Pareja en prácticas (Villamar de la Ría nº 1) Capítulo 21 · La red
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Capítulo 21 · La red

La red

Lo de los deberes del pueblo empezó como una broma en el grupo de WhatsApp y acabó siendo, en tres días, un reglamento.

«Propongo que las parejas del concurso hagan una cosa bonita cada día», escribió la tía Pili.

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Y que se lo manden al grupo, para que lo veamos.

Yo voto que sí.

Yo también.

Yo también, pero que no sea besarse, que eso lo hace cualquiera.

Doña Piedad, ¿esto es obligatorio?

Mientras traiga turistas a la feria, todo es obligatorio.

Así fue como Bruno Ansorena y yo nos vimos, en mitad de noviembre, con la obligación oficial de hacer «una cosa bonita» cada día y documentarla con una foto.

El lunes, Bruno me trajo el desayuno a la clínica.

El martes, le llevé a Bruno una tarta de calabaza y me pasé tres horas en la puerta de la clínica esperando a que saliera un hurón para poder hacerle la foto delante del escaparate.

El miércoles, la «cosa bonita» fue la cabra.

Porque Remedios, que se escapaba todas las mañanas, se había escapado aquella mañana con más ganas que nunca, y había cruzado el pueblo de punta a punta, y había entrado en el obrador por la puerta que yo había dejado abierta, y se había comido dos kilos de castañas confitadas, y cuando llegué me la encontré sentada en medio de la cocina, muy digna, con una castaña en la boca y la mirada de quien no ha hecho nada.

—Remedios.

La cabra mascó.

—Remedios, que esas castañas eran para la feria.

La cabra tragó.

Le hice una foto y la mandé al grupo, porque era, objetivamente, lo más bonito que me había pasado en todo el día, y el grupo, que llevaba tres días esperando sangre, se volvió loco.

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¡Otra vez la cabra!

Esa cabra es la que tendría que concursar

Yo propongo que la cabra sea la mascota oficial de la pareja del tendero

Voto a favor

Voto a favor

Doña Piedad, ¿se puede votar a favor?

En este pueblo se puede votar todo.

Lo de la cabra quedó como un gag recurrente en el grupo, y cada vez que Remedios se escapaba —que era casi cada día— alguien subía una foto suya con un comentario gracioso, y poco a poco, sin que yo me diera cuenta, aquella cabra idiota se convirtió en la única cosa del pueblo que todo el mundo tenía en común.

Pero la cosa bonita del jueves no la mandamos, porque aquel día pasó otra cosa.

Vera vino a comer al obrador con la cara de quien trae un informe.

—He hecho unas llamadas —dijo, sentándose sin quitarse el abrigo.

—¿Qué llamadas?

—He mandado la foto del número desconocido a un primo mío que trabaja en una compañía. —Abrió el móvil—. Me ha dicho una cosa.

—Dime.

—Que es un prepago. Comprado hace dos semanas, y que la primera vez que se encendió, se encendió en la ciudad.

Me quedé con la cuchara en el aire.

—¿En la ciudad?

—En la ciudad. —Vera me miró—. Nuria, en este pueblo todos tenemos contrato. Los prepagos los compran los de fuera.

—Iván.

—O cualquiera que esté en la ciudad. —Vera dejó el móvil sobre la mesa—. Pero hay una cosa más. El otro día, cuando fuiste a cenar, ¿quién sabía que ibas a la ciudad?

Me quedé pensando.

—Bruno… y el grupo, porque lo comenté en el chat.

—¿Y quién del grupo vive fuera y tiene por qué saber cuándo vas a la ciudad?

No hizo falta que lo dijera. Las dos lo pensamos a la vez, y ninguna de las dos lo dijo en voz alta, porque decir en voz alta el nombre de un vecino, en aquel pueblo, era como encender una cerilla en un pajar.

—No puede ser el pueblo —dije—. El pueblo no me haría esto.

—El pueblo no. Pero una persona sí.

Aquel jueves no hubo foto.

Aquel jueves, cuando se hizo de noche, me senté en la cocina del obrador con la llave del bajo municipal en una mano y el móvil con la foto de Bruno y Sofía en la otra, y me hice la pregunta que llevaba días evitando, la pregunta que no tenía respuesta y que era, por eso mismo, la que más me dolía.

Si había alguien que no quería que Bruno ganara el concurso, ¿por qué me había mandado la foto a mí?

La respuesta era simple, y por eso tardé en verla: porque el modo más fácil de que Bruno perdiera el concurso no era atacarlo a él.

Era hacer que yo me fuera.