Capítulo 25 · El pueblo lo sabe
El pueblo lo sabe
Al día siguiente del beso del bar, el pueblo amaneció con la certeza de que Bruno Ansorena y la pastelera estaban juntos, y esa certeza, en un pueblo de mil doscientos habitantes, se instaló en todas las casas antes del mediodía, con más fuerza que el temporal de la semana anterior.
Lo supe porque me lo dijo todo el mundo.
Me lo dijo la panadera. Me lo dijo el del quiosco.
Me lo dijo la señora del estanco, que me vendió las pipas y me miró con una sonrisa de quien ya sabe cómo acaba la película.
Me lo dijo doña Piedad, que pasó por delante del obrador con la libreta bajo el brazo y me dijo, sin pararse, que «lo de anoche quedaba apuntado».
Me lo dijo, sobre todo, el grupo de WhatsApp, que a las once de la mañana ya tenía cuarenta mensajes sobre el asunto y una porra nueva.
Feria de la Castaña · edición especial
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Ya está resuelto lo del beso
Eso no vale, que fue una prueba
Prueba o no, beso es
Pili, que ganas
Yo puse dos semanas, y han sido cinco, así que no gano
¿Y quién ha ganado?
Ha ganado el que puso “Ya”
¿Quién puso “ya”?
Esa pregunta, la de quién había puesto «Ya» en la columna de la fecha, se quedó sin respuesta en el grupo, como se quedan siempre las cosas en los pueblos pequeños, flotando, hasta que alguien las recoge.
Aquel domingo, mi madre me llamó para comer. Allí, con el mantel bueno y la comida de siempre, me hizo la pregunta que llevaba una semana preparando.
—¿Y para cuándo la boda?
—Madre.
—Que lo digo porque ya os ha visto todo el pueblo. Ya que os habéis besado delante de todos, digo yo que lo haréis de verdad.
—Madre, que llevamos dos meses.
—Los buenos novios se conocen en otoño y se casan en primavera.
—Eso lo dice doña Piedad.
—Lo dice todo el mundo, hija, y todo el mundo no se equivoca.
Me quedé con el tenedor en el aire y una pregunta en la boca que no le hice, porque sabía la respuesta y la respuesta me dolía: mi madre no sabía nada.
No sabía lo del pacto, ni lo de la deuda, ni lo de que yo había vuelto al pueblo para vender el obrador y marcharme antes del invierno.
Mi madre creía que su hija había vuelto a casa, y que se había enamorado, y que se iba a quedar.
Yo, con cada día que pasaba en Villamar, veía más cerca el momento en que iba a tener que decirle la verdad, y menos ganas tenía de decírtela.
Por la tarde, Bruno y yo nos vimos en el obrador, como siempre, y no sabíamos cómo estar.
—¿Y ahora qué? —dijo él, apoyado en la puerta de la cocina.
—No lo sé.
—Todo el pueblo nos ha visto.
—Todo el pueblo nos vio antes de que nos besáramos. La diferencia es que ahora creen que es verdad.
—¿Y no lo es? —preguntó Bruno, y me miró con esa cara sin defensa que solo le veía de vez en cuando.
Me quedé callada. Porque lo era, claro que lo era, y esa era justo la parte que no me atrevía a decir en alto, porque decirlo en alto era firmar algo que no había firmado nadie.
—Es que si lo digo —dije, al fin—, tengo que decidir lo otro.
—¿Qué otro?
—Lo del obrador. Lo del invierno. Lo de irme.
Bruno se quedó quieto.
—¿Y qué has decidido?
—Que no lo he decidido.
—Nuria.
—Que no lo he decidido, Bruno. Mientras no lo decida, prefiero no ponerle nombre a lo de nosotros, porque si le pongo nombre, tengo que elegir, y elegir ahora mismo sería mentirte, y no quiero mentirte.
Bruno bajó la cabeza, y luego la levantó, y me dijo lo único que un hombre como él podía decirme en aquella cocina.
—Vale. —Se hundió las manos en los bolsillos—. Entonces no le ponemos nombre. Pero que sepas una cosa.
—Dime.
—Que yo llevo desde antes de la primera prueba sin necesitar ponerle nombre a nada. Yo solo necesito que estés.
Se fue a trabajar, y me dejó en la cocina con aquella frase, que era la cosa más grande que me había dicho nunca y que no me había dicho con ninguna palabra grande.
Aquella noche, antes de dormir, abrí el correo por primera vez en tres días, cosa que llevaba evitando por cobardía, y encontré lo que llevaba un mes temiendo encontrar.
Un mensaje del banco.
«Estimada señora Álvarez: en relación con el préstamo con garantía hipotecaria de la vivienda sita en Villamar de la Ría, le comunicamos que, a partir del próximo vencimiento, se aplicará la cláusula…»
No seguí leyendo.
Cerré el portátil, me senté en la oscuridad y me quedé mirando la llave del bajo municipal, que Bruno me había regalado y que yo había dejado en la mesilla como quien deja una promesa.
Por primera vez en toda aquella historia, entendí que la decisión que llevaba meses aplazando no era entre quedarme o irme.
Era entre contarle la verdad a Bruno y dejar que me ayudara, o seguir mintiéndole hasta que la mentira nos rompiera a los dos.
En ese momento, en la oscuridad de la cocina de mi abuela, con la lluvia en el cristal y el gato del obrador dormido a mis pies, sonó el móvil con un mensaje.
No era el banco.
Era Iván.
«Nuria, necesito hablar contigo. Esta vez de verdad. Estoy en el pueblo.»