Capítulo 27 · Después del beso
Después del beso
El lunes, Bruno no vino al obrador.
El martes, tampoco.
El miércoles me lo encontré en la plaza, comprando el pan, y me saludó con la cabeza desde lejos, como se saluda a la vecina del quinto, y siguió andando.
Así, sin ninguna pelea, sin ninguna palabra, sin que pasara absolutamente nada, Bruno Ansorena y yo empezamos a comportarnos como dos desconocidos.
El pueblo lo notó antes que yo.
—¿Qué os pasa? —me preguntó la panadera.
—Nada.
—Pues ayer Bruno pasó por aquí y no preguntó por ti. En un año no ha dejado de preguntar por ti. Ayer no preguntó.
—Tendría prisa.
—Bruno Ansorena no tiene prisa nunca. Bruno Ansorena espera a que se le enfríe el pan. —Me dio el cambio—. Algo os pasa.
Yo también lo sabía, claro que lo sabía, pero no sabía cómo arreglarlo, porque para arreglar aquello había que contestar la pregunta que me había hecho en el banco de piedra, y yo seguía sin tener respuesta.
Vera vino el jueves, sin avisar, con dos cervezas y la cara de quien viene a hacer una intervención.
—Habla.
—No hay nada que hablar.
—Nuria, llevas tres días con la misma cara, y Bruno lleva tres días en la clínica de mal humor, que me lo ha dicho el del bar, y el del bar se entera de todo. Así que habla.
Hablé. Le conté la pregunta del banco de piedra, y el «dime que te quedas», y mi silencio, y las dos semanas que llevaba sin decidir nada.
Vera escuchó todo con los brazos cruzados, y cuando terminé, se quedó un momento callada, y luego dijo lo que llevaba queriendo decir desde el principio.
—¿Te acuerdas de cuando te dije que en Villamar todo es un club?
—Me acuerdo.
—Pues esto también. Aquí no se puede estar a medias, Nuria. Aquí la gente no te pregunta si te quedas o te vas; la gente da por hecho que te quedas, y tú llevas tres meses dejando que todo el mundo lo dé por hecho, mientras tú por dentro sigues con la maleta hecha.
—No es justo. Yo no he engañado a nadie.
—Has dejado que se engañen solos, que es peor. —Vera me miró—. A Bruno le has dejado que se engañe, y eso, con lo poco que se le da a él engañarse con las cosas buenas, es una crueldad.
Me quedé con la cerveza en la mano y las palabras de Vera dándome vueltas, y supe, en aquel momento, que tenía razón, que llevaba dos meses diciéndome que no mentía cuando lo único que hacía era no decir la verdad, que en un pueblo es exactamente lo mismo.
—Le voy a contar lo del banco —dije.
—Ya era hora.
—Le voy a contar lo de la deuda y lo de la casa y lo del obrador. Todo.
—Bien.
—Hoy mismo.
Me levanté, me puse el abrigo y salí a la calle con la decisión por fin tomada, con el corazón en la garganta y las manos temblando, dispuesta a contarle a Bruno Ansorena toda la verdad, toda, sin dejar nada, y a que él decidiera lo que quisiera decidir después.
Fui a la clínica.
Al llegar a la esquina de la bajada del puerto, a veinte metros de la puerta, me paré en seco, porque la puerta de la clínica estaba abierta, y por la puerta salía Sofía Rego, con el abrigo caro y los papeles en la mano, y detrás de ella, en el umbral, con los brazos cruzados y la cara de piedra, estaba Bruno.
Se dijeron algo. No oí qué. Vi a Sofía girarse y decir una última cosa, y vi a Bruno no contestar, y vi cómo ella se subía al coche y arrancaba, y cómo él se quedaba en la puerta, mirándola alejarse, un rato largo, un rato demasiado largo.
Me quedé en la esquina, con la verdad en la boca y el valor deshaciéndoseme, y me di cuenta de una cosa que me heló la sangre.
Sofía tenía hasta Navidad para que Bruno decidiera, y Navidad estaba a tres semanas.
Si Bruno ya había empezado a alejarse de mí, si llevaba tres días sin venir al obrador, sin coger el teléfono, sin pasar por delante de mi puerta, a lo mejor no era por lo que yo pensaba.
A lo mejor era porque ya había decidido.
A lo mejor era porque había elegido el bajo, y la clínica, y su vida de siempre, y me había elegido no a mí.
Me di la vuelta y volví a casa sin hablar con él.
Aquella noche, en la cocina del obrador, con el móvil en la mano y la llave del bajo municipal en la mesilla, me pasé dos horas escribiéndole un mensaje y borrándolo, hasta que al final, a la una de la mañana, envié solo tres palabras.
«Bruno, ¿estás bien?»
Él tardó cuarenta minutos en contestar.
Cuando lo hizo, contestó cuatro palabras que me dejaron sin aire.
«Sí. ¿Hablamos mañana?»