Capítulo 26 · La feria abre
La feria abre
La Feria de la Castaña se inauguró el viernes por la tarde con un desfile de cabezudos, una banda de música de la que solo dos de los siete músicos sabían tocar, y un pregón que doña Piedad leyó con el mismo tono con el que seguramente había leído, cuarenta años antes, las notas de sus alumnos.
El pueblo al completo estaba en la plaza.
Había puestos de castañas, de sidra, de quesos, de miel, de buñuelos y de huesos de santo, y un tiovivo pequeño que se montaba cada año para los niños y que se montaba tan mal que los niños se mareaban al tercer giro.
Las luces de otoño, que eran unas bombillas naranjas colgadas entre los balcones, se encendían a las seis, cuando ya era de noche, y toda la plaza parecía, en aquella hora, una postal.
En medio de la plaza, en un puesto grande, con un cartel que decía «Obrador de la abuela Matilde», estaba yo, vendiendo tartas.
No me había dado cuenta hasta aquel día, hasta que vi el cartel, del nombre que alguien había puesto.
Mi abuela se llamaba Matilde. El cartel lo había hecho, según supe después, don Cándido, el del baile, porque mi abuela le había arreglado no sé qué de los pies cuando él ya no podía ni bailar, y porque «las cosas buenas hay que ponerlas en las plazas».
A las siete, doña Piedad subió al escenario con un micrófono y anunció las parejas del concurso.
—Quiero decir una cosa —añadió, al terminar la lista—. La pareja del tendero, Nuria y Bruno, es la favorita del jurado y la favorita del pueblo. Lo digo porque lo digo, y porque me da la gana.
La plaza entera aplaudió, y yo, detrás del puesto, me puse colorada como una manzana, y Bruno, a mi lado, dijo por lo bajo, sin mover los labios:
—Favoritos. Toma.
—No se te suba a la cabeza.
—A mí no se me sube nada. A mí me da igual.
—Ya.
—Bueno. —Se le movió la boca—. Un poco me da.
Esa media sonrisa, la primera que le veía en público, fue el momento en que comprendí que aquel hombre estaba empezando, por fin, a permitirse estar contento.
La feria fue un éxito. Vendí noventa tartas, tres veces más que el año anterior, y a las nueve de la noche se me acabó la mercancía y tuve que cerrar el puesto, y el pueblo me lo reprochó con el aire de quien cree que yo tuve la culpa de que las tartas se acabaran, que era exactamente lo que me habría dicho mi abuela.
Fue también, aquella noche, donde volví a ver a Iván.
Apareció por el puesto con Clara del brazo, con una copa en la mano y esa sonrisa de vendedor que no se le iba nunca, y se quedó mirando el cartel del obrador con una cara que no supe leer.
—¿Ya no hay tarta? —preguntó.
—Se han acabado.
—Qué pena. —Bebió un sorbo—. Oye, Nuria, lo que te escribí ayer. Necesito hablar contigo. Es importante.
—¿De qué?
—De Bruno.
Me quedé un segundo con el trapo de limpiar en la mano.
—Iván, si me vas a contar algo de Bruno, ya te digo que no me interesa.
—No es de Bruno, es de ti. —Se acercó un poco—. Nuria, yo te conozco, y sé cuándo estás metida en algo que no controlas. A ti, con este hombre, se te nota.
—Iván, vete.
—Como quieras. —Se encogió de hombros, y se fue con Clara, y al pasar junto a Bruno, que volvía con una caja de sidra, le dijo algo que no oí, y Bruno, que tenía las manos ocupadas, se quedó parado un segundo en medio de la plaza, con la caja en los brazos, mirando a Iván alejarse.
—¿Qué te ha dicho? —pregunté.
—Nada.
—Bruno.
—Nada que valga la pena.
No insistí, porque en aquel momento la banda empezó a tocar y el pueblo se puso a bailar en la plaza y doña Piedad nos llamó para la foto oficial de las parejas del concurso, y la feria, como todas las ferias, se llevó por delante todo lo que no fuera fiesta.
Bailamos en la plaza, con la luz naranja y las castañas asándose y todo el pueblo alrededor, y bailamos como habíamos bailado aquel primer jueves en el salón de usos múltiples, con los pies torpes y las risas por lo bajo, pero esta vez sin nadie que nos pidiera que cerráramos los ojos, porque los dos los teníamos abiertos y nos estábamos mirando.
A las dos de la mañana, cuando la banda se fue a dormir y el pueblo empezó a recoger, Bruno y yo volvimos al obrador caminando despacio, por las calles vacías, con las bombillas naranjas apagándose una a una, y al llegar a la puerta, antes de que yo sacara la llave, me cogió de la mano.
—Ven.
—¿Adónde?
—Aquí.
Me llevó al patio, el patio del obrador, el que daba a la huerta y al muro viejo, y nos sentamos en el banco de piedra que había puesto mi abuelo, y desde allí se veía el pueblo apagándose entero, con la niebla bajando por el monte y la feria desmontándose despacio.
—Ha sido un buen día —dijo Bruno.
—Sí.
—El mejor en mucho tiempo.
—Sí.
Entonces, en el banco de piedra, sin público, sin jurado, sin móviles grabando, Bruno Ansorena me cogió la cara con las dos manos y me besó como no me había besado nunca, un beso largo, despacio, sin nada de teatro, un beso que no era para nadie y era, por eso mismo, el único beso de verdad de toda la historia.
Cuando terminó, se apartó un poco y me miró, y yo vi en sus ojos algo que no le había visto nunca y que me dio miedo: no era deseo, ni ternura, ni cansancio.
Era miedo.
—Nuria —dijo, y se le rompió un poco la voz—. Dime que te quedas.
Me quedé sin palabras.
—Bruno.
—Dime que no vas a vender el obrador y no vas a irte en primavera. Dime que esto no se acaba cuando se acabe el concurso.
—Bruno, yo…
—Porque si te vas a ir, necesito saberlo ahora. —Me cogió la mano—. Necesito saberlo antes de acostumbrarme. Porque si me acostumbro a esto y luego te vas, no sé si sabré volver a la vida de antes.
Yo, en el banco de piedra del patio de mi abuela, con el pueblo apagándose a lo lejos y la mano de Bruno en la mía, no supe qué contestarle.
Porque la verdad era que yo tampoco lo sabía.
Callarme fue, sin saberlo, la primera piedra de todo lo que después se derrumbó.