Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 23 · El pasado de Bruno
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Capítulo 23 · El pasado de Bruno

El pasado de Bruno

La tarta de castañas salió bien, salió muy bien, y nos la comimos entera entre los dos una noche de martes, sentados en el poyete de la cocina, con la lluvia en el cristal y la lumbre encendida, porque Bruno había dicho que el obrador, a las nueve de la noche de noviembre, era el único sitio caliente del pueblo.

—Pregúntame —dijo, de pronto, con la última cucharada en la boca.

—¿Que te pregunte qué?

—Lo del monte. Lo de dibujar. —Dejó el plato—. Sé que llevas dos días pensándolo. Pregúntame.

Me quedé un momento con la taza entre las manos, sin saber si quería saberlo, que es la peor manera de querer saber algo.

—¿Por qué dejaste de dibujar?

Bruno se pasó la mano por la cara, despacio, y luego empezó a hablar, mirando la lumbre, con esa voz suya de contar las cosas como quien no les da importancia, que era la que usaba cuando más le importaban.

—Cuando tenía veintiún años me dieron una beca. Para estudiar Bellas Artes en Madrid. Yo dibujaba desde crío, siempre, era lo único que se me daba bien de verdad. La beca era de las buenas. Me cubría el primer año entero.

—¿Y?

—Dos semanas antes de irme, mi padre tuvo un infarto. —Se quedó un momento callado—. Se quedó en una silla de ruedas seis meses. Mi madre había muerto años antes. La clínica del pueblo se quedó sin veterinario, y yo era el único hijo.

—Bruno.

—No me arrepiento. Que quede claro. —Me miró—. No me arrepiento de haberme quedado. Mi padre vivió catorce años más, y los vivió bien, y yo estaba aquí. Eso no lo cambio por nada.

—Pero dibujabas.

—Dibujaba. —Sonrió, sin ganas—. Un día dejé de hacerlo, porque un hombre que trabaja quince horas al día cuidando animales y cuidando a su padre no llega a casa con ganas de dibujar.

Llega a casa con ganas de dormir. Así, un día detrás de otro, durante catorce años, se te va el lápiz de las manos, y un día te das cuenta de que ya no sabes ni dónde lo has puesto.

Me levanté a avivar la lumbre. Necesitaba no estar mirándolo cuando dijera lo que iba a decir.

—¿Y Sofía?

Bruno tardó más en contestar.

—Sofía estaba conmigo cuando me dieron la beca —dijo—.

Íbamos a irnos juntos. Ella estudiaba Empresariales, y tenía una plaza en Madrid, y lo teníamos todo hablado.

Cuando mi padre cayó, yo le dije que se fuera sola.

Que yo me quedaba. Ella me dijo que no, que se quedaba conmigo.

Yo le dije que no, que se fuera, que no iba a dejar que su vida se parara por la mía.

—Y se fue.

—Se fue. —Movió la cabeza—. A los cuatro meses me llamó para decirme que no podía más, que no podía estar con alguien que había elegido quedarse. Yo la entendí, y por eso la dejé ir, porque entendía que tenía razón.

—¿Tú crees que tenía razón?

—Yo creo que tenía su razón. Que no es lo mismo.

Nos quedamos un rato en silencio, con la leña chascando, y yo pensé en la foto de la boda, en la mujer del abrigo caro, en todo lo que Bruno había puesto encima de la mesa sin que nadie se lo pidiera nunca.

—¿Y ahora? —dije—. ¿Por qué ha vuelto? ¿Qué estaba haciendo contigo el otro día en la ciudad?

Bruno respiró hondo, y me miró con algo parecido a la vergüenza.

—Su madre es la dueña del bajo de la clínica —dijo—. Eso ya te lo conté. Lo que no te conté es que su madre está enferma, y que es Sofía la que lleva los papeles de la familia. Es ella la que decide a quién se le vende el bajo y a quién no.

—Y ella no te lo quiere vender.

—Ella no me lo quiere vender a mí. —Bruno se levantó, fue a la ventana, miró la lluvia—. Dice que si yo me fuera del pueblo, como debí hacer hace nueve años, me lo vendería por la mitad. Que mientras yo siga aquí, no firma.

—¿Por qué te odia tanto?

—No me odia. —Se giró—. Es peor. Me quiere arreglar. Cree que si me quita de aquí me está haciendo un favor, que me devuelve la vida que ella cree que no me atreví a coger. Vino el otro día a decirme eso, delante de la tienda de muebles, como quien te hace un regalo.

Me quedé de pie, en mitad de la cocina, con la taza fría en la mano.

—Bruno, eso es horrible.

—Es su verdad. —Se encogió de hombros—. Por eso te llamé, aquel día, para que la vieras. Quería que supieras de dónde venía todo esto antes de que te metieras más.

—¿Y por qué me tienes que avisar de eso? —pregunté, y me oí la voz temblar—. Bruno, ¿qué es lo que no me estás contando?

Bruno volvió del rincón de la ventana, se paró frente a mí, y me puso una mano en el brazo.

—Sofía me ha hecho una oferta —dijo—. El bajo, barato, con dos condiciones. La primera es que gane la concesión del local municipal, para que no vuelva a depender de ella nunca más. La segunda…

Se calló.

—¿La segunda?

—La segunda es que lo compre yo solo. —Me miró—. Sin nadie más en el papel.

Me quedé de una pieza.

—¿Sin nadie más?

—Sin ti, Nuria. Ella quiere que el bajo esté a mi nombre y de nadie más, y me ha dado hasta Navidad para decidir.

En el silencio que siguió, con la lluvia en el cristal y la lumbre a punto de apagarse, entendí de golpe dos cosas.

La primera, que Sofía Rego no le había ofrecido a Bruno una salida.

Le había ofrecido un trato: el bajo a cambio de mí.

La segunda, que la foto anónima, la del número prepago, la de la acera de la tienda de muebles, no me la había mandado un vecino celoso ni un rival del concurso.

Me la había mandado Sofía, para que yo me fuera sola, antes de que Bruno tuviera que elegir entre el techo de su clínica y yo.