levantó la cabeza, y me vio, y se le cambió la cara.

No hizo nada. No dijo nada. Solo se le cambió la cara, y la cara que se le puso no era la de piedra, ni la de la media sonrisa torcida, ni la de la concentración.

Era una cara contenta. Una cara de hombre contento de verte aparecer por la puerta, sin más, sin adornos, sin nada que ganar.

Luego, cuando el niño se fue corriendo a contarle lo de los veinte años a su madre, Bruno se quedó con el gato en brazos, mirándome, y se rió.

Se rió de verdad. Con la boca, con los ojos, con los hombros.

Una risa entera, que le salía de dentro y le llenaba la clínica, y yo, que llevaba tres meses viéndole la cara de piedra y la media sonrisa de dos veces al año, me quedé plantada en la puerta con el tupper en las manos, sin saber qué hacer con aquello, sintiéndome como una tonta que acaba de descubrir que el hombre del que se ha enamorado tiene, además, una risa.

—¿De qué te ríes? —pregunté.

—De nada.

—Bruno.

—De que has venido con la comida y con el gato enfermo y con la cara de que llevas dos días sin dormir. —Se levantó, dejó al gato en la manta y se acercó—. De que llevas dos días sin dormir, Nuria, y yo lo sé, y tú sabes que yo lo sé, y ninguno de los dos dice nada.

Me puse colorada.

—Duermo.

—Duermes tres horas.

—Duermo tres horas y media.

—Nuria. —Me quitó el tupper de las manos y lo dejó en la mesa—. Anda, ven.

Me llevó a la trastienda, a la salita pequeña que tenía al fondo, con un sofá viejo y una estufa, y me sentó en el sofá, y me puso una manta por encima, y me trajo un vaso de agua, y luego se sentó a mi lado, con el gato en el regazo, y me dijo:

—Duérmete media hora. Yo abro las latas.

—Bruno, que soy una adulta.

—Ya. Pues duérmete, adulta.

Me dormí. Me dormí en el sofá de la clínica de Bruno Ansorena, con el gato ronroneando en algún sitio y la estufa encendida y él en la puerta, atendiendo a una señora que venía con un perro cojo, y dormí más de una hora, y me desperté con su abrigo por encima, y con la sensación, rarísima, de estar en casa.

Me desperté y lo miré desde el sofá, sin que él lo supiera.

Estaba de espaldas, en la puerta de la calle, dándole a la señora del perro cojo las instrucciones con esa voz baja suya, y al despedirse le dio dos golpes suaves al perro en el lomo y le dijo algo al oído, y el perro movió la cola, y la señora se fue sonriendo, y Bruno cerró la puerta, y se quedó un momento de pie en medio de la clínica vacía, mirando la sala de espera, las tres sillas, el cartel de la vacunación del 2021, la gotera del techo que había vuelto a caer.

Yo, desde el sofá, con su abrigo encima y el gato a los pies, me di cuenta de una cosa que llevaba meses sin querer ver.

Aquel hombre se iba a quedar sin su clínica.

Se iba a quedar sin su clínica por no doblarse, por no deberle nada a nadie, por no elegir entre su casa y su dignidad, y lo iba a hacer, además, con esa calma suya de las cosas que no tienen remedio, como se acepta la lluvia o el frío o la muerte de un padre.

Yo, que podía salvarle solo con decir que no a Andrés, con decir que me quedaba, con decir que estaba dispuesta a arreglar entre los dos aquel desastre de hipoteca y de deudas y de obrador, llevaba dos semanas callándome, porque tenía miedo.

Tenía miedo de quedarme y de que no funcionara.

Tenía miedo de quedarme y de que él acabara dándose cuenta de que yo era una carga más.

Pero, sobre todo, tenía miedo de no quedarme, de irme en primavera con la deuda pagada y el corazón roto, y de pasarme el resto de la vida recordando a un veterinario gruñón que se reía como un niño con un gato entre las manos.

—¿Ya estás despierta? —dijo Bruno, desde la puerta.

—Sí.

—Tienes buena cara.

—Tengo cara de haber dormido, que no es lo mismo que tener buena cara.

—Para mí es lo mismo.

Se acercó, se sentó en el borde del sofá y me miró, y yo, con el abrigo puesto y el corazón desbocado, estuve a punto de decirle, ahí, en aquel sofá, con el gato entre los dos, la única frase que llevaba dos meses sin atreverme a decir.

Bruno, me quedo.

Abrí la boca.

Sonó el móvil.

Era doña Piedad, que llamaba para avisar de que la próxima prueba era la verbena del pabellón, el sábado, y que todas las parejas tenían que ir con «algo de gala» y bailar el último baile juntos, y que iba a ser «la prueba más importante antes de la gala final».

Colgué.

Cuando volví a mirar a Bruno, la frase ya se me había ido de la boca, como se van siempre las frases que uno no dice a tiempo.

—¿Qué? —dijo él.

—Nada. Doña Piedad. La verbena del sábado.

—Ah. —Se levantó—. ¿Baile de gala?

—Baile de gala.

—Entonces tendré que sacar el traje.

—¿Tienes un traje?

—Tengo un traje desde la boda de un primo. Me lo pongo una vez cada cinco años.

—¿Y este año?

Bruno se giró desde la puerta, con el gato en brazos, y me sonrió, y fue la segunda vez en el día, la segunda en un solo día, después de meses de media sonrisa, y yo supe, viéndolo sonreír, que aquella sonrisa era exactamente la cosa por la que llevaba dos meses sin dormir.

—Este año —dijo—, por primera vez en mucho tiempo, me apetece ponérmelo.

Se fue a sus cosas, y yo me quedé en el sofá, con su abrigo encima y una frase en la boca que ya no me cabía, y decidí, ahí mismo, en la trastienda de aquella clínica medio hundida, que el sábado, en la verbena, con el traje y las luces de otoño, le diría a Bruno Ansorena lo único que le tenía que decir.

Que me quedaba.

Que no vendía el obrador a Andrés.

Que eligiera él lo que eligiera, yo ya había elegido.

No sabía, cuando lo decidí, que el sábado, en la verbena, la vida iba a ponerme delante una persona que llevaba tres semanas esperando su momento.

Que esa persona había venido al pueblo exactamente para eso.