Capítulo 28 · La deuda
La deuda
Hablamos al día siguiente, como él había dicho, pero no en el obrador ni en la clínica, sino en el coche, aparcados en el camino del faro, con el mar abajo y la niebla subiendo, que era, según supe después, el único sitio del mundo donde Bruno Ansorena y yo habíamos sido alguna vez completamente sinceros.
—Empieza tú —dijo él.
—No, empieza tú, que tú dijiste que habláramos.
—Yo dije que habláramos. No dije que empezara yo.
—Bruno.
—Vale. —Se agarró al volante con las dos manos, mirando al frente—. Sofía me ha puesto una fecha. Me ha dicho que si no le contesto antes de Nochebuena, el bajo se lo vende a Andrés, su marido, para poner un restaurante, y que si me voy del pueblo, me lo vende a mí por la mitad.
—Ya me lo contaste.
—Lo que no te conté es lo que le contesté.
—¿Y qué le contestaste?
Bruno se giró, por fin, y me miró.
—Que no.
Me quedé un segundo sin entender.
—¿Que no qué?
—Que no me voy del pueblo. Que no me voy ni aunque me regale el bajo.
—Hizo una pausa—. Que hace nueve años le dejé elegir por mí, y que esta vez elijo yo.
Elijo quedarme, en mi casa, con mi clínica y con mi padre enterrado en el cementerio de arriba, aunque tenga que pagar el alquiler de un bajo de ciudad hasta que me muera.
Se me cortó la respiración.
—Bruno, pero entonces pierdes el bajo, pierdes la concesión, pierdes…
—Pierdo la clínica, probablemente. —Se encogió de hombros, con una calma que me dio miedo—. Pero gano no deberle nada a nadie, y eso, Nuria, para mí vale más que un techo.
—No digas eso.
—Es la verdad.
—Es una tontería.
—Puede ser. —Sonrió, torcido—. Soy un hombre de tonterías.
Me quedé mirándolo, en aquel coche frío, con la niebla pegada a los cristales, y entendí del todo a Bruno Ansorena, y entenderlo me dolió más que no entenderlo, porque entendí que aquel hombre, por no deberle nada a nadie, era capaz de perderlo todo, y que yo, sin saberlo, llevaba dos meses siendo lo único que le quedaba que no había puesto en la balanza.
—Ahora tú —dijo.
Yo, con las manos en el regazo y la vista en la niebla, le conté todo.
Se lo conté todo de un tirón, sin parar, sin adornos.
Que mi abuela había muerto con una hipoteca a medias y un obrador que no valía lo que debía.
Que mi madre había firmado de avalista sin entender lo que firmaba.
Que yo había vuelto al pueblo no a quedarme, sino a vender, y a vender rápido, antes de que el banco ejecutara la casa.
Que el concurso, al principio, había sido solo un modo de aguantar unos meses mientras encontraba comprador.
El pacto, el de la servilleta, el de «prohibido enamorarse», había sido mi manera de ponerle un límite a una mentira que me estaba empezando a doler.
Cuando terminé, Bruno estuvo callado mucho rato.
—¿Cuánto debes? —preguntó, al fin.
—No es eso.
—¿Cuánto?
Se lo dije. La cifra, en voz alta, sonó peor de lo que sonaba en mi cabeza.
Bruno asintió despacio, sin apartar la vista del parabrisas empañado.
—¿Y por qué no me lo has dicho antes?
—Porque no quería que me ayudaras. —Me tembló la voz—.
Porque llevo toda mi vida siendo la que se apaña sola, y porque si te lo contaba, tú ibas a hacer algo, Bruno, tú siempre haces algo, y yo no quería ser otra cosa que se te cae encima para que la arregles, como tu padre, como la clínica, como todos.
Bruno se giró, y en aquella mirada, como nunca desde que lo conocía, había algo parecido a la rabia.
—Nuria, ¿tú te crees que yo me he enamorado de ti porque necesitas que te arregle algo?
—No he dicho eso.
—Has dicho que no me lo contabas para no ser una carga, y eso es exactamente lo mismo que decir que, para ti, yo soy alguien que solo carga.
—Se pasó una mano por la cara—. No, Nuria.
No. Yo me he enamorado de ti porque haces la mejor tarta de castaña de la provincia, porque te ríes con la boca abierta, porque cuando algo te importa se te nota en las cejas y porque en dos meses has hecho más por el obrador de tu abuela de lo que nadie ha hecho por nada en este pueblo en veinte años. No porque necesites ayuda.
Nos quedamos los dos callados, con el mar sonando abajo, y yo sentí, por primera vez, que se me estaba rompiendo algo que no sabía ni que tenía.
—Bruno, yo no sé si me voy a quedar.
—Ya lo sé.
—No lo sabes. Ni yo lo sé.
—Lo sé desde el primer día. —Me miró—. Aun así estoy aquí. Eso es todo lo que te puedo dar.
Volvimos al pueblo sin hablar, cada uno con lo suyo, y al llegar a la plaza Bruno me dejó en la puerta del obrador, y antes de irse me dijo una sola cosa.
—Vende si tienes que vender, Nuria. No te quedes por mí. No quiero ser yo la razón de que te arruines.
Se fue, y yo me quedé en la puerta, con las llaves en la mano y una decisión que se me hacía más grande cada día.
Lo del banco se complicó aquella misma semana.
El miércoles me llegó una carta certificada, y en la carta decía que la hipoteca de la casa de mi abuela tenía un avalista —mi madre— y que el avalista había pedido una refinanciación que el banco no había concedido, y que, por lo tanto, «a partir del 1 de enero se procedería al vencimiento anticipado del préstamo en su totalidad».
Es decir: que si no vendía antes de fin de año, el banco se quedaba con la casa.
El jueves, justo cuando alguien parecía estar esperando esa carta para aparecer, se presentó en el obrador Andrés, el marido de Sofía, el del dos estrellas, con un maletín y una sonrisa de ciudad.
—Nuria, ¿verdad? —dijo, tendiéndome la mano—. Andrés Bermejo. Soy el marido de Sofía, y vengo a hacerte una oferta.
—¿Una oferta?
—Por el obrador y por la casa. Las dos cosas juntas. —Se sentó sin que yo le invitara—. Te doy un número, y te aseguro que es un número que no te va a dar nadie en este pueblo ni en cincuenta kilómetros a la redonda.
Me dijo el número.
El número, lo confieso, me dejó sin aire, porque era exactamente lo que yo necesitaba. Ni un euro más, ni un euro menos. Lo justo para pagar el banco, saldar la deuda y salir de allí con la cabeza alta.
—¿Y qué queréis hacer con el obrador? —pregunté, con la voz más firme que pude.
—Un restaurante. —Andrés se recostó en la silla—. De temporada, de producto, de autor. Yo cocino, Sofía gestiona, y la casa de tu abuela, un pequeño hotel rural. Otoño e invierno, que es cuando este pueblo se llena.
—Y todo esto, ¿por qué ahora?
—Porque hoy es cuando tiene sentido. —Sonrió—. Mañana, a lo mejor ya no.
—¿Y a mí me dais hasta cuándo?
—Hasta Navidad. Como todo en este pueblo. —Se levantó, se puso el abrigo—. Piénsalo, Nuria. De verdad. Es la oferta de tu vida, y las ofertas de la vida solo pasan una vez.
Se fue, y yo me quedé sola en el obrador, con el número escrito en un papel y el corazón en la garganta, y me di cuenta de la trampa, de la trampa perfecta, que se había tendido delante de mí sin que yo la viera venir.
Porque si yo le vendía el obrador a Andrés, pagaba mis deudas y me iba.
Pero si yo le vendía el obrador a Andrés, el obrador dejaba de ser un obrador y se convertía en el restaurante de los Rego, y el bajo que Andrés quería para su negocio era, precisamente, el mismo bajo que Sofía le había prometido a Bruno si Bruno se iba del pueblo.
Es decir: que la oferta que me salvaba a mí era, exactamente, la llave que echaba a Bruno de la suya.
Me quedé toda la noche con aquello dando vueltas, y a la mañana siguiente, cuando abrí la persiana del obrador para empezar a trabajar, me encontré, en el cristal, escrito con rotulador desde fuera, un solo renglón que no había escrito yo.
«Piénsalo bien. Él no lo haría por ti.»
Esta vez no me pregunté quién lo había escrito.
Me pregunté, con el rotulador todavía fresco en el cristal, si a lo mejor tenía razón.