Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 22 · La recogida de castañas
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Capítulo 22 · La recogida de castañas

La recogida de castañas

La sexta prueba nos llevó al monte, que en noviembre era un sitio serio: los castaños pelados, el suelo de hojas rojas hasta la rodilla, y una niebla baja que se movía entre los troncos y te hacía perder de vista a la gente a diez metros.

—Las bases de la prueba son sencillas —dijo doña Piedad, subida a un tractor para que se la viera—. Cada pareja tiene una cesta. Gana la que más castañas traiga. No vale arrancarlas de los árboles, que para eso hay que esperar a que caigan.

—¿Y si las traemos de casa? —preguntó la tía Pili.

—Pili, que te veo.

Subimos al monte todas las parejas del concurso con nuestras cestas, y a los cinco minutos nos habíamos separado en el bosque, y a los diez ya no se oía a nadie, solo el crujido de las hojas bajo los pies y, muy de vez en cuando, una castaña cayendo desde lo alto con un golpe seco.

—Esto es como buscar trufas —dijo Bruno, agachado, removiendo las hojas con un palo.

—¿Has buscado trufas alguna vez?

—No. Pero me lo imagino.

—Y te lo imaginas con un palo y agachado.

—Siempre me imagino las cosas con un palo y agachado. Soy un hombre de campo.

Le tiré una castaña a la cabeza. La esquivó.

Recogimos durante una hora, en silencio la mayor parte del tiempo, que era la mejor manera de estar con Bruno, y la cesta se fue llenando, y en el fondo del monte, entre dos castaños enormes, nos encontramos con un claro que parecía sacado de un cuento.

—Aquí venía de pequeño —dijo Bruno, parándose.

—¿Aquí?

—Aquí. —Señaló un hueco entre las raíces—. En este sitio me sentaba a dibujar. Este claro tiene la luz justa a media tarde, la ves, esa luz que se cuela entre las hojas. Yo venía con mis lápices y me pasaba aquí las horas.

Me senté en el hueco de las raíces, para ver lo que él veía, y tenía razón: la luz entraba dorada entre las ramas y caía sobre las hojas en manchas, y el claro entero parecía encendido por dentro.

—Es bonito.

—Es lo más bonito que hay en este monte.

—¿Y por qué dejaste de venir?

Bruno no contestó. Se agachó a recoger una castaña, luego otra, y yo me di cuenta de que aquella pregunta, que era una pregunta de nada, le había caído encima como una piedra.

—Porque dejé de dibujar —dijo, al fin.

—¿Por qué?

—Por muchas cosas.

En eso, desde algún sitio del monte, se oyó un balido.

Nos giramos los dos a la vez.

Remedios, la maldita cabra, apareció entre los castaños con una cesta en la boca. Nuestra cesta. La había seguido hasta el monte, la había desatado del árbol donde Bruno la había dejado mientras buscábamos, y ahora venía con ella, muy digna, derramando castañas por el camino.

—¡Remedios!

La cabra echó a correr.

La perseguimos por medio monte, Bruno delante, yo detrás, tropezando con las raíces, riéndonos como dos críos, y la cabra corría y se paraba, corría y se paraba, con la cara de quien se está divirtiendo, y las castañas caían de la cesta y volvían a rodar por las hojas, y cuando por fin la atrapamos, cerca del camino, los dos estábamos sin aliento y llenos de barro hasta las rodillas.

—Es la cabra más tonta de España —dijo Bruno, agarrándola de la cuerda.

—Es la cabra más lista de España.

—Es lo mismo.

Recogimos las castañas del suelo, que era lo que la cabra había ido esparciendo por el monte, casi como un rastro que nos hubiera preparado a propósito, y volvimos al punto de partida con la cesta más llena de lo que habría estado sin ella, y doña Piedad, al vernos llegar con Remedios atada a la cesta, declaró que aquello era «la cosa más bonita que había visto en doce años de concurso», y nos dio la prueba por ganada, otra vez, por aclamación.

Lo que doña Piedad no sabía era que, mientras bajábamos del monte con la cabra y las castañas y el barro, yo no podía dejar de pensar en el claro, y en la luz dorada entre las hojas, y en las dos palabras que Bruno había dicho y no había dicho: «dejé de dibujar».

Porque un hombre que deja de dibujar no deja de dibujar por muchas cosas.

Deja de dibujar por una sola, y esa sola cosa tiene nombre, y ese nombre, en boca de Bruno Ansorena, era el que yo llevaba dos semanas sin atreverme a decir en voz alta.

Aquella noche, en el grupo, alguien preguntó qué habíamos hecho con las castañas.

Bruno, desde que había entrado en el concurso, escribió él mismo en el grupo.

Feria de la Castaña · edición especial

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Las castañas las vamos a usar para una tarta que va a hacer Nuria.

Y la cabra no está invitada.

Todo Villamar se rió de aquello durante dos días.

Yo me pasé los dos días pensando en otra cosa, en una cosa que no le conté a nadie, ni siquiera a Vera: en que aquella era la primera vez que Bruno Ansorena, en un grupo con ciento ocho vecinos, había hablado de mí sin que nadie se lo pidiera.