Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 24 · La cata de sidra
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Capítulo 24 · La cata de sidra

La cata de sidra

La séptima prueba, que no estaba en el programa y que doña Piedad añadió porque le apeteció, fue la cata de sidra del bar de Ramón, que en noviembre se llenaba hasta los topes y en el que, aquel sábado, cabíamos todas las parejas del concurso más medio pueblo.

—La prueba consiste en escanciar —anunció doña Piedad, subida a una banqueta—. Cada pareja escancia su botella y se la bebe. El jurado valora la técnica, la altura y, sobre todo, que no os mojéis los unos a los otros.

—¿Y eso cómo se valora? —preguntó la tía Pili.

—Por el número de camisas mojadas. Menos es más.

El escanciado es un arte del norte: se levanta la botella por encima de la cabeza y se deja caer el chorro en línea recta hasta el borde del vaso, para que la sidra se airee y suelte el gas. Yo lo había visto hacer toda la vida en aquel bar, y creía que sabía, y resultó que no sabía nada.

El primer intento fue un desastre. La sidra me salió torcida, cayó fuera del vaso y me mojó la manga entera, y el bar se rió conmigo, que es la mejor manera de que un pueblo se ría de ti.

—Se te ha ido la mano —dijo Bruno.

—Se me ha ido todo.

—Déjame.

Bruno cogió la botella, se puso de pie, levantó el brazo por encima de la cabeza y escanció la sidra con una precisión que no había visto en nadie desde mi abuelo.

El chorro cayó recto, fino, sin una gota fuera, y el vaso se llenó hasta el borde, y todo el bar se quedó callado un segundo antes de aplaudir.

—¿Y tú de qué sabes escanciar? —le pregunté.

—Mi padre escanciaba todas las navidades. —Dejó la botella—. Es lo único que me enseñó que no tenía que ver con animales.

Nos bebimos la sidra, y luego otra, y luego una tercera que nos invitó Ramón «por la técnica», y a la tercera sidra yo ya tenía las mejillas coloradas y la risa floja, y Bruno, que con la sidra se volvía más lento y más blando, se apoyó en la barra a mi lado y me dijo, bajito, que no se lo oyera nadie:

—Estás guapa cuando te ríes.

—Estoy mojada y colorada.

—Eso he dicho.

Le di un codazo y él se rió, y en ese momento, desde el otro lado de la barra, la tía Pili, que llevaba toda la tarde mirándonos, dijo muy alto:

—Doña Piedad, yo quiero una prueba nueva.

—¿Cuál?

—La prueba del beso.

El bar se giró a la vez.

—Pili, eso no está en las bases —dijo doña Piedad, sin levantar la vista de la libreta, con la cara de que no le hacía ninguna gracia, aunque estoy segura de que llevaba semanas esperando ese momento.

—Pues se añade. Que usted añade pruebas cuando quiere.

—Yo añado pruebas con fundamento. —Doña Piedad levantó la cabeza y me miró, y luego miró a Bruno—.

Pero mira, no me parece mal. Llevamos un mes con esta pareja, y este pueblo tiene derecho a ver si el cariño es de verdad o es de escaparate.

—Cerró la libreta—. Una prueba: un beso.

Aquí, delante de todos. El jurado valora la autenticidad.

El bar se quedó en silencio.

Yo miré a Bruno. Bruno me miró a mí.

En aquel segundo, con todo el pueblo esperando, con la tía Pili con el móvil ya grabando y con Vera, desde la esquina, haciéndome una seña que quería decir «hazlo, tonta», yo no pensé en el concurso, ni en el local de Bruno, ni en el bajo, ni en Sofía, ni en la condición, ni en la fecha de Navidad.

Pensé en que llevaba un mes fingiendo un beso y un mes deseándolo, y en que aquel hombre, en una cocina de fogones prestados, había tocado el himno con dos cucharas delante de cinco señoras para que yo pudiera ir a por un boniato, y en que aquel hombre, en un sobre, me había dado la llave de un futuro que había imaginado conmigo.

—¿Nos besamos? —dijo Bruno, muy bajito, solo para mí.

—Nos besamos.

—Por el concurso.

—Por el concurso —dije, y sabía perfectamente que mentía.

Me besó.

Empezó como un beso de concurso: un poco de teatro, un poco de risa contenida, la boca que se acerca y el pueblo que aguanta la respiración.

Pero a los dos segundos el pueblo desapareció, el bar desapareció, y el beso dejó de ser un beso de concurso y se convirtió en el mismo beso del temporal, en el mismo beso de la cocina a oscuras, en un beso lento y hondo que decía todo lo que ninguno de los dos había sido capaz de decir en voz alta.

Cuando nos separamos, el bar se puso en pie.

La tía Pili lloraba. Doña Piedad había cerrado los ojos. Vera aplaudía con las dos manos y con los pies. Ramón, desde detrás de la barra, gritó que aquello había que celebrarlo con otra botella.

Yo me quedé con la frente apoyada en la de Bruno, sin soltarle la cara, y él, con los ojos todavía cerrados, me dijo la única frase que podía decirme en aquel momento, y me la dijo para mí, para nadie más, aunque el pueblo estuviera mirando.

—Nuria, que me da igual el concurso.

Yo, en medio de aquel bar, con la sidra en la sangre y el pueblo en pie y el corazón desbocado, comprendí que la única mentira que quedaba en toda aquella historia era la que yo me había estado contando a mí misma desde el primer día.

Que iba a vender el obrador.

Que iba a irme antes del invierno.

Que todo aquello era un paréntesis.

Porque en aquel beso, delante de todo el pueblo de Villamar de la Ría, lo único que quedó claro fue lo de siempre, lo que yo llevaba un mes sin querer ver.

Que ya no tenía la menor intención de irme.

Porque eso, en un pueblo donde todo se sabe, no iba a tardar ni dos días en saberse.